Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 18
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Capítulo 18

Luca

La tarde avanzó entre risas, música y niños gritando alrededor de la piscina. Y yo cada vez estaba más incómodo.

Porque veía cosas. Detalles. Miradas. Momentos. Y no me gustaban una mierda.

Y lo peor era que todos esos momentos tenían que ver con ella, con Yara, mientras ella se partía de risa con uno de los padres que, según nos había dicho él mismo, estaba divorciado y disponible.

Y no solo con él hubo momentos así, sino con Thomas también. Bromitas aquí y allá entre ellos, choques de hombros, miradas cómplices.

—Hay mucha tensión entre vosotros.

Soltó Thomas, sacándome de mis pensamientos, mientras bebíamos una cerveza apartados un poco de los demás, al lado de la mesa en la que estaba toda la comida.

Lo miré mal.

—No empieces.

—He visto cómo la miras.

—No sé de qué me hablas.

—Y yo no sé mentir tan bien como tú.

Resoplé.

—No hay nada.

—Claro.

—No lo hay —insistí.

Thomas dio un trago a la cerveza.

—Pues ella no parece pensar lo mismo.

Le miré frunciendo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que te mira como si quisiera arrancarte la ropa.

Mi cuerpo se tensó de inmediato al oír esa frase, y él se dio cuenta.

Claro que se dio cuenta, siempre se daba cuenta de todas mis reacciones, y esa vez no podría ser diferente.

—La hostia… sí que estás jodido.

—No estoy jodido.

—Luca…

—No pienso tener nada con ella.

Thomas arqueó una ceja.

—¿Por?

—Porque no.

—Vaya un argumento convincente.

Apreté la botella entre los dedos.

—Porque sigo enamorado de Clarissa.

Thomas guardó silencio unos segundos antes de seguir.

—Luca, eso no significa que no puedas llegar a sentir algo por otra persona; ella ya no está y…

Negué con la cabeza y le corté porque no quería que dijera lo que estaba a punto de decir.

—Además, Yara no es para mí.

—Pues yo diría que precisamente sí lo es.

—No. Puede que me la follara…

Me detuve un segundo, pero ya era tarde.

Ya había admitido en alto con esas solas palabras que la deseaba, que me atraía y que me la quería follar. Cosa que no era mentira, por supuesto.

—Pero nunca tendría nada más allá de unos polvos con ella, nunca tendría una relación con una mujer así.

El silencio tras mis palabras fue inmediato por parte de Thomas, extraño y pesado, y me pregunté por qué.

Levanté la cabeza y entendí enseguida por qué mi amigo, siendo como era, que no se callaba ni debajo del agua, no me había contestado ni rebatido.

Era porque a solo dos pasos a mi derecha estaba Yara con una fuente de comida que al parecer traía para ponerla en la mesa junto a todo lo demás.

Estaba quieta, muy quieta. Como si se hubiera quedado congelada en el sitio.

Sus ojos verdes se clavaron en mí apenas un segundo, antes de bajar la mirada. Y fue suficiente para saber que había escuchado cada maldita palabra que había salido de mi boca.

—Traía una fuente de ensalada —murmuró suavemente.

Thomas cerró los ojos un instante como si quisiera desaparecer. Y yo sentí como si algo me golpeara en el pecho, porque la forma en la que Yara evitó mirarme como siempre hacía, dolió. Mucho más de lo que debería.

¿Y qué esperabas, gilipollas? Me pregunté a mí mismo.

A nadie le gusta escuchar que solo vales para que te follen y que no eres suficiente para tener nada más contigo.

Por mucho temple que tengas, por mucha autoestima que tengas y por mucho que suela darte igual lo que piense la gente de ti, a nadie le gusta que hablen de uno de esa manera.

Y más si la persona que lo dice te atrae o te gusta, como era el caso de Yara. Porque sí, joder, sabía de sobra que yo le gustaba, que me deseaba.

No lo había dicho con palabras, pero tampoco había hecho falta; sus ojos llevaban diciéndomelo días.

No dijo nada más, ni sonrió como las anteriores veces que se había acercado a nosotros durante la tarde; simplemente dejó la fuente en la mesa y se marchó hasta donde estaban los niños para decirles que era la hora de que Lina abriera los regalos.

A partir de ahí, ya no volvió a hablarme.

Empezó a ignorarme. No lo hizo de manera brusca, no, fue peor. Porque me ignoraba con educación. Y eso empezó a ponerme de los nervios.

Pero si hubo algo que me puso todavía peor, no fue que no me hablara, no fue que me ignorara, no, fue que no volvió a mirarme a los ojos ni una sola vez de todas las que nos cruzamos.

De todas las que estuvimos uno enfrente del otro, o al lado, en la distancia. De todas esas veces que intenté buscar su mirada, una a la que ya me había acostumbrado, una que ya era una necesidad para mí, nada, ni una sola vez la encontré.

Porque me la evitaba, porque agachaba la cabeza o porque miraba a otro lado.

Llegó el momento de la tarta y, después de que todos los presentes cantaran el cumpleaños feliz a Lina, Yara empezó a repartir platos con trozos de tarta para todos.

—¿Hay un trozo de tarta para este bombón?

Yara se volvió al oír a Thomas y la carcajada le salió sola.

—Claro, lo que no me explico es cómo has llegado a esta hora sin derretirte.

Thomas se encogió de hombros poniendo esa sonrisa canalla que le hacía único.

—He buscado la sombra todo el rato; no podía permitir que las mujeres que hay aquí se perdieran las mejores vistas.

Las risas de Yara aumentaron, al igual que lo hizo mi mala hostia al ver cómo bromeaban juntos.

—Ya me habían hablado de ti y veo que todo lo que me han contado es cierto.

—Espero que hayan sido cosas buenas.

—Sí, Elsa dice que eres divertido y adorable.

Thomas se llevó una mano al pecho dramáticamente.

—Porque lo soy.

—Sí, sí… ya lo veo.

—De ti también me han hablado.

Yara arqueó una ceja divertida.

—Sí, ya me lo supongo, aunque seguro que ninguna cosa de las que te han dicho era buena. Me apuesto lo que quieras a que las palabras cotilla y entrometida estaban en todo eso que te han contado.

—Pues sí, entre otras muchas cosas.

Solté un gruñido involuntario. Thomas se echó a reír a carcajadas y Yara sonrió.

Pero no fue una sonrisa como las de siempre, fue una que no llegó a sus ojos. Porque sí, estaban bromeando, pero, así como que no quiere la cosa, y sin pretenderlo, Thomas le había dicho que de mi boca no había salido ni una buena palabra para ella.

El momento se volvió incómodo, pero ella lo solucionó rápido.

—¿Sabes bailar?

—Sí, y muy bien, además.

—Eso tengo que verlo.

Thomas dejó el vaso que tenía en la mano encima de la mesa y extendió su mano hacia ella.

—Pues ven.

Yara no dudó, le cogió de la mano y se dejó guiar al centro del jardín, donde varios padres se movían al ritmo de la música y los niños intentaban imitar sus movimientos.

En cuanto dieron la primera vuelta agarrados, empezó mi tortura personal.

Yara no dejó de reírse durante todo el tiempo que duraron las tres canciones que bailaron, seguramente de las tonterías que Thomas le susurraba al oído.

Pero lo peor no era verlos reírse. Lo peor era ver cómo él la agarraba la cintura, cómo ella en algunos momentos se arrimaba demasiado después de un giro, cómo Thomas la pegaba a él para marcar mejor los pasos y cómo ella le tocaba los brazos o el cuello si el ritmo lo pedía.

Viendo todo eso, noté cómo la sangre empezó a hervirme por dentro.

No era tonto como para no saber qué era lo que me pasaba. Ya lo había sentido alguna vez en el pasado, no con tanta intensidad como en ese momento, pero sí con la suficiente para saber distinguir que lo que me estaba poniendo a un nivel de cabreo impresionante eran celos.

Sí, celos. Eso era lo que estaba sintiendo viéndolos a los dos, cómo se reían juntos, cómo bromeaban y cómo cruzaban miradas cómplices.

—Papá.

La voz de Elsa me hizo bajar la mirada y dejar de ver lo que tanto daño me estaba haciendo.

—¿Qué?

Elsa señaló la botella que tenía en la mano.

—Creo que vas a romper eso.

Miré la botella, que era verdad que la estaba apretando con mucha fuerza, y vi que tenía los nudillos totalmente blancos.

Volví a levantar la cabeza y cuando vi a Yara colgada del cuello de Thomas riendo a carcajadas, no lo pude aguantar más y, por primera vez en mi vida, perdí el control de mí mismo.

Dejé la botella con un golpe seco encima de la mesa y con pasos firmes pero rápidos fui a por lo que quería. A por ella.