Capítulo 17
Luca
Cerré el último botón de la camisa negra mientras escuchaba a Elsa correr de un lado a otro en la parte de abajo de la casa. Y mientras lo hacía, no dejaba de preguntarme una y otra vez por qué coño había aceptado ir al cumpleaños de Lina.
Era cierto que pensaba que yo allí no pintaba nada, como así se lo había hecho saber a Yara el día anterior. Como también pensaba que Thomas allí pintaba menos que yo.
No tenía pensado pedirle que viniera, ni siquiera tenía pensado decirle que me habían invitado y que esa invitación se había extendido también a él.
Pero mis planes se fueron al traste cuando la noche anterior me llamó por videollamada para comentarme algo de la oficina y Elsa, nada más ver que era él, se lo soltó así sin más.
No dudo ni un segundo en decir que no se lo perdería por nada del mundo, que así tronara al día siguiente estaría en el cumpleaños; todo eso lo acompañó con un levantamiento de cejas y algunos gestos que me sacaron de mis casillas.
Si la vecina era cotilla, mi amigo al parecer no se quedaba atrás.
Porque no vendría al cumpleaños por cumplir o por pasar un buen rato, no, vendría para enterarse de primera mano cómo era mi interacción con la pelirroja, cómo seguía llamándola cuando hablábamos de ella.
Que no habían sido pocas veces las que lo habíamos hecho, ya que todas las mañanas, sin excepción, cuando llegaba a la oficina, me freía a preguntas como: “¿Qué tal hoy? ¿Os habéis dicho algo más que un hola o un adiós?”
Y así a diario preguntándome cosas relacionadas con ella, me tenía harto y se lo había dicho, pero parecía darle igual porque al siguiente día volvía a la carga con sus preguntitas.
—¡Papá, vas lentísimo!
El grito de Elsa me sobresaltó porque no esperaba que apareciera así de pronto en mi habitación.
—Solo vamos a un cumpleaños, no a coger un avión.
—Pues parece que te estás preparando para una guerra.
La miré de reojo y ella me sacó la lengua antes de echarse a reír mientras cogía el regalo de Lina que estaba ya envuelto encima de mi cama.
Negué con la cabeza. Esta niña se parecía cada día más a…
No. Corté ese pensamiento de raíz, porque eso sí que no podía ser.
Justo en ese momento sonó el timbre y Elsa salió disparada corriendo para llegar abajo cuanto antes y abrir la puerta.
—¡Tío Thomas!
Oí que chillaba seguramente mientras se lanzaba a sus brazos. No me hacía falta verlo para saberlo, siempre se saludaban así. Ella se lanzaba a sus brazos y mi amigo le daba un par de vueltas rápidas, haciéndola volar.
Cuando llegué abajo, Elsa hablaba muy rápido, queriéndole contar a Thomas cientos de cosas a la vez.
Él estaba apoyado en el marco de la puerta y, cuando me vio aparecer, me miró con una sonrisa burlona.
Iba vestido con vaqueros y una camiseta azul remangada que le daba un aspecto mucho más relajado que el de la oficina. Todo lo contrario, a mí, que iba con mi habitual negro, aunque como excepción me dejaría la americana en casa, ya que hacía mucho calor.
—Me alegró mucho que hayas venido, tío.
—Ah, ¿sí?
—Sí, ya verás cómo te gustan Yara y los niños, son geniales.
Thomas levantó una ceja y me miró divertido.
—Vaya, vaya… Me ha dicho un pajarito que te lo pasas estupendamente con ellos.
Elsa asintió rápidamente.
—Los chicos me tratan muy bien, hacemos muchas cosas juntos; Lina tiene muchos juguetes que comparte conmigo y Elías me deja todos los libros que quiero, tiene una colección enorme.
—Me alegro mucho, se ve que tienes buenos amigos.
—Sí, y Yara me cae muy bien.
—Eso también me lo han contado.
—Es fantástica.
Mi mandíbula se tensó.
—Elsa…
—¿Qué? —preguntó inocentemente—. Es verdad, me quiere mucho.
Me quedé quieto, muy quieto.
—¿Te quiere? —pregunté sin apartar la mirada de ella.
Elsa abrió la boca demasiado rápido. Es lo que tienen los niños, que no mienten y que siempre dicen lo que piensan o sienten, sin filtro, sin medir, sin pensar en las consecuencias.
—Sí, me lo dijo el otro día y yo a ella también la quiero mucho. Me trata como una…
Se quedó callada de golpe al ver mi expresión.
Thomas, al ver la tensión en mi rostro y la mirada nerviosa de Elsa, intervino enseguida.
—Luca, déjalo. Vamos, pequeña, tenemos un cumple al que ir y mucha comida que devorar.
Elsa asintió agachando la cabeza y salió la primera hacia la calle.
Esperé a que se alejara unos pasos antes de mirar a Thomas, di dos pasos hacia la puerta y salí tras mi amigo, que también me miraba esperando que hablara, explotara o maldijera. En esos momentos cualquier cosa hubiera sido posible por lo cabreado que estaba.
—Solo me faltaba eso —murmuré entre dientes—, que esa mujer quiera sustituir a Clarissa.
Thomas suspiró cansado.
—Aquí nadie está sustituyendo a nadie, Luca.
—No lo pienso permitir.
—Lo único que está haciendo es darle cariño a una niña que lo necesita.
Y es que eso era precisamente lo que más me jodía.
Que Elsa estuviera mejor. Que volviera a sonreír. Que hablara otra vez. No porque hiciera todo eso, no, porque eso precisamente era lo que yo deseaba que pasara desde hacía mucho tiempo; lo que me jodía es que hubiera sido Yara la que lo hubiera conseguido en apenas dos semanas.
Como también me jodía ver la complicidad que tenían entre ellas, una que entre Elsa y Clarissa nunca había existido.
Era cierto que Clarissa no había puesto mucho de su parte para que eso pasara; no era un secreto para nadie que no le gustaban los niños y por eso no sabía o no quería jugar o hacer cosas con Elsa.
Pero eso no quería decir que no la quisiera. Porque sí que la quería, más que a nada, de eso estaba seguro, porque así tenía que ser, como su madre que era.
Thomas me dio una palmada en el hombro mientras cruzábamos hasta la casa de enfrente.
—Venga, ogro. Vamos a disfrutar un rato y a olvidarnos de todo por unas horas.
Como si fuera tan fácil, quise contestarle, pero me callé.
Cuando llamamos al timbre, fue Yara quien abrió la puerta. Y joder… Me faltó hasta el aire.
Llevaba un vestido blanco lleno de pequeñas flores amarillas, corto, demasiado corto. El pelo, ese pelirrojo que me volvía loco y que me moría por tocar, a diferencia de otros días que siempre lo llevaba recogido, en esa ocasión lo llevaba suelto y le llegaba casi hasta el trasero.
Estaba preciosa.
No lo está, es que lo es; tuve que reconocerme a mí mismo.
Elsa se lanzó a sus brazos.
—¡Ya estamos aquí!
Yara soltó una carcajada mientras la cogía.
—Ya lo veo, pequeño terremoto.
—Traigo el regalo de Lina.
—Hay una mesa en el jardín donde hemos puesto los demás; pasa y déjalo allí para después. Los chicos estaban deseando que llegaras; están deseando presentarte a los demás.
Elsa ni la contestó; salió corriendo, haciendo reír más a Yara por su arranque.
Cuando nos quedamos los tres solos, el silencio se volvió un poco raro. Pesado y tenso.
Yara me miró y yo la sostuve la mirada como siempre pasaba cuando o bien uno o bien el otro nos buscábamos de esa manera.
Así estuvimos unos segundos hasta que ella carraspeó suavemente y rompió el momento.
—Supongo que tú eres Thomas.
Le tendió la mano y mi amigo sonrió de inmediato.
—Y tú supongo que eres la vecina cotilla.
Yara soltó una carcajada tan natural que sentí algo incómodo removerse dentro de mí.
—La misma.
Pero lo que terminó de tocarme los cojones fue ver cómo Thomas ignoraba totalmente la mano que le estaba ofreciendo y se inclinaba para darle dos besos.
Dos besos que ella le devolvió riéndose. Con demasiada confianza. Con demasiada facilidad.
—Pasad, hay demasiados niños y demasiado ruido, pero prometo que sobreviviréis.
Entramos en el jardín y el caos fue inmediato.
Niños corriendo. Globos de agua que volaban por el aire en todas las direcciones. Música sonando.
Joel persiguiendo a Heidi con una manguera mientras ella apenas podía correr de lo mucho que se reía. Lina y mi hija marcándose un baile que habían estado ensayando toda la semana y Elías, por primera vez, sin un libro en la mano, grabándolas con un móvil.
Yara empezó a presentarnos gente.
Padres a los que, en cuanto empezara el cole, vería a menudo; algún vecino con el que no había hablado, pero que sabía que vivía también en la calle porque los había visto pasear o entrar en sus casas.
A sus amigos los dejó para el final.
—Ellos son Celia y Peter.
Nos saludaron sonriendo. Thomas y yo estuvimos hablando un buen rato con ellos; eran agradables y de fácil conversación.