Capítulo 16
Yara
El sonido del vaso que apoyó Elsa en la mesa fue lo que hizo que volviéramos a centrarnos en lo que estábamos allí.
—¿Qué querías decirme?
Directo y sin rodeos, claro que sí. Rápido para poder largarse cuanto antes.
—Mañana es el cumpleaños de Lina.
Elsa siguió en silencio, pero ansiosa porque yo continuara hablando.
—Vamos a hacer una fiesta en el jardín, barbacoa, música, juegos… Vendrán algunos amigos suyos del colegio y… bueno… quería preguntarte si Elsa podía venir.
El por qué se lo preguntaba, era porque al día siguiente era sábado y los sábados por la tarde solían ir a Zúrich a ver a su madre y nunca estaban en casa. Y eso implicaba que tendría que cambiar sus planes.
Miré de reojo a Elsa y tuve que aguantarme la risa al verla contener la respiración.
Luca también la miró. Y después volvió los ojos hacia mí.
—Tú también estás invitado.
Me miró con una ceja alzada.
—No creo que yo pinte mucho aquí.
Debió ver la decepción en mis ojos al oírle contestarme eso.
—Yara…
No le dejé seguir; ya me había dejado claro lo que pensaba y no insistiría. Con una negativa y un rechazo, había sido suficiente.
Me puse seria.
—Si no quieres venir, vale. Pero deja que venga la niña.
—No es que no quiera venir, es que…
—Venga, papá, por favoooor…
Cerró los ojos un momento y se pasó la mano por la cara.
—¿Va a haber más niños, dices?
—Muchos, casi todos los que serán sus compañeros de clase cuando empiece el cole; es un buen momento para que los conozca, así cuando comience el curso no se sentirá la nueva.
Eso pareció gustarle. No lo dijo con palabras, pero su gesto de media sonrisa le delató.
—¿Y adultos?
—Mi amiga Celia, su marido Peter, algunos padres que se queden y yo, claro.
—¿Supervisión?
—Toda la que necesitan.
—¿Hamburguesas?
—Como para que nadie se quede con hambre.
—¿Alcohol?
—Solo para los adultos y de forma controlada.
—¿Cotilleo?
—Lo justo y necesario.
—Silencio y calma, no, claro.
—Aquí nunca lo hay.
No pude evitarlo y solté una carcajada; joder, pues no parecía que me estuviera haciendo un interrogatorio en uno de esos cuartos que te mete la policía cuando te detiene.
Al verme reír así, su mirada se volvió más oscura, si es que eso era posible, y se le tensaron los hombros.
—Hay algo más.
—¿Más?
—Sí, lo más importante y lo mejor del cumpleaños.
—¿El qué?
—Al acabar, cuando todos se vayan, es tradición en esta casa que, en todos los cumpleaños de los chicos, sea el del que sea, esa noche se hace una pijamada.
—¿Una qué?
Elsa resopló mirando a su padre como si fuera un desastre por no saber lo que era eso.
—Todos, esa noche, con un saco de dormir y esterillas, suben a la buhardilla, sin adultos. Allí ven películas, comen chuches, ríen, cantan y charlan hasta que el sueño les vence.
—Parece un buen plan.
—Papá, es el mejor plan. ¿Puedo quedarme? Porfi, porfi, porfi…
Tuve que reírme al verla con las manos juntas rogándole que la dejara venir; estaba adorable y emocionada también por hacer algo que no había hecho nunca.
Luca me miró muy serio.
—Esto deberías haberlo hablado conmigo antes de decírselo.
—Yo no se lo he dicho; los chicos llevan toda la semana hablando de ello, para ellos es un momento especial y quieren que Elsa lo comparta con ellos. Para ellos y para mí también, ya es una más en esta casa. Es familia, de corazón, pero lo es, o así lo sentimos nosotros.
Algo en su mirada cuando dije eso me hizo arrepentirme de mis palabras porque, claramente, por cómo me miró, no le había hecho ni puta gracia que consideráramos a su hija familia.
Estaba claro que no había entendido el concepto. Pues no era tan difícil de entender, pensé.
Hay gente que considera más familia a un amigo, por ejemplo, que a alguien de su misma sangre. Eso lo dicta el corazón y contra lo que él quiere no se puede luchar, o al menos así lo veía yo.
Hice una pausa para coger aire.
—Pero yo no les he dicho que sí, ni a ellos ni a Elsa, les he dicho que tenía que preguntártelo a ti primero.
Elsa me señaló rápidamente.
—¡Eso es verdad, papá! Nos lo ha dicho a todos mientras comíamos.
No pude evitar reírme por la espontaneidad de Elsa. Y Luca negó con la cabeza, resignado.
—Lo pensaré.
—Por cierto, Thomas también está invitado.
Frunció el ceño.
—¿Thomas?
Era lógico que se sorprendiera de que yo supiera quién era Thomas. Pero es que Elsa nos había hablado durante esos días de la gente que formaba parte de su vida y también nos había contado muchas cosas que seguramente su padre no sabía que ella estaba al tanto.
Cosas como que sus padres no se llevaban bien y que había oído, aunque a escondidas, que era porque Clarissa se gastaba muchísimo dinero en el casino.
Cuando me contó eso una mañana mientras le desenredaba el pelo tras ducharse después de salir de la piscina, me quedé a cuadros.
Porque si eso era cierto, no quería ni pensar en lo mal que lo habría pasado Luca conviviendo con una mujer que tenía ludopatía.
Porque por todos es sabido que eso es algo que puede destrozar una familia y no solo por llevarte a la ruina, sino de muchas maneras más.
Ese día precisamente fue en el que me habló de Thomas por primera vez y después de eso salió en muchas conversaciones más, ya que se veía claramente que ella lo quería mucho y lo consideraba como un tío, aunque realmente no lo fuera.
—Sí, Elsa me ha dicho que es como un hermano para ti, que es como su tío. Me gustaría conocerle; la niña dice que es un hombre muy divertido.
No supe por qué, pero vi que mis palabras al hablar de su amigo y de que quería conocerle le sentaron como una patada en… Sí, ahí justamente.
—Además, si viene, no te sentirás tan fuera de lugar. Tendrás al lado a alguien a quien conoces y a los demás puedes ignorarnos.
—Como si eso fuera posible —murmuró muy bajo.
Pero no tanto como para que no le oyera, pero decidí dejarlo pasar.
Silencio. Unos segundos. Y volvió a mirarme esa vez de una manera distinta que no supe distinguir del todo. Era como si sus ojos me dijeran: "Me muero por venir, pero no debo hacerlo".
—¿Tan claro tienes que voy a venir? Por eso me has dicho que traiga a Thomas conmigo.
Le sostuve la mirada, esa que siempre intentaba evitar. Esa vez no lo hizo. Me miró de una manera más intensa de lo que lo había hecho nunca.
De manera más peligrosa.
—Sí, al menos eso espero —susurré.
Durante los siguientes segundos, ninguno de los tres dijo nada. Ese silencio lo rompió Elsa.
—Voy a por el libro que me iba a dejar Elías para que lo empezara esta noche; casi se me olvida.
Se levantó de la silla y medio corrió para salir de la cocina.
—No tardes, que nos vamos ya.
—No, enseguida vengo, papá.
Cuando Elsa salió de la cocina y nos quedamos allí solos, el aire cambió.
Se volvió denso, pesado y peligroso.
No fue algo de golpe, fue sutil, pero no tan flojo como para que ninguno no lo notáramos.
Luca dio un paso hacia mí sin apartar sus ojos de los míos, y yo dejé de respirar. Porque estaba cerca. Demasiado cerca.
Podía notar su perfume, el calor de su cuerpo, el ritmo de su respiración. Podía notar la tensión que había entre los dos desde el día que nos habíamos conocido.
Esa tensión que cada día que pasaba aumentaba sin que ninguno de los dos pudiéramos ya obviarla o evitarla.
Sus ojos bajaron a mi boca. En ese momento mi corazón se saltó un latido. Y juro por Dios que pensé que iba a besarme, recé para que lo hiciera, deseé con todas mis fuerzas que lo hiciera. Pero no lo hizo.
Fue como si en ese momento en el que se estaba acercando a mi boca como a cámara lenta, algo en su interior le hizo frenar de golpe.
Quizás fue un recuerdo. Su conciencia. O a saber qué coño pasó.
El caso es que no lo hizo, y yo me quedé con toda la cara partida y una gran desilusión dentro. Eso sí, hablar que me quedé también con el calentón, claro está.
Agachó la cabeza y retrocedió un paso. Se dio la vuelta, agarró el pomo de la puerta de la cocina y la abrió, todo eso sin mirarme ni una sola vez.
Pero dijo algo antes de salir corriendo, porque eso fue lo que hizo, salir corriendo o huir, más bien, que dejó un rayito de esperanza dentro de mí de que puede que esa situación se repitiera, y si así era, desde luego que me prometí a mí misma que no dejaría que se echara para atrás la próxima vez; sería yo la que daría el paso y lo besaría.
—Mañana estaremos aquí.