Capítulo 15
Yara
Sonreí antes de abrir los ojos, ya era costumbre. La misma costumbre de que mi primer pensamiento del día y el último de la noche era para él. Para Luca.
Habían pasado quince días desde que le propuse que dejara a Elsa con nosotros.
Cuando salió de la casa esa tarde después de nuestra charla con Elsa de la mano, no pensé que aceptaría mi propuesta. Pero a la mañana siguiente me sorprendió, y para bien.
Sin abrir los ojos, los recuerdos de esa mañana vinieron a mi mente, haciéndome sonreír.
Era temprano. Ya no tenía que trabajar, pero mi cuerpo estaba hecho a ese horario y me levanté al alba como hacía cada mañana.
Fui directa a la cocina y me preparé un café. Por instinto o por algo que no sabría definir, me senté cerca de la ventana a tomármelo. No llevaba ni diez minutos allí dando sorbos al café, disfrutando de la calma y del silencio, cuando vi cómo su puerta se abría.
Salió todo vestido de negro como siempre, ya listo para ir a trabajar como hacía cada mañana, con la diferencia de que ese día llevaba en brazos a Elsa dormida.
Vi cómo se paraba en la acera, cómo dudaba.
Cómo miró el coche un par de veces, cómo miró mi casa un par de veces también, pero también vi cómo se rendía a lo inevitable.
Cruzó la acera para venir directo a mi casa.
Me levanté de golpe y abrí la puerta antes de que llamara. Vi cómo eso le sorprendió y cómo, sin hablar, supe lo que estaba pensando y eso me hizo sonreír. Estaba pensando que era una cotilla otra vez, que le había vuelto a vigilar por la ventana.
— Buenos días —murmuré.
Asintió apenas.
— Buenos días.
Elsa se removió un poco contra su cuello y Luca automáticamente la sujetó con más firmeza. Aquel gesto me enterneció más de la cuenta.
— Dámela —le dije en voz baja—. La tumbaré con Lina para que sigan durmiendo las dos juntas.
Dudó unos segundos, como si todavía le costara confiar, pero finalmente terminó acercándose a mí para que yo la cogiera de la misma manera que él la tenía en brazos.
En ese momento cuando nuestros brazos se rozaron al coger a la niña, sentí como si una descarga eléctrica me traspasara en cuerpo, y supe que a él le había pasado algo parecido por la manera rápida en la que se retiró.
Ninguno de los dos fuimos capaces de decir nada. Solo nos miramos. Nos sostuvimos la mirada de una manera mágica; enganchados el uno al otro, fue como si el resto del mundo desapareciera del mapa en esos momentos, como si solo existiéramos nosotros.
Fue Luca el que rompió el momento retirando la mirada y carraspeando.
— Cualquier cosa, tienes mi número.
Levanté la vista buscando otra vez sus ojos, pero no me dejó verlos; miraba al suelo.
— No voy a dejar que le pase nada.
Asintió. Y con un simple adiós, se dio la vuelta, se montó en el coche y se marchó.
Desde entonces así habían sido nuestros días.
Hola. Adiós. Buenos días. Buenas tardes. Gracias.
Esas eran las pocas palabras que cruzábamos a diario cuando me dejaba en los brazos a Elsa cada mañana o cuando venía a recogerla, unos días antes de comer, otros a primera hora de la tarde.
Palabras pocas. Pero miradas, muchas.
Un millón de miradas, cada vez más intensas, cada vez más cargadas, cada vez más cercanas. Miradas que decían lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Me senté en la cama y suspiré. Entré en la ducha y, mientras el agua me caía por encima, pensé en Elsa.
No pude evitar sonreír al hacerlo. Cada día estaba mejor. Más habladora, más alegre y más niña.
Cerré los ojos y suspiré recordando el día una semana después de empezar a quedarse por las mañanas con nosotros. Como sentada a mi lado en el jardín, se me quedó mirando unos segundos y me preguntó una cosa que hizo que se me estrujara el corazón.
— ¿Tu mamá también murió?
Juro que se me encogió el alma al ver con la tristeza con la que me lo preguntó.
Abrí mis brazos antes de contestarle nada y ella ni se lo pensó un segundo, se tiró a ellos y explotó a llorar.
Poco a poco, entre lágrimas, me contó lo del accidente de coche, lo del lago y cómo nunca encontraron el cuerpo de Clarissa, que así fue como me dijo que se llamaba su madre.
También me contó el motivo por el que se habían mudado a la casa de enfrente. Que, como por recomendación de su médica, su padre decidió sacarla de su casa, porque ella creía que su madre no estaba muerta y que volvería a casa.
Y seguía pensándolo. Estaba claramente estancada en la fase de negación del duelo.
Mis sobrinos, que la estaban escuchando contar su historia mientras estaba en mis brazos, cruzaron todos una mirada, primero entre ellos y luego conmigo.
Ahí todos en silencio hicimos un pacto sin que nos viera, de que nos costara lo que nos costara, la ayudaríamos a seguir y salir de ese anclaje en el que estaba y que no la dejaba avanzar.
Cuando Elsa terminó de hablar y su llanto cesó al menos un poco, fue Joel el que rompió el silencio.
— Aquí todos estamos un poco rotos.
Elsa levantó un poco la mirada.
— ¿Todos?
— Sí —dijo Heidi —, aquí todos hemos perdido a alguien.
Elías cerró su inseparable libro y añadió:
— Por eso aquí nadie tiene que fingir que está bien.
Elsa se quedó callada unos segundos procesando las palabras de los demás.
Y entonces dijo algo que todavía me rompía por dentro cada vez que lo recordaba, justo lo que me estaba pasando en ese momento.
— Entonces por eso me siento bien aquí… porque todos sois igual que yo.
Aquella frase terminó de destrozarme. Y también terminó de convencerme de que Luca había tomado la decisión correcta dejándola con nosotros.
Aunque él intentara mantenerse lejos. Porque sí, evitaba a toda costa tener contacto con nosotros todo lo posible, sobre todo conmigo.
Él sabía perfectamente por qué lo hacía y yo también. Porque cada vez que nuestras miradas se cruzaban, cada vez había más fuego en ellas, más deseo, más intensidad. Y cada vez había también menos contención, menos control y más rendición.
Y eso los dos sabíamos dónde nos llevaría de forma inevitable.
Las preguntas que estaban en el aire eran: ¿Quién sería el valiente en dar un paso al frente? ¿Quién sería el primero en rendirse a lo evidente y arrastraría al otro? ¿Quién sucumbiría a lo inevitable antes?
Salí de la ducha pensando en todo eso y mientras tanto seguí con la rutina diaria.
Esa tarde, cuando Luca vino después de comer a recoger a Elsa, la acompañé a la puerta como todos los días, pero ese día algo era distinto, aunque él todavía no lo sabía.
—Hola —dijo serio como siempre.
—Hola —contestamos las dos.
—¿Estás lista?
Elsa asintió, pero me miró de reojo sabiendo lo que iba a pasar.
—Luca, pasa un momento, me gustaría hablarte de algo.
Dudó desde la puerta; no se movió ni un milímetro como me esperaba que hiciera.
—Tengo cosas que hacer.
—Por favor. Solo será un momento.
Elsa le miró con cara suplicante.
—Papáaaa…
Resopló derrotado.
—Cinco minutos.
Sonreí sin poder evitarlo por el triunfo.
—Te estás aficionando a darme cinco minutos —bromeé.
Vi una mueca en su cara; no era una sonrisa completa, pero sí un amago de ella.
Entró detrás de nosotras y fuimos a la cocina. Elsa se sentó en una silla balanceando sus piernas, nerviosa, mientras nosotros nos quedamos de pie uno enfrente del otro, guardando las distancias.
Giré un poco el cuerpo y abrí la nevera. Saqué un zumo para Elsa y se lo serví en un vaso, que cogió encantada.
—¿Cerveza, limonada, un café?
—No quiero nada, como te he dicho, tengo prisa.
Qué borde era el ogro cuando quería, de verdad que sí, pensé.
Me volví a girar para mirarle y ahí hubo uno de esos momentos en los que nos quedamos enganchados el uno al otro.