Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 14
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Capítulo 14

Luca

Parpadeé una vez, y luego dos, para ver si al hacerlo la imagen desaparecía y solo había sido una alucinación. Pero no lo hizo.

Era verdad que mi hija estaba en los brazos de esa mujer riendo como hacía meses, muchos, que no lo hacía.

Un carraspeo salió de mi garganta antes de que pudiera evitarlo y no porque quisiera llamar así su atención, sino porque fue necesario para intentar que desapareciera el nudo que se me había formado en la garganta.

Al oírme, se hizo el silencio, y Elsa giró la cabeza rápidamente.

—¡Papá!

Di unos pasos quedándome a medio camino entre la puerta de acceso al jardín y la piscina.

—Sal de ahí, nos vamos a casa.

Su sonrisa desapareció de golpe y eso me hizo darme una hostia mental, porque joder, estaba pagando con ella mi frustración y la había hablado con un tono muy serio y no pidiéndole que lo hiciera, sino ordenando.

—Pero quería quedarme un poco más…

—Elsa —dije entre dientes.

Vi cómo Yara le susurraba algo al oído antes de ayudarla a sentarse en el borde de la piscina. Después ella salió del agua y, joder.

El bikini negro que llevaba debería estar prohibido.

El agua recorría lentamente su piel, pegándose a cada curva de su cuerpo que ya me había parecido atractivo con el vestido que llevaba el día que discutimos en su puerta, pero así, con solo dos trocitos de tela, era directamente un problema.

Noté una presión incómoda en el pecho. Y no fue en el único sitio que noté una presión, porque mi miembro dio un salto dentro de mis pantalones, como si fuera por libre, como si estuviera deseoso de rozarse con ella.

Y tú también estás deseoso de rozarte con ella por todas partes, no te mientas, me dijo la mierda de voz en mi cabeza.

Que, en vez de ayudarme, me jodió más al poner esa imagen en mi mente de mí mismo tocando con mis manos todo el cuerpo de Yara sin dejarme un solo centímetro de piel sin tocar.

Sacudí la cabeza, irritado conmigo mismo, para que todo eso desapareciera, porque no era momento ni lugar para pensar en eso, joder.

Yara cogió una toalla y empezó a secarse con ella tranquilamente mientras se fue acercando a mí.

—Luca, ¿verdad?

Asentí, mientras apretaba los puños porque tenerla tan cerca era todavía peor, ya que mi deseo cada vez iba más en aumento.

Sí, deseo sí. Ya a esas alturas era una tontería negármelo más; la deseaba joder, la deseaba como no había deseado a una mujer nunca en toda mi vida.

Ni siquiera con Clarissa me había sentido así nunca, no al menos con ese deseo que era para mí casi imposible de controlar.

Pero lo hice. Tuve que hacerlo. Tuve que controlarme. Porque eso no podía pasar, no debía pasar. No debía sucumbir a mis deseos con una mujer como ella.

No con una cotilla y entrometida de tal calibre.

—Acompáñame un momento.

—No tengo que acompañarte a ningún sitio. Me llevo a mi hija ahora mismo y luego decidiré si te denuncio o no.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos.

—¿Denunciarme?

—Te has llevado a mi hija sin permiso, eso tiene un nombre.

—No digas chorradas.

—¿Chorradas? ¿Tú quién coño te crees que eres para decidir algo sobre mi hija?

Vi cómo apretaba la toalla con fuerza entre sus manos.

—Y tú deberías bajar el tono antes de seguir hablando; los niños nos están mirando.

En eso tenía toda la razón, aunque ni loco pensaba dársela. Pero sí que en la siguiente frase bajé la voz, aunque no la dureza con la que la seguí hablando.

—Explícame por qué mi hija está aquí.

—Cinco minutos, solo te pido cinco minutos para hablar de forma civilizada.

Nos mantuvimos la mirada unos segundos y en la de ella ahí estaba esa intensidad que me desarmaba. Otra vez esa maldita intensidad.

Otra vez esa sensación absurda de que esa mujer no tenía miedo de enfrentarse a mí. Y no supe si eso me enfadaba más o me atraía todavía más.

¿Atraer? No, Luca, no es atraer, es que te pone muy cachondo que te desafíe y te mire así, me dije a mí mismo.

—Cinco minutos —gruñí—. Tienes cinco minutos para explicarme e intentar convencerme de que no te denuncie.

Yara asintió con la cabeza y caminó hacia dentro de la casa. La seguí hasta la cocina y, al entrar, yo mismo cerré la puerta a mi espalda.

—¿Quieres un café?

La miré incrédulo. Pero esta mujer, ¿qué se pensaba, que estaba allí en una visita social o qué?

—¿En serio crees que estoy para cafés?

—Pues deja de poner esa cara de asesino en serie y siéntate al menos.

Abrí la boca indignado, para decirle cuatro cosas bien dichas, pero ella, al ver mis intenciones, levantó la mano y me pidió con ella que me sentara.

—Siéntate y déjame hablar hasta el final. Después ya puedes gruñir todo lo que quieras.

No sé por qué lo hice, pero me senté.

Yara apoyó las manos en la encimera y volvió a clavar esa jodida mirada en mí.

—Llevamos toda la semana viendo a Elsa sola en el jardín.

Fruncí el ceño.

—¿Otra vez vigilando por la ventana? No se te quita la manía.

—Tengo tu casa enfrente del lugar donde me siento a trabajar; es difícil no verlo.

Lo sabía, claro que lo sabía. Sabía perfectamente que se sentaba muy temprano en la mesa del salón todas las mañanas con un portátil. La había visto todos los jodidos días antes de montarme en el coche para irme a Zúrich.

Mi última mirada todos los días había sido en esa dirección, sin remedio, sin poder evitarlo, sin querer evitarlo más bien. Se había convertido en rutina mirarla antes de irme y me odiaba por ello.

—Lina empezó a preocuparse por ella. Y sinceramente, yo también.

Su tono cambió ligeramente. Más suave. Más serio.

—Tu hija está triste.

Aquello me atravesó como un puñetazo.

—Ya lo sé.

—No. Tú sabes que está triste, pero no sabes hasta dónde llega esa tristeza ni tampoco sabes realmente cómo se siente.

—¿Y tú sí?

—Sí, yo sí lo sé porque he visto esa misma mirada de tristeza reflejada en mis ojos y en los ojos de todos mis sobrinos.

—¿Tus sobrinos?

—Sí, los cuatro son mis sobrinos.

Eso sí que no me lo esperaba; había pensado que eran sus hijos, que los había tenido joven, pero no se me había pasado por la cabeza que pudieran ser sus sobrinos.

—No entiendo qué quieres decir con eso de la mirada y de que tú la reconoces.

Suspiró despacio antes de empezar a contarme, haciéndome un resumen rápido del porqué me acababa de decir eso.

Me contó cómo se quedó sin madre siendo apenas una cría de quince años, cómo se quedó al cargo de su hermana y su cuñado. Cómo había formado parte de su vida desde entonces, cómo había ayudado a criar a sus sobrinos desde su nacimiento.

Y cómo, cinco años atrás, la vida volvió a golpearla a ella y a los niños de una manera brutal cuando en un accidente su hermana y su cuñado murieron y ella tuvo que hacer lo mismo que habían hecho con ella: quedarse al cargo de los cuatro niños.

Y mientras hablaba, entendí muchas cosas.

Entendí esa protección tan alta que tenía hacia ellos. Entendí la manera en la que todos estaban juntos en la piscina, no solo disfrutando, sino compartiendo ese momento como si fuera único. Entendí la unión tan fuerte que tenían y por qué Elsa estaba tan contenta entre ellos.

Porque eso era lo que ella necesitaba. Necesitaba esa misma unión con alguien más que conmigo.

Al terminar de contarme eso de su vida, me puso al tanto de lo que había pasado esa mañana.

Cómo. sin poder contenerse ni un día más al ver a Elsa sola en el jardín de casa, había ido a verla, cómo había hablado con ella, cómo le dijo el trato y lo que hacía la niñera.

Eso me puso de muy mala hostia. Tanta que, si hubiera tenido a la niñera delante en esos momentos, el que hubiera acabado con una denuncia habría sido yo.

Me contó y ahí la miré alucinado cómo se había enfrentado a ella, cómo le había dicho que se largara y cómo se había traído a Elsa con ella a su casa, porque le pareció lo correcto, porque así le pidió su corazón que lo hiciera.

Cuando terminó de hablar, se hizo el silencio. No uno incómodo, sino uno necesario. Uno que ella me dio para que procesara todo lo que me había contado, aunque supe que lo había suavizado mucho al resumirlo tanto, pero me imaginaba lo mal que lo tenía que haber pasado.

Lo mucho que debió sufrir por tantas pérdidas. Lo fuerte que había tenido que ser para no derrumbarse delante de sus sobrinos y tirar de ellos cuando, al parecer de ella, no había tirado nadie.

Y entendí por qué había actuado como lo había hecho con Elsa. Porque no solo era innato en ella ese poder de protección que tenía con sus sobrinos, sino con cualquiera al que le viera vulnerable y en una situación de necesidad.

En ese caso, mi hija. Y por primera vez desde que había llegado, no supe qué decir.

—Gracias —murmuré al final— por lo de la niñera.

Yara simplemente asintió.

—No podía quedarme quieta viendo eso.

Me pasé una mano por la cara, cansado, porque ahora tenía otra vez el mismo problema encima o parecido.

Tendría que llevar a Elsa hasta Zúrich todas las mañanas a casa de mi madre, que vivía justo en la misma calle en la que habíamos vivido nosotros.

Y estaba seguro de que todo, si es que habíamos ganado algo esa semana, se iría al traste porque mi hija insistiría hasta el aburrimiento a mi madre para que la llevara a nuestra casa.

—Ahora tendré que organizarme. No pienso contratar a otra niñera de momento.

—¿Y qué vas a hacer?

—Llevaré a Elsa conmigo a Zúrich todas las mañanas; antes de ir a la oficina, la dejaré con mi madre.

Vi cómo se quedó pensando unos segundos, vi cómo dudaba en si decir lo que se le estaba pasando por la cabeza.

—No hace falta que hagas eso —dijo al fin.

Le miré sin entender.

—¿Cómo que no hace falta? No puedo coger vacaciones, ahora no, quizás dentro de un par de semanas…

—Puede quedarse aquí —soltó cortándome.

Parpadeé lentamente y en esa ocasión fui yo el que clavó mi mirada en ella.

—¿Aquí?

—Con nosotros.

Solté una risa incrédula.

—No puedes estar hablando en serio.

—Estoy hablando muy en serio, yo ya empiezo mañana las vacaciones hasta que vuelvan al cole. Creo que Elsa estaría bien aquí —añadió.

—No voy a dejar a mi hija con unos desconocidos.

—La niñera también era desconocida —me dijo muy seria—. Además, esos desconocidos han conseguido en un par de horas que tu hija sonría por primera vez en días.

En días no, en meses quise decirle, pero me callé.

Yara dio un par de pasos hacia mí y se puso cerca, demasiado cerca.

Olía a vainilla y piscina. Y solo con su cercanía sentí otra vez ese calor recorrerme el cuerpo.

Otra vez ese deseo incontrolable por tocarla, por saber a qué sabían sus labios; sentí de nuevo cómo mi miembro daba una nueva sacudida y me removí en la silla incómodo.

—Piénsalo esta noche —me dijo en voz baja—. Yo siempre estoy levantada cuando te vas a trabajar. Puedes traerla aquí, de verdad que estará bien.

Tragué saliva sin apartar la vista de ella. De sus ojos. De sus labios. De su cuerpo. De ella entera.

La voz de mi hija entrando en la cocina interrumpió ese momento en el que no solo yo me había quedado enganchado mirándola. Vi cómo ella también estaba sintiendo lo mismo que yo por la manera en la que me miraba.

Y eso me asustó. Sí, por primera vez en mi vida estaba asustado de sentir.

Esa noche en la cama, apenas pegué ojo.

No solo pensé en la proposición que me había hecho, que tenía que admitir que era muy buena para mi hija. En un rato, ella se había sentido mejor que en mucho tiempo, según lo que me contó durante la cena. También pensé en ella.

Pensé mucho más de lo que debería, pero no pude parar de hacerlo.

Esta mujer va a ser mi perdición; ese fue mi último pensamiento antes de dormir.