Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 13
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Capítulo 13

Luca

Miércoles, y llevábamos una semana a tope de trabajo.

Reuniones, papeles, correos, proyectos nuevos y antiguos que no estaban dando más guerra de la necesaria.

Llevaba una semana de auténtica locura.

Desde bien temprano metido en la oficina hasta primera hora de la tarde. En un principio, mi idea había sido llegar a casa todos los días y comer con Elsa, pero desde que nos habíamos mudado hacía ya una semana no había podido hacerlo ni un solo día.

Solo habíamos comido juntos el domingo en casa de mi madre y porque mi madre me rogó que dejara el trabajo por un día.

Me recriminó que desde lo de Clarissa me había refugiado en el trabajo más que nunca. Y a eso no pude quitarle la razón, porque era totalmente cierto.

Encima, la situación de mierda que tenía en la empresa había hecho que me tuviera que llevar trabajo a casa y, por las tardes, mientras mi hija jugaba en el salón o veía la televisión, yo había estado enterrado entre papeles y correos.

Ella no se había quejado ni una sola vez.

Pero a mí me jodía más que nada no haber podido llevarla al parque o a pasear por el pueblo; peor, estaba intentando dejarlo todo cerrado y resuelto para que eso no pasara más y poder disfrutar más tiempo juntos ahora que ella estaba de vacaciones.

Llevaba una hora reunido con Thomas en mi despacho revisando unos informes de rendimiento de una de las empresas que acabábamos de integrar en el sistema cuando el móvil vibró sobre la mesa.

Fruncí el ceño al ver un número desconocido.

Eso me descolocó mucho porque todas las personas con las que tenía contacto las tenía grabadas en la agenda.

Así que seguramente sería alguien que se había equivocado.

No podía haber otra opción porque, si fuera algún posible cliente, no se pondría en contacto conmigo de esa manera, sino que llamaría a la empresa y mi secretaría le agendaría una cita.

Abrí el mensaje presa de la curiosidad y me quedé a cuadros.

Una foto. Era una foto de Elsa.

Mi hija estaba sentada en el borde de una piscina con un bañador rosa puesto, que claramente no era suyo, porque yo no se lo había comprado, riéndose mientras otra niña de su edad la salpicaba.

Tenía las mejillas sonrosadas, el pelo mojado, pero había algo más en ella. Algo que hacía meses que no veía.

Una sonrisa. Pero una de las de verdad. Una de esas que siempre tenía antes de pasar lo de Clarissa.

Algo al ver esa sonrisa me hizo sonreír a mí también, porque al parecer sí que podía volver poco a poco a ser la niña que era antes. Pero la sonrisa me duró en la cara bien poco, lo justo en lo que abrí el siguiente mensaje que llegó tras la fotografía.

Número desconocido: Hola, vecino ogro. Antes de que te dé un infarto, tu hija está perfectamente y está conmigo. Soy Yara, tu vecina. He tenido que intervenir en una situación que estaba perjudicando a Elsa y preferiría explicártelo cara a cara cuando volvieras.

El mensaje terminaba así, tal cual. No podía ser cierto lo que veían mis ojos, me dije, empezando a cabrearme, muchísimo.

Volví a mirar la foto. Bajé y releí el mensaje para cerciorarme de que no estaba teniendo una alucinación.

Justo en ese momento entró otro mensaje; era como si hubiera hecho una pausa y quisiera seguir explicándose.

Número desconocido: No está sola, como has podido ver; está con mis chicos y te prometo que está bien. Puedes enfadarte después de escucharme, aunque seguramente ya lo estás mientras lees esto. No tengas prisa en venir, ella estará bien, chao.

—¿Qué cojones…?

—¿Qué pasa? —me preguntó Thomas.

Sin decir nada, le lancé el móvil, deslizándolo por la mesa.

Leyó los mensajes y vi cómo se contenía, pero eso solo le duró tres segundos; porque justo después rompió a reír a carcajadas el muy gilipollas.

—¿Te hace gracia?

Mi tono salió más duro de lo que pretendía, pero Thomas ya me conocía y sabía que no me lo tendría en cuenta.

—La vecina cotilla ha evolucionado. Ahora ya está en modo entrometida nivel diez.

Le fulminé con la mirada.

—Esto no va a quedar así.

—Relájate.

—¡¿Que me relaje?! ¡Se ha llevado a mi hija sin permiso!

Thomas levantó una ceja al oírme hablar así de alterado, dejó el móvil encima de la mesa y se cruzó de brazos.

—Si ha hecho eso, tiene que haber un motivo, Luca.

—Sí, que no sabe meterse en su puta vida.

Me puse en pie de golpe, cerré el portátil con un golpe seco y me guardé el móvil en el bolsillo del pantalón.

—Esto se acaba hoy mismo.

—¿Vas a arrancarle la cabeza, ogro?

—Depende de lo que me encuentre y me cuente.

Thomas volvió a echarse a reír.

Rodeé la mesa para largarme, pero antes de llegar, el muy capullo no pudo verse callado y tuvo que hacer la última gracia.

—Llámame luego y me cuentas cómo va la guerra con la pelirroja; me da que hoy vas a perder otra batalla.

No se lo creía ni él ni ella; eso no iba a pasar de ninguna de las maneras. Hoy sí que iba a agachar la cabeza, hoy sí que no me iba a desafiar con la mirada, hoy sí que la iba a intimidar, pensé.

No cuentes con ello, me contestó esa vocecita que últimamente me tocaba los cojones más de lo habitual.

—Yo no pierdo, hoy no.

Thomás se carcajeó más fuerte.

—Con esa pelirroja vas a perder algo más que una batalla y, si no, al tiempo.

—Vete a la mierda, Thomas.

Cerré la puerta de un portazo y desde fuera pude oír cómo el muy capullo se partía de risa a mi costa.

El trayecto hasta casa se me hizo eterno. Iba enfadado, muy enfadado.

Fui todo el camino murmurando y echando pestes por la boca, aparte de resoplar más veces de las que recuerdo.

Pero debajo de toda esa rabia por lo que había hecho había otra cosa que me molestaba todavía más.

La imagen de la pelirroja, como decía Thomas, o de Yara, que era como se llamaba según me había dicho en su mensaje, que aparecía una y otra vez sin pedir permiso a cualquier hora del día o de la noche en mi cabeza.

Esa imagen constante de sus ojos verdes. De su pelo color fuego. La imagen de esa manera de sostenerme la mirada. Esa manera de levantar la cabeza de manera desafiante.

Y esa manera de hablarme como si yo fuera gilipollas y no entendiera las cosas. Todo eso me tenía descolocado, acojonado y furioso al mismo tiempo.

Porque mi cuerpo reaccionaba a ella o al recuerdo de ella, aunque yo no quisiera hacerlo.

Sí, reaccionaba a ella, a Yara.

Yara…

Joder, hasta el nombre lo tenía bonito.

— Para Luca, para de una puta vez de pensar en ella, es el enemigo, recuérdalo —dije riñéndome a mí mismo.

Aparqué delante de casa y crucé directo a la casa de enfrente.

Llamé al timbre con más fuerza e insistencia de la necesaria. La puerta se abrió segundos después.

Pero no fue ella la que me abrió, sino un chico de unos once o doce años en bañador que me miró con una ceja alzada. Tenía unos ojos parecidos a los de ella, la vecina, pero de un verde mucho más oscuro.

—Soy el padre de Elsa.

El crío inclinó ligeramente la cabeza.

—Ah… el vecino ogro.

Apreté la mandíbula.

—¿Perdona?

—Es lo que eres, ¿no? O eso dice Elsa, que es así como algunos te llaman.

Resoplé. De puta madre, ahora hasta los niños del vecindario me iban a llamar ogro, por culpa del cabrón de Thomas y su manía de llamarme así delante de Elsa.

—¿Dónde está mi hija?

El chico se apartó de la puerta para dejarme pasar.

—Pasa, estamos todos en la piscina.

Entré siguiendo el sonido de las risas y cuando llegué al jardín, me paré en seco al ver la imagen que tenía ante mí.

Una imagen que no me hubiera esperado nunca, una que me removió algo por dentro, una que me enfadó y me encantó a partes iguales.

Elsa estaba abrazada a Yara dentro de la piscina mientras las dos reían a carcajadas porque los demás niños, incluido el que me había abierto, que ya me había adelantado y se había lanzado con los demás, las salpicaban a las dos.