Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 12
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Capítulo 12

Yara

Me levanté temprano, como cada mañana desde que los chicos habían empezado las vacaciones de verano ya una semana atrás.

La casa todavía estaba en silencio y agradecí esos minutos de calma antes de que el caos diario empezara. Los gritos, las risas, las peleas absurdas, todo eso y mucho más.

Aun así, no cambiaría ese caos por nada del mundo.

Entré en la cocina y, en modo piloto automático, dejé todas las cosas del desayuno para los niños.

Todos los días lo hacía así. Lo dejaba todo listo y así, cuando se levantaran, pasarían a desayunar, mientras yo trabajaba en el salón, aunque siempre y sin poder evitarlo, me asomaba para ver sus primeras risas de la mañana, esas que me llenaban el alma.

La ausencia de sus padres, aun tantos años después, aún nos pesaba a todos, pero habíamos aprendido a vivir con ella, y mis niños eran felices.

Con todo ya colocado, me preparé un café y fui descalza hasta el salón, donde tenía el portátil abierto desde la noche anterior. Solo me quedaba terminar un último trabajo que me quedaba pendiente y pararía hasta que los niños volvieran al colegio.

Todos los veranos hacía lo mismo: parar cuando ellos lo hacían, para poder disfrutar las vacaciones juntos.

Me senté en el sofá y recogí las piernas bajo mi cuerpo. Empecé a trabajar mientras el sol comenzaba a iluminar las calles de Wädenswill.

No llevaba ni tecleadas dos líneas cuando, sin poder evitarlo, mi mirada se fue sola hacia la ventana. Miré justo enfrente y, como todas las mañanas desde que habían llegado hacía ya una semana, la puerta del vecino se abrió y salió él.

Vestido completamente de negro, siempre de negro. Ya me había preguntado varias veces si no tendría ninguna prenda de otro color. Llevaba camisa negra, pantalón negro, americana y zapatos también negros, todo haciendo juego con esos ojos que tenía de ese mismo color.

Esos ojos en los que había pensado más veces de las que estaría dispuesta a reconocer.

Le vi caminar hasta el coche con el móvil pegado a la oreja mientras hablaba sin apenas gesticular. Antes de montarse en el coche, levantó la mirada hacia mi casa.

Y al verle hacer eso, ahí estaba otra vez esa sensación absurda en el estómago, esa sensación de nerviosismo y algo más en lo que prefería no pensar.

Y esa sensación estaba ahí porque desde nuestro encontronazo llevaba viéndole hacer lo mismo todas las mañanas. Su última mirada antes de irse siempre era para la ventana en la que yo estaba trabajando.

Seguramente lo hacía por instinto, no porque quisiera verme a mí, porque eso sería lo más absurdo del mundo.

Pero, aun así, como una idiota, todos los días esperaba ese momento, mirando en su dirección.

Resoplé para mí misma.

—Estás fatal, Yara —murmuré antes de bajar la vista al portátil para seguir trabajando.

Pasé tres horas en las que me concentré al máximo para dejar todo zanjado. Justo cuando cerré el portátil, satisfecha y contenta por tomarme unas vacaciones, el sonido de la música y varias carcajadas me indicó que los chicos ya habían bajado de la buhardilla y estaban en la piscina.

Dejé el portátil en la mesa y me fui a buscarlos.

Como imaginaba, Heidi y Joel estaban en la piscina. Él intentaba hacerle una ahogadilla mientras ella chillaba y le tiraba agua a la cara entre risas. Elías estaba tumbado en una de las hamacas con uno de sus inseparables libros, ajeno a todo el caos que había a su alrededor.

—Ya la estáis liando.

—No es lío, es rutina —contestó Joel sin dejar de reírse.

Miré alrededor y fruncí el ceño.

—¿Dónde está Lina?

Los tres se encogieron de hombros.

—Ni idea —dijo Joel.

—Seguramente esté otra vez en la ventana de la cocina mirando a la niña de enfrente.

Volví a fruncir el ceño.

—¿Otra vez?

—Lleva toda la semana igual, dice que le da pena porque la niña siempre está sola —añadió Heidi.

Oír eso me removió algo por dentro. Porque yo también me había dado cuenta. Había visto a la pequeña pasar horas enteras por la mañana en el jardín con un libro o con dos muñecas, mientras la niñera que entraba a primera hora en la casa no salía con ella ni una sola vez.

Fui hasta la cocina y, efectivamente, allí estaba Lina subida en una silla mirando por la ventana.

—¿Qué haces, cielo?

Se giró hacia mí mirándome con esos ojos que tanto me gustaban porque eran igualitos que los de mi hermana y cada vez que la miraba era como estar viéndola a ella.

—Esa niña está muy sola, tía.

Miré hacia fuera y allí estaba la pequeña sentada en el césped con un libro en las manos, sola, otra vez.

—Podríamos decirle si quiere jugar conmigo, tengo muchas muñecas.

Mi primer impulso fue negarme, recordando perfectamente la advertencia del vecino, cuando me dijo que ni me acercara a ellos, que ni los mirara ni les hablara.

Pero entonces la niña levantó la vista del libro y el corazón me dio un vuelco.

Reconocí esa mirada. La misma mirada que todos habíamos tenido en esa casa. Era de tristeza silenciosa, era esa mirada que tiene alguien cuando está intentando entender una pérdida demasiado grande para su edad.

Y no pude quedarme quieta; algo dentro de mí me dijo que lo hiciera, me dijo: "Hazlo".

—Espérame aquí.

—¿Qué vas a hacer?

—Algo que seguramente me meta en problemas.

Lina sonrió emocionada; yo no tanto, pero aun así salí de la casa, crucé la calle y me acerqué despacio hasta la niña. Ella levantó la vista del libro cuando me senté a su lado.

No dijo nada, solo me observaba.

—Ese libro está muy bien —comenté señalando la portada—. ¿Has leído los anteriores?

Dudó un segundo. Luego, dos…

—Sí… —susurró.

—Mi personaje favorito es el dragón gruñón.

Al decir eso conseguí que me mirara a la cara.

—¿Lo has leído de verdad?

Sonreí.

—Claro, me los sé casi de memoria, los he leído con mis chicos.

Bajó la mirada otra vez al libro.

—Hay niños en tu casa.

Joder, lo dijo con tanto anhelo que se me removió todo. Era como si estuviera deseando estar con más niños.

—Sí, cuatro terremotos.

Eso le arrancó una leve sonrisa, leve, sí, pero sonrisa, al fin y al cabo. Y de esas me daba la sensación de que no ponía muchas.

—Te he visto por la ventana —dijo.

—Y yo a ti.

Le di unos segundos de silencio antes de seguir; no quería abrumarla.

—¿No juegas en el parque? Allí hay muchos niños.

Negó con la cabeza.

—¿Y con la chica que está contigo?

Se encogió un poco sobre sí misma, y con ese gesto supe que algo pasaba, algo que no era bueno.

—Siempre está hablando por teléfono con su novio o con sus amigas.

Mi cuerpo se tensó entero.

—¿Y entonces no hacéis nada juntas?

—No, solo me habla cuando papá está delante; cuando se marcha, ya no.

Hija de puta, pensé. Pues no sabía con quién se había topado si pensaba que iba a dejar las cosas así.

—¿Te gustaría venir a jugar a mi casa con Lina? Creo que tenéis la misma edad; estoy segura de que lo pasaréis bien. Tiene muchas muñecas.

Sus ojos se iluminaron un poco y no pude por más que sonreír al verlo.

—¿De verdad?

—Claro, además Elías tiene una colección de libros enorme, seguro que hay muchos que no has leído y él te aconsejará y te prestará el que quieras.

Pensó unos segundos y su expresión volvió a apagarse.

—No puedo ir, papá se enfadará.

Solté una breve risa.

—Creo que tu padre ya está suficientemente enfadado conmigo, así que poco más puede empeorar la situación. ¿Tú quieres venir?

No dudó ni lo pensó, la respuesta le salió sola.

—Sí.

Asentí sonriendo. Me levanté, fui hasta la puerta y llamé al timbre.

Tardó varios minutos en abrir, y encima no lo hizo al primer timbrazo, sino al tercero, y eso hizo que mi mala hostia aumentara.

La niñera apareció en la puerta con el puto móvil pegado a la oreja.

—Sí, tía, pasamos una noche alucinante, no veas cómo me toca…

Sin pensármelo dos veces, le quité el teléfono y colgué. La chica me miró horrorizada.

—¿Qué coño haces?

—Eso mismo iba a preguntarte yo.

—¿Perdona?

—Te están pagando por cuidar de una niña, no por pegarte todo el día hablando por teléfono mientras ella está sola en el jardín.

Me miró toda indignada.

—¿Y tú quién te crees que eres para venir a decirme nada?

—Alguien que ha visto lo mal que cumples con tu trabajo.

Dio un paso hacia mí, seguramente pensando que me haría retroceder o queriendo intimidarme. Lo llevas claro, guapa, le dije en mi cabeza.

—No te metas donde no te llaman.

—Me meto donde me da la gana, porque esta niña necesita atención, cariño, alguien que juegue con ella, y tú desde luego no eres ese alguien.

—Eso no es asunto tuyo.

—Ahora sí lo es.

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Ella, roja de rabia. Yo conteniéndome para no arrastrarla por los pelos por toda la calle, por desgraciada.

—El señor Schneider no va a estar contento con esto, con esta intromisión.

—Ya me encargaré de él más tarde.

—Estás loca.

—Y tú despedida.

La chica soltó una carcajada incrédula.

—¿Perdona?

—Que recojas tus cosas y te largues.

—¿Quién coño te crees que eres para despedirme?

—La persona que va a contarle al señor Schneider lo inútil que eres y el trato que le has estado dando a su hija toda la semana.

Ahí se le fue todo el color de la cara.

—Creo que deberías darme hasta las gracias de que, en vez de venir, no le haya llamado y tengas que darle la cara.

Así sí que se cagó de miedo.

Me quitó el móvil de las manos de un tirón, cogió el bolso que tenía colgado en una percha en la entrada de la casa y, sin decir ni adiós, se marchó con pasos rápidos calle abajo.

Detrás de mí escuché una vocecita y un tirón en mi camiseta.

—Tienes el mismo carácter de ogro que mi padre.

Me giré hacia la niña y no pude evitar echarme a reír.

—Puede que por eso no nos llevemos bien, pero lo intentaré.

Y ella sonrió.

Sí, sí, sí, joder, sonrió por primera vez de verdad desde que la conocía.

—Yo soy Yara —me presenté.

—Yo, Elsa.

—Encantada, Elsa, tienes un nombre precioso, me gusta.

Se sonrojó un poco y eso me gustó.

—Oye, ¿te sabes por casualidad el número de tu papá?

Asintió.

—Perfecto, ahora en casa me lo das y, mientras tú conoces a mis chicos, yo le diré que estás allí.

Alargué la mano para que me la diera y ella me tendió la suya con cierta timidez.

Nos giramos hacia mi casa y sonreí al ver que en la puerta estaban todos mis chicos esperando para darle la bienvenida a Elsa; si es que mis chicos eran los mejores.

—Vamos, te están esperando.

Asintió y volvió a sonreír.

De la mano cruzamos la calle; así, con ella a mi lado, tuve la sensación de que eso que acababa de hacer me iba a traer muchísimos problemas.

Y, aun así, no me arrepentía ni un poco.