Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 11
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Capítulo 11

Luca

Cuando entré en la sala de reuniones, ya estaban todos en sus sitios, los mismos de siempre, sentados, esperándome.

Con las pantallas de todos los portátiles encendidas, todos con los informes al lado bien colocados para tenerlos a mano y consultar algo si era necesario. Todos esperándome con miradas expectantes.

Bien. Ahí sí que estaba totalmente en mi elemento, ahí sí que tenía el control, ahí sí era yo, sin que nadie se atreviera a desafiarme, ni con la mirada, ni con sus palabras. Ahí me respetaban, por lo que imponía, no por ser un ogro como solía decir Thomas.

—Empezamos —dije sin rodeos.

Activé la pantalla principal y unos segundos después salieron proyectados los datos con los que trabajaríamos ese día.

Todos los que estábamos en esa mesa hablábamos el mismo idioma; todos sabíamos exactamente qué papel teníamos dentro de mi empresa.

Yo, el CEO. Thomas, mi mano derecha. Los demás especialistas en sus campos.

La empresa que creé desde cero con el dinero que mi padre me dejó al morir, que era bastante, tengo que admitir, ese dinero que mi madre administró hasta mi mayoría de edad, que fue cuando pasó a ser mío.

Y con ese dinero precisamente fue con el que fundé Schneider T-Systems .

Trabajé duro, mucho.

Muchas noches sin dormir, muchas decisiones difíciles de tomar, muchos dolores de cabeza. Pero todo había valido la pena.

Porque ahora mi empresa estaba en todo lo alto y era una de las que más facturaban a nivel nacional. Aunque hacía poco que también nos habíamos expandido al extranjero.

Era una empresa de software empresarial basado en la inteligencia artificial.

En ella optimizábamos empresas grandes, con su logística, finanzas, producción y muchas cosas más.

En resumen, que vendíamos eficiencia, control y resultados. De ahí la gran facturación que teníamos al año, desorbitada; esa sería la palabra que cualquiera que viera los números usaría seguro.

Tomé aire y dejé todo lo demás fuera de mi cabeza.

—El nuevo módulo de automatización predictiva tiene un retraso de dos semanas. Eso no es negociable.

Algunos intercambiaron miradas. Otros tragaron saliva. Otros, simplemente, asintieron.

—Quiero una reestructuración del equipo de desarrollo. Menos capas intermedias que no sirven y más ejecución directa.

Fijé mi mirada en mi amigo, que estaba sentado a mi derecha como debía ser.

—Thomas, te encargas tú de esto.

Asintió sin dudar.

—Además —continué—, vamos a integrar el sistema de aprendizaje adaptativo antes de lo previsto. Nuestros clientes no quieren herramientas que reaccionen, quieren unas que se adelanten.

Silencio. Ni uno solo habló, y apenas respiraban. Como para respirar, me dijo una voz en mi cabeza a la que mandé callar de inmediato.

—Y nosotros vamos a dárselas.

Caminé despacio por la sala mientras seguía hablando.

—No quiero excusas, quiero soluciones y las quiero ya, que para eso os pago un pastizal.

Varias cabezas bajaron la mirada que tenían puesta en mí hacia sus notas mientras tragaban saliva.

—Tenéis cuarenta y ocho horas para presentarme un nuevo plan de ejecución.

Hice una pausa.

—¿Alguna duda?

Nadie habló.

—Perfecto, pues cada uno a lo suyo. La reunión ha terminado.

Apagué la pantalla y salí de la sala sin mirar atrás. Así era siempre: serio, frío, directo. Y es que no sabía ser de otra manera, al menos en el trabajo. Me había costado mucho llegar donde había llegado y no podía permitir errores.

Porque uno solo de esos errores podía llevarte a la ruina; no sería el primero ni el último al que le pasaba una cosa así.

Así que, si siendo un robot sin sentimientos en la oficina, como decían algunos, podía evitar un error por mínimo que fuera, pues lo seguiría siendo, por mi bien y por el de todos.

Caminé por el pasillo para llegar a mi despacho y no me sorprendió lo más mínimo escuchar pasos detrás de mí.

Thomas. Sin girarme, ya sabía que era él.

No habíamos hablado desde la mañana anterior y estaba seguro de que vendría a mi despacho para hacerme un interrogatorio completo sobre la casa nueva, el barrio y la reacción de Elsa a todo eso.

Abrí la puerta del despacho y no la cerré; pasé y fui directamente a sentarme en mi sillón.

La puerta se cerró. O la cerró Thomas, más bien.

Caminó con esa chulería que le caracterizaba, esa que siempre había tenido, desde que éramos unos críos.

Nos conocíamos desde el colegio. Concretamente, desde el primer día que entramos, los dos con nuestros uniformes, esos horribles que hasta corbata llevaban, cara de susto y una pequeña mochila a la espalda.

Nos tocó sentarnos juntos y esa fue nuestra sentencia, ya que nunca más nos habíamos separado. Nuestras vidas habían estado ligadas desde entonces: mismas clases, mismo grupo de amigos, mismos estudios.

Y cuando fundé la empresa, se quedó a mi lado siendo mi mano derecha; no se lo pedí, y él tampoco preguntó. Fue natural, como si estuviéramos destinados a acabar así.

Yo siempre para él y él siempre para mí. Más que amigos, éramos hermanos; de esos ninguno de los dos teníamos de sangre, pero tampoco los necesitamos nunca, ya que nos habíamos tenido y así seguíamos el uno al otro.

—¿Qué tal la casa nueva, ogro?

Ya ni me molestaba en decirle que no me llamara así; lo hacía solo cuando estábamos solos, y hasta me había acostumbrado a oírle llamarme así. Y aunque no lo hubiera hecho, a él le habría dado igual porque lo seguiría haciendo.

—Bien.

—Eso suena apasionante —dijo poniendo los ojos en blanco—. Repito. ¿Qué tal la casa?

No contesté inmediatamente como era mi costumbre. Y ese fue mi error. Porque notó que algo había pasado.

Siempre lo hacía, siempre sabía cuándo algo me pasaba; me conocía tan bien que se sabía a la perfección mis gestos, mis miradas y hasta cuándo cambiaba la voz.

Se inclinó hacia delante en la silla y apoyó los codos en la mesa para captar mejor mis reacciones.

—Vale, ¿qué ha pasado? Y no me digas que nada, porque no cuela.

Necesitaba desahogarme, necesitaba contarle lo que había pasado, así que no me lo pensé.

—Una vecina llamó a la policía.

Se quedó en silencio un segundo. Luego otro. Y de repente el muy cabrón se echó a reír a carcajadas.

—¿De qué coño te ríes? —gruñí.

—¿En serio? —dijo entre risas—. Primer día en la casa nueva y ya tienes a la policía en la puerta. Has mejorado tu marca personal, de sacar a la gente de sus casillas.

—No tiene ninguna gracia, Thomas, Elsa se asustó.

—Pero se le pasó el susto rápido, ¿no? Es una chica fuerte.

—Sí, en cuanto nos fuimos a la cama se olvidó del tema, o eso creo. Esta mañana no ha dicho nada.

Asintió satisfecho.

—Entonces, ¿qué le hiciste a la vecina? ¿Te comiste sus flores? ¿Quemaste su ropa tendida con esa mirada de fuego que tienes? ¿O qué pasó?

Siguió riéndose de sus propias tonterías.

—Es una cotilla, llamó porque pensó que era un ladrón o un okupa —dije antes de resoplar.

Las carcajadas de Thomas ya se tenían que oír hasta fuera del despacho.

—No me jodas, ¿en serio te confundió con un delincuente?

Asentí, y él siguió riéndose.

—¿Y qué tal está la cotilla?

Lo miré mal, muy mal, y me crucé de brazos.

—¿Qué tal está de qué?

—De todo, has puesto una cara al hablar de ella que…

—Te estás imaginando cosas, no he puesto ninguna cara —gruñí de nuevo.

Se recostó en el respaldo y me miró como diciendo: “A mí a estas alturas me vas a engañar, no te lo crees ni tú”.

—Yo no me he imaginado nada, solo observo. Y tú no sueles reaccionar así por “una vecina más”.

Hizo el gesto con los dos dedos de entrecomillar lo de una vecina más a la vez que levantaba las cejas varias veces.

Capullo, cállate ya, pensé, pero no se lo dije.

—No hay nada que observar.

—Ajá.

Apreté la mandíbula y me mantuve en silencio.

—Es pelirroja, ¿verdad?

Lo miré de golpe. Mierda, esa mirada me delató, porque bien sabía él que me gustaban las pelirrojas.

Joder, Luca, hoy estás muy lento y perdido con tus reacciones, me recriminé a mí mismo.

—Lo sabía.

—¡No sabes una mierda!

—Sí lo sé. Tus gestos, tu mirada, la palabra vecina en tu boca y tu cuerpo tenso me lo han dicho todo.

—¿Me estás psicoanalizando?

—No me hace falta, tu cuerpo me ha dicho todo lo que tu boca no quiere decir o, más bien, tu mente no le deja hacerlo.

—Ilumíname, Einstein, qué te dice mi cuerpo, a ver.

—Que la vecina te gusta, más de lo que te quieres admitir hasta a ti mismo.

Abrí los ojos como platos. ¿Pero qué cojones estaba diciendo? Se le tenía que haber ido la olla, pensé.

La verdad, eso es lo que está diciendo, me dijo esa puñetera voz de mi cabeza que últimamente me tenía frito, con sus reflexiones.

—Vete a la mierda, Thomas —le contesté sin saber qué otra cosa decir.

—Un placer escucharte como siempre y poner en voz alta lo que tú no te atreves a decir.

Se levantó del asiento y caminó riéndose por lo bajo hasta la puerta, la abrió y pensé que se marcharía sin decir nada más. Pero no hubo suerte.

—Creo que voy a visitar tu nuevo hogar pronto.

—No cuentes con ello.

—Quiero conocer a esa vecina.

—Ni se te ocurra.

—Hay que saber si está disponible.

—Tiene cuatro críos.

—¿Estás seguro de que son suyos?

¿Y de quién iban a ser, sino? Me pregunté a mí mismo.

Si vivía allí con ellos, pues serían suyos. Aunque sí que es verdad que la vi demasiado joven para tener a los que vi de lejos y me parecieron mayores. Pero a saber si no los había tenido siendo muy joven.

Por cómo dijo lo de "tengo que proteger a los míos", tenían que ser suyos. No se habla así de unos niños si no son tuyos. Y además tendría que haberlos tenido con alguien.

Si bien es cierto que no debía haber en casa ningún hombre con ella, sí hubiera salido con ella al porche cuando todo pasó Pero que no saliera no significara que no hubiera un padre, un marido o una pareja.

Lo mismo estaba dormido, trabajando o simplemente no le había dado la gana salir.

—Veo que no estás seguro de nada, por eso tengo que ir, para enterarme de todo.

No sé si es que mi amigo era igual de cotilla que la vecina; mira, harían buena pareja, pensé. Pero no sabría decir por qué pensar en los dos juntos me molestó.

—Te repito que ni se te ocurra.

Sonrió divertido desde la puerta.

—Eso está por ver.

Con esas palabras y una última carcajada, se largó del despacho dejándome la cabeza más confundida de lo que ya la tenía.

E inevitablemente la imagen de ella vino a mi cabeza. Otra vez ahí estaba: su mirada, su pelo, sus ojos, sus labios. Su manera de hablarme, de no achantarse, de desafiarme.

Solté el aire despacio y sacudí la cabeza. Aquello no podía ir a ningún sitio, y no solo no podía, es que no debía.

Ella seguramente tenía pareja y yo seguía amando a Clarissa y no tenía ganas ni de estar ni de conocer a nadie; para mí se habían acabado las mujeres.

Con esa decisión tomada, la saqué de mi cabeza y me puse a trabajar.