Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 10
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Capítulo 10

Luca

Cerré la puerta de casa con más fuerza de la necesaria.

El golpe retumbó en el silencio del hall y durante unos segundos me quedé quieto, aun con la mano en el pomo de la puerta, respirando hondo, intentando calmarme antes de subir a la habitación de Elsa.

No solo estaba enfadado, que también; eso habría sido fácil de gestionar, como hacía siempre que me cabreaba por algo.

Pero no esa vez. Porque aparte de enfadado, estaba alterado, y yo no me alteraba casi nunca.

Y esa sensación no me gustaba nada, porque me hacía estar fuera de mi elemento. Fuera de mi habitual contención, fuera de mi seriedad, fuera de control, y yo nunca me salía de esas líneas. Esas eran las que marcaban mi vida.

—¿Papá?

La voz de Elsa me hizo reaccionar.

Estaba delante de mí, de pie, descalza y ya con el pijama puesto. Me miraba entre curiosa y preocupada con esos ojos grandes y negros igual que los míos, que últimamente siempre estaban tristes y habían perdido el brillo que hasta hacía un año siempre habían tenido.

Rezaba cada día a todo lo que pudiera ayudarme para que ese brillo volviera; era lo que más deseaba en el mundo, que mi niña volviera. Porque esa niña que tenía delante no era mi niña, no la alegre y graciosa que había sido siempre, al menos.

Me obligué a suavizar el gesto para que no se preocupara.

—¿Qué ha pasado?

Me acerqué a ella y me agaché para ponerme a su altura.

Eso era algo que me gustaba hacer, para que pudiéramos mirarnos a los ojos mientras hablábamos; así ella podía ver la verdad en los míos y yo sus cambios en los suyos.

—Está todo bien —dije con suavidad.

—¿Sí?

—Sí, nadie volverá a molestarnos; ha sido una confusión.

Vi cómo respiraba más tranquila y yo hice lo mismo.

No me respondió nada, pero asintió con la cabeza quedándose conforme. Le ofrecí mi mano y, sin pensárselo, me la agarró para subir juntos las escaleras hasta su habitación.

Como habíamos quedado, los dos nos tumbamos en su cama. Ella con el libro que estaba leyendo y yo leyendo también, pero unos contratos que tenía pendientes de estudiar de una propuesta que me habían presentado unos nuevos clientes.

Para nosotros, desde que murió Clarissa o incluso mucho antes, era nuestro momento, nuestro ritual y solo lo rompíamos si yo tenía una cena de negocios que no podía posponer o cambiarla por una comida.

Pero procuraba que eso pasara lo menos posible.

Le miré de reojo y sonreí para mí; se la veía muy concentrada en la lectura, incluso sus ojos y sus gestos cambiaban a medida que las líneas avanzaban.

No podía decir lo mismo de mí, ya que había leído el mismo párrafo tres veces sin enterarme de nada. Ya que cada poco a mi mente volvía la misma imagen.

La de esa mujer. La vecina. Su mirada. Esa mirada que me había sostenido sin apartarla ni un segundo, en cómo no había agachado la cabeza en ningún momento, como solían hacer todas las personas con las que me relacionaba, porque se sentían intimidadas por mí.

Era algo a lo que estaba acostumbrado. No por orgullo o soberbia, sino por experiencia. Mi forma de ser, mi tono de voz, mi manera de mirar y mi tamaño solían imponer o, más que solían, lo conseguían.

Pues a ella no pareció afectarle. Se había mantenido erguida con la cabeza bien alta y mirándome como si quisiera desafiarme. Plantándome cara.

Y para colmo, me había contestado con respuestas irónicas, sin callarse nada de lo que pensaba, hablando sin filtro ni control, y eso era algo a lo que no estaba acostumbrado.

Solo una persona se atrevía a hacerlo: Thomas, mi amigo, porque me conocía muy bien y sabía cómo tratarme. Aparte de él, nadie, y cuando digo nadie, es que así era, se había atrevido nunca a hablarme de esa manera.

Y eso me tenía descolocado.

Apoyé el portafolios en mis piernas y tensé la mandíbula a la vez que apretaba los puños.

No había sido la discusión lo que me molestaba, ni siquiera que hubiera llamado a la policía; seguramente yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. No, ninguna de esas cosas me molestaba.

Era ella la que lo hacía, o más bien su forma de mirarme y tratarme.

—Papá… —murmuró Elsa, medio adormilada. —¿Está todo bien?

La miré y ya tenía los ojos casi cerrados y el libro cerrado en su regazo. Lo cogí para ponerlo después en la mesilla, la tapé un poco con la sábana y me incliné para dejarle un suave beso en la frente.

—Sí, duerme tranquila, cariño —susurré.

Se acurrucó contra mí y, en cuestión de pocos minutos, tres a lo sumo, su respiración se volvió profunda y regular, indicándome que estaba plácidamente dormida.

Esperé un par de minutos más y me levanté de la cama con mucho cuidado para no despertarla.

Dejé la luz quitamiedos que habíamos traído con nosotros y que habíamos colocado encima del cabecero de la cama encendida, apagué la luz de las dos mesillas y salí de la habitación dejando la puerta entreabierta por si me llamaba por la noche poder oírla.

Elsa desde que nació nunca había tenido problemas de sueño, ni pesadillas, pero desde que pasó lo de Clarissa, muchas noches las pesadillas la despertaban.

No solía gritar ni llorar, aunque sí había pasado en alguna ocasión; si eso pasaba, acabábamos durmiendo juntos para que se sintiera acompañada y segura.

Llegué a mi habitación y con cansancio me quité la ropa. Había buena temperatura en la casa, ni calor ni frío, así que en bóxer me tumbé en la cama, que era la manera en la que dormía.

Siempre lo hacía, fuera la época del año que fuera; ni recordaba la última vez que había usado un pijama. Era algo que me hacía sentir muy incómodo y no conseguía conciliar el sueño.

Cerré los ojos e intenté dormir, pero no hubo manera.

Di vueltas en la cama una y otra vez. Abrí los ojos y los cerré varias veces. Y cada vez que lo hacía, la misma imagen venía una y otra vez a mi mente. La de ella.

No dejé de ver en ningún momento ese pelo pelirrojo tan poco habitual, demasiado llamativo, demasiado todo.

Y esos ojos verdes, que me habían impactado como nunca ningunos lo habían hecho, y por si eso no fuera suficiente, la imagen de sus labios rosados y carnosos, esos que había apretado y mordido en varias ocasiones mientras hablábamos, esa imagen fue la que más se repetía una y otra vez en mi cabeza.

Exhalé con fuerza y me giré una vez más hacia otro lado, cabreado conmigo mismo por no poder controlar esos pensamientos.

—Joder, solo es una vecina tocapelotas, nada más, duérmete de una vez, Luca, y deja de pensar en lo que no debes —susurré riñéndome a mí mismo.

A la mañana siguiente, abrí la puerta cuando llamaron al timbre a la hora exacta a la que habíamos quedado.

La niñera estaba al otro lado; ya la había visto una vez por videollamada días antes, así que la reconocí enseguida. Era joven, sonriente, demasiado habladora para mi gusto, pero quizá era lo que Elsa necesitaba, o eso esperaba.

—Buenos días, señor Schneider —dijo con entusiasmo—. Soy Emma.

Asentí.

—Pasa.

Hice una breve presentación entre Emma y Elsa; mi hija se limitó a observarla sin mucho interés mientras la otra parloteaba sin parar.

—Pórtate bien, nos vemos más tarde, ¿vale?

Lo de decirle que se portara bien era más por costumbre que por necesidad, porque Elsa nunca daba ningún problema. Aunque claro, era la primera vez que se quedaba con una niñera, ya que en casa lo hacía con mi madre cuando no había colegio, de ahí que me fuera un poco preocupado.

—Claro, no se preocupe —respondió Emma demasiado rápido.

Fruncí el ceño sin que me vieran, cogí las llaves del coche y salí.

Me monté en el coche con una sensación extraña, como si algo no encajara, como si no estuviera haciendo lo correcto dejando a Elsa con esa chica. No porque pensara que la chica no estaba capacitada, sino porque me dio la sensación de que no encajarían.

— Estaré atento y le preguntaré todos los días; si no cuaja, buscaré a otra —dije antes de arrancar.

Mi última mirada antes de marcharme no fue para nuestra casa, sino para la casa de enfrente, y eso me jodió más que cualquier otra cosa porque no quería volver a pensar en la vecinita de las narices; bastante lo había hecho ya durante la noche.

— Ni un pensamiento más para ella, Luca, se acabó —me reñí.

El trayecto hasta Zúrich me ayudó a concentrarme.

El tráfico, la rutina, la previsibilidad, el control, todo con lo que me sentía cómodo y lo que siempre había sido mi refugio, todo eso donde no había variantes ni sorpresas.