Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 9
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Capítulo 9

Yara

Seguí allí en el porche sin moverme, viendo toda la escena con las manos agarradas en mi cintura, sintiéndome cada vez peor.

Era incapaz de apartar la vista. Ni del hombre, ni de la niña.

Vi cómo hablaba con los policías, cómo ellos le hacían preguntas, cómo él sacaba el móvil del bolsillo del pantalón trasero sin soltar a la niña en ningún momento y se lo enseñaba a los dos agentes.

Un par de minutos después, los dos policías asintieron con la cabeza y, después de decirle algo a la niña y al hombre, se despidieron, se montaron en el coche y se marcharon, dejando tras ellos una situación de lo más incómoda, al menos para mí.

Incomoda, sí. Porque sabía de sobra que el hombre se había dado cuenta o al menos lo sospechaba, que yo era la que había llamado a las autoridades.

Lo supe por cómo me miró mientras hablaba con ellos, por cómo clavó su mirada en mí.

Bajó a la niña al suelo con cuidado y le acarició el pelo. Vi cómo hablaban algo muy breve y cómo la niña asentía con la cabeza antes de meterse en la casa, dejando la puerta abierta para que su padre entrara después.

¿Después de qué? Pues de venir a por mí. Porque en cuanto la niña se metió en la casa bajo su atenta mirada y se dio la vuelta mirándome de una manera que ponía los pelos de punta, lo supe, no me iba a librar del enfrentamiento.

No tardó ni un minuto en cruzar la calle.

Vino directo hacia mí, como un toro cuando le sueltan y lleva demasiado tiempo encerrado, con la vista fija en su objetivo, dispuesto a llevárselo por delante.

Según se acercaba, pude ver que no traía buena cara.

Por una parte, lo entendí, ¿cómo no hacerlo después de lo que acababa de pasar? Cualquiera tendría esa mala cara después de la situación que él acababa de pasar.

— Genial, Yara… simplemente genial —murmuré para mí misma.

Se plantó frente a mí. Cerca, demasiado cerca, y cuando lo hizo, pude verle bien, y sinceramente, eso no me ayudó ni un poco a que mis nervios se calmaran.

Porque, joder con el padre…

Era el hombre más guapo y atractivo que yo había tenido el placer de ver en mis treinta años de vida; estaba para mojar pan y rebañar si hacía falta.

Era alto, no mucho más que yo, pero sí lo suficiente para intimidarme un poco.

Tenía la mandíbula muy marcada, unos ojos tan oscuros como el carbón, pero realmente preciosos, ya que les rodeaban unas pestañas muy largas que podían ser la envidia de cualquier mujer.

Y unos labios carnosos que parecían que te decían “muérdeme”.

Madre mía de mi vida y de mi corazón, si no fuera por la cara de mala leche que tenía, hubiera tenido que sacar un abanico y darme varios viajes seguidos a toda velocidad para quitarme los calores que me había producido con solo mirarle.

Céntrate, Yara, que viene a echarte una bronca de cojones, no a que te recrees mirándole, me reñí mentalmente.

—¿Has sido tú? —preguntó directo, y parpadeé.

—Buenas noches a ti también —respondí intentando aguantar el tipo.

Su expresión ni un poco, ni me respondió al saludo tampoco.

—¿Has sido tú la que ha llamado a la policía? —insistió.

—Bueno… —titubeé—. Técnicamente sí, pero…

—Perfecto.

Pufff, resoplé en mi mente, había venido calentito, pero se estaba calentando más por momentos.

Cogí aire para hablar sin titubear e intentar explicarle lo que había pasado; no sabía si funcionaría y haría que se le pasara un poco el enfado que traía, pero por probar no perdía nada, así que le sostuve la mirada y empecé a hablar.

—Mira —empecé—, la casa llevaba años cerrada, hemos visto luces, un hombre vestido de negro, y, como entenderás, pues hemos pensado que…

No me dejó seguir, me cortó con el tono más borde con el que yo había oído hablar nunca.

—¿Qué soy un delincuente?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado, por eso has llamado a la policía.

—He pensado que algo no cuadraba.

—Lo que no cuadra es que la gente se dedique a vigilar las casas ajenas.

Él se cruzó de brazos, marcando los músculos que tenía en los brazos, que hicieron que casi me faltara el aire, pero desvié la mirada y carraspeé antes de seguir.

—Perdona, pero estaba mirando por mi ventana, no colgada de un árbol con unos prismáticos.

Con unos prismáticos no, Yara, pero con un telescopio sí, me dijo esa vocecita en mi cabeza, a la que le dije: "Cállate, pesada".

—Claro —dijo con ironía.

—Y no sabía que eras tú el que estabas dentro; yo solo vi un hombre vestido todo de negro, al que no conocía y que deambulaba por la casa.

—Eso no te da derecho a meterte en lo que no te importa.

Su tono cada vez era más hostil. Que sí que estaría muy bueno y todo lo que queráis, pero era un borde de cojones que me estaba empezando a cabrear y mucho por la manera en la que me estaba hablando.

—¿Y a ti te da derecho a venir a mi puerta a hablarme así?

Cerró los ojos como si quisiera contenerse. Estaba claro que estaba cabreado, mucho en realidad, y que encima hablar conmigo le estaba cabreando mucho más.

—Mi hija se ha asustado —dijo más bajo, pero con más carga, como si eso fuera lo que más le hubiera dolido de todo.

Eso me desarmó un poco, porque fue nombrar a su hija y su semblante no se relajó, pero en su mirada ya vi algo distinto.

Vi eso que siempre había visto en los ojos de Ruth y Hans: amor infinito e incondicional hacia sus hijos. Eso me gustó mucho.

—No era mi intención —susurré.

—Pues lo has conseguido.

Suspiré.

—Lo siento, ¿vale? De verdad que no sabía que había una niña dentro.

—Claro que no lo sabías porque no te has molestado en preguntar o en mirar bien.

—¿Perdona? ¿Quieres que la próxima vez toque el timbre de una casa a oscuras y que diga “Hola, perdone, ¿es usted un ladrón, un okupa o un padre de familia?”.

Silencio. Un segundo, dos. Y después de esos dos segundos que se me hicieron eternos, me miró frunciendo el ceño, pero me miró de verdad, como si acabara de darse cuenta o de decidir que yo era un problema.

En su vida o en el mundo, eso no me quedó claro.

—Eres una cotilla —me soltó de repente.

Abrí los ojos y la boca un poco más de lo normal por la sorpresa.

—¿Perdón?

—Una cotilla, una chismosa, una mirona, elige el término que quieras, me da igual.

Vale, hasta aquí, dije mentalmente.

—Y tú eres un jodido borde.

—Me limito a defender lo mío.

—Y yo a proteger lo mío.

—¿Qué tienes tú que proteger exactamente?

—A los míos —dije con seguridad y firmeza.

Eso le hizo fruncir más el ceño de lo que ya lo tenía, tanto que casi se le juntaba una ceja con la otra.

—Cuando veo algo raro, actúo.

—Pues la próxima vez, no actúes, métete en lo tuyo y deja a los demás tranquilos.

Ahí fui yo la que también fruncí el ceño.

—Pues la próxima vez, baja la persiana si no quieres que te vean.

Supe que la había cagado todavía más en cuanto esas palabras salieron de mi boca.

Cada uno tiene derecho a hacer en su casa lo que le dé la gana sin que nadie de fuera venga a decirte qué tienes que hacer y eso no es así de claro, pero era lo que acababa de hacer.

Vi cómo sus ojos se volvían todavía más oscuros de lo que ya eran y me miró de una manera que me hizo estremecer. Fue una mezcla entre enfado supremo, asco y rechazo.

Genial, Yara, te has lucido del todo, me recriminé a mí misma.

Dio un paso más hacia mí y casi, solo casi, nuestros cuerpos estuvieron a punto de tocarse.

—No vuelvas a meterte en mis asuntos.

No fue una petición, fue una amenaza en toda regla.

No podía dejarle ver lo mucho que me estaba afectando su presencia tan cerca, así que me mantuve fuerte y cogí aire antes de contestar.

—Pues no te pongas ahí en la ventana como si fuera un escaparate.

Vale que sí, que quizás me estaba viniendo un poco arriba, pero joder, ¿qué más podía hacer? Su presencia tan cerca me estaba haciendo perder el norte.

—Increíble… —murmuró, pasándose la mano por la cara—. De verdad que esto es increíble.

No sabía qué narices me pasaba, pero es que las palabras no se me quedaban dentro de la boca, me salían así solas, sin filtro, sin control, sin pensarlas bien antes.

Era su culpa. Sí, era su culpa, porque ese hombre me alteraba más que nadie que hubiera conocido.

—Mira, lo siento por tu hija, de verdad que sí. Pero no me voy a disculpar por preocuparme.

Me sostuvo la mirada unos segundos, más de lo necesario, o eso pensé. Y luego negó con la cabeza mientras apretaba los dientes.

—Haz lo que te dé la gana, pero a nosotros ni te arrimes, ni nos mires y mucho menos nos hables; haz como que no existimos.

Difícil petición iba a ser esa, me dije a mí misma.

No dijo más, ya había dicho suficiente. Se dio la vuelta y cruzó la calle con pasos largos y fuertes.

Pero al llegar a su puerta, giró la cabeza para mirarme una última vez.

Ahí supe con esa mirada que eso raro que había pasado entre nosotros, porque algo había pasado, no había terminado, sino que más bien acababa de empezar. ¿Qué era? El tiempo lo diría.