Capítulo 8
Yara
Los cinco bajamos a la cocina para empezar a cenar.
La cena estaría un poco fría ya, por lo que habíamos tardado en bajar al estar hablando arriba de lo que había pasado, pero si alguno se quejaba, tiraríamos de un calentón al microondas y listo.
Nos sentamos en la mesa y ninguno dijo nada. Perfecto, pensé.
Había algo raro en el aire; lo noté enseguida porque normalmente a la hora de sentarnos todos juntos en la mesa siempre lo hacíamos charlando todos a la vez, bromeando o algunas veces los niños picándose unos a otros.
Pero esa noche fue diferente. Todos teníamos, yo incluida, un nerviosismo contenido, que no nos dejaba comportarnos con normalidad.
Además, ninguno dejábamos de mirar a la ventana de reojo sin ningún disimulo. Todos estábamos más pendientes de lo que pudiera estar pasando en la casa de enfrente que de comer lo que había en los platos.
Joel removía la cena en el plato y solo había dado dos bocados.
Lina no dejaba de removerse en la silla, para inclinarse intentando mirar por la ventana, ya que, desde su posición, que era la más lejana, no le llegaba la vista.
Heidi había soltado al menos tres suspiros mientras partía la salchicha.
Elías estaba más pensativo que de costumbre. Y yo… yo estaba poniéndome cada vez más nerviosa y no solo por verlos así, sino pensando que podían estar cometiendo un delito en la casa de enfrente.
Joder, que ese era un barrio tranquilo en el que nunca pasaba nada, en el que todos nos conocíamos y en el que todos, si era necesario, nos echábamos una mano con lo que hiciera falta.
No, esto no se puede quedar así, o esta noche en esta casa no pegará ojo ni dios, pensé antes de dejar el tenedor en el plato.
—Vale, voy a hacer una cosa: seguir cenando, ¿vale?
Me levanté de la mesa y todos se me quedaron mirando como si me fuera a ir a una misión secreta o algo así.
—¿Vas a subir a mirar otra vez? —preguntó Joel preocupado.
Era el mayor y, desde que sus padres murieron, aunque seguía siendo un niño, había madurado de golpe y muchas veces se comportaba como el adulto que no era, intentando proteger a sus hermanos y a mí ya de paso.
Me gustaba mucho esa faceta suya de querer ser el protector y el hombre de la casa. Pero también en ocasiones me preocupaba porque no quería que, por querer adoptar un rol que no le pertenecía, se pudieran perder cosas o disfrutar de ellas como el crío de quince años que era.
Todos tenían que vivir y pasar por todas las fases según la edad y no quería que ninguno se perdiera ninguna.
Yo mejor que nadie sabía lo que era eso y no quería eso para ellos.
Porque sí lo sabía. Ya que cuando me mudé con mi hermana y Hans, con quince años era una niña, pero pasar por un duelo, cambiar mi vida de forma radical y luego ayudar a mi hermana a cuidar de dos bebés me hizo madurar de golpe y porrazo.
Que no me quejaba porque estaba encantada de haber vivido eso y de pasar de niña a mujer de un día para otro, porque había sido feliz.
Pero también pensándolo en frío, sabía que mi vida no debería haber sido así. Debería haber salido con mis amigas, con chicos y haber hecho cosas más acordes a mi edad, no haber estado cambiando pañales y calentando biberones.
Y no sería porque mi hermana y Hans no insistieron con que viviera lo mío, pero fui yo la que no quise. Fui yo la que elegí hacer las cosas así y no me arrepentía lo más mínimo; si volviera atrás, haría exactamente lo mismo.
Pero, aunque yo fui feliz así, no quería que mis sobrinos se perdieran nada de todas las etapas que tenían que vivir. Que si se ponían cabezotas como lo hice yo, no iba a poder hacer nada y lo sabía, pero por intentarlo, como hicieron sus padres conmigo, que no quedara.
Miré sonriendo a Joel para que se quedara tranquilo antes de contestar.
—No, voy a hacer algo mejor.
Cogí el móvil que estaba encima de la encimera y marqué. Un tono, dos tonos… Descolgaron al tercero.
—Policía, dígame.
—Hola, buenas noches —empecé diciendo, intentando sonar tranquila, aunque no lo estaba en absoluto—. Llamo porque, bueno… en la casa de enfrente a la mía, que lleva años cerrada, hemos visto que hay luz y movimiento dentro.
Hice una pausa para coger aire.
—Hemos visto a un hombre vestido de negro. Y… no sé, me preocupa que pueda ser un robo o que se haya metido ahí dentro sin permiso, ya sabe, para ocupar la casa.
—¿Dirección?
Se la di a toda prisa.
—De acuerdo, quédese tranquila; ahora mismo mandamos una patrulla para comprobarlo.
—Gracias.
Colgué y, al levantar la vista, todos me estaban mirando con un brillo en los ojos que me hizo contener la risa.
Mis niños no estaban acostumbrados a que en ese barrio pasara nada que se saliera de lo normal, bueno, ni en el barrio ni en nuestro pueblo, ya que era de lo más tranquilo y delincuencia no había.
No más que una peleílla tonta entre algún adolescente, o alguien que se había pasado de copas en una fiesta o barbacoa y se había puesto pesado, necesitando un toque de atención.
Por eso que hubiera llamado a la policía y que en breve se fuera a presentar un coche patrulla en apenas dos pasos de la puerta les tenía con la curiosidad en nivel once.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Heidi.
—Que vendrán a comprobar qué pasa.
—¡Toma ya! Qué pasada —dijo Joel emocionado como si aquello fuera una misión de espionaje.
—Nada de toma ya —le corté—; si es alguien que no debería estar ahí, ellos se encargarán de echarle.
Asintió, pero el brillo en sus ojos de emoción no desapareció.
—Venga, vamos a seguir cenando; nosotros hemos hecho lo que teníamos que hacer, informar; de lo demás se encargará la policía.
Todos asintieron y empezaron de forma lenta a seguir cenando, pero pendientes de la ventana en todo momento.
Ni diez minutos después las luces azules del coche patrulla se reflejaron en la ventana cuando pararon a solo unos metros de nuestra puerta.
—¡Ya están aquí! —chilló Lina dejando el tenedor de golpe en el plato.
Las cinco sillas se arrastraron hacia atrás de golpe y todos, como si estuviéramos sincronizados, nos levantamos a la vez.
Nos acercamos todos a la ventana, pero entre que éramos muchos y que fuera ya estaba oscuro, no se veía nada, solo el coche patrulla con las luces aún dadas.
Y, sin pensarlo demasiado, me giré con todos detrás y en diez segundos llegué a la puerta de la calle y la abrí para que pudiéramos salir todos y ver mejor qué era lo que estaba pasando.
¿Cotilleo? No, preocupación.
Sí, claro, me dijo una vocecilla en mi cabeza. Porque tú no eres apenas cotilla, pero ni un poquito vamos, añadió.
¡Cállate, puñetera! La chillé para que me dejara en paz y poder prestar toda mi atención a lo que tenía delante sin distraerme.
Nos quedamos en el más absoluto silencio mirando y vimos cómo los policías se bajaron con prisas del coche, cómo llamaron a la puerta una primera vez, cómo sin casi esperar lo hicieron una segunda y cómo un par de minutos después la puerta se abría y de ella salía el hombre vestido de negro.
Los policías debieron de pedirle que saliera más, porque él avanzó hasta el césped que había en su porche.
Al hombre se le veía muy tenso, muy serio y también cabreado, o eso fue lo que me pareció desde la distancia que nos separaba.
Pero cuando se giró un poco y pude ver mejor por qué lo había hecho, se me encogió el estómago y me quedé hasta sin respiración. No estaba solo; agarrado a sus piernas había una niña más o menos de la edad de Lina, o eso me pareció, y se le notaba que estaba asustada.
El hombre no dudó, alargó sus manos y con rapidez la cogió en brazos y ella se agarró a él como si no quisiera que la soltara nunca, como si buscara que la protegiera.
Vi cómo el hombre le susurraba algo al oído, seguramente intentando calmarla. Y al ver eso, algo en mi cabeza hizo clic, y tragué saliva con dificultad, al darme cuenta de lo que pasaba.
No era un ladrón. No era un okupa. Era un padre.
—Creo que nos hemos equivocado, tía —murmuró Joel a mi lado, diciendo en alto exactamente lo que yo misma estaba pensando.
—Yo también lo creo.
Tragué saliva. O lo intenté. Porque cada segundo que pasaba, me sentía mal al ver lo asustada que estaba la niña y el evidente cabreo del padre.
—Chicos, entrar dentro.
Todos obedecieron a la primera y sin decir nada, porque al igual que yo se habían dado cuenta de lo que pasaba.
Entraron, pero no por eso iban a dejar de mirar y perderse algo. Miré de reojo y, como había supuesto, los ocho pares de ojos muy abiertos estaban pegados en las dos ventanas del salón, que eran desde donde mejor se veía todo lo de la acera de enfrente, mejor incluso que desde la cocina.
Ellos entraron, pero yo no pude hacerlo. Me quedé allí en el porche clavada en el sitio, mirando sin apenas pestañear al hombre y a su hija.
Porque, joder, la escena de verle cogerla con tanto cariño y con tanta protección me había golpeado más de lo que estaría dispuesta a admitir.