Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 7
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Capítulo 7

Luca

Subimos a la habitación y empezamos a sacar las cosas de la maleta de Elsa para colocarlas en el armario.

—Elsa, mañana vendrá alguien.

Había querido dejar ese tema hasta el final, porque sabía que a Elsa no le gustaría nada lo que iba a pasar.

Levantó de la vista de la maleta y me miró fijamente.

—¿Quién?

—Una niñera.

Resopló a la vez que se cruzaba de brazos.

—No necesito una niñera.

—Lo sé —respondí con calma—. Pero yo tengo que trabajar, ya lo sabes.

—Puedo quedarme sola.

—No.

Lo dije sin dudar, con firmeza. Porque una cosa era darle un poco de cancha por la situación que estábamos viviendo y otra muy distinta era hacer locuras o ser irresponsable.

Y eso nunca. Bastante locura e irresponsabilidad habíamos tenido ya por parte de su madre.

—No soy un bebé —protestó.

—Nunca he dicho que lo seas.

—Entonces…

—Entonces necesitas a alguien contigo por las mañanas.

Me sostuvo la mirada sin agachar la cabeza. Elsa era testaruda; en eso había salido a mí.

Bueno, en eso y en muchas más cosas, porque en el carácter y también físicamente era un calco mío; a Clarissa no se parecía ni en el blanco de los ojos.

—Es una chica muy agradable —insistí—. La he conocido por videollamada, es una chica muy maja, y tiene muy buenas referencias en la agencia; me ha dicho que ya ha cuidado a más niñas.

—Me da igual.

Claro que le daba igual; últimamente todo le daba igual.

—Elsa solo será por las mañanas; por las tardes estaré contigo.

Se dio la vuelta y cogió otra prenda de la maleta para darme la espalda.

—Haz lo que quieras.

Asentí ligeramente sin que me viera; ¿qué otra cosa podía hacer?

—Eso hago —dije con resignación.

Seguimos colocando la ropa en silencio; no es que fuera mucha, la verdad. Habíamos traído lo justo para salir del paso; el resto llegaría en un par de días en un camión de mudanzas.

Y no solo traerían la ropa que nos faltaba, sino también los juguetes, libros y demás cosas de Elsa. También algunas pertenencias mías que no había querido dejar atrás, como las fotos de Clarissa y recuerdos de nuestra vida en común.

Una vida que había sido muy feliz desde que nos conocimos en una cena que amigos en común dieron en su casa.

Podría decir que ese día la atracción fue mutua desde el primer momento.

De esa casa salimos con el número de teléfono del otro y después de eso todo vino rodado: nos enamoramos y un año después nos casamos porque los dos supimos que queríamos pasar el resto de nuestra vida juntos.

Habíamos sido muy felices, mucho.

Clarissa era una mujer todo lo opuesto a mí. Era muy abierta; la gente que la conocía era imposible que no la quisiera. Siempre estaba riendo, estaba llena de vida, como decía mi madre siempre.

Mierda de juego, dije lamentándome una vez más. Si no hubiera sido por el puto casino y su enfermedad de ludopatía, todavía seguiríamos siendo igual de felices.

Sacudí la cabeza mientras cerraba la maleta de Elsa, para sacar esos pensamientos y recuerdos que tanto daño me hacían, y no por pensar en ella, no.

Pensar en ella me hacía sonreír, siempre lo hizo; lo que me hacía daño era su ausencia.

La echaba muchísimo de menos, echaba de menos sus besos, sus caricias, su manera de mirarme y de bromear conmigo. Aun con el carácter que yo tenía, que nunca había sido la alegría de la huerta, ella era la única que conseguía hacerme reír a carcajadas.

Y estaba seguro de que nunca nadie más conseguiría tal cosa. Al menos una mujer; pudiera ser que mi hija o Thomas con alguna de sus tonterías me hicieran reír un poco, pero desde luego, como ella, no.

—Voy a bajar a por mi maleta.

—Yo me tumbaré en la cama a leer un rato.

—¿Te está gustando el libro?

—Mucho —dijo sin sonreír, pero con un brillo especial en los ojos.

—Todavía hay unos cuantos más de la misma colección; cuando termines ese, te compraré el siguiente.

—Bien —contestó asintiendo.

Asentí yo también y, después de cerrar las cortinas de su habitación y cerrar la persiana, encendí la luz de la mesilla de noche y, dándole un beso en el pelo, la dejé allí leyendo.

Cerré también las persianas del salón en la planta baja y, antes de coger la maleta que había dejado al pie de las escaleras y subir a colocar mis cosas, pasé por la cocina.

Ya estaba oscureciendo fuera y apenas se veía nada; di la luz de la cocina y cogí dos botellas de agua antes para subirlas a las habitaciones.

Me acerqué a la ventana y miré fuera; no se veía a nadie, ni tampoco se oía nada. Eso era raro, bueno, raro no, fue una sensación que a mí me dio, ya que no estaba acostumbrado a tanta tranquilidad.

En nuestra antigua casa, siempre se oía el ruido de los coches, el trajín de la gente por la calle o a algunos vecinos, que ponían música o daban alguna fiesta.

Cerré las cortinas de golpe y suspiré.

— Nos irá bien aquí —murmuré.

Con esa idea en la cabeza o queriéndome convencer a mí mismo, empecé a colocar mis cosas.

No llevaba apenas ni quince minutos colocando cosas cuando llamaron al timbre. Me quedé parado con una camisa que tenía en mano y fruncí el ceño.

Era muy tarde y no era normal que nadie viniera a casa a esas horas; lo mismo es algún vecino que nos ha visto llegar y viene a darnos la bienvenida o a cotillear, que también podía ser, pensé encogiéndome de hombros.

—Papá, ¿quién será? —dijo Elsa asomándose por la puerta de mi habitación.

—No tengo ni idea, hija.

El timbre volvió a sonar.

—Vamos a ver quién viene a estas horas.

Elsa asintió y bajamos juntos las escaleras. Abrí la puerta y me quedé a cuadros.

Dos agentes de policía estaban allí mirándome con cara de pocos amigos y con sus armas desenfundadas, no apuntándome, pero sí preparados por si tenían que usarlas.

¿Qué cojones? Me pregunté cabreado y dando un paso al frente para tapar la puerta entera y que Elsa quedara detrás de mí y no pudiera verlos de esa manera.

—¿Qué pasa? —pregunté no de muy buenas maneras.

—Eso nos estamos preguntando nosotros. Que qué es lo que pasa.

—No entiendo —dije confuso.

—Salga de la casa al porche con las manos al frente, donde podamos verlas.

—¡¿Qué?!

—No se lo voy a repetir; salga ahora mismo de la casa, hablaremos fuera de lo que está haciendo usted aquí dentro.

—Papá…

Elsa se agarró a mis piernas por detrás y noté cómo temblaba de miedo. Los dos policías, al oírla, levantaron una ceja y me miraron confusos.

Di dos pasos fuera con Elsa enganchada a mis pantalones. Al verla temblar y que estaba muerta de miedo y a punto de echarse a llorar, no me lo pensé: alargué mis manos y la cogí en brazos. Todo eso ocurrió bajo la atenta mirada de los policías que no me quitaban ojo.

Di dos pasos más y llegué hasta el jardín donde me habían dicho que saliera.

Levanté la mirada un segundo y vi que en la casa de enfrente una mujer algo más joven que yo me miraba con los ojos abiertos como platos. Algunos niños que estaban con ella entraban a toda prisa dentro de la casa, pero ella no lo hizo. Ella se quedó allí viendo, o cotilleando, lo que pasaba.

Podía verla perfectamente, ya que la calle no era muy ancha, justo la medida de un coche, y por eso no había mucha distancia con las casas de enfrente.

—¿Qué hace usted en esta casa?

Fruncí el ceño.

—Vivir.

—¿Vivir? ¿Cómo que vivir?

—Pues eso, que vivimos aquí.

—¿Desde cuándo? Porque, según nos han informado, esta casa lleva cerrada muchos años.

—Lo estaba, pero ya no lo está; nosotros vamos a vivir aquí —les dije confuso.

Estaba alucinando en colores, menudo empiece que íbamos a tener.

—¿Puede demostrar eso?

—¿El qué tengo que demostrar? —pregunté entre dientes.

Me estaba empezando a cabrear y mucho la mierda de situación que nos estaban haciendo pasar.

Que a mí me la sudaba, esa era la verdad, pero ver el susto que se había llevado Elsa, que gracias a Dios desde que la había cogido estaba más tranquila, eso era lo que me había hecho alterarme.

—Que va a vivir aquí legalmente y no es un okupa o un ladrón.

—¿Perdón?

—Que si…

—Le he entendido perfectamente; lo que yo me pregunto es de dónde cojones se han sacado ustedes tal cosa.

Se miraron entre los dos y se pensaron si contestar.

—Hemos recibido una llamada en la que decían que en esta casa había un hombre dentro y, al saber que esta casa lleva cerrada muchos años, han pensado que podía ser un ladrón o un okupa.

Tenía cojones la cosa, vamos.

—¿Y a esa persona no se le ha podido también ocurrir que podíamos haber alquilado o comprado la casa?

—Eso no lo sabemos, nosotros solo hemos recibido el aviso y, como comprenderá, teníamos que venir a comprobarlo.

Eso podía entenderlo y me parecía muy bien que se tomaran todos los avisos en serio; hasta me gustó que fuera así. Eso quería decir que el pueblo estaba protegido y que la policía hacía bien su trabajo.

Pero a la persona que había llamado ya le valía joder; ni el beneficio de la duda nos había dado, ni tiempo apenas a llegar, coño, que no llevábamos ni dos horas en la casa.

Algo me hizo mirar la frente y volver a mirar a la mujer de antes, a la vecina, y algo en mi interior lo supo: había sido ella.

No quería problemas con la policía ni con nadie. Así que les enseñé en mi móvil el contrato de alquiler.

Al verlo, los dos agentes me pidieron disculpas por la confusión y tanto a Elsa como a mí nos desearon una buena noche, diciéndonos antes de irse que estaban a nuestro servicio para lo que necesitáramos.

—Papá, ¿qué ha pasado?

Elsa ya estaba más calmada. Y todo porque, al ver su cara de susto, los dos policías, después de pedirnos disculpas, incluso habían bromeado un poco con ella para relajar el ambiente.

—Que al parecer tenemos una vecina muy cotilla que ha metido la pata hasta el fondo. Pero esto no se va a quedar así.

Mientras le decía eso a mi hija, que ya estaba en el suelo viendo cómo la policía se iba, apreté los puños con fuerza por el cabreo que tenía.

—¿Qué?

—Nada, cielo, cosas mías.

—Vamos —me pidió con un gesto de la cabeza para que entráramos en casa.

—Entra y sigue leyendo; ahora subiré yo.

—¿Dónde vas? —me preguntó confusa.

—A saludar a la vecina para agradecerle su gran recibimiento —dije con ironía, pero Elsa no lo entendió.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

Claro que iría en ese momento a dejarle las cosas claras a la chismosa de enfrente.

Elsa asintió con la cabeza y empezó a caminar hacia la entrada.

—No tardes.

—No tardo nada, cariño, y cuando suba me tumbaré contigo en la cama a leer también.

—Vale —me contestó con ese brillo en los ojos que me decía que le había gustado mucho mi idea.

Esperé a que Elsa entrara en la casa. Me giré y vi a la mujer allí en el porche de su casa; seguramente ya se había dado cuenta de su metedura de pata y se había quedado tan alucinada que era incapaz de moverse.

— Muy bien, no te muevas ni te metas en casa, porque tengo que decirte cuatro cositas, guapa —dije mientras cruzaba la calle.

Llevaba tal cabreo encima que mira tú por dónde la vecina cotilla de los cojones iba a salir escaldada. Esta no sabía a quién le había tocado las narices, pero se iba a enterar en breve, pensé mientras llamaba al timbre.