Capítulo 6
Luca
A la mitad del camino ya no aguanté más el silencio pesado que llevábamos en el coche y decidí romperlo a ver si Elsa cambiaba un poco el gesto de desolación que llevaba.
—He estado mirando mucho el sitio al que vamos; no es como donde estábamos, pero creo que te puede gustar.
No aparté la atención de la carretera, pero sí que subí la mirada hacia el retrovisor para ver la reacción de Elsa.
Nada. Ni una reacción. Fue como si no estuviera hablando con ella, ya que siguió como si no me hubiera oído, mirando por la ventana el paisaje que había al lado de la carretera.
Que no era nada interesante. Solo coches al otro lado de la vía que iban en dirección contraria a la nuestra y algunos árboles desperdigados aquí y allá.
Apreté ligeramente la mandíbula.
—Es un pueblo muy tranquilo y en la calle en la que he alquilado la casa hay muchas familias, muchos niños.
Al decir eso vi, aunque fuera muy fugaz, un cambio en su cuerpo, ya que se removió en el asiento.
Elegir el sitio al que íbamos, el que tuviera familias con niños, había sido una de las primeras cosas que miré para que se le hiciera más atractivo, ya que la casa en la que vivíamos en Zúrich estaba en un barrio en el que vivía gente mayor y en todas las casas de alrededor nadie tenía hijos, al menos pequeños.
Eso era algo de lo que Elsa solía quejarse a menudo.
Decía que era una pena que no vivieran niños cerca, vecinos con los que poder jugar, ir a sus casas como hacían algunos de sus amigos del cole o salir al parque a jugar con ellos.
Ya que cuando íbamos al que estaba cerca de casa, rara vez había algún niño.
Y eso solía ponerla muy triste, de ahí que hubiera elegido un destino familiar en el que, según me habían dicho, en todas las casas había niños.
—¿Niños? —susurró a media voz.
Sonreí porque al menos había conseguido captar su interés con algo y había roto el silencio.
—Sí, de tu edad, más pequeños, más mayores, hay de todo por lo que me han dicho.
Hizo un leve gesto con los hombros como si le diera igual, pero sus ojos no me dijeron lo mismo y eso me hizo soltar un poco el aire que estaba conteniendo.
Decidí seguir.
—El colegio está cerca, a tan solo diez minutos andando; no tendrás que coger el autobús como hasta ahora.
Aunque eso en esos momentos no era relevante, ya que el día anterior había acabado el curso y aún faltaba para que empezara el siguiente, pero era mejor que lo supiera para cuando llegara el momento y así se fuera haciendo a la idea.
—He mirado los que había cerca y he elegido ese que era el más cercano; además, es muy bueno, estoy seguro de que te va a gustar.
—Ya me gustaba el mío.
Apreté los dientes. Porque ya me esperaba una respuesta parecida.
A Elsa le encantaba el cole, no porque fuera ese al que iba concretamente, sino porque estaba con niños, que era lo que ella quería.
Eso hizo que un pensamiento se me viniera a la cabeza y apretara el volante con más fuerza, hasta el punto de que los nudillos se me pusieran blancos.
Elsa había estado pidiendo con tanta insistencia un hermano que hasta se volvió una obsesión para ella, ya que, como decía, siempre ser hija única es un rollo y muy triste.
Y tenía toda la razón; por eso yo estuve de acuerdo con ella en querer aumentar la familia, y no solo por eso, sino porque yo también deseaba tener más hijos.
Pero a Clarissa no hubo manera humana de convencerla y no me extrañaba, ya que nunca quiso ser madre; Elsa vino por un descuido.
Y cuando nació, ya me advirtió que ni uno más, que con esa ya había cumplido más de lo que había querido. Con eso no quiero decir que no quisiera a su hija, porque sí lo hacía.
Aunque también es verdad que con ella no era muy dada a las muestras de cariño, no como yo: mi niña era la única que sacaba esa parte mía que sorprendía a todos, porque con ella bajaba los muros y me mostraba más, ¿cómo decirlo? ¿Humano? Sí, esa podría ser la palabra.
Y como no conseguimos convencerla ninguno de los dos de aumentar familia, ambos teníamos esa espinita clavada dentro.
Sacudí la cabeza y aparté esos pensamientos de mi cabeza que solo me hacían daño y buena gana de pensar en algo que ya era imposible que pasara.
—Lo sé, cariño, lo sé, pero verás cómo este también te gusta.
El silencio volvió unos minutos más. Otra vez es silencio incómodo, uno que no me gustaba tener con mi hija; con el resto del mundo me daba completamente igual, pero con ella no.
—Solo será un año —dije—. Eso fue lo que acordamos, ¿recuerdas?
Vi cómo giraba la cabeza otra vez hacia la ventana y suspiraba.
—Sí.
—Si dentro de un año, cuando termine el curso, ves que no estás bien, no estamos bien —añadí—, volvemos, ¿vale?
No contestó. Pero tampoco protestó y eso a esas alturas lo sentí como un triunfo.
Diez minutos después llegamos por fin a nuestro destino. El trayecto era corto, pero se me hizo más largo de lo esperado y no por la distancia, sino por todo lo que llevaba encima y por la tensión que se respiraba en el coche.
El barrio parecía tranquilo tal y como me habían dicho.
A esas horas, que ya se estaba acercando la hora de la cena, no había nadie por las calles; seguramente ya se habían recogido todos a sus casas para cenar o empezar a preparar la cena.
Había visto fotos que la agencia de alquiler me había facilitado, tanto de la casa como del barrio, y respiré tranquilo porque era tal cual lo había visto.
Miré a ambos lados y todo era como esperaba.
Casas grandes, la mayoría con porche, otras con jardín en la entrada muy cuidado, lleno de flores en la mayoría de los casos. En algunas puertas había bicicletas infantiles y también de adultos apoyadas.
Incluso en algunos jardines había algunos juguetes no olvidados, sino esparcidos, dando a entender que se usaban a menudo.
Ver todo eso me hizo sonreír y respirar tranquilo porque si todas esas pertenencias estaban allí a la vista de todos, eso quería decir que era una calle tranquila en la que la gente se llevaba bien y no temían que nadie pudiera robarles nada.
Miré los números de las viviendas hasta que di con la que había alquilado por el plazo de un año.
Aunque tampoco me hubiera sido necesario mirarlos, ya que la casa llamaba la atención entre las demás por su diferencia de tamaño.
Cuando la chica de la agencia me la enseñó en fotos y me dijo el tamaño que tenía, explicándome que como era un barrio familiar ese era el motivo por el que llevaba sin alquilarse desde que los dueños se marcharon, me lo pensé mucho.
Nosotros estábamos acostumbrados a una casa grande que tenía de todo y estar en esa iba a ser mucho cambio. Pero después de pensarlo mucho, me dije: "¿Qué narices? Si necesitamos un cambio, que sea para todo".
Y tampoco era una cosa tan grave vivir en un espacio más pequeño; total, solo íbamos a ser Elsa y yo y para nosotros dos era más que suficiente. Con dos habitaciones, una para ella y otra para mí, más que de sobra.
Lo que sí que me jodió fue que no tuviera jardín trasero, pero lo compensaba con que tenía césped en el porche y allí Elsa podría también jugar, además de que al final de la calle había un parque bastante grande lleno de columpios.
Miré una última vez por el retrovisor antes de parar el coche a Elsa y por fin vi una reacción en ella que no fuera de rechazo o indiferencia total; fue curiosidad y eso era algo más que lo que teníamos cuando habíamos salido de casa.
Miraba todo por la ventanilla como si estuviera pensando si era real.
Ella estaba acostumbrada a casas de otro estilo o a edificios altos de pisos, que era lo que había en nuestro barrio, y ver eso tan distinto le estaba creando mucha curiosidad, por lo que vi en sus ojos.
Paré el coche y cogí aire un par de veces antes de salir. Abrí la puerta de Elsa y la ayudé a bajar. Ella ni me miró; seguía escudriñando todo.
—Ya hemos llegado, esa es la nuestra —dije señalando la casa.
La miró y volvió a mirar el resto y volvió a mirarla frunciendo el ceño.
—Es pequeña…
—Sí.
Buena gana de mentir, sí era más que evidente.
—Pero es temporal; si pasado un año estás tan encantada de quedarte aquí, buscaremos una más grande.
—Eso no va a pasar —murmuró muy bajito.
Pero la oí, la oí de sobra, pero no le dije nada. No quería que nada más llegar las cosas se salieran de madre y empezáramos a discutir, por eso lo dejé pasar.
Saqué las llaves que me había hecho llegar por mensajería y abrí la puerta.
La dejé pasar a ella primero y luego pasé yo. Los dos nos quedamos uno al lado del otro mirando el hall, las escaleras y parte del salón, que era lo que se veía desde la puerta.
Olía a limpio y a comienzo, o eso me pareció.
—Sube a ver las habitaciones, puedes elegir la que quieras de las dos.
—¿La que quiera?
—Sí, eso he dicho.
—Pero…
—Ya sé que una será más grande y debería ser para mí, pero si te gusta más, puedes quedarte con ella; a mí me da igual dónde dormir.
Asintió.
—Mientras lo haces, voy a coger las maletas del coche, ¿vale?
—Vale.
Cuando volví, la vi mirando por una de las ventanas que daban a la calle en la habitación que me pareció la más grande.
—¿Te gusta esta?
—Las dos tienen una cama grande, pero desde esta se ve la calle y…
Y ya sabía lo que quería decir.
Desde allí vería antes si había niños que si estuviera en la otra habitación. Esa habitación daba a la parte de atrás y, según me habían dicho, las vistas eran a una calle sin casas, solo campo.
—Pues esta será para ti.
Asintió y, por primera vez en mucho tiempo, casi un año concretamente, vi una sonrisa o un amago de ella.
—Dejaré aquí las maletas y luego lo colocamos todo; ahora bajemos a cenar, es buena hora y no sé tú, pero yo tengo hambre.
Dejó la mochila que llevaba colgada a su espalda encima de la cama y, sin decirme nada, salió de la habitación para bajar.
Entramos en la cocina que, para la casa tan pequeña que era, comparada con la nuestra, claro, estaba bastante bien, y tenía de todo.
Elsa se sentó en uno de los taburetes de la isla y esperó.
Saqué una de las bolsas térmicas en la que traíamos la comida que nuestra antigua cocinera nos había preparado en envases muy bien organizados y etiquetados y empecé a sacarlos uno tras otro encima de la encimera.
—¿Pollo con verduras? ¿O lasaña de carne?
Ni sé para qué me molestaba en preguntar sabiendo la respuesta de antemano, me dije a mí mismo, riéndome por dentro.
Y es que a Elsa le chiflaba la lasaña y por ella la comería a todas horas.
—Lasaña.
Sí, ya lo sabía, contesté sin hablar, solo asintiendo.
Guardé todos los demás envases en la nevera y puse la cena en dos platos para calentarla en el microondas.
—Sé que la casa es pequeña, pero, aun así, ¿qué te ha parecido?
Elsa se quedó con el tenedor a medio camino de la boca y se encogió de hombros.
—No está mal.
Bueno, al menos no me había dicho que era una mierda y eso ya era mucho.
El resto de la cena hablamos del libro que estaba leyendo; era un tema seguro y fácil, y para el día tan raro que llevábamos era lo mejor.
Al terminar, metí los platos en el lavavajillas y tiré los envases a la basura.
Era verdad que la casa era pequeña, pero tenía todas las comodidades, al menos las básicas, y los electrodomésticos me habían asegurado que funcionaban perfectamente, ya que alguien se había encargado de venir a comprobarlo.
No obstante, me dijeron que si había algún problema con alguno, que llamara y que lo repararían o sustituirían en la mayor brevedad posible.
Eso era algo que los dueños habían dicho que se hiciera, ya que parecían buena gente y querían tener contentos a los inquilinos.