Capítulo 5
Luca
Después de merendar, no tardé demasiado en ponerme en marcha.
Cuanto antes saliéramos de allí, mucho mejor. Así que empecé a cargar las cosas en el coche.
Elsa estaba sentada en el salón con un libro infantil entre las manos, de esos que tanto le gustaba y de los que le había comprado un par de ellos el día anterior para que, si quería, fuera en el coche leyéndole.
—¿Lo tienes todo?
Elsa no me contestó. Solo se puso en pie, cerró el libro y lo metió en la pequeña mochila que tenía al lado, donde llevaba más cosas para el viaje, y asintió con la cabeza.
Cargué en el coche las dos bolsas con comida que la mujer que nos cocinaba nos había preparado para varios días.
Comeríamos todo eso hasta que la mujer que había contratado para que lo hiciera en la nueva casa se incorporara.
Cerré el maletero con un golpe seco. Y ese sonido marcó algo, marcó el final de una etapa y el principio de otra.
Porque de eso se trataba la vida: de etapas, unas mejores, otras peores y otras simplemente indiferentes, pero todas ellas necesarias.
Abrí la puerta de atrás para que Elsa subiera y lo hizo, en completo silencio y aguantando las lágrimas, nada que no me esperara.
No quise darle más vueltas, porque si lo hacía, al ver la cara de tristeza que tenía mi niña porque nos íbamos, me echaría atrás y eso no podía ser.
No podía ser porque nuestra casa, en la que Elsa llevaba viviendo desde que nació, ya no era un hogar. Era un recuerdo constante de la felicidad que habíamos tenido allí y que se había esfumado con la marcha de Clarissa.
Me monté en el asiento del conductor y, después de ponerme el cinturón, giré la cabeza para ver por última vez, o por mucho tiempo, la que era o había sido nuestra casa, nuestro hogar.
Cerré los ojos y, sin poder evitarlo, la imagen de Clarissa y de todo lo último que pasamos en esa casa se me vino a la cabeza.
Clarissa…
Solo con pensar en su nombre el corazón se me encogía, por lo mucho que la echaba de menos.
Porque, aunque no lo hubiera dicho en voz alta, o no le hubiera dejado a nadie ver el dolor que tenía dentro, estaba igual o peor de mal que mi hija desde que ella se fue.
Dolía mucho pensar en ella, pero dolía todavía más pensar en nuestra despedida, si es que se podía llamar así.
Ese día… ese maldito día en el que todo cambió, en el que la perdimos, en el que ella misma se perdió, aunque en otros sentidos llevaba perdida bastante tiempo.
Ese día nos chillamos, nos dijimos cosas muy feas en la gran discusión que tuvimos antes de que ella saliera de casa dando un portazo.
Nadie o casi nadie sabía por todo lo que llevábamos tiempo pasando. De mi círculo solo lo sabía Thomas, que era mi amigo, mi confidente y el que me consoló, por decirlo de alguna manera, y el que estuvo a mi lado apoyándome mientras yo intentaba ayudar a Clarissa.
Pero cuando alguien no se deja ayudar, por más que hagas, no hay manera de que las cosas vuelvan a estar bien.
El problema de Clarissa no solo la afectaba a ella, nos afectaba a todos.
Su problema, porque lo era, había empezado de la manera más tonta, cuando un día con unas amigas, después de una cena de las muchas que hacían varias veces al mes, acabaron en plan cachondeo en uno de los casinos de nuestra ciudad.
Y lo que empezó como una broma entre ellas porque no habían ido nunca, para todas las demás se quedó en una anécdota divertida, pero para Clarissa se convirtió en su perdición y en mi mayor dolor de cabeza.
No empezó como algo de golpe, no. Fue algo gradual que fue creciendo hasta convertirse en su vida.
Primero repitió, yendo al casino otro día, pidiéndoles a las chicas que la acompañaran. Ese día fueron, pero la siguiente vez que lo propuso, se negaron, diciendo que un día por diversión valía, pero no más.
¿Qué pasó? Pues que ese día se fue sola. Y después de ese, vinieron muchos más.
Al principio iba un par de veces a la semana, de ahí pasó a ir cinco y así fue hasta que llegó un momento en que pasaba más tiempo metida en el casino que en casa.
¿Qué pasaba allí dentro? Pues lo que suele pasar en estos casos.
Unos días perdía, otros, ganaba; esos eran los menos. Pero lo peor no fue eso, no. Lo peor fue que las apuestas, que al principio eran una cosa normal y controlada, pero en poco tiempo se descontrolaron por el ansia de que, si apuestas más, más ganas.
Una puta mentira. Porque siempre perdía y el día que de casualidad ganaba algo, no cubría ni un dos por ciento de lo que había perdido los días anteriores.
Y así, en pocos meses, su vida fue el casino, nada más.
Elsa y yo quedamos en un segundo plano. Y dolía, dolía mucho que tu propia mujer, a la que amabas más que nada, prefiriera pasar las noches rodeada de fichas, de alcohol, de gente enferma como ella y de dinero que durmiendo o haciendo el amor contigo en la cama.
Y si dolía que a mí me hubiera dejado de lado por su vicio, ni os podéis ni imaginar lo que duele ver cómo tu hija le pide que la lleve al parque o que hagan algo juntas y ella se negara a todas ellas porque tenía cosas que hacer, decía.
Pese a todo, Elsa nunca se quejó y, como la niña que era, lo aceptaba con resignación, pero eso era por dentro, porque sus ojos la delataban, ya que, en ellos, siempre que su madre la dejaba de lado, la tristeza se hacía presente en su mirada.
Clarissa dormía, comía y respiraba solo pensando en ir al puto casino una y otra vez, gastándose cantidades indecentes de dinero.
Problemas de dinero no teníamos; gracias a Dios o a mi esfuerzo, más bien mi negocio iba a las mil maravillas y tenía más dinero del que podía gastar en diez vidas.
Y menos mal, porque si no, como le pasa a gente menos pudiente, nos hubiéramos visto en la calle sin nada.
Al principio, cuando empezó con los problemas de juego, no hice nada pensando que era una racha y que se acabaría, pero nada más lejos de la realidad. Cuando fue en aumento y empezó a gastar sin control, dije hasta aquí.
Ese hasta aquí no fue en modo de discusión, sino de ponerle un tope a las tarjetas que usaba y de donde sacaba el dinero.
Ese paso que me costó un poco dar fue el principio del fin.
Al verse privada de todo el dinero sin límite de gasto, empezaron las recriminaciones, las discusiones y los gritos a todas horas pidiendo más y más.
Llegándome a decir que no la quería y que por eso no le daba dinero. Pero de lo que ella no se daba cuenta era de que era precisamente porque la quería con locura por lo que lo hice.
Fueron dos años horribles en los que intenté de todas las maneras posibles que lo dejara, pero no hubo manera.
Fue a terapia, obligada, por supuesto.
A un centro de ludopatía en el que aguantó un mes. Eso fue lo peor porque al salir tenía tal acumulación de ganas por jugar. En tres días se gastó tal cantidad de dinero, que me quitó de la caja fuerte de casa. Ese día fue un punto de inflexión en el que le dije que hasta aquí habíamos llegado.
Le dije que o paraba o le bloquearía las tarjetas, y que no tendría acceso a ningún dinero ni a nada.
¿Cambió? Pues solo en apariencia.
Note cómo lo que gastaba era mucho menos, pero claro, eso solo fue para que me confiara. Porque la gente que tiene un problema de juego, como lo tenía Clarissa, necesita jugar sí o sí y busca dinero para hacerlo hasta debajo de las piedras.
¿Qué hizo ella para conseguirlo y que no me enterara? Vender poco a poco todas las joyas que tenía, que no eran pocas. Ya que en los ocho años que llevábamos casados y gustándole tanto, yo, como la quería tanto, casi no había mes que no le comprara algo.
Hasta el anillo de compromiso y el de casada vendió.
Todo, lo vendió todo. Y no solo lo suyo, que era lo peor, sino también varios relojes míos, gemelos, alfileres de corbata y una pulsera que ella misma me regaló el día de nuestra boda.
Pero lo peor de todo, con diferencia, fue que vendió todas las joyas de nuestra hija. Entre ellas, una medalla que le había regalado mi madre al nacer y que a Elsa le encantaba y por la que se disgustó mucho.
Que vendiera todo eso fue el detonante para que todo explotara.
El día que tuvo el accidente, la llamaron al móvil. Ella estaba en la ducha preparándose para salir al casino. Con la mala o buena suerte, fui yo quien cogió el teléfono y me enteré de lo que estaba haciendo, ya que era el hombre que le compraba las cosas y dueño de una casa de empeños.
Cuando salió de la ducha, tuvimos la peor discusión de toda nuestra vida juntos.
En esa discusión le dije que ya no podíamos seguir así, que ni en su hija pensaba, que era la peor madre del mundo por vender sus cosas.
Fui muy duro con ella y le dije cosas horribles; eso tenía que reconocerlo.
Pero es que había llegado un punto en que era insostenible la situación, así que la amenacé diciéndole que quería el divorcio y que fuera pensándose a ver de dónde cojones iba a sacar el dinero para seguir con su vida de vicio.
Se alteró tanto y chilló tanto que pensé que le daría algo. Pero no cedí. No podía hacerlo. Solo quería que la mujer de la que me había enamorado y de la que seguía estándolo pese a todo volviera, porque desde que empezó a jugar, mi Clarissa desapareció para dar paso a su peor versión.
La discusión terminó. Pero no porque ella entrara en razón y diera su brazo a torcer, ni porque yo me callara y no dejara de recriminarle su comportamiento, no, la discusión terminó porque me llamó cabrón egoísta y dando un portazo se marchó.
Y ese fue el último momento que tuvimos juntos.
Esa fue nuestra despedida. Esa fue la última vez que la vimos con vida. Y era por lo que llevaba hecho una mierda casi un año; eso era por lo que me lamentaba a diario, porque no supe ayudarla, no supe pararla, no supe quererla mejor.
Y pesaba… Pesaba mucho llevar en la conciencia que, por haberme puesto como un loco en aquella discusión, ella se fue disgustada. Seguramente en tal estado de nervios, eso fue lo que la había hecho perder el control del coche y morir en ese lago que se convirtió en su tumba.
Así que muchas veces pensaba que había muerto por mi culpa.
Era una sensación extraña e irracional porque yo no conducía ese coche, ni tampoco fui el que la tiró al lago. Pero aun así me sentía responsable de ello.
Me sentía como si la hubiera matado, sí, así me sentía.
—¿Papá?
La voz de Elsa me hizo parpadear y salir del trance en el que me había quedado anclado pensando en ese maldito día.
—Dime.
—¿Nos vamos o nos quedamos?
Suspiré soltando el aire muy despacio y arranqué el coche.
—Nos vamos.
Vi por el retrovisor cómo asentía y cómo también apoyaba una mano en el cristal de la ventanilla y negaba con la cabeza como si se estuviera despidiendo de todo.
Se me retorcieron las entrañas al ver el dolor que sabía que mi hija estaba pasando, por una situación que ningún niño debería de pasar.
Pisé el acelerador y, sin mirar ni una vez a la casa, la dejé atrás.
El dolor y los recuerdos no se quedaban allí; esos nos acompañarían, pero esperaba que con el paso de los días eso, aunque no desapareciera del todo, al menos fuera más llevadero.
El camino desde Zúrich, que era donde habíamos vivido siempre, hasta Wädenswil era no más de treinta minutos si no había tráfico.
Ese era el lugar que, por recomendación de un cliente, había elegido para empezar.
Cuando busqué dónde irnos, sabía lo que quería: tenía que estar cerca de Zúrich porque yo tendría que ir todos los días a la oficina a trabajar, pero también tenía que ser algo totalmente opuesto a lo que teníamos; por eso ese fue el sitio elegido.