Capítulo 4
Yara
Abrí la puerta del tirón para no darles tiempo a que dejaran de hacer lo que fuera que estuvieran liando y poder pillarles con las manos en la masa. Pero me quedé a cuadros.
Joel y Heidi estaban sentados en una silla cada uno, mirando por una de las ventanas que había en la buhardilla con el telescopio que con tanta insistencia habían pedido las últimas navidades.
La madre que los parió a los dos. ¿Para eso querían el telescopio? ¿Para estar vigilando a la gente, en vez de mirar las estrellas?
Las estrellas iban a ver, pero bien, de la colleja que les iba a dar como eso fuera cierto, pensé.
Detrás de ellos estaba Elías de brazos cruzados, aparentemente esperando su turno, y la pequeña Lina estaba en la misma postura, pero con la cara enfurruñada, porque, como había oído desde fuera, a ella aún no la habían dejado mirar ni una sola vez.
—¿Se puede saber qué narices estáis haciendo?
Los cuatro pusieron una cara de “mierda, nos pilló”.
Pues sí os he pillado, majetes; a ver ahora qué milonga me contáis para salir del paso y evitar un castigo.
Los cuatro callados. Aunque Elías, Heidi y Lina miraron a Joel para que fuera él el que salvara la situación.
—Joel, piensa bien qué me vas a contestar.
Se llevó la mano a la nuca y se la pasó varias veces mientras pensaba qué decir.
Ese gesto era muy suyo cuando se ponía nervioso.
¿Estaba nervioso? Bien, porque yo también lo estaba, además de estar poniéndome de muy mala hostia.
—Eh… ¿Mirando el cielo?
Puse los ojos en blanco.
—¿Me lo preguntas?
—No, no, te lo digo, estábamos mirando el cielo.
—¿Y qué tal se ve?
Hice una pausa para poder seguir.
—¿Tiene muchas nubes o está despejado y deja ver bien lo demás?
—Alguna nube sí que hay.
Me contuve la carcajada. Si es que serían unos trastos, pero luego eran unos inocentones que no sabían salir del atolladero.
—¿Y esas nubes os impiden ver lo que hay o no son nubes y son las cortinas las que lo hacen?
Di tres pasos hacia ellos y me puse justo a su lado, muy cerca del telescopio.
—A ver, déjame ver cómo está el cielo; aún es temprano para ver estrellas porque no ha oscurecido del todo, pero la luna lo mismo sí que se ve.
—No se ve —contestó Heidi demasiado rápido.
—Está en la otra parte y, por más que hemos intentado buscarla, no lo hemos conseguido.
Anda, mira tú, la ratita de biblioteca, cómo aportaba su granito de arena para intentar salvar la situación.
—¿Heidi?
—¿Sí, tía?
—¿Qué estáis mirando?
Fui a por ella, porque sabía que era incapaz de mentirme.
No es que los demás lo hicieran, pero ella no; cuando se veía pillada, no era capaz de inventarse milongas, se rendía fácil y confesaba.
—A la casa de enfrente —saltó de repente Lina.
—Cállate, chivata —dijo Joel entre dientes.
—Joel… por ahí no vayas.
—Joder, no estábamos haciendo nada malo.
Me crucé de brazos en plan madre regañona, para que me tomaran en serio, y le miré frunciendo el ceño.
—Primero, como te vuelva a oír una palabrota más, te lavo los dientes con la escobilla del váter.
La pequeña soltó una risita.
—Lina, chitón, que estoy hablando con él.
—Sí, tía —dijo agachando la cabeza.
Volví a centrarme en Joel.
—Y segundo, ¿a qué vecinos estáis mirando? Y no me vayas a decir que a ninguno, porque os quedáis sin consola un mes.
—¡¿Un mes?! —dijo Heidi saltando de la silla.
—¿Quieres que sean dos por alzar la voz?
—No…
—Eso creía.
Podría parecer que era muy dura con ellos. Pero es que no se podían permitir ciertas cosas y, si era verdad que estaban vigilando a la gente desde la ventana y no solo a los que pasaban por la calle, sino a los que estaban en sus casas, eso sí que no lo podía dejar pasar.
Primero, porque era algo muy feo. Segundo, porque era invadir la privacidad de las personas. Y tercero, pero no menos importante, quizá fuera lo que más, es que no estaba segura de que eso no fuera ilegal.
—Joel, estoy esperando.
Moví el pie contra el suelo y zapateé un par de veces. Él resopló.
—A los vecinos de la casa de enfrente.
Fruncí el ceño, porque eso no era posible, pensé.
Esa casa llevaba vacía varios años, concretamente cuatro. Desde que la familia que vivía allí se había ido a Alemania porque al padre lo trasladaron por trabajo.
Sí, sabía que la habían puesto en alquiler, pero al ser una casa, más bien pequeña, y digo pequeña comparada con el resto de las de la calle.
Sabía porque había entrado alguna vez que solo tenía dos habitaciones, no tenía jardín, ni piscina. Y eso echaba para atrás a las familias que la habían venido a ver para alquilarla.
Allí donde vivíamos, las casas eran grandes porque las familias también lo eran; esa era la que descolgaba a la vista de las demás.
La “mini casa” la llamábamos en el barrio, por lo diferente que era de las demás.
Fruncí el ceño al pensar en lo que me acababa de decir Joel y mi cabreo aumentó, porque, que yo supiera, esa casa seguía vacía, vamos, sin rastro de vida.
Y que me la quisiera colar diciéndome eso era seguramente porque estaban mirando algo peor que a unos vecinos inexistentes.
—Joel, ¿por qué me mientes?
—No miento.
—Sí lo haces.
—Tía Yara… —me llamó Lina.
Levanté la mano para que esperara.
—No. En esa casa no vive nadie y todos lo sabemos.
—Tía Yara… —Esta vez fue Elías el que me llamó.
—Pues ahora sí vive alguien o se han colado sin permiso.
—¡¿Qué dices?!
—Tía Yara… —insistió Elías.
—¿Qué quieres, Elías? ¿No ves que estoy hablando con Joel?
—Quiero decirte que él tiene razón.
Le miré frunciendo el ceño.
—Yo no he visto entrar ni salir de esa casa a nadie en años.
—Pues hoy eso ha cambiado —dijo Heidi.
Me acerqué a la ventana y me quedé sorprendida; era verdad que tenía que haber alguien porque se veía luz dentro, al menos en dos ventanas.
—Hay luz…
—¿Ves cómo no mentía? —Dijo Joel antes de resoplar.
—Tienes razón y te pido disculpas por no haberte creído, cariño, pero es que es sorprendente que haya alguien ahí; pensé que en la vida vendría alguien a vivir a esa caja de cerillas.
Asintió satisfecho y los dos nos sonreímos.
—Si solo son una persona o dos, no es tan pequeña.
Elías, como siempre imponiendo su lógica.
—En eso tienes razón, pero es raro; siempre, en esta calle solo viven familias grandes y todos con hijos, por eso me extraña que si es una persona sola o una pareja se hayan venido a vivir entre tantas familias.
—Eso suponiendo que no sean ladrones.
La madre que la parió a la pequeña de la casa, solo con esa frase me puso un mal cuerpo en dos segundos, para qué.
Pero… ¿Y si tenía razón? ¿Y si se había colado algún indeseable para llevarse algo que hubiera dentro de la casa?
Cosas de valor, estaba segura de que no habría ninguna, ya que los dueños no serían tan tontos de dejar nada importante allí dentro, pero sí que podían querer llevarse los muebles o algún electrodoméstico que quedara allí todavía en buen estado.
Me quedé pensando en las posibilidades de lo que podía ser.
Ese día ni los anteriores yo no había visto movimiento en la casa y, si fuera una mudanza, habría visto ajetreo de gente o algún camión, y de eso no había visto nada.
No es que fuera una cotilla que estuviera todo el día pegada a la ventana mirando. No, eso no, porque no tenía tiempo para eso básicamente.
Pero si hubiera pasado algo así, lo habría visto, más que nada porque cuando trabajaba solía hacerlo en la mesa del salón que estaba al lado de la ventana y si hubiera habido algún movimiento, lo habría visto.
Y no era así. Nada, eso era lo que había visto.
La otra posibilidad, y que estaba tomando cada segundo que pasaba más forma en mi cabeza, era que fueran ladrones o, peor todavía, okupas, los que estaban dentro en ese momento.
Solo de pensar que fuera eso me temblaron hasta las piernas.
—Vale, vamos por partes.
—¿Por partes? —preguntó Lina.
—Sí.
—A ver, lo primero, quiero que sepáis que eso de mirar a otras personas, estén donde estén, sin su permiso es algo muy feo.
Hice una pausa.
—¿A vosotros os gustaría que fuera al revés? ¿Os gustaría que sin vuestro permiso alguien os mirara cuando… estáis en el baño, por ejemplo, o mientras no tenéis ropa o estáis haciendo cualquier otra cosa?
Los tres mayores bajaron la cabeza, avergonzados, pero la pequeña me miró frunciendo el ceño.
Mala señal, iba a soltar una de sus perlas sin filtro, pensé.
Se cruzó de brazos.
—Pues no, a mí no me gustaría que me vieran cuando estoy en el baño sentada cagando.
Cerré los ojos y apreté los labios para no reírme. Madre mía de mi vida y de mi corazón, no se podía ser más burra.
—Lina…
—Pero si me quieren ver mientras bailo, no me importa —añadió.
—Pues a mí me molestaría que me vieran haciendo lo que sea; si yo no les he dado permiso, no pueden hacerlo.
—Exacto, Elías tiene razón.
—Tía, lo siento —dijo Joel avergonzado.
—Yo también —añadió Heidi.
—Por esta vez os habéis librado del castigo, pero que no se vuelva a repetir una cosa así, ¿estamos?
—Sí —dijeron los tres mayores.
—¿Lina? No te he oído.
—Porque no he dicho nada.
—¿Y qué tienes que decir? ¿O es que no has entendido que lo que estabais haciendo no estaba bien?
—No tengo nada que decir, porque soy la única que no he mirado, ni tiempo me ha dado. Iba a llegar mi turno, pero has llegado y me he quedado sin saber si son vecinos o ladrones.
Anda, chúpate esa.
—No has mirado, pero lo ibas a hacer, y está mal, así que tienes que decir igual que los demás que no volverás a meterte en un lío así, ¿vale?
Pensó unos segundos.
—Vale… no volveré a querer mirar a nadie sin su permiso.
Asentí satisfecha. Cogí una silla y me senté al lado de ellos.
—Vale, ahora contarme qué habéis visto, tengo que saberlo porque si sospechamos que son ladrones u okupas, hay que llamar a la policía.
Joel fue el primero en hablar.
—Estábamos jugando a la consola y Lina dijo que había luz.
—Sí, vi cómo se encendía la luz de abajo. Estaba en la ventana con un dibujo calcando, por eso lo vi, tía, no porque estuviera cotilleando ni nada.
Asentí sonriendo y le pasé una mano por el pelo; ella se recostó contra mí y la senté en mi regazo.
—¿Viste a alguien?
Negó.
—Se lo dije a los demás, porque me pareció raro; esa casa nunca tiene luz.
—Y después yo fui el primero en mirar por el telescopio para ver si había alguien dentro —confesó Elías.
—Él no vio a nadie, pero yo sí —dijo Heidi.
—¿A quién?
—Yo también, le vi cuando me dijo que mirara; era un hombre todo vestido de negro, lo vi bien porque estaba en la cocina de la planta de abajo con algo en las manos —añadió Joel.
Me cagué en todo lo cagable. Un hombre vestido de negro dentro de una casa deshabitada.
—No está bien lo que voy a hacer, ¿vale? Pero tengo que mirar porque si hay algo raro, tengo que llamar a la policía.
Los cuatro me miraron preocupados y me rodearon cuando me senté en la silla que Heidi me cedió.
Miré por el telescopio y era verdad que había luz en una de las ventanas y de repente esa luz se apagó, pero dos segundos después se encendió la de lo que en mi memoria me dijo que era la cocina.
Un hombre todo vestido de negro, muy alto y con cara de pocos amigos, cerró las cortinas de golpe. Me dio una mala espina increíble, así que no me lo pensé.
—Vamos a bajar a cenar y, cuando estemos en la cocina, llamaré a la policía para que echen un vistazo; esto no me gusta nada.