Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 3
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Capítulo 3

Yara

Coloqué los vasos, los cubiertos y la jarra de agua en el centro de la mesa.

También fui colocando cada plato, ya con la cena caliente, en su lugar correspondiente.

Todos en la mesa teníamos un sitio y solo en raras ocasiones solíamos cambiarlo. Lo normal y lo cotidiano es que cada uno ocupara su sitio. Los mellizos, uno frente al otro: Elías al lado de Joel y Lina al lado de Heidi, y yo entre los dos pequeños.

Era una mesa redonda y así era como teníamos repartidos los sitios.

Miré los platos llenos y sonreí satisfecha.

Esa noche estarían contentos con la cena y no habría muchas protestas. Al menos, Lina y Joel, que eran a quienes menos les gustaban las verduras, se las comían cuando las ponía de acompañamiento. Sin embargo, lo hacían tras mucho esfuerzo y varias protestas.

Miré el reloj y fruncí el ceño. Las siete y cinco.

Los niños sabían que siempre ponía la cena a las siete y normalmente a esas horas, como tenían hambre, siempre estaban revoloteando por la cocina bastante tiempo antes, esperando para sentarse a cenar.

Si no eran todos, al menos alguno de ellos. Pero esa noche no había aparecido ninguno y eso era raro, como poco.

Además de que no se oían voces, piques o ese parloteo incesante que siempre había en la casa cuando estaban todos.

—Qué raro, demasiado silencio, eso no augura nada bueno.

Por todos es sabido que en una casa en la que hay niños y más si son cuatro, demasiado rato de silencio significaba problemas.

No necesariamente tenía que ser algo malo. Pero sí que seguramente estaban tramando algo. Eso se aprende con el tiempo y desde las primeras veces que pasa.

Yo lo aprendí la primera vez cuando los mellizos, Joel y Heidi, tenían tres años. Ese día se metieron en el cuarto de juegos en el que normalmente se pasaban horas jugando, riendo y chillando.

Ese día hubo media hora de silencio y cuando Ruth, Hans y yo entramos en el cuarto, supimos el porqué.

Los muy capullos, porque no se les podía llamar de otra manera, estaban en completo silencio porque estaban concentradísimos creando una obra de arte con sus rotuladores. Pero no en un cuaderno, no, sino en la pared.

La cara de los tres fue un poema, porque, leches, no solo había rotulador por toda la pared, sino que ellos también tenían la cara, las manos y hasta las piernas llenas de pintura.

Conclusión. Si hay silencio, hay problemas.

Dejé el trapo que tenía en las manos apoyado en una de las sillas y decidí subir al cuarto de juegos, que era donde seguramente estaban todos o eso esperaba.

Normalmente, al acabar sus tareas del colegio todas las tardes antes de cenar, solían pasar un rato allí todos juntos. Cada uno a lo suyo, pero juntos.

Lina solía ponerse a pintar o a bailar, que era su pasión. Joel y Heidi jugaban a la consola o a alguna otra cosa ellos dos.

Y Elías, ese lo tenía fácil; era nuestra ratita de biblioteca y siempre estaba con un libro o un cómic entre las manos.

Eso era lo que solían hacer normalmente, aunque también había días en los que hacían cosas los cuatro juntos.

Había diferencia de edad, sí, pero eso no era ningún impedimento para que se llevaran muy bien y compartieran mucho tiempo juntos.

Reñían como todos los hermanos, claro que sí, pero también, si hacía falta, se defendían entre ellos con uñas y dientes. Era eso de: yo pico y hago rabiar a mis hermanos, pero para los demás son intocables.

Y no podía estar más contenta por ello.

Subí las escaleras en silencio; si estaban liando alguna, no quería alertarles de mi presencia para pillarles con las manos en la masa.

Llegué a la primera planta, que era donde estaban las habitaciones de todos, y eché un vistazo por si acaso alguno andaba por allí.

Nada. Todas las habitaciones estaban vacías y reinaba el silencio, ese que cada vez me estaba dando más miedo.

Volví a las escaleras para seguir subiendo. Era el último tramo de escaleras, ese que llevaba hasta la buhardilla, que era donde estaba montado el cuarto de juegos.

Era enorme y tenía de todo lo que cualquier niño pudiera necesitar para jugar, pasar un buen rato, sobre todo en los largos días de invierno, y también para estudiar.

Había pufs cómodos, una mesa grande con seis sillas, una tele tamaño monstruoso para ver películas o jugar a la consola, bastantes juegos de mesa.

Un armario lleno de rotuladores, pinturas y muchas cosas más para hacer manualidades; de esas hacíamos muchas, ya que a todos nos encantaba.

También había un par de sofás comodísimos, juguetes de todas las clases y un pequeño aseo para que no tuvieran que andar bajando al piso inferior. Y cuatro mesas individuales para estudiar o hacer cosas uno solo.

Aunque los dos mayores solían hacerlo en sus habitaciones para concentrarse mejor, decían.

La buhardilla, como he dicho, era enorme, pero es que iba en consonancia con la casa, que también lo era. Mi hermana y mi cuñado se enamoraron de ella en cuanto la vieron antes de casarse y no se lo pensaron ni dos minutos. Fue la que compraron para formar una familia.

La casa tenía tres plantas.

En la principal estaba la cocina, el cuarto de la lavadora, la secadora y la plancha.

Un salón enorme con una chimenea que era una auténtica maravilla y un aseo bastante apañado.

Aunque no tenía ducha ni bañera, hacía su función perfectamente para, si estabas en esa planta, no tener que subir hasta las otras.

En la segunda planta había ocho habitaciones.

Cuatro de ellas para los niños, una para mí, y otra para mi hermana y Hans. Esta última seguía cerrada desde que ellos murieron. Un par de años atrás, la habíamos vaciado por completo. También había dos habitaciones más para invitados, pero casi nunca se usaban.

Solo se usaba una de ellas cuando mi amiga Celia y su marido Peter se quedaban alguna vez a dormir.

La otra nunca se había usado, pero la tenía preparada siempre por si algún amigo de los niños en alguna ocasión se diera el caso de que se quedara.

Pero sin duda lo mejor de toda la casa y donde, cuando el tiempo nos lo permitía, nos tirábamos las horas muertas allí era el jardín.

Sí, el jardín era la delicia de todos. Tenía muchos metros de césped, varios árboles y algunas flores plantadas de las que solía ocuparse Heidi.

Una piscina que, aunque no era excesivamente grande, sí era suficiente para todos.

Además, había una zona con barbacoa y una mesa enorme donde solíamos cenar casi todas las noches durante el verano y parte de la primavera.

Menos mal que la casa estaba pagada cuando mis queridos Ruth y Hans se fueron, porque si no, yo sola no podría haber afrontado un gasto así, además de mantener a cuatro niños.

Que eso, gracias a Dios y al mucho dinero que tenía mi cuñado, tampoco había tenido que hacerlo, porque si no, hubiera tenido que hacer malabares para sacarles adelante.

A todos les había quedado mucho dinero, muchísimo en realidad, que yo administraría hasta que fueran lo suficientemente mayores para hacerlo ellos.

También tenían cubiertas todas las necesidades, tanto diarias como cuando llegara el momento de irse a la universidad.

Hans era un hombre muy cabal y lo había dejado todo atado, en caso de que le pasara algo. Todos tenían asignado al mes un dinero para su manutención, gastos escolares o cualquier necesidad que tuvieran.

Era tanto para cada uno que nunca había gastado ni siquiera una tercera parte, así que lo que sobraba de esa asignación, se lo iba dejando en la cuenta del banco que cada uno tenía desde que mi hermana y Hans fallecieron.

Además de que yo trabajaba y, como no tenía vida más allá de ellos, mi dinero solía gastármelo en cosas para ellos.

Porque yo, para la vida que llevaba, apenas me compraba cuatro prendas de ropa y algún capricho de vez en cuando.

Trabaja en casa con mi ordenador por las mañanas y alguna noche si tenía algo pendiente, así que con ropa cómoda era con lo que solía estar todo el día.

Mi trabajo me encantaba y disfrutaba mucho con él; sobre todo disfrutaba de no tener que dar cuentas a nadie, ya que era mi propia jefa.

Yo me ponía mis horarios. Y no ganaba nada mal, todo hay que decirlo.

Siempre me gustaron los ordenadores y fue lo que estudié, especializándome en ser analista de datos y ciberseguridad. Y eso es lo que hacía en la sombra de casa: proteger las cosas de otros.

Y no era por pecar de egocéntrica, pero era muy buena en lo mío, de ahí que pudiera elegir a mis clientes y el cómo y cuándo hacer las cosas.

Llegué a la puerta de la buhardilla y me quedé escuchando. Allí estaban los cuatro dentro, hablando bajo. Malo… muy malo.

—Déjame mirar a mí —decía Lina.

—Espérate, pequeñaja —contestó Elías.

La leche, si Elías estaba metido en el lío y no estaba con un libro en las manos, es que la estaban tramando, pero bien.

—Jolín, es que los tres ya habéis mirado y yo no.

—Si ahora solo se ven las luces dadas y gente moviéndose nada más. ¿Qué quieres ver?

¿Las luces dadas? Ay mi madre, ¿qué estaban mirando? Y lo más importante, ¿a quién?

— Se acabó, se van a enterar —murmuré entre dientes.