Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Luca

—Luca, ¿estás seguro de esto?

Pues no. No estaba seguro de eso ni de nada en realidad. Pero era lo que necesitábamos mi hija y yo, o eso creía yo.

Eso fue lo que quise contestarle a mi madre Lena, que era la que me estaba preguntando en ese momento mientras me ayudaba a guardar las últimas prendas de ropa de mi hija en la maleta.

Pero fiel a mí mismo y a mi carácter hermético, solo le contesté con una palabra, sin dar más explicaciones y sin decirle cómo me sentía en realidad.

Que era hecho una mierda por la situación que llevábamos viviendo ya casi un año.

—Sí.

—La niña no quiere irse.

Lo sabía, joder, claro que sabía que mi hija no quería que nos marcháramos de nuestra casa, pero bajo mi punto de vista era lo mejor, no solo para ella, sino para los dos.

—Lo necesita para poder seguir.

—¿Lo necesita ella o tú?

Cerré los ojos y apreté los puños.

Quería mucho a mi madre, pero cuando se ponía en ese plan, de querer saberlo todo y de cuestionar todo, me ponía de los nervios.

Parecía mentira que ella, precisamente, que era de las personas que mejor me conocía, me estuviera haciendo esas preguntas, si sabía de sobra que yo nunca daba explicaciones a nadie, ni siquiera a ella, de las decisiones que tomaba ni de lo que hacía en mi vida.

No quería ser un borde con ella, porque, joder, no se lo merecía.

Sabía que estaba muy preocupada por Elsa y por mí, y por eso insistía en saber, pero no lograba sentarme a abrirme con ella ni dejar que viera lo roto que estaba.

Nunca había sido una persona que hablara de sus sentimientos; había sido así desde crío y con el paso de los años eso no había cambiado; yo diría que se había acrecentado más.

Era un hombre hermético, serio, autoritario, al que le gustaba tener todo bajo control, un borde de cojones, como decía mi amigo Thomas, que seguramente tenía razón, pero así era y ahora ya, a estas alturas de la vida, ni podía ni quería cambiar.

Siendo así, me había ido bien, sobre todo en los negocios, donde mi carácter había hecho que nadie se atreviera a engañarme, cuestionarme o pasarse de listo.

Que tampoco es que fuera un ogro, aunque Thomas me llamara así muy a menudo; era un hombre un poco difícil, nada más.

Con mis empleados era duro, pero justo. Y siendo así, al parecer, y pese a lo que muchos puedan pensar, me había ido bien.

Tenía un negocio que iba a las mil maravillas; mis empleados me respetaban, no me temían y estaban contentos con su trabajo y mi trato.

Si no hubiera sido así, muchos se hubieran ido a trabajar a otro sitio, pero no había sido así; todos los que entraban en mi empresa de allí no se iban.

Mientras metía los últimos dos pantalones en la maleta y sin mirar a mi madre, la contesté.

—Los dos, lo necesitamos los dos.

—La echa de menos.

Y yo, joder, y yo también. Quise gritarle, pero me contuve.

—Lo sé.

—¡Papá!

Elsa entró corriendo por la puerta de su habitación llamándome y, en cuanto vio lo que mi madre y yo estábamos haciendo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Me mataba verla así.

Mi hija lo era todo para mí y verla sufrir a diario la ausencia de su madre me destrozaba por dentro.

—¡No! ¡No guardes mis cosas! ¡No quiero irme!

Empezó a tirar de las prendas que estaban dentro de la maleta y a sacarlas para llevarlas al armario.

Mi madre me miró preocupada, aguantando las lágrimas por ver a su nieta en ese estado.

—Elsa, para.

—¡No! No podemos irnos a otra casa. Mamá puede volver y, si no estamos aquí, no nos encontrará.

Once meses habían pasado desde que Clarissa murió, o la declararon muerta, y Elsa todavía seguía pensando que su madre cualquier día iba a entrar por la puerta.

Para que pensara eso había una razón; no penséis que mi hija se había vuelto loca ni nada de eso.

La razón de que tuviera la esperanza de que mi mujer volviera en cualquier momento es que, aunque la habían declarado muerta y habíamos celebrado su entierro, con un ataúd vacío, era porque no habían conseguido encontrar su cuerpo.

Clarissa había tenido un accidente de coche hacía casi un año, en el que se salió de la carretera y su coche acabó en el lago Brienz.

Recuperaron el coche totalmente destrozado y algunas de sus pertenencias, pero a ella no habían conseguido encontrarla.

Pero, por el estado del coche, que tenía la luna delantera totalmente rota, los expertos de la policía nos dijeron que seguramente había salido despedida por ahí y había caído inconsciente en el agua.

El lago de Brienz tenía muchísima profundidad y muchas corrientes de agua, por eso, por más que el equipo de rescate de la policía la había buscado durante muchos días, habían sido incapaces de encontrarla.

Así que el ataúd de mi mujer estaba en su tumba vacío, pero su cuerpo descansaba en las profundidades del lago.

Y esa era la razón por la que Elsa seguía pensando que su madre aparecería en cualquier momento. Porque decía que si no estaba en el coche era porque se había bajado antes y estaba perdida.

Pero que cuando encontrara el camino volvería a casa. Ojalá fuera así, pero eso no era posible y, por más que se lo habíamos intentado explicar a Elsa, no había manera de hacerla entrar en razón.

Solo tenía seis años y siempre había sido una niña muy madura para su edad y que entendía las cosas a la primera, incluso algunas que eran demasiado para su edad.

Pero con este tema no había manera de hacerla entender. Se había aferrado a eso de que su madre volvería y todos estábamos viendo que eso no le hacía bien.

Todos pasamos por distintas fases en un duelo.

Hay que pasar por todas las fases. En unas estás más que en otras, cada persona lleva su ritmo. Pero según me había explicado la psicóloga a la que empecé a llevar a Elsa meses atrás al ver que cada día estaba peor, que, si te quedabas anclado en una de esas fases, no era nada bueno.

Y Elsa estaba en la fase de la negación, al pensar que su madre no había muerto y que de esa no había pasado.

Bueno, ni pasado ni nada, porque era en la única fase en la que llevaba metida en bucle desde que Clarissa murió.

Porque cada día que pasaba y veía que Clarissa no volvía, peor estaba de ánimos, más se cerraba en sí misma y estaba empezando a desarrollar una depresión y eso sí que no pensaba consentirlo.

No dejaría que mi hija enfermara. Por eso, en una de las sesiones con su psicóloga, que se llamaba Rosalyn, le pregunté ya desesperado qué podría hacer para ayudarla.

Ella me habló claro y me dijo que lo mejor era que cambiara de vida, que la llevara a vivir a otro sitio, que rompiera ese bucle en el que estaba metida.

Que la niña necesitaba seguir adelante y aceptar las cosas, o la situación se pondría muy fea, y que para empezar a conseguirlo la mejor manera es que no estuviera en un sitio en el que ella esperaba que su madre volviera.

Y de ahí mi decisión de mudarnos de casa y de ciudad. De empezar de cero, vaya.

La psicóloga me había advertido que sería duro, que Elsa no querría marcharse de ahí ni a tiros, queriéndose aferrar como fuera a esa esperanza que tenía de que su madre volviera a casa.

Sería duro al principio y lo sabía. Pero también necesario para que pudiera seguir adelante.

Me quedé mirándola unos segundos cómo seguía sacando cosas de la maleta sin dejar de llorar.

Hice de tripas corazón y me puse delante de la maleta arrodillado en el suelo y, cuando se dio la vuelta, la atrapé entre mis brazos.

—Elsa…

—¡No! Suéltame, no quiero, no quiero…

La abracé fuerte contra mi pecho y dejé que llorara todo lo que necesitaba.

Minutos después, cuando ya solo hipaba, pero su llanto había cesado, la separé un poco de mí para sentarme en el suelo y acomodarla encima de mí.

—Elsa, necesito que me escuches.

—Es que no quiero irme.

—Lo sé, cariño, yo tampoco, pero lo necesitamos.

—No, yo no necesito irme, necesito quedarme aquí; si mamá vuelve, quiero estar aquí cuando eso pase.

Maldije a Clarissa y su mala cabeza.

Si no se hubiera perdido, no estaríamos en esta situación y mi hija no estaría sufriendo así.

Negué con la cabeza porque no quería pensar en eso en esos momentos. Bastantes vueltas le había dado ya, en los últimos meses; así era mejor dejarlo aparte y centrarme en Elsa.

—¿Me puedes escuchar unos minutos?

—Sí… —susurró.

—Tú sabes que para mí eres lo más importante y que eres la persona a la que más quiero del mundo, ¿verdad?

—Sí, y con la única que no eres un ogro.

Me mordí la lengua para no llamar cabrón a Thomas en alto porque estaba al cien por cien seguro de que era él el que le había dicho eso a mi hija.

—Entonces entiendes que con lo que te quiero yo nunca haría nada malo contra ti.

—Sí, solo quieres lo mejor para mí, todos lo dicen.

—Y todos no pueden estar equivocados, ¿cierto?

Asintió.

—Pues entonces quiero que entiendas que si nos vamos a otro sitio a vivir es porque creo que es lo mejor para ti, para los dos.

—Pero mamá va…

No la dejé seguir.

—Mamá no va a volver, cariño, tienes que empezar a aceptarlo. Has visto el lago, has oído a la policía cómo te lo explicó. Como todos te lo hemos dicho, que no es posible que vuelva. A todos nos gustaría que así fuera, pero no es posible.

—Pero no la encontraron y…

Joder, que no había manera, se había cerrado en banda y no había manera.

—Si me voy de aquí y vuelve, no sabrá dónde buscarme.

—¿Y qué piensas hacer? ¿No salir de esta casa nunca más, vivir aquí como una ermitaña? Hacerte viejecita encerrada entre estas cuatro paredes. ¿Perderte todo lo bonito que hay fuera? ¿Eso quieres?

Vi en sus ojos una mirada distinta, una grieta, una duda.

Sí, por fin, joder, por fin, chillé en mi cabeza.

—No… —dijo a media voz.

—Esta casa no la vamos a vender, se quedará siempre aquí, por si queremos volver.

—Si no nos vamos, no tendríamos que volver.

Chica lista.

—Mira, quiero proponerte un trato.

—¿Un trato?

—Sí, un trato, sabes lo que es, ¿no?

Puso los ojos en blanco.

Eso era marca de la casa, porque lo hacía casi tantas veces como yo; era un gesto que había heredado o aprendido de mí y que los dos hacíamos al menos veinte veces al día, si no eran más.

—Claro que lo sé, tengo seis años, no dos.

—Bien, pues como eres una chica mayor de seis años, lo vas a entender muy bien. Igual que acabarás entendiendo que marcharnos es necesario.

Suspiro.

—¿Cuál es el trato?

Cogí aire y me lancé a la piscina a ver si había suerte y tenía agua y no me daba otra hostia sin conseguir nada.

—Un año —dije.

—¿Un año qué?

—Nos vamos un año y, si después de ese tiempo no quieres seguir en el destino que he elegido, nos volvemos.

—Un año…

Se quedó pensando en ello unos segundos.

—Y, si mamá…

No podía más con ese tema, de verdad que no, así que por una vez y en contra de toda lógica le seguí el rollo.

—Si mamá volviera, la casa seguirá aquí. La abuela vendrá a cuidarla todas las semanas y los vecinos seguirán aquí; cualquiera de ellos le puede decir dónde estamos; todos tendrán nuestra dirección.

Se quedó pensando.

Vi cómo por su cabeza pasaban mil cosas, cómo se hacía mil preguntas. Y vi cómo dudaba.

—Elsa, sabes que lo necesitamos, no estás bien y yo tampoco. Necesitamos un cambio; Rosalyn ya te lo ha dicho también.

Levantó la cabeza y vi en sus ojos la rendición. Sabía que decirle que yo no estaba bien podría ser un chantaje emocional, pero me importaba una mierda si había funcionado; podría vivir con ello.

—Un año, ni un día más —dijo con firmeza y yo asentí satisfecho.

Por fin pude respirar un poco, después de meses ahogado.