Vecino, deja de mirarme y bésame
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Capítulo 1
Yara
Repasé otra vez todos los ingredientes que tenía encima de la encimera para preparar la cena.
Ese día tocaba rösti y salchichas.
Una cena rápida que a todos les gustaba, y que me daba cero complicaciones por su fácil preparación.
Algo me faltaba.
¿Pero el qué?
— Patatas ralladas, pimienta, cebolla picada, los trozos de tocino partidos bien pequeños, mantequilla y las salchichas.
Lo dije todo en voz alta para ver si así me ayudaba a recordar qué era lo que faltaba, pero nada, no hubo suerte.
— Madre mía, Yara, cómo estás hoy. Espabila, hija —dije riñéndome a mí misma.
Volví a mirar todas las cosas que tenía allí preparadas.
Nada que no. Me giré y abrí la nevera.
Me quedé mirando todas las cosas que había dentro a ver si así conseguía saber qué narices me faltaba.
Miré todas las baldas y hasta separé varias cosas que estaban amontonadas tapando lo que había detrás.
No es que fuera un desastre y tuviera todo descolocado; bueno, quizá un poco sí, es que en esa casa éramos muchos y me gustaba tener la nevera hasta arriba de provisiones.
Moví un paquete de yogures y… ¡bingo! Allí estaba lo que me faltaba.
Saqué el paquete de queso rallado y cerré la puerta de la nevera.
Por instinto, por rutina o porque el corazón me lo pedía, nada más cerrar la puerta, mi mano se fue sin pedir permiso a acariciar la fotografía que estaba allí colgada con cuatro imanes que la sujetaban.
Pasé la yema de los dedos por ella a la vez que sonreía mirando la imagen.
En ella aparecía riéndose a carcajadas mi hermana Ruth mientras mi cuñado Hans la abrazaba por la cintura desde atrás.
Qué guapos y felices estaban, pensé.
— Da igual el tiempo que haya pasado, os sigo echando de menos como el primer día —susurré.
Negué con la cabeza y, con el queso en la mano, volví a la encimera para seguir preparando la cena. En media hora serían las siete, hora en la que solíamos cenar, así que todavía iba bien de tiempo para hacerlo sin prisas.
Mientras mezclaba las patatas, el queso, la cebolla y lo salpimentaba, no pude evitar que mis pensamientos se fueran a otra época.
A una más lejana. A una en la que la vida se me rompió por primera vez.
Justamente quince años atrás, a ese momento fue donde mi cabeza buceó en los recuerdos.
Ruth tenía veinticuatro años y se había casado dos meses antes con Hans, el amor de su vida, cosa que todos los que los conocíamos tuvimos claro desde que empezaron su relación cuatro años antes.
Cualquiera que los viera juntos más de cinco minutos no sería capaz de pensar que no eran el uno para el otro.
Porque era impresionante la complicidad que tenían juntos y el mucho amor que se profesaban el uno al otro. Juntos eran simplemente perfectos.
Mi hermana me sacaba diez años.
Para algunos, una diferencia de edad que sería un abismo y podrían pensar que por eso Ruth y yo podríamos estar distanciadas o no tener temas o aficiones en común que compartir. Error.
Esos diez años para nosotras nunca fueron un problema, sobre todo cuando yo dejé de ser una niña.
Ahí mi hermana, que muchas veces se comportaba conmigo como una madre, dejó de hacerlo para convertirse en mi amiga, mi confidente y mi ejemplo a seguir.
Y justo a la semana de cumplir quince años, también se convirtió en mi paño de lágrimas y en mi tutora legal.
A nuestro padre ella sí le conoció, pero yo no, ya que tan solo tenía seis meses cuando abandonó a mi madre por otra mujer y se marchó hasta del país.
Sí, se marchó de Suiza.
Más concretamente, de Wädenswil, de donde éramos, para acabar, según supimos tiempo después, en un pueblo perdido del sur de Francia.
Nuestra madre cuando eso pasó no se hundió ni mucho menos; todo lo contrario, luchó con uñas y dientes para sacarnos a las dos adelante. Y lo consiguió.
A mi hermana la ayudó con todo lo que pudo, le pagó los estudios y la acompañó en todo lo que necesitó hasta que a los veinte años entró a trabajar de secretaria en la empresa de Hans, que fue donde se conocieron y se enamoraron.
Y para mí también estuvo. Al menos hasta ese día, cuando yo tenía quince años, que se fue a dormir y ya no se levantó a la mañana siguiente.
Un derrame cerebral mientras dormía se la llevó. No sufrió. Ella no, pero nosotras sí, mucho, de hecho.
Y así fue como acabé viviendo con mi hermana y mi cuñado, que eran una pareja de recién casados y con dos bebés en camino.
En otras circunstancias y con otro hombre quizá lo hubiera tenido más difícil, porque a lo mejor le hubiera parecido una putada cargar con la hermana de su mujer.
En mi caso no fue así.
Hans me adoraba igual que yo a él desde el primer día que nos conocimos y me ayudó tanto o más que mi hermana a sobrellevar la situación cuando mi madre murió.
Y así fue como acabé huérfana, viviendo en su casa y ayudándola en la crianza de sus hijos. Que no tenían pocos. Cuatro, ni más, ni menos.
Cuatro ángeles, o demonios algunas veces, que eran mi vida entera.
Mi vida durante los siguientes diez años a la muerte de mi madre fue simplemente maravillosa.
Compartiendo de todo con Ruth, con Hans y con sus hijos.
Pero el destino me tenía preparado un nuevo golpe que me rompió por segunda vez.
Una noche, una cena de empresa, hielo en la carretera, un perro que se cruzó corriendo, un volantazo de Hans intentando esquivarle y un final horrible que nos quedó a todos los que nos quedamos aquí rotos.
Hans murió en el acto. Ni tiempo a despedirse de su mujer y sus hijos le dio.
Mi hermana, en cambio, aguantó viva en el hospital al que la llevaron hasta que yo llegué.
Siempre había pensado que aguantó no porque su cuerpo quisiera, sino porque necesitaba hablar conmigo antes de partir.
Esa noche, la que hablé y vi con vida a mi hermana por última vez, fue la conversación más dura que una persona puede tener con alguien a quien quiere con toda su alma y la está viendo cómo la vida se la va entre sus brazos.
Tenía esa conversación grabada en la mente a fuego, toda, palabra por palabra.
Y cada poco la reproducía en mi cabeza.
Como en ese momento que, al pensar en ello, había sido inevitable que se me viniera a la mente como si no estuviera en la cocina, sino en esa habitación del hospital.
— ¡Ruth! ¡Ruth!
Me acerqué corriendo a su cama muy alterada, llorando y diciendo su nombre una y otra vez.
— Yara…
— ¿Estás bien? Dime que estás bien —le rogué.
— Yara, escúchame, tengo que pedirte algo.
Cuando me dijo eso, me quise morir. Porque no fue lo que me dijo, sino el cómo y, además, la manera en la que me miró. Como si quisiera despedirse. Y en realidad eso es lo que fue, una despedida.
— Lo que quieras, haré lo que quieras hasta que salgas de aquí.
Me sonrió, pero por primera vez en la vida su sonrisa no fue como ninguna que yo había visto en su rostro. Esa sonrisa fue de tristeza total, y las de ella siempre eran de alegría pura.
— Yara, cariño, no voy a salir de aquí y las dos lo sabemos.
— No digas eso, joder… los niños te necesitan, yo te necesito. No puedes irte, no puedes dejarnos.
— El destino así lo ha querido.
— El destino puede irse a la mierda, pero tú no puedes irte a ningún sitio.
— Escúchame, no me queda mucho tiempo y necesito decirte algunas cosas.
Con todo el dolor de mi corazón me callé y la dejé hablar; yo no quería oírlo, pero ella necesitaba decirlo, así que la agarré la mano con fuerza y asentí con la cabeza.
— Diles a los niños que los amo, diles que han sido lo mejor que me ha pasado en la vida, diles que su padre y yo les cuidaremos desde el cielo.
— Ruth…
Cogió aire, apenas sin conseguirlo, y siguió.
— Cuida de mis hijos, Yara, guíales en su camino, háblales de nosotros.
— No… no voy a poder hacerlo, yo… no sé cómo hacerlo.
— Sí podrás, y no digas que no sabes hacerlo porque ya lo haces a diario. Los cuidas y los quieres como yo misma.
En eso tenía razón. Desde que nacieron los mellizos, aprendí a la misma vez que ellos a cambiar pañales, a calentar biberones, a acunarlos cuando lloraban.
Con los dos primeros fue un aprendizaje que hicimos los tres a marchas forzadas, pero cuando llegaron los otros dos ya éramos unos expertos.
Éramos expertos no solo en las cosas que he nombrado antes, sino en muchas más.
En juegos, rabietas, raspones en las rodillas, peleas entre ellos, en ayudar con las tareas de la escuela y en miles de cosas más, que se hacen en la crianza de los hijos.
— Lo haré… cuidaré de ellos, no dejaré que se olviden de vosotros. Los quiero como si fueran míos, ya lo sabes, daría mi vida por ellos.
— Lo sé, sé que lo harás muy bien, sé que serás una buena madre para ellos.
— Ruth, te quiero muchísimo… te voy a echar muchísimo de menos, me vas a hacer mucha falta.
No pude dejar de llorar en ningún momento y de maldecir al puto destino. El muy cabrón se había cebado con nuestra familia.
Primero me dejó sin madre y mi hermana tuvo que serlo para mí. Como con eso no tuvo bastante, la historia se repetía. En esa ocasión era mi hermana la que se iba y dejaba a mis sobrinos en la misma situación que a mí años atrás.
Y a mí en la misma situación que a mi hermana, dejando a sus hijos a mi cargo.
— Yo también te quiero, has sido mi niña bonita.
Me acarició la mejilla con la mano y yo no me pude resistir; me tiré a sus brazos para darle el último abrazo que la vida nos dejaba.
— Diles que los amo.
Esas fueron sus últimas palabras antes de su último aliento en mis brazos y dejarme rota por segunda vez. Y así fue como mi hermana y mi cuñado nos dejaron el mismo día.
Así fue como me quedé al cargo de los mellizos Heidi y Joel, que tenían diez años, de Elías, que tenía siete, y de la pequeña Lina, que fue la que apenas se enteró de nada, ya que solo tenía un año.
Sacudí la cabeza y me limpié las lágrimas que, sin poder evitarlo, se me habían caído por la cara como siempre me pasaba cuando recordaba los dos peores momentos de mi vida.
Cinco años habían pasado desde que se fueron, pero seguía doliendo igual. Porque el dolor nunca se iba, pero se aprendía a vivir con él.