Epílogo
Yara
Quince años después…
El sol brillaba sobre el jardín mientras las risas llenaban cada rincón.
Y yo, sentada en la tumbona junto a Luca, observaba todo aquello con una sonrisa imposible de borrar.
Quince años… Quince años habían pasado desde aquella Nochebuena en la que todo explotó y volvió a empezar al mismo tiempo. Quince años desde que Luca regresó a mí.
Desde que, por fin, dejamos de luchar contra lo inevitable y entendimos que lo nuestro nunca había tenido escapatoria.
Y ahora, viendo todo aquello frente a mí, sabía que había valido la pena cada lágrima, cada miedo, cada silencio y cada espera que pasamos durante todos esos días que estuvimos separados porque él decidió protegernos de esa manera.
Mis ojos fueron recorriendo el jardín.
Celia estaba sentada junto a Peter bajo la pérgola, riéndose mientras intentaban convencer a su hija mayor, Noémie, de catorce años, de que dejara el móvil cinco minutos. Su hermano pequeño, Milo, de doce años, estaba en la piscina intentando hundir a Thomas con el resto de los niños.
Mis amigos seguían igual de enamorados que el primer día, y seguían discutiendo exactamente igual también.
—¡Peter, deja de darle comida al perro por debajo de la mesa!
—¡Pero si me ha mirado con pena, mujer!
—¡Porque eres idiota!
Peter seguía defendiendo quince años después que aquel perro que llevaba desde que su hija mayor nació lo manipulaba emocionalmente.
Sonreí y desvié la mirada hacia Lena.
Los años habían pasado para ella, como para todos, claro.
Las arrugas marcaban su rostro y caminaba más despacio, pero seguía teniendo esa energía entrañable que hacía que todos los allí presentes la adoraran.
Estaba sentada en la mesa bajo la sombrilla con mis hijos Hans y Ruth a su lado mientras ellos esperaban a que les llenara un vaso de limonada para reponer fuerzas y volver a la piscina.
Hans y Ruth… Nombres que elegimos para nuestros hijos en honor a mi hermana y a mi cuñado. Cuando le pregunté a Luca si le parecía bien, me contestó que no podían llevar otros nombres mejores.
Hans tenía trece años y era un calco exacto de Luca, con esos ojos negros iguales a los de su padre que, cuando creciera, estaba segura de que enamoraría a una muchacha con solo una mirada, como me pasó a mí con su padre.
Ruth, de doce años, al contrario que su hermano, era una fotocopia mía en todo. Mismo pelo pelirrojo, mismos ojos verdes, mismo carácter y misma mirada intensa. Esa que le sostenía a su padre cuando reñían por algo y terminaba desarmándole y perdiendo la lucha.
Eran dos más de mis niños, los más pequeños…
Y hablando de mis niños, porque sí, por muchos años que hubieran pasado, para mí todos seguían siendo mis niños, aunque fueran ya adultos; algunos incluso ya eran padres.
Mire al más mayor.
Joel estaba junto a la barbacoa con su mujer, Annika, discutiendo porque él insistía en que la carne estaba perfecta y ella aseguraba que iba a carbonizarla.
Se habían conocido en el despacho de abogados donde los dos trabajaban y, sinceramente, eran igual de testarudos. Estaban hechos el uno para el otro sin duda.
Sus mellizos, Leo y Nico, de cinco años, corrían alrededor de la piscina como dos auténticos terremotos imposibles de controlar, como lo fue su padre a su edad.
Heidi estaba sentada al borde del agua junto a su pareja, Jonas, al que había conocido en la empresa de Luca, que era donde trabajaba desde que terminó la carrera de ADE; él era el contable que entró nuevo casi a la misma vez que ella y desde entonces no se habían separado.
No se habían casado, ni querían tampoco. Según Heidi, el amor no necesitaba papeles. Y viendo cómo la miraba él cada vez que sonreía, estaba claro que tenía razón.
Su hija, Liv, de dos años, era una muñeca rubia preciosa que tenía completamente enamorada a toda la familia.
Luego estaba Elías. Nuestro escritor famoso.
Todavía me hacía gracia pensar que aquel niño silencioso que siempre estaba con la cabeza escondida dentro de las páginas de un libro hubiera acabado escribiendo uno que se había convertido en best seller internacional.
Y como no podía ser de otra manera, había decidido inspirarse en nosotros, en nuestra familia, para escribirlo.
El título seguía haciéndome reír cada vez que lo leía. “La vecina, el ogro y el caos en la piscina”.
Según él, era una obra profundamente emocional y artística. Según el resto, se había dedicado a contar nuestras miserias con nombres falsos.
Y no, Luca no le había perdonado que describiera sus primeras miradas conmigo como “tensión sexual nivel incendio forestal”.
Elías no tenía pareja conocida, pero todos sabíamos que suspiraba por su agente. Tiempo al tiempo, pensábamos todos, porque cuando el amor llega, nadie escapa de él.
Mis ojos se detuvieron en Elsa y Lina.
Y todavía me seguía pareciendo increíble que las dos amigas inseparables hubieran acabado siendo pareja, una preciosa y muy enamorada, que ya llevaban más de dos años de relación oficial, extraoficial, algo más.
Eso tardaron en decirlo para que a Luca no le diera un patatús. Pero sorprendentemente se lo tomó como la cosa más natural del mundo, e incluso les dijo que hacía años que él lo había visto venir, dejándolas con la boca abierta.
Ambas estaban estudiando en la universidad para ser maestras. Hacía unos meses que anunciaron que se querían ir a vivir juntas, solas, claro, porque juntas ya vivían. Y mi marido tardó exactamente tres días en comprarles la casa de enfrente.
—No es por controlar —había dicho muy serio—. Es por seguridad.
Mentira. Era para cotillear desde la ventana y él ni siquiera lo negaba.
Una carcajada enorme me hizo girar la cabeza hacia la piscina. Thomas, cómo no.
Quince años después seguía siendo exactamente igual.
Estaba haciéndose el muerto en el agua mientras los niños intentaban hundirlo y su mujer, Sophie, lo miraba con resignación desde la hamaca.
—¡Thomas, por favor! ¡Compórtate como un adulto, aunque sean cinco minutos!
—¡Ser adulto está sobrevalorado!
Sophie había entrado a trabajar como su secretaria en la empresa diez años atrás y Thomas se enamoró tan rápido que todos lo vimos venir menos él.
Un año después estaban casados. Y ahora tenían dos hijos igual de caóticos que su padre.
Maxime, de ocho años, y Chloé, de seis. Dos pequeños demonios adorables.
Suspiré suavemente y miré al último que me quedaba de ver en ese jardín; aunque no me hacía falta mirarle, siempre lo veía incluso sin verle.
A él. A Luca.
Estaba sentado a mi lado con una cerveza en la mano y gafas de sol puestas, observando a toda la familia con esa media sonrisa tranquila que tanto me gustaba.
Y el corazón me dio el mismo vuelco que quince años atrás. Porque jamás había dejado de mirarlo así.
Pensé en París. En el viaje que, aunque más tarde, lo hicimos igual. En aquella noche junto al Sena.
En cómo Luca se arrodilló delante de mí mientras yo lloraba como una idiota y miraba el anillo que me ofrecía sin verlo, porque solo era capaz de verlo a él.
Pensé en nuestra boda. Esa que tuvimos que esperar para celebrar solo tres meses, los justos en lo que se celebró el juicio contra Clarissa, en el que ella y su amante salieron culpables de varios delitos y fueron condenados a prisión unos añitos, y de allí Luca salió también como un hombre divorciado.
Ya habían salido, pero nunca más supimos de ellos.
Cerré los ojos y nos vi a los dos en ese mismo jardín, el día en que nos dijimos el "sí, quiero", rodeados de todos los nuestros.
Fue una boda pequeña, íntima y perfecta.
Pensé en nuestras noches. En que, quince años después, seguíamos incendiando la cama exactamente igual que el primer día. Quizá más. Y una risa escapó de mis labios sin darme cuenta.
Luca giró la cabeza hacia mí y me rodeó con un brazo.
—¿De qué te ríes?
Apoyé la cabeza en su hombro mientras seguía mirando a toda nuestra familia.
—Estoy pensando en lo bien que lo hemos hecho.
Él sonrió.
—Yo sigo pensando que la mejor decisión que has tomado en tu vida fue llamar a la policía aquella noche para que me sacaran de mi casa.
Solté una carcajada.
—Sí, nunca me he alegrado tanto de ser una vecina cotilla.
Los dos nos echamos a reír. Y entonces nuestras miradas se encontraron, igual que siempre.
Porque todo había empezado ahí. En una mirada. En dos personas rotas que no querían enamorarse y que terminaron convirtiéndose en hogar.
Sonreí despacio mientras acariciaba su mandíbula con una mano y con la otra su brazo.
—Vecino… deja de mirarme y bésame.
Y Luca, como siempre que le decía aquella frase, nuestra frase, se lanzó a mis labios para demostrarme con un beso igual que yo a él cuánto me amaba.