41
JACKSON
Sheryl deja la taza sobre la encimera y me observa con una intensidad que cambia el ambiente por completo. Hace apenas unos minutos me tenía completamente a su merced en esta misma cocina y ahora, de repente, vuelve a ponerse seria de una forma que me obliga a incorporarme casi por instinto.
—Querías hablar, ¿no? —dice, sin apartar los ojos de mí—. Pues habla, Jackson. Te escucho.
Suelto el aire despacio y apoyo los codos sobre la mesa. Bajo la vista hacia mis manos, acostumbradas a las cuerdas, a los caballos y al trabajo duro. Siento un nerviosismo que resulta mucho peor que cualquier salida a la arena.
—De acuerdo —murmuro al final—. Quería hablar de nosotros.
Ella guarda silencio y deja que sea yo quien dé el primer paso, que es exactamente lo justo. Soy yo quien la llamó. Quien condujo hasta aquí. Sheryl todavía no sabe qué demonios esperar de todo esto y, sinceramente, yo tampoco soy un hombre acostumbrado a hablar de lo que siente.
Hace mucho tiempo que no tengo a nadie con quien hacerlo.
Ray es un vaquero, igual que yo. Nunca hemos necesitado hablar demasiado; siendo mejores amigos, socios y prácticamente hermanos, siempre nos ha bastado un gesto o uno de esos silencios que solo entiende la gente que ha crecido junta.
Su abuela, que al final también terminó siendo la mía, nos conocía mejor que nadie. Nunca intentó obligarnos a sacar fuera lo que llevábamos dentro.
Aprendimos a descargarlo todo en la arena, encima de un toro o trabajando hasta caer rendidos al final del día. Los sentimientos siempre se quedaron enterrados bajo el polvo del rancho.
Y ahora me toca enfrentarme a ellos.
—Sí. Pero antes de hacerlo, quiero que entiendas una cosa —empiezo, entrelazando las manos para intentar controlar un poco el temblor—. Yo… no soy bueno en esto.
—¿Hablando? —pregunta ella con una ironía que no consigue esconder del todo sus propios nervios—. No hace falta que lo jures, Jackson. Llevas varios minutos mirando tus manos.
Levanto la vista y Sheryl me sonríe.
Y joder.
Lo supe desde el primer día: esa sonrisa iba a acabar conmigo.
Respiro hondo y trato de reunir algo de valor.
No debería ser tan complicado, ¿verdad? Solo tengo que decirle que estoy enamorado de ella, que nunca me había pasado algo así con nadie.
Que esta también es una de esas primeras veces que quiero repetir a su lado hasta volverla eterna. Que la quiero conmigo. Siempre.
No puede ser tan difícil.
Tú puedes, Jackson Evans, me repito mientras intento convencer a mis pulmones de que vuelvan a funcionar con normalidad.
—Yo… —empiezo, pero toda la valentía que había reunido parece escaparse de golpe—. ¿Qué piensas hacer ahora? Ya has terminado las prácticas y todo eso… ¿no?
Soy gilipollas.
No me he cruzado medio Texas para preguntarle por sus putas prácticas. Lo sé yo y lo sabe ella. Sin embargo, sigo dando rodeos porque estoy cagado de miedo.
—¿De eso querías hablar? —pregunta con una calma que me pone todavía más nervioso.
—No.
—Pues entonces deja de esquivar el tema, Jackson. ¿Por qué querías hablar conmigo en persona, mirándome a la cara, si ahora mismo lo único que haces es preguntarme cosas que podrías haber dicho por teléfono? Sigues sin dejar de mirar tus manos.
Es demasiado buena leyendo a la gente.
Y lo peor es que no intenta manipularme ni jugar conmigo. Simplemente va directa al centro del problema y me obliga a hacer lo mismo.
Tiene razón.
Solo tengo que decirlo.
Decirle que estoy enamorado de ella y aceptar lo que venga después. Y si me rompe el corazón… bueno, ya me he levantado antes de cosas peores.
—De acuerdo —suelto al final, antes de perder el valor otra vez—. Estoy enamorado de ti.
Las palabras salen de golpe, como si llevaran demasiado tiempo empujando por salir.
—Lo estoy desde aquel paseo a caballo. Desde que te vi acariciar a Trigger mientras me sonreías…
justo así. Y sé que podría irme de aquí con tu rechazo y sobrevivir, igual que he sobrevivido a todo lo demás estos años.
El problema es que no sabía lo infeliz que era hasta que apareciste tú.
Y ahora… ahora tendría que aprender a vivir otra vez sin esto.
Me callo un momento y por fin levanto la vista hacia ella.
Sheryl sigue seria, escuchándome sin apartar los ojos de mí, y soy completamente incapaz de interpretar lo que está pensando.
La sonrisa ha desaparecido de su cara y la espera empieza a hacerse eterna.
—Continúa —dice ella, sin apartar los ojos de mí.
—¿Todavía quieres más? —pregunto, sintiéndome completamente expuesto bajo su atención—. Podrías decir algo tú también, ¿no?
—No quería interrumpirte.
La tranquilidad con la que lo dice me está matando.
—Pues puedes hacerlo. Por favor… —Me paso la mano por la nuca, intentando ordenar un poco todo lo que llevo encima.
—Primero termina. Dime qué querías decirme de verdad.
Trago saliva y me obligo a soltarlo todo antes de arrepentirme otra vez.
—Pues que quiero intentarlo. Quiero estar contigo —digo al fin, sintiendo cómo parte del peso desaparece de mi pecho—.
Puedo venir a Texas City algunos fines de semana y quizá tú podrías ir a Stephenville otros…
Habrá semanas complicadas en el rancho, pero ahora tengo a Manuel ayudándome con el ganado y yo…
Empiezo a mover las manos mientras hablo, intentando organizar horarios, viajes y soluciones absurdamente prácticas para algo que, en el fondo, da muchísimo más miedo que todo eso.
—Jackson, para un momento.
Ahí está.
La frase me deja quieto al instante.
Ahora viene la parte en la que me dirá que esto ha sido bonito, que no quiere una relación a distancia o que no se imagina viviendo entre ranchos y caballos. Empiezo a imaginarme todas las formas posibles de rechazo antes incluso de darle tiempo a abrir la boca otra vez.
—Mis prácticas han ido muy bien y tengo varias ofertas de trabajo —dice ella mientras baja la vista hacia el móvil que ha dejado sobre la isla—. Antes de que me llamaras, estuve repasando pros y contras con mi familia… y también con Lauren, porque le obsesiona hacer listas para todo.
—Vaya, eso es genial —respondo, aunque noto cómo se me endurece la cara casi sin darme cuenta—. ¿Qué ofertas tienes?
—La primera es en Lexington, Kentucky —dice sin rodeos.
Me quedo frío.
Hago el cálculo casi al instante y el resultado me cae encima como una piedra. Lexington es la meca de los caballos, sí, pero también está a más de catorce horas de mi rancho. Es otro maldito mundo.
Si se va allí, no habrá escapadas de fin de semana ni kilómetros asumibles. No habrá nada.
—Es un hospital equino de primer nivel —continúa mientras juguetea con la taza entre las manos—.
De hecho, es el puesto que Billy me recomendó.
A él se lo ofrecieron primero, pero lo rechazó y me dijo que, si me interesaba, la vacante seguía libre.
Tendría un sueldo bastante bueno y trabajaría con gente muy importante dentro del sector.
El nombre de Billy me atraviesa como una patada.
Qué hijo de puta.
El candidato perfecto sigue apareciendo incluso cuando no está delante, colocándole oportunidades increíbles a miles de kilómetros de mí. ¿Cómo coño se supone que compito con algo así?
—La segunda oferta es en Houston —añade después, observando mi reacción—. Está peor pagada, pero también sería trabajando con caballos. Y me interesa bastante.
Houston.
Mi cabeza empieza a hacer números otra vez. Seis horas. Quizá algo menos dependiendo del tráfico. Una menos de las que acabo de hacer para verla.
Joder… seis horas no son nada.
Podría funcionar.
Empiezo a imaginar carreteras, fines de semana, puntos intermedios para vernos y cualquier escenario que permita que esto siga teniendo sentido. Comparado con Kentucky, Houston empieza a parecerme el paraíso.
Y me aferro a esa posibilidad con una necesidad casi desesperada.
—Y la última… —Hace una pausa larga antes de levantar la vista hacia mí— es en Weatherford.
Me quedo completamente quieto.
Weatherford está a menos de una hora de mi rancho. Es uno de los centros más importantes del caballo en Texas, el sitio donde se mueven los campeones y los mejores entrenadores del estado.
Pero apenas tengo tiempo de procesarlo antes de que Sheryl siga hablando.
Y lo hace deprisa, atropellándose un poco, como si necesitara justificar esa opción antes de que yo pueda interpretar algo que no quiere decir en voz alta.
—Es una clínica especializada en medicina deportiva —explica casi sin respirar—.
El sueldo al principio no es ninguna maravilla, eso sí, pero las posibilidades de futuro son increíbles.
Es exactamente el tipo de trabajo para el que me he estado preparando estos meses, Jackson.
Trabajaría con caballos de cuarto de milla, campeones de rodeo…
aprendería muchísimo más allí que en Houston, aunque paguen mejor.
Además, el equipo médico es de los mejores del estado y…
Se interrumpe de golpe.
Baja la vista hacia la taza y se muerde el labio, como si acabara de darse cuenta de que está hablando demasiado rápido.
Y ahí es cuando lo noto.
No tenía esa tensión cuando hablaba de Kentucky. Ni tampoco cuando mencionó Houston.
Ahora sí.
—Es la opción lógica —añade más bajo, jugueteando con el asa de la taza sin mirarme directamente—. Por la especialización, por el tipo de caballos… por todo eso.
No digo nada. Solo la observo.
La forma en que se le tensan los hombros, el leve temblor de sus dedos al bloquear la pantalla del móvil y el empeño casi desesperado que está poniendo en convencerme —o quizá convencerse a sí misma— de que todo esto es únicamente una decisión profesional.
Weatherford no tiene el prestigio de Kentucky ni el dinero de Houston, pero, aun así, es la única opción para la que está intentando dar argumentos con mayor interés.
Gesticula deprisa, se pasa la mano por el pelo y vuelve a morderse el labio mientras intenta seguir justificando la elección. Y entonces lo entiendo.
Entiendo que no solo estoy viendo ambición. También estoy viendo miedo.
Ese nerviosismo atropellado que aparece cuando te juegas algo que ya no tiene nada que ver con el currículum.
—Podrías quedarte en mi casa —digo de pronto.
Sheryl levanta la cabeza hacia mí tan rápido que casi me hace arrepentirme de haberlo soltado.
Aunque, siendo sincero, llevo deseándolo desde que mencionó Weatherford.
Intento que parezca una idea improvisada, algo práctico, pero la velocidad a la que me late el corazón probablemente me esté dejando en evidencia.
—No sé, Jackson… eso sería… —empieza, buscando cómo decirlo.
—Antes de que descartes nada, escúchame —la interrumpo, apoyando las manos sobre la isla de la cocina—.
Y, para empezar, enhorabuena, porque las tres opciones son increíbles.
Pero no te estoy proponiendo «vivir juntos» así, sin más.
Lo que quiero ofrecerte es algo que quizás convierta Weatherford en la única opción realmente lógica.
—¿Qué estás tramando? —me pregunta entrecerrando los ojos.
—Vamos a hacer una lista.
Sheryl suelta una pequeña risa incrédula.
—¿En serio? ¿Tú también haces listas ahora?
No le respondo.
Me levanto, busco algo donde escribir y termino encontrando una revista vieja sobre una mesa auxiliar. Cojo un bolígrafo, dibujo varios cuadrantes en una de las páginas y escribo «Weatherford» arriba con letra firme.
—Pros —empiezo—: clínica especializada en caballos deportivos, cuartos de milla de élite… eso es una barbaridad para tu carrera, Sheryl. Además, estarías metida de lleno en el mejor ambiente ecuestre del estado. Rodeos, entrenadores, competiciones… todo.
Me detengo un momento y levanto la vista.
Ella sigue cada movimiento de mi bolígrafo con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si todavía no entendiera muy bien hacia dónde quiero ir.
—Ahora, los contras: menos sueldo, sí. Aunque con mejores perspectivas de mejora a corto plazo.
Y este contra —señalo el papel con el bolígrafo— te lo voy a rebatir ahora mismo.
Te vienes a mi rancho. Te dejo una habitación y mi camioneta; puedes ir y venir al trabajo y ahorrarte el alquiler, que en esa zona es un robo.
Además, te ofrezco prácticas gratuitas con mis caballos y clases de monta personalizadas.
Dejo el bolígrafo sobre la revista y clavo mis ojos en los suyos, acortando la distancia que nos separa.
—Así que, ¿qué me dices? Al igual que te aseguré en Granbury, cuando te ofrecí que vinieras con nosotros… dispondrás de tu propia habitación. No tienes ninguna obligación de… ya sabes. No lo hago por eso en absoluto.
Sheryl se queda en silencio, mirando la lista improvisada y luego a mí. Se muerde el labio inferior, esa chispa de antes volviendo a sus ojos, pero ahora con un tinte mucho más travieso. Se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio personal hasta que puedo oler el café en su aliento.
—Vaya, Jackson… —susurra con una sonrisa de esas que me desarman—. Es una oferta muy generosa. Pero te has olvidado de apuntar algo.
—¿El qué? —pregunto, dejándome atrapar por su cercanía.
—Que tener sexo contigo estaba arriba del todo en mi lista de pros. Así que dudo mucho que usemos esa habitación de invitados para algo que no sea guardar mis maletas.