Epílogo
LAUREN
Este no es el primer día de Acción de Gracias que paso en el rancho Mercer.
Mis padres tienen la costumbre de desaparecer cada vez que encuentran una oferta medianamente romántica para celebrar su aniversario en algún sitio con vino caro y vistas bonitas, así que los Mercer me adoptan año sí y año también.
Esta vez se han ido a Fredericksburg, probablemente a beber vino y fingir que siguen siendo unos recién casados incapaces de quitarse las manos de encima.
Y mientras ellos viven su fantasía romántica, aquí estoy yo, ocupando mi sitio habitual en la mesa más abarrotada que ha visto esta casa en años.
Porque el rancho Mercer ya no tiene nada de tranquilo.
Ahora mismo esto es un caos absoluto.
La hermana de Sheryl ha venido con su marido, al que conocí el día de la graduación y del que hoy, con más luz y menos nervios de por medio, puedo confirmar que está absurdamente bueno.
El hombre es cirujano en Los Ángeles, heredero de la famosa Clínica Calloway y tan perfecto que resulta ofensivo mirarlo más de cinco minutos seguidos.
Sheryl, que lleva dos meses instalada en Stephenville con Jackson, es la viva imagen de la felicidad.
Se la ve radiante, con ese brillo de quien ha dejado de fingir, y Jackson se ha convertido en el novio perfecto.
Es fascinante verlo aquí, tan cómodo, sin el sombrero pero manteniendo esa planta de vaquero que hace que todas las miradas se giren hacia él.
El señor Mercer está encantado. Siempre, desde que tengo uso de razón, se ha quejado de que vivir entre tanta mujer no le permitía comentar el partido en la tele mientras se hincha a cervezas; decía que siempre hacíamos piña contra él.
Ahora se pasea por el rancho como un patriarca orgulloso enseñando su legado a sus yernos, con el pecho inflado y una felicidad que no le cabe en el cuerpo.
Y eso que la realidad tiene bastante gracia.
Ethan probablemente podría comprarse medio Texas City sin despeinarse y el rancho de Jackson es como cuarenta veces más grande que la casita de los Mercer.
Pero oye, que nadie le quite la ilusión al hombre.
Estamos todos en el porche, rodeados del olor a pavo asado y del ruido constante de conversaciones y risas, cuando la señora Mercer decide que ha llegado el momento de atacarme.
—¿Y tú qué nos cuentas, Lauren? —pregunta con esa sonrisa de madre que ya está organizando mentalmente tu boda—. ¿Todavía no hay ningún chico capaz de conquistarte?
Me quedo con la copa suspendida a medio camino, intentando encontrar una respuesta que no suene demasiado borde. La señora Mercer lleva haciéndonos esta pregunta toda la vida, pero ahora mismo soy la única soltera a la que puede dispararle directamente.
—Qué va, señora Mercer. A mí no me quieren ni los más inútiles —respondo, intentando esconder detrás del sarcasmo el hecho de que empiezo a sentirme como el último soldado superviviente de la soltería en esta casa.
—No digas eso, tonta —Sheryl me rodea los hombros con un brazo y me aprieta contra ella—. Yo te quiero, y esos tíos no saben lo que se pierden.
—No me hagas decir una ordinariez delante de tu madre —le digo mientras intento apartarla, aunque por dentro me derrito un poco—. Sois unas putas traidoras. Todas emparejadas menos yo.
Más tarde, ya dentro de la casa, Sheryl empieza a contarnos cómo le va en Weatherford entre ecografías a yeguas de competición, urgencias absurdas a medianoche y sus famosas «prácticas» en el rancho de Jackson.
Y ahí aparece esa sonrisa.
Esa sonrisa cómplice que me lanza porque sabe perfectamente que yo sé que esas supuestas clases de monta tienen muy poco de académicas.
En el salón, mientras tanto, Ethan y Jackson escuchan con una cerveza en la mano cómo el señor Mercer le grita a la televisión después de una jugada horrible de los Dallas Cowboys. Las hermanas se ríen junto a su madre, burlándose de que ninguno de sus novios entiende realmente de fútbol americano.
—Vuestro padre ha tenido muy mala suerte con vuestros novios —suspira la señora Mercer con fingida resignación.
—Quizás cuando tú nos traigas el tuyo, Lauren, congenie más con él —me pincha Sheryl.
Yo lo dudo. No sé si ese es mi tipo: el que se sienta en el sofá con cerveza en una mano y nachos en la otra, dando lecciones a los entrenadores sin haber pisado un campo en su vida.
Pero llega el momento de la cena. El pavo preside la mesa, el partido agoniza y noto a Jackson mirándose el reloj de forma compulsiva. Los martinis y las cervezas siguen bajando, lo cual es un auténtico peligro con el estómago vacío.
—Deberíamos comer ya, me sabe mal que tengáis que esperar por mi culpa, señora Mercer —dice Jackson con esa educación de campo que no pierde ni bajo presión.
Sheryl le coge de la mano, le da un beso rápido en la mejilla y le susurra algo al oído que lo hace relajarse un segundo. La señora Mercer interviene enseguida, con ese tono de matriarca que no admite réplica:
—En esta casa, Jackson, nadie se sienta a la mesa en Acción de Gracias hasta que el último miembro de la familia no llega.
A Jackson se le humedecen los ojos al instante.
Es la primera vez en mucho tiempo que alguien utiliza la palabra «familia» con él de una forma tan natural, como si llevara años sentado en esta mesa.
Sheryl le dedica una pequeña mirada cargada de razón y ternura, de esas que claramente significan: «¿Ves? ».
Diez minutos después, el timbre suena y todos levantamos la cabeza casi por reflejo. Jackson es el primero en moverse. Cruza el salón deprisa y, en cuanto abre la puerta, la casa entera parece quedarse quieta durante un segundo.
Ray está allí.
Me quedo completamente paralizada porque, si no fuera por esa mirada dura que sigue intacta, juraría que estoy viendo a otra persona. Ya no queda nada del vaquero cubierto de polvo que conocimos durante el verano.
Ahora parece un hombre salido de una revista cara. Lleva una chaqueta impecable, el pelo más corto y una seguridad distinta, mucho más fría.
Jackson no espera ni un segundo. Se lanza hacia él y los dos se funden en un abrazo de esos que te dejan sin aliento, uno que parece resumir diez años enteros de supervivencia y dos meses de distancia.
A un lado, un chico moreno de sonrisa tranquila espera con paciencia a que el abrazo interminable termine de una vez.
—Joder, Ray, ¿de dónde sales con esta pinta? —exclama Jackson al separarse, recorriéndolo de arriba abajo—. Pareces uno de esos modelos gigantes de las vallas publicitarias.
—Es la última moda en Boston, hermano —responde Ray con una seguridad que me deja completamente sorprendida.
—Jackson, deja pasar a tu amigo y entrad de una vez, que el pavo se enfría —interviene la señora Mercer desde atrás, haciéndoles señas para que pasen mientras recoloca mentalmente a todo el mundo en la mesa.
A partir de ahí, el recibidor se convierte en un caos de abrazos, presentaciones y voces hablando todas a la vez. La casa se llena de ese ruido desordenado que solo hace una familia cuando está cómoda entre sí.
Yo podría sentirme incómoda, incluso fuera de lugar, pero curiosamente el Ray Lee que tengo delante no se parece en nada al tipo con el que compartí aquel trío con mi amiga Anne en nuestra primera noche de vacaciones.
No hay tensión, ni cuentas pendientes; solo la extraña paz de ver a alguien que ha encontrado su sitio.
Jackson y él llevan más de dos meses sin verse, desde que Ray decidió que Stephenville no era sitio para el ex campeón de bull riding , Ray Lee Powell, hizo las maletas y se largó a Boston para montar un bar temático de rodeo.
Cuando por fin nos sentamos a la mesa, entre el pavo y las copas de vino, Ray nos cuenta cómo empezó todo.
Nos explica que conoció a Esteban en su propio local, al que llamó Crossed Arrows North , mientras él mismo hacía una demostración sobre el toro mecánico para animar a la clientela.
Dice que los pijos de Boston se han vuelto locos con la estética vaquera y que el negocio ha crecido tanto que ya está en conversaciones con un grupo de inversores para franquiciar el concepto.
Quiere montar un rincón de Texas en cada ciudad importante de la costa este.
En un momento dado, mientras quitamos la mesa y preparamos el café, Ray se acerca a Sheryl. Se miran de manera cómplice, como aquellos que comparten un secreto que nadie más conoce.
No me cabe duda, Ray le está preguntando cómo va todo, sin ni siquiera abrir la boca, y no hace falta. La sonrisa de mi amiga es de esas que te obligan a proteger los ojos: deslumbra.
Mientras la señora Mercer empieza a repartir el pastel de calabaza, se detiene un momento frente a nuestro invitado.
—Y cuéntenos, Esteban —dice con esa curiosidad hospitalaria de las madres tejanas—, ¿de qué parte de España es usted? Porque ese acento no lo habíamos oído nunca por aquí.
—Soy de Málaga, señora Mercer —responde él con una sonrisa que parece iluminar la mesa—.
Es una ciudad al sur, justo frente al Mediterráneo.
Allí el mar lo es todo; tenemos luz casi todo el año y el olor a sal y a pescado es lo que te da la bienvenida cada mañana.
Es… diferente a esto, pero tiene esa misma fuerza que da el océano.
—Oh, Málaga… suena precioso —suspira la señora Mercer, y por un instante la mesa se sume en un silencio reverencial, imaginando ese sol europeo que parece tan lejano a la humedad de Texas—. Casi dan ganas de irse allí ahora mismo.
Las conversaciones vuelven a cruzarse con el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana.
Observo la escena desde mi rincón, sintiéndome la cronista oficial de este caos maravilloso.
Lydia, la hermana de Sheryl, está radiante; su marido, el cirujano, parece haber nacido para estar en esta mesa a pesar de que su cuenta corriente podría comprar todo el código postal.
Pero es Sheryl quien realmente me deja sin palabras. Deslumbra. Desprende una felicidad tan pura que parece que brilla con luz propia, una claridad que solo consigues cuando dejas de huir de lo que sientes.
Y luego está Jackson.
El tipo no deja de sonreír, y conociendo su historial de vaquero hermético, eso es casi un milagro.
No solo ha encontrado en mi mejor amiga el amor de su vida; se ha ganado una familia en tiempo récord y ha recuperado a Ray, su hermano de otra sangre, que ha vuelto de Boston como el hombre de éxito que siempre estuvo destinado a ser.
La sonrisa de Jackson es tan ancha que me pregunto si no le dolerán los músculos de la cara.
Esteban rompe a reír cuando él y Ray empiezan a competir por ver quién cuenta la historia de rodeo más exagerada de toda Texas. Entre polvo, caídas imposibles y toros que supuestamente pesaban más que una camioneta, los dos acaban hablando casi a gritos mientras el resto los escucha divertido.
En mitad de una de esas carcajadas, Esteban se gira en mi dirección.
—¿Y tú, Lauren? ¿A qué te dedicas?
De repente, noto cómo media mesa vuelve la cabeza hacia mí.
Perfecto.
El foco cambia de sitio.
—Ahora mismo estoy oficialmente en el paro —digo encogiéndome de hombros con una naturalidad bastante ensayada—. Llevo meses enlazando trabajos basura que no me convencían demasiado, así que cuando me quedé sin nada decidí aprovechar para terminar el curso de Relaciones Públicas.
—Y es la mejor de su promoción —añade Sheryl enseguida, con ese orgullo exagerado que siempre le sale conmigo—. Ah, y habla tres idiomas. Español incluido.
Esteban levanta las cejas, claramente sorprendido, y me lanza una pregunta rápida en español.
Le respondo sin pensar.
Durante un momento, la conversación sigue fluyendo entre Esteban y yo con tanta naturalidad que casi se me olvida que el resto de la mesa nos está mirando sin entender absolutamente nada.
Sheryl acaba soltando una risa al ver la cara de desconcierto de su padre y ahí caigo en la cuenta.
Me río y vuelvo al inglés antes de que el señor Mercer decida que realmente estamos planeando algo.
—Me han dado el soplo de que una naviera nueva busca gente joven para el equipo de a bordo —añado después, volviendo al inglés para que todos respiren—. El lunes tengo una entrevista en el puerto de Galveston. Si sale bien, estaré recorriendo el Caribe y la costa maya antes de que acabe el año.
—Por tu bien espero que te den ese trabajo y que me consigas unos descuentos de infarto —exclama Sheryl, levantando su copa hacia mí—. ¿Verdad, cariño?
Jackson asiente, divertido, aunque su mirada me dice que prefiere mil veces el polvo de Stephenville a la inmensidad del océano.
Él es un hombre de tierra, de raíces; yo, en cambio, empiezo a sentir la llamada de las mareas.
Y es que, después de verlos a ellos, me he dado cuenta de que para encontrar lo que buscas, a veces, tienes que estar dispuesta a cruzar océanos.
La «Operación Lazo y Polvo» terminó hace mucho, pero las réplicas del terremoto siguen aquí, sentadas a esta mesa, recordándonos que a veces hay que irse muy lejos para terminar exactamente donde perteneces.
Levanto mi copa, aunque nadie me presta demasiada atención en medio de tanto brindis y tanta risa.
—Por los vaqueros —digo antes de dar el último trago—. Y por los que saben cuándo bajar del toro.
—Y por Lauren —añade Sheryl levantando la copa hacia mí—, porque tengo la sensación de que vas a cruzar el océano y ya no habrá quien te pare.
FIN
PRÓXIMO UNIFORME
VAS A CRUZAR
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