Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 40
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SHERYL

Me despierto al notar que el calor ha desaparecido de un lado de la cama. El frío de las sábanas me eriza la piel al instante; octubre ya empieza a dejarse notar en el rancho Mercer y, aunque el invierno todavía queda lejos, la humedad de la costa se vuelve incómoda al amanecer.

Me estiro despacio, con el cuerpo agotado de una forma deliciosamente evidente, y termino abrazándome bajo el edredón mientras intento recuperar algo de calor.

En cuanto cierro los ojos, la noche anterior vuelve entera a mi cabeza.

Jackson no miente.

Nunca lo hace.

Me prometió que me follaría hasta que olvidara mi propio nombre y, joder, lo ha conseguido. El cuerpo todavía me arde allí donde sus manos me sujetaban con fuerza y su voz grave sigue resonándome en la cabeza como si aún la tuviera pegada al oído.

Cumplió todas y cada una de sus promesas.

La ducha apenas fue el principio de todo lo que vino después. Aún noto el contraste de los azulejos mojados contra mi espalda cuando me levantó de los muslos y me sostuvo contra la pared mientras me penetraba despacio, desesperándome a propósito cada vez que repetía junto a mi oído:

—Esta vez vamos a hacerlo más lento.

Me llevó a la cama y se tomó el resto de la noche como si tuviera que recuperar cada segundo que habíamos perdido.

No hubo movimientos de manual ni delicadeza fingida; fue algo mucho más real.

Se centró en mí con una intensidad que me dejó sin aire, dándome exactamente lo que los dos necesitábamos después de tres meses de aguantar las ganas.

Y yo se lo di todo. Cada centímetro, cada gemido, cada gramo de control que me quedaba.

Abro los ojos y miro al suelo. Allí está, tirado entre mi ropa, el sombrero color chocolate que compré aquel primer día de rodeo.

Recuerdo el peso del fieltro en mi cabeza y el reflejo en el espejo; él agarrándome fuerte de la cintura, obligándome a mirar cómo me follaba mientras yo apenas podía mantenerme en pie.

Jackson ha recuperado su sitio en mi vida y yo le he abierto todas las puertas. Lo he hecho porque lo necesitaba tanto como él y porque, por mucho que intentara engañarme durante estos meses, nunca dejé de desearlo de esta manera.

Y ahora, mientras el silencio de la casa me devuelve a la realidad, me doy cuenta de que no puedo mover ni un puto músculo. No sé si es el cansancio o es que, sencillamente, me he quedado sin excusas para volver a alejarme de él.

Me obligo a salir de entre las sábanas y, tras una ducha rápida que apenas me quita el entumecimiento, bajo a la cocina.

El olor a café y a bacon inunda el pasillo, y ahí está él.

Me apoyo en el marco de la puerta y me quedo observándolo un momento. Jackson vuelve a moverse por la cocina con la ropa que mejor le sienta: los vaqueros gastados, las botas y esa camiseta ajustada que parece tensarse más cada vez que se inclina sobre los fogones.

Pensaba que después de anoche no me quedaría ni una gota de energía, que mi cuerpo habría llegado al límite, pero verlo así, recuperando esa imagen de vaquero mientras me prepara el desayuno, me pone mucho más de lo que estoy dispuesta a reconocer.

Me acerco por detrás y deslizo las manos por su cintura hasta alcanzar el botón de sus pantalones. Noto cómo su cuerpo se tensa al instante y cómo su respiración cambia apenas lo toco.

Sin decir nada, me arrodillo frente a él.

Mis dedos encuentran la cremallera y Jackson aparta la sartén del fuego casi por reflejo, como si acabara de olvidarse de que estaba cocinando. Cuando levanto la vista, me observa desde arriba con la boca entreabierta y esa expresión de hombre completamente perdido que me vuelve loca.

Empiezo despacio, disfrutando de cada reacción de su cuerpo y de cómo va endureciéndose todavía más dentro de mi boca con cada movimiento de mi lengua.

Me encanta sentir esas pulsaciones lentas y profundas, notar cómo pierde el control poco a poco mientras se abandona completamente a lo que le estoy haciendo.

Jackson no intenta marcar el ritmo ni fingir autocontrol; simplemente se deja llevar.

Tiene una mano hundida en mi pelo y la otra apoyada en la encimera mientras su respiración deja de ser algo mínimamente ordenado.

Cada jadeo grave que se le escapa llena la cocina y me hace apretar más las piernas.

Verlo así, tan expuesto y completamente a mi merced, es con toda seguridad, la mejor manera de empezar el día.

Me recreo en cada reacción, en cómo sus dedos se enredan más fuerte en mi pelo y en la forma en que sus caderas empiezan a tensarse cada vez que profundizo un poco más. Llega un punto en el que suelta una maldición entre dientes y tira suavemente de mí hacia arriba, incapaz de aguantar más.

—Ven aquí —murmura con la voz rota.

Apenas me da tiempo a incorporarme antes de que me siente sobre la encimera y vuelva a besarme con esa necesidad salvaje que parece incapaz de saciar.

El desayuno queda completamente olvidado mientras sus manos vuelven a recorrer mi cuerpo como si anoche no hubiera servido para calmarnos ni un poco.

Y, sinceramente, creo que para ninguno de los dos ha sido suficiente.

Cuando por fin conseguimos separarnos un poco, terminamos riéndonos medio agotados mientras Jackson intenta rescatar el desayuno antes de que quede incomible.

Yo sigo sentada sobre la encimera, envuelta a medias en su camisa de lino, observándolo mientras se mueve por la cocina todavía demasiado afectado por lo que acaba de pasar.

Y lo mejor es que ni siquiera intenta ocultarlo.

Tarda más de la cuenta en servirse el café y cada vez que nuestras miradas se cruzan noto esa intensidad oscura en sus ojos, esa sensación de que sigue debatiéndose entre sentarse conmigo a desayunar o volver a levantarme sobre la encimera.

Aprovecho uno de esos momentos de calma para coger el móvil y dejarlo sobre la isla.

Es el momento de la verdad.

—Jackson, te has pegado siete horas de carretera para hablar conmigo —le digo al fin—, y hemos hecho de todo menos hablar.