Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 39
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JACKSON

Sheryl no me ha engañado.

El rancho Mercer tiene de todo menos pinta de rancho.

Esto parece más una casa de verano sacada de una revista que un sitio donde alguien trabaje de verdad. Sí, hay una chimenea de piedra enorme y el terreno alrededor es bonito, pero todo aquí resulta demasiado limpio, demasiado perfecto.

Hasta el olor es distinto.

No huele a alfalfa, ni a cuero, ni a tierra húmeda después de regar los establos. Aquí todo tiene ese aroma artificial a flores y lavanda que parece salir directamente de las paredes.

En mi casa las flores huelen a campo porque crecen en él, no porque alguien las meta dentro de un frasco.

Debo de tener una expresión bastante evidente, porque mientras miro las paredes blancas y los muebles impecables noto enseguida que Sheryl está conteniendo la risa.

Cuando me giro hacia ella, ya tiene esa sonrisa mezcla de diversión y disculpa pintada en la cara.

—Ya te dije que es una casa de campo, Jackson.

Ni siquiera llego a responderle. La agarro de la cintura y tiro de ella hacia mí con necesidad, pegándola contra mi cuerpo hasta que desaparece todo lo demás: la lavanda, las paredes perfectas, esta casa impecable que no tiene nada que ver conmigo.

Solo puedo pensar en ella.

La beso antes de que pueda seguir hablando, y todo vuelve de golpe: las ganas de tocarla, el alivio de tenerla aquí y esos meses enteros echándola de menos.

Sheryl se agarra a mi camisa mientras mi mano sube por su espalda y me acerca todavía más, como si necesitara asegurarse de que de verdad está aquí conmigo.

Debería decirle muchas cosas. Que la he echado de menos hasta sentirme medio loco. Que Ray tenía razón. Que durante semanas tuve la sensación de que la estaba perdiendo poco a poco.

Pero ahora mismo mi cuerpo solo sabe besarla así, porque ha pasado demasiado tiempo sin poder tocarla.

Sheryl se aferra a mi cuello con fuerza, como si temiera que fuera a soltarla.

Qué ilusa.

Ahora mismo no habría nada capaz de apartarme de ella.

La empujo suavemente contra la pared y coloco una mano detrás de su cabeza antes de besarla otra vez, olvidándome por completo del autocontrol que me ha mantenido sereno durante la comida en su casa.

Mientras hablaba con su padre sobre negocios, caballos y planes de futuro, lo único que hacía era imaginar cómo sería volver a tenerla así entre mis brazos, sentir su cuerpo pegado al mío y recordar cada rincón de su piel después de estos meses.

Pero esto ya no tiene que ver solo con las ganas acumuladas.

Es algo mucho más profundo y desordenado.

Necesito recuperar todo el terreno que siento que perdimos durante estas semanas, confirmar que seguimos encajando igual incluso después de la distancia, las llamadas incómodas y el miedo constante a que esto terminara convirtiéndose en un recuerdo bonito más.

Necesito sentir que ella sigue siendo real.

Que sigue temblando igual cuando la beso, que su cuerpo todavía responde al mío de esta manera.

Y, sobre todo, necesito dejar de sentir que he pasado los últimos meses intentando alcanzarla desde demasiado lejos.

Es un sentimiento que me abruma y me desconcierta. Es la sensación de querer hacerla mía por completo. No solo quiero poseer su cuerpo; la quiero a ella, en todos los sentidos, reclamando cada rincón de lo que somos cuando estamos juntos.

Sheryl gime contra mi boca y mi excitación se vuelve imposible de ocultar con estos pantalones finos de mierda. El lino apenas contiene nada; noto cada roce de su cuerpo contra el mío y cada pulsación me recuerda lo peligrosamente cerca que estoy de perder el control.

Le subo el vestido para deslizar las manos por sus muslos y agarrarla mejor de la cintura, pero en cuanto noto el calor de su piel entiendo que esto está acelerándose demasiado deprisa.

Después de tanto tiempo sin tocarla de esta manera, la necesidad va a acabar conmigo.

Tengo que obligarme a bajar el ritmo antes de que todo esto dure menos de lo que llevo imaginándolo.

Le sujeto las muñecas y las llevo por encima de su cabeza, apartándome apenas lo justo para respirar un poco y tratar de recuperar algo de cordura. Las mantengo inmovilizadas contra la pared con una sola mano mientras con la otra le aparto el pelo de la cara sin dejar de mirarla.

Y entonces descubro que a ella le gusta.

Lo noto en cómo arquea el cuerpo buscando más contacto, en el sonido ahogado que intenta contener y que termina escapándose igual. Ese pequeño gemido me atraviesa entero y la presión dentro de estos pantalones empieza a resultar casi imposible de contener.

Me río mentalmente al pensar en los ocho segundos sobre un toro.

Sheryl va a acabar conmigo en mucho menos tiempo si seguimos así.

—Calla —murmuro, cubriéndole suavemente la boca con la mano libre mientras intento recuperar el aire—. Vamos a calmarnos un poco.

Retiro la mano de su boca despacio, pero ella no se aparta.

Atrapa mi pulgar y empieza a chuparlo con una calma que me destroza la cabeza.

Me quedo ahí, clavado contra la pared, mirándola mientras sigo sujetándole las muñecas por encima de la cabeza.

El contraste de su lengua caliente contra mi piel es un latigazo.

Es una imagen jodidamente sensual y me encanta; la forma en que me sostiene la mirada mientras lo hace, sin pestañear siquiera, me deja claro que sabe perfectamente el desastre que está provocando dentro de estos pantalones.

Ese sonido húmedo, el ritmo lento con el que mueve la boca… es demasiado. Siento la polla latiendo contra el lino y me duele de lo dura y apretada que está ahí dentro. No queda espacio para la delicadeza después de tres meses imaginándome esto cada puta noche.

—Solo voy a calmarme cuando me folles de una vez, vaquero —me susurra, y el calor de su aliento sobre mi dedo termina de romper lo poco que me quedaba de control—. Así que bájate los pantalones y no te dejes nada.

No necesito escucharlo dos veces.

Le suelto las manos y me desabrocho el cinturón con una urgencia que casi me hace destrozar la hebilla. La atraigo otra vez hacia mí, buscando su boca de nuevo, borrando cualquier mínima distancia que todavía quedara entre nuestros cuerpos.

Todo se vuelve rápido, desordenado y jodidamente intenso. Acabamos allí mismo, contra la pared de la entrada, respirando sin control y agarrándonos el uno al otro mientras el orgasmo nos atraviesa después de meses acumulando tensión, distancia y ganas. Ni siquiera hemos llegado al dormitorio.

—¿Recuerdas nuestra primera vez? —le susurro al oído, recorriendo su cuello con los labios hasta llegar a su mandíbula.

—¿Te refieres a la ducha? —responde ella, todavía respirando deprisa contra mi pecho.

—Sí.

Nos apartamos apenas un poco, lo justo para que intente recolocarse el pelo y se muerda el labio de esa forma que me vuelve completamente loco, aunque los dos sabemos que tratar de recomponerse ahora mismo no sirve absolutamente de nada.

—Recuerdo que dejamos el baño hecho un desastre.

—Pues prepárate, Sheryl, porque quiero repetir todas nuestras primeras veces. Una por una. Y esta vez no tenemos a nadie en la habitación de al lado.

—¿Quieres hacerlo en la cama donde dormía Anne en aquel motel? —bromea, aunque todavía le cuesta recuperar el aire—. Nos pilla un poco lejos.

Sonrío, pero la aparto de la pared para empezar a empujarla hacia las escaleras. No he conducido siete horas para quedarme en los preliminares.

Me pego a su espalda y le suelto mi plan para la noche directamente sobre la piel.

—Quiero hacerlo en una cama, sí. Pero también quiero comerte hasta que te corras en mi boca, y quiero follarte delante de un espejo para que no puedas apartar la vista mientras gimes pidiendo más.

Quiero verte entera mientras te sujeto fuerte de las caderas y, por supuesto, me vas a montar como una auténtica vaquera.

Esta noche es nuestra y no pienso dejarme nada para mañana.

Sheryl traga saliva y aparta la mirada un instante. No necesito girarme para saber qué acaba de ver; me fijé nada más entrar. Su sombrero color chocolate sigue sobre el mueble del salón, esperándonos como si también formara parte de todo esto.

—Sí, Sheryl —murmuro, obligándola a mirarme otra vez mientras mis manos bajan lentamente por su espalda—. Te vas a poner ese sombrero y me vas a montar hasta que acabes temblando encima de mí y olvides hasta de cómo te llamas.