38
SHERYL
Me quedo paralizada en mitad del pasillo. El corazón me golpea tan fuerte que apenas noto las llaves clavándose en mi mano mientras las aprieto. No puedo creer que Jackson haya bajado de la camioneta.
Claro que no podía quedarse esperando fuera.
—Buenas noches, señor Mercer —dice con voz tranquila, aunque le noto el esfuerzo que está haciendo por mantenerse sereno—. Soy Jackson Evans.
Mi padre lo observa de arriba abajo sin moverse del sitio. Tiene esa expresión seria que pone cuando intenta decidir qué clase de persona tiene delante, y el silencio que deja después me parece interminable.
—Vengo de Stephenville —añade Jackson al ver que no responde—. Un pueblo pequeño al norte, cerca de Fort Worth.
—Sí, lo conozco —dice mi padre finalmente, sin apartar los ojos de él.
En ese momento, mi madre aparece justo detrás de él. Se queda mirando a Jackson con curiosidad, fijándose en su altura y en esa forma de estar tan recta que tiene, incluso sin su uniforme habitual.
—¿Mathew? —pregunta ella, mirando a mi padre y luego al desconocido que tiene frente a su puerta.
—Es Jackson Evans, ha venido a ver a Sheryl —responde mi padre sin apartar la vista de él.
—¿Usted es el chico con el que se fue para seguir viendo rodeos? —pregunta mi madre, dando un paso adelante.
Jackson da un paso al frente también y asiente con una educación que me deja sin palabras.
—El mismo, señora Mercer —contesta él.
—¿Tiene usted hambre, señor Evans? —pregunta mi madre, inclinando ligeramente la cabeza. La conozco lo suficiente para saber que esa pregunta trae algo detrás.
—Muchísima, señora Mercer —responde Jackson sin pensárselo—. He conducido más de siete horas seguidas para ver a su hija.
Mi padre frunce un poco el ceño antes de hacerse a un lado y abrir más la puerta.
—Pues eso ha sido una imprudencia —dictamina—. Al volante hay que descansar, joven. La fatiga provoca más accidentes que el alcohol. Pase, pase.
Sigo apoyada contra la pared del pasillo, viendo cómo Jackson entra en mi casa como si esto fuera lo más normal del mundo.
No entiendo qué está pasando. Hace diez minutos nos besábamos de forma desesperada en una camioneta llena de barro y ahora mi padre, el hombre más estricto de Texas City, lo está invitando a pasar al comedor.
—Tiene toda la razón, señor Mercer —responde Jackson con una naturalidad que sé que a mi padre va a gustarle, aunque jamás lo admita—. Pero tenía muchas ganas de ver a su hija.
Noto cómo me sube el calor a la cara.
Jackson no intenta adornar nada ni hacerse el interesante. Dice las cosas tal y como le salen, y precisamente por eso termina desarmando a la gente.
Mi madre me lanza una mirada rápida de reojo. No necesita hablar para que entienda perfectamente lo que está pensando.
Jackson cruza el salón con una seguridad que todavía me cuesta asociar al hombre que conocí recorriendo rodeos por Texas.
Aquí dentro no parece el cowboy cubierto de polvo que pasa media vida entre caballos y carreteras; parece uno de esos hombres educados de otra época que saben exactamente cómo comportarse en cualquier sitio.
—Bueno, pues siéntate —dice mi madre, señalando la mesa ya puesta—. Sheryl, trae otro plato. Por lo visto, tenemos mucho de qué hablar.
Mi madre desaparece camino de la cocina y mi padre se encamina al mueble bar. Aprovecho ese segundo para acercarme a Jackson. Me pongo de puntillas y le susurro al oído, con un tono que es mitad advertencia y mitad pánico:
—No tienes ni idea de dónde te has metido, Jackson. Esto va a ser un desastre.
Él no se inmuta. Se limita a encogerse de hombros con una calma que me pone de los nervios y me dedica una mirada de reojo que dice que lo tiene todo bajo control. Sin decir una palabra, se da la vuelta y sigue a mi madre hacia la cocina.
—Señora Mercer, permítame que la ayude —le oigo decir.
Me quedo junto a la puerta de la cocina, todavía intentando procesar la escena, mientras veo a Jackson Evans —el mismo que duerme en remolques y sobrevive a base de hamburguesas de gasolinera— mover platos, cubiertos y jarras con absoluta naturalidad.
Hay algo casi ridículo en verlo desenvolverse así en la cocina de mi madre, tratando todo con un cuidado que la tiene completamente ganada y a mí… totalmente descolocada.
Mi padre se acerca con una botella en la mano.
—¿Una cerveza, Evans? —pregunta, observándolo con curiosidad.
—Se lo agradezco mucho, señor Mercer. Me vendrá bien para quitarme el polvo del camino.
Nos sentamos a la mesa y enseguida el comedor se llena del olor del asado caliente y del aroma dulce de las velas aromáticas que mi madre insiste en encender incluso para una comida improvisada. Ella se disculpa, como hace siempre que alguien aparece en casa sin previo aviso.
—Si hubiera sabido que teníamos invitados, habría preparado algo más elaborado, Jackson. Esto es algo muy de andar por casa. Nada especial.
—Señora Mercer, le aseguro que la comida está increíble —dice Jackson después del primer bocado. Y no suena a cumplido por educación; se nota que lo piensa de verdad—. En el rancho no solemos comer así. Para mí esto es un lujo. Y tengo que decirle que cocina usted de maravilla.
Mi madre intenta disimularlo, pero la veo contener una sonrisa mientras vuelve a llenar su copa.
Yo no puedo dejar de mirarlo. Hay algo casi surrealista en toda esta situación.
Jackson se mueve en la mesa como si hubiera cenado allí toda la vida, respondiendo a cada comentario de mi padre con una naturalidad educada que me hace preguntarme dónde demonios ha estado escondida esa versión suya todo este tiempo.
Y lo peor es que esta forma de actuar solo consigue que me guste todavía más.
Mi padre se recuesta ligeramente en la silla y lo observa por encima de las gafas de lectura.
—Así que… eres de Stephenville —repite, entreteniéndose un poco con el nombre del pueblo—. Cuéntame, Evans, ¿a qué se dedica exactamente un joven como tú cuando no anda convenciendo a chicas para que recorran Texas viéndolo competir en rodeos?
Noto cómo la pregunta de mi padre corta el aire como un cuchillo, pero Jackson ni siquiera parpadea. Deja los cubiertos con suavidad, se limpia las comisuras de los labios con la servilleta y lo mira de frente.
—A los caballos, señor —responde con una calma que me deja helada—.
El rodeo ha estado bien durante un tiempo, pero ahora quiero centrarme en lo que de verdad me importa: mi sueño es criar y entrenar campeones.
Un buen caballo de cuarto de milla bien puesto en la arena puede costar fácilmente entre sesenta y cien mil dólares.
Ese es el negocio en el que estoy invirtiendo ahora.
Mi padre arquea una ceja, claramente sorprendido por la cifra. Bebe un sorbo de cerveza, estudiando al hombre que tiene delante.
—¿Y sus padres están de acuerdo con ese giro en su carrera? —pregunta con curiosidad, y el silencio que sigue es tan denso que casi puedo oír los latidos de mi propio corazón.
Jackson asiente despacio. No hay rastro de autocompasión en su voz cuando empieza a hablar.
Me hundo en la silla, deseando que el papel pintado del comedor me trague entera.
Miro a Jackson y no lo reconozco. O, mejor dicho, me asusta lo mucho que me gusta esta versión de él.
Se mueve entre mis padres con una soltura que me deja descolocada, manejando los cubiertos de plata como si no se pasara el día entre fardos de alfalfa.
—Mis padres murieron hace diez años en un accidente de tráfico —suelta Jackson con una naturalidad que corta el aire. Veo cómo el tenedor de mi madre se queda suspendido a mitad de camino—. Mi hermano pequeño también. Fue un choque frontal; también murieron los padres de mi vecino Ray Lee.
Jackson aparta la vista un momento y noto cómo algo cambia en su expresión.
—La abuela de Ray nos crio a los dos. Ese día, mi vecino y mi mejor amigo también se convirtió en mi hermano, aunque no compartamos ni una gota de sangre.
Durante unos instantes nadie dice nada.
Mi madre tiene esa cara que pone cuando algo le toca de verdad, y papá… él ya no parece estar interrogándolo. Lo escucha como un hombre escucha a otro que ha tenido que levantarse solo después de perderlo todo.
—Por eso dejé el rodeo. Quiero continuar con el legado de mi padre —continúa Jackson, mirándolo directamente—.
Él levantó el rancho prácticamente desde cero junto a mi madre.
Yo quiero honrar su memoria, pero centrándome en los caballos, señor Mercer.
Hay mucho más futuro ahí que jugándose el cuello todos los fines de semana.
Mi padre asiente con lentitud y sé que Jackson acaba de ganar terreno.
Ya no lo está viendo como al cowboy que se llevó a su hija de viaje por Texas. Ahora ve a un hombre con un plan, con responsabilidades y con cicatrices que no necesita enseñar para que se noten.
Jackson termina de beber y me lanza una mirada rápida antes de guiñarme un ojo casi sin que nadie más se dé cuenta.
—Y hablando de caballos, su hija tiene muy buena mano con los animales —añade con una pequeña sonrisa que consigue ponerme todavía más nerviosa—. Los entiende mejor que mucha gente que lleva años trabajando con ellos.
—Pues eso sí que es una novedad —dice mi madre soltando una risa suave—, porque Sheryl siempre les ha tenido miedo. De pequeña no quería acercarse ni a un poni.
—Bueno, montó en Dixie y no lo hizo nada mal —responde él mientras se sirve un poco más de comida con toda la calma del mundo—. Y Trigger la aceptó enseguida, que ya es bastante decir.
—¿Trigger? —pregunta mi madre, confundida.
—Mi caballo, señora Mercer. Tiene bastante carácter y normalmente no soporta a casi nadie. Pero con ella se comportó como un cordero.
Bajo la vista hacia el plato, sintiendo que me voy a poner roja de verdad en cualquier momento.
No entiendo cómo Jackson ha conseguido pasar de « cowboy peligroso» a «hombre perfecto para presentar a tus padres» en menos de media hora.
Mi madre está completamente enternecida con él, mi padre ya lo mira como a alguien serio y Jackson… Jackson sigue sentado ahí, tranquilo, moviéndose por esta conversación igual que se movería alrededor de un caballo nervioso al que ya le ha cogido el punto.
Es increíble.
Me entran ganas de darle una patada por debajo de la mesa por dejarme así de expuesta delante de mis padres y, al mismo tiempo, de arrastrarlo escaleras arriba en este mismo instante.
—Bueno —dice mi madre, rompiendo el ambiente mientras empieza a recoger las cosas de la mesa a toda velocidad—, no vamos a retener más al señor Evans, Mathew. Ha hecho un largo viaje y necesita descansar.
Lanzo una mirada rápida a Jackson antes de volverme hacia ellos.
Es ahora o nunca.
—De hecho… —empiezo, aclarándome un poco la garganta—, había pensado que, como Jackson no ha cogido hotel y quería ver la zona de campo, podríamos ir al rancho Mercer. Si no os importa, claro.
Mi padre deja la servilleta junto al plato y mira directamente a Jackson.
Yo ya me estoy preparando para una de esas pausas eternas de mi padre antes de decir algo que me complique todavía más la noche.
—Me parece una idea excelente —suelta papá para mi absoluto asombro—. Allí estaréis tranquilos y podrá ver algo de tierra de verdad, no solo este asfalto pegajoso de la costa.
—Gracias, señor Mercer —responde Jackson, levantándose y tendiéndole la mano con esa firmeza que ya se ha ganado al hombre.
—Espera, espera —mi madre aparece desde la cocina con un paquete de papel de aluminio bastante aparatoso entre las manos—. No os vais a ir sin desayuno para mañana. Toma, Jackson. Ha sobrado asado. Solo tendrás que calentarlo en el horno de la casita, ¿de acuerdo?
Miro el paquete en manos de Jackson y casi me entra la risa.
Todo esto tiene un aire ridículamente doméstico. Y lo peor es que sigo teniendo unas ganas terribles de arrancarle esa camisa de lino en cuanto dejemos atrás el buzón de mi casa.
Jackson le estrecha la mano a mi padre una vez más y recoge después el paquete de comida de mi madre con una educación casi exagerada que termina de conquistarlos a los dos.
—Ha sido un placer, señora Mercer. Señor.
Salimos al porche y la humedad pegajosa de Texas City vuelve a envolverlo todo. Camino hacia la Ford sintiendo la mirada de mis padres clavada en la espalda y a Jackson avanzando a mi lado con esa tranquilidad suya que empieza a volverme loca.
Pero en cuanto las puertas se cierran y el motor arranca, algo cambia al instante.
Se acabó la versión educada y perfecta del señor Evans.
Miro el paquete de asado que ha dejado en el asiento trasero y después giro la cabeza hacia él. Tiene una mano en el volante y esa expresión tranquila que ya conozco demasiado bien.
—¿Asado, Evans? ¿En serio? —pregunto, conteniendo una sonrisa.
—Tu madre cocina increíble, Sheryl —dice mientras se incorpora a la carretera—, pero te aseguro que ahora mismo la comida es lo último en lo que puedo pensar.
El calor me sube directamente al cuerpo.
Acelera hacia las afueras y yo aprieto las llaves entre los dedos, sabiendo perfectamente que, en cuanto lleguemos al rancho Mercer, no va a quedar ni rastro de los buenos modales.