37
JACKSON
Casi siete horas de asfalto y el aire ya no huele a nada que reconozca. He dejado atrás la tierra seca de Stephenville y ahora lo único que entra por la ventanilla es una humedad espesa que se me pega a la nuca como una advertencia. Texas City parece otro país.
Las refinerías se levantan a ambos lados de la carretera como ciudades de hierro escupiendo fuego, con tuberías retorciéndose por todas partes.
Aquí no existe el horizonte; el cielo queda atrapado detrás de las grúas y de ese humo gris que deja un sabor metálico en la lengua.
Todo es cemento, tráfico y gente moviéndose demasiado rápido.
Mi Ford destaca entre el resto de coches como un animal embarrado en mitad de un escaparate. La carrocería todavía lleva polvo seco del rancho y, rodeada de tanto coche brillante y silencioso, parece más vieja y más grande de lo normal.
Y odio darme cuenta de que eso me importa.
El semáforo en rojo me deja demasiado tiempo para pensar en la ropa.
Esta camisa me hace sentir muy incómodo.
El lino es demasiado suave, demasiado ligero; casi parece que voy desnudo.
Mis dedos buscan el ala del sombrero para calmar los nervios, pero solo encuentran aire y el pelo demasiado peinado.
Sin las botas cubiertas de polvo, sin el peso de la hebilla y sin mi sombrero, siento que voy disfrazado.
Como un paleto de rancho intentando parecer un tipo de ciudad para que una chica no se avergüence de él.
El GPS me lleva hasta un parque cerca de la costa. Sheryl me mandó la ubicación hace un par de horas y, para mi sorpresa, no ha elegido el centro de la ciudad. Aquí hay árboles grandes, espacio de sobra y un aparcamiento donde mi Ford no parece completamente fuera de lugar.
Eso ya me dice bastante.
Ella ha escogido este sitio a propósito, estoy seguro. Sabe que necesito aire. Y sabe que, si me hubiera citado en una de esas cafeterías cerradas con música suave y mesas diminutas donde apenas puedes mover las piernas, probablemente habría dado media vuelta antes incluso de salir de la autopista.
Cuando apago el motor, el silencio dentro de la cabina se vuelve raro.
Llevo casi siete horas con la cabeza ocupada en demasiadas cosas y ahora, de golpe, no tengo nada que hacer salvo esperar a verla.
Solo quedo yo sentado frente al volante, con las manos quietas y el corazón golpeándome demasiado fuerte para alguien que solo ha venido a hablar.
En el espejo retrovisor apenas me reconozco.
Sin el sombrero, mi cara parece más expuesta. Más blanda.
La camisa tampoco ayuda. El lino me tira de una manera rara sobre los hombros y estos zapatos nuevos hacen que hasta mis propios pies me parezcan ajenos.
Fuera, el asfalto impecable suena distinto bajo las suelas. Echo de menos el peso de las botas. El polvo. Algo que me haga sentir que sigo siendo yo.
Cierro la camioneta y me quedo apoyado un momento en la puerta, observando el parque. El viento húmedo me revuelve el pelo y el olor a sal sigue pareciéndome una mierda, pero al menos aquí hay árboles. Verde. Algo vivo entre tanto cemento.
La gente pasa a mi alrededor sin prestarme atención mientras yo sigo mirando el camino que cruza el parque, buscando cualquier señal de que no me he equivocado de sitio.
Entonces la veo.
Viene caminando despacio por el sendero, recortada contra el cielo gris de la costa.
El cuerpo se me pone en tensión al instante.
He montado toros capaces de romperme las costillas sin que me temblaran las piernas, pero verla aparecer después de dos meses sin tenerla delante me deja mucho más desarmado que cualquier caída.
A medida que se acerca, esta ropa empieza a incomodarme todavía más. Me separo de la puerta de la Ford y me enderezo un poco, demasiado consciente de la camisa, de los zapatos nuevos y del pelo peinado hacia atrás como si estuviera intentando convertirme en otra persona.
Ella se detiene a unos metros. Durante un segundo parece igual de desconcertada que yo al encontrarse conmigo así, sin sombrero, sin polvo encima y sin nada que me haga parecer el tipo al que conoció en los rodeos.
Nos quedamos quietos en mitad del aparcamiento, con el ruido del tráfico sonando a lo lejos y demasiadas cosas acumuladas entre nosotros.
Llevo dos meses imaginando cómo sería volver a verla y ahora ni siquiera sé cómo acercarme.
Lo único que quiero es cruzar la distancia que nos separa, atraerla hacia mí y besarla hasta dejar de pensar.
Pero no me muevo y todavía no sé cómo empezar esta conversación.
—Hola, Sheryl… Estás preciosa —consigo decir.
Ella me recorre con la mirada, deteniéndose en mi ropa. Parece que está intentando encajar mi cara con esta versión de mí que no conoce.
—Tú… estás distinto —dice por fin—. No llevas tu…
—No —la interrumpo, bajando la vista a mi camisa de lino—. Me he dejado el uniforme de vaquero en el maletero. He pensado que aquí desentonaría un poco.
Sheryl respira hondo, vuelve a mirarme y me sonríe.
Entonces, acorta la distancia y me abraza.
No sé muy bien cómo tomarme ese gesto. Abrazas a un pariente o a un amigo al que hace tiempo que no ves, y yo no quiero ser nada de eso.
Le devuelvo el abrazo, pero me siento rígido, incómodo con la idea de que esto sea solo un saludo cordial entre conocidos.
—¿Qué te apetece hacer? —le pregunto, intentando que no se me note demasiado lo perdido que estoy.
—No sé, Jackson —me contesta con una media sonrisa—. En realidad, fuiste tú quien me dijo que quería hablar conmigo y…
Me estoy arrepintiendo de no haber traído un discurso preparado para soltarlo todo seguido. Me siento estúpido y, lo que es peor, inseguro. Para ganar tiempo y salir de debajo de todos esos ojos que parecen vigilarnos en el parque, señalo la camioneta.
—¿Por qué no damos una vuelta? Me gustaría que me enseñaras un poco esto. No conozco esta parte del estado y es muy distinta a las llanuras; me tiene intrigado tanto cambio —le digo con sinceridad.
Por un momento creo ver que se le ilumina la cara.
Subimos y, en cuanto cierro la puerta de la Ford, los recuerdos me golpean.
Huele a ella, a nosotros, a kilómetros de carretera.
Conducimos por Texas City mientras me hace de guía.
Pasamos por una zona donde el agua se queda estancada en una especie de bahía, tranquila y brillante bajo el sol, y no puedo evitar que me venga a la mente el lago de Granbury.
Es una imagen fugaz, pero suficiente para hacerme sonreír sin querer.
Sheryl se da cuenta enseguida.
—¿De qué te ríes? —me pregunta, medio indignada—. Crees que esta ciudad es horrible, ¿verdad?
—No —me apresuro a corregirla—. Son los recuerdos. El lago que acabamos de pasar, nosotros aquí metidos… me ha venido todo de golpe.
Ella se queda un segundo callada, mirando por la ventanilla, antes de señalar hacia una esquina.
—Ya, anda… para ahí mismo. Vas a probar las mejores quesadillas de camarones de toda la costa. No puedes decir que has estado aquí sin comer eso.
—De acuerdo.
Freno y aparco la camioneta frente al puesto, pero antes de que ella pueda abrir la puerta, la sujeto suavemente por el brazo. Siento un chispazo al tocar su piel y decido que ya he dado suficientes rodeos.
—Sheryl. Tengo unas ganas terribles de besarte.
—Oh… vaya.
—Sí.
Me inclino sobre la consola central antes de que pueda recuperar el aliento.
El primer contacto es casi un choque, un golpe de realidad después de casi tres meses de vacío.
Mis labios encuentran los suyos con una urgencia que no sabía que todavía tenía dentro, y ella me responde con la misma fuerza, agarrándose a mi cuello como si yo fuera lo único sólido en esta ciudad de asfalto.
Sabe demasiado bien. Es uno de esos besos que te vacían la cabeza y hacen que se te olvide dónde estás. Pero entonces me separo unos centímetros, apoyando la frente contra la suya mientras intento recuperar algo de aire.
La escucho respirar cerca de mi boca y noto cómo mis manos vuelven solas hacia ella.
—No podemos quedarnos aquí —murmuro contra sus labios.
El espacio dentro de la camioneta empieza a parecerme ridículamente pequeño. Volvemos a besarnos casi al instante, incapaces de aguantar demasiado tiempo separados. Después de tantas semanas sin tocarla, cada roce me deja todavía con más ganas.
Somos adultos. Se supone que deberíamos saber controlarnos un poco mejor.
Pero ahora mismo me da igual.
—¿Has cogido hotel? —pregunta entre besos, todavía sin apartarse del todo.
La pregunta me obliga a frenar de golpe y la miro durante un segundo, sintiéndome bastante idiota.
—No. Yo… no sabía qué esperar al venir. Y tampoco conozco esto lo suficiente como para ponerme a buscar sitios.
—Vale. Entonces vamos a mi casa. Cojo las llaves del rancho y…
—Espera, ¿tienes un rancho? —la interrumpo, sorprendido.
Ella se ríe por lo bajo.
—No, Jackson. En realidad, es una casa pequeña a las afueras, pero en mi familia siempre la hemos llamado el rancho Mercer.
No puedo evitar sonreír un poco al escucharla.
—Suena mucho mejor llamándolo rancho.
Sheryl abre la boca para responderme, pero algo parece cruzársele por la cabeza a mitad de camino.
—El problema es que puede que estén mis padres. Tendré que… Bueno, vamos. Arranca y mientras tanto pensaré cómo lo hacemos.
Conduzco hasta su casa siguiendo las indicaciones que me va dando. Llevo una mano en el volante, la otra apoyada sobre su pierna y una sonrisa en la cara que probablemente pueda verse desde cualquier punto de Texas City.
Cuando llegamos, señala la acera.
—Aparca aquí y espérame. Volveré enseguida.
La veo bajar de la camioneta y me quedo unos segundos con el motor encendido, observando cómo se acerca a la casa. Pero no soy de esos tipos que esperan escondidos dentro del coche mientras la chica da explicaciones a sus padres.
Además, los míos me educaron bastante mejor que eso antes de morir.
Así que apago el motor y voy directo hacia la puerta principal. Cuando se abre, me encuentro frente a un hombre que, por el parecido y esa forma tranquila de mirar, solo puede ser el padre de Sheryl.
Por pura costumbre levanto la mano para quitarme el sombrero, y el gesto me deja como un imbécil al recordar que hoy voy a cabeza descubierta.
Detrás de él, Sheryl abre los ojos de golpe.
Acaba de darse cuenta de lo que estoy a punto de hacer.