36
SHERYL
Me quedo mirando la pantalla del móvil unos segundos más después de colgar. Anne y Lauren sonríen. Tienen esa mirada pícara que me confirma que, aunque no han oído ni una palabra de Jackson, se han enterado de todo.
—¿Y bien? —pregunta Anne. Apura el fondo de su vaso haciendo ese ruido irritante con la pajita cuando solo queda hielo y aire—. ¿Qué le pasa a tu vaquero?
—Vamos, Sheryl, te has quedado muda —interviene Lauren, echándose hacia delante.
Desde que volvimos de nuestra «Operación Lazo y Polvo», como hemos bautizado a aquellas vacaciones, las cosas han cambiado por aquí.
Anne y Duke están a un paso del compromiso, pero no como él esperaba.
El viaje sirvió para que el muy capullo entendiera que o espabilaba, o ella se buscaba a alguien con dos dedos de frente que supiera valorarla.
El mes pasado, Duke hincó la rodilla en mitad de una cena, pero mi amiga demostró que tiene muchos más ovarios de los que aparenta y le soltó que no.
Que no pensaba aceptar un anillo hasta que no viera con sus propios ojos que había madurado.
Es una reina; lo tiene comiendo de su mano y haciéndole demostrar cada día que ha dejado de ser un cabrón infiel.
Ahora la recoge a diario, le organiza planes que no incluyen a sus amigos idiotas y parece que, por fin, se ha convertido en el novio que ella merece.
Lauren es otra historia. Al igual que yo, está asfixiada viviendo con sus padres, harta de que le controlen los horarios y de no tener un dólar para largarse.
Al volver, decidió tomarse en serio lo de la escuela de Relaciones Públicas y se ha puesto a muerte con el francés.
Es una tía con muchos recursos, de esas que pillan las cosas al vuelo; solo necesita un objetivo claro para comerse el mundo, pero en esta ciudad, encontrar el camino es lo más difícil.
—Jackson viene para acá. Quiere hablar cara a cara —suelto de golpe. Noto cómo el estómago se me revuelve—. Mañana estará en Texas City.
Lauren se echa hacia atrás en la silla y Anne aparta la pajita de la boca lentamente.
—¿Mañana? —Anne levanta las cejas, mirándome fijamente—. ¿En serio? Joder, Sheryl. Eso es un paso… importante.
—Bueno —interviene Lauren. Sinceramente, su reacción es la que más miedo me da—. Dejando aparte que me estáis tocando las narices con eso de que soy la única soltera… vamos a lo importante.
Lauren saca el móvil y, en cuanto la veo desbloquear la pantalla, sé exactamente por dónde va a salir. Su famosa lista de pros y contras.
—Otra vez no… —suplico—. Es estúpido.
—De eso nada. Es el único método científico para saber si vas a acabar con un anillo o en terapia —sentencia ella con el dedo sobre la pantalla—. Empezamos con los pros. Punto uno: está buenísimo. Es un hecho objetivo.
—Anota también que es un puto vaquero —añade Anne con entusiasmo—. Ese punto cuenta doble.
—Tercero: se va a meter siete horas de coche solo para verte —continúa Lauren, tecleando a toda velocidad—.
Eso significa que ese hombre está pilladísimo por ti.
Y se le notaba desde los rodeos. Jackson ni siquiera miraba al público cuando se bajaba del toro; lo primero que hacía era buscarte entre las gradas.
—Cuarto: es un romántico de los que ya no quedan —añade Anne, arrebatándole el móvil a Lauren para escribir ella—.
Esas cenas con estrellas en el lago o en los cañones…
por favor, Sheryl. Ni siquiera Duke, con lo insoportablemente empalagoso que está ahora, me hace esas cosas. Lo de Jackson es de otro nivel.
—Quinto —interviene Lauren recuperando su teléfono con una sonrisa irónica—: tiene un polvazo que te cagas.
—¡Eh! Eso tú no lo sabes —protesto, sintiendo que el calor me sube por las mejillas.
—Claro que lo sabemos. Nos diste el parte completo en cuanto volviste de Waco —me recuerda Anne divertida—. Te faltó hacernos un dibujo.
—¿El parte completo? —repito, deseando que la tierra me trague.
—De todo, Sheryl. Absolutamente de todo —se ríe Lauren—. Hubo un momento en el que ya no necesitaba saber tanto… Aquello de lo que era capaz de hacer con las manos en el asiento de la camioneta fue una información que todavía me está costando procesar.
—Pero porque vosotras no hacíais más que preguntarme cosas —vuelvo a protestar.
Lauren suspira y desliza el dedo por la pantalla de su móvil, cambiando de lista. La sonrisa se le borra un poco cuando vuelve a mirarme.
—Muy bien, vamos con los contras —anuncia, mirándome fijamente—. Punto uno: vive a siete horas de distancia. Es casi el otro lado del mundo, Sheryl.
—Estamos en el mismo estado, joder —replico enseguida, encogiéndome de hombros—. Texas es un mundo en sí mismo, pero he hecho viajes más largos para ir a conciertos que no valían ni la mitad.
—Punto dos —interviene Anne, ignorando mi réplica—: es un vaquero. Y eso implica que su vida está en un rancho, rodeado de polvo y caballos. No sé si es lo que habías planeado para tu carrera, amiga. Te imagino más en una clínica moderna que limpiando barro de unas botas.
—Justo por eso hice las prácticas en College Station —les recuerdo, y me sorprende lo convencida que sueno al decirlo—.
He descubierto que trabajar con caballos es lo mío, Anne.
Me gusta el campo, las urgencias, moverme todo el tiempo…
Creo que allí encajo mejor que en una clínica pequeña en mitad de la ciudad.
Lauren arquea una ceja y apunta algo más en el móvil antes de levantar la vista otra vez.
—Vale. Entonces vamos al punto jodido de verdad: si al final te vas allí, nosotras nos quedamos aquí. Y eso es muy lejos, tía.
—Nuestra amistad sobrevivió a mis años en la facultad cuando no teníamos ni un centavo y éramos unas crías idiotas —les digo, mirándolas a las dos—.
No va a romperse por unos kilómetros. Pero tampoco nos adelantemos, que Jackson solo viene a hablar.
Estáis actuando como si mañana mismo fuera a mudarme a un rancho perdido en mitad de Texas y no es así. Rebajad el drama un poco, anda.
Lauren me observa en silencio unos segundos. No hace falta que diga nada; tiene esa cara que pone cuando cree que me estoy engañando a mí misma.
En ese momento, Anne mira el reloj y resopla.
—Mierda, se me ha acabado el descanso —dice mientras guarda el brillo de labios en el bolso—. Tengo que volver a la tienda o mi jefa va a acabar odiándome.
Se levanta, me da un beso rápido y sale casi corriendo, dejándonos a Lauren y a mí solas frente a los restos de los batidos y el móvil todavía encima de la mesa.
Espera a que Anne desaparezca por la puerta antes de guardar el teléfono en el bolso y apoyarse hacia delante.
Y entonces sé que se han terminado las bromas.
—Olvida las listas, Sheryl. Yo creo que lo tienes clarísimo —dice Lauren mirándome fijamente—.
Te lo noté en Granbury. Nunca te había visto reaccionar así con nadie, ni con Billy ni con ninguno de los tíos con los que has salido en estos años.
Así que deja de darle vueltas y dime qué sientes de verdad.
Me quedo callada, arrancando trozos del borde del posavasos. Llevo tres meses evitando pensar en esto y, aun así, sigue aquí, atravesado en mitad del pecho.
—El día del accidente de Trigger, en Amarillo —empiezo sin levantar la vista—, pasó algo y yo…
me alejé. Jackson creyó que fui fría con él; pensó que, en cuanto se lesionó el caballo y el viaje dejó de ser divertido, simplemente desconecté.
Que solo buscaba pasar el rato con un vaquero y alargar mis vacaciones gratis.
Lauren se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Ya no intenta bromear. Espera en silencio a que siga hablando.
—¿Recuerdas a Cody Miller? —le pregunto mirando al posavasos destrozado entre mis dedos.
—Sí, claro.
Lauren no insiste. Se limita a mirarme mientras yo intento ordenar las palabras sin romperme del todo.
—Sheryl —dice al final, cogiéndome de las manos—. ¿Qué pasó?
—Intentó violarme. Mientras Jackson estaba en el hospital veterinario. Fui al motel a cogerle ropa limpia y allí entró Cody y…
Lauren se tapa la boca con las manos y durante un segundo no dice nada.
—Ray llegó a tiempo y lo paró antes de que pasara nada más —continúo—.
Pero no podía contárselo a Jackson, Lauren.
No podía. Estaba destrozado por lo de Trigger y, si se llega a enterar de que ese imbécil me había puesto las manos encima, habría ido a buscarlo sin pensárselo.
Jackson lo habría matado allí mismo y yo no iba a dejar que se arruinara la vida por alguien como Cody.
Me limpio la cara rápidamente antes de continuar.
—Pero fui fría con él —le confieso—. Lo rechacé varias veces y él… debió pensar que simplemente ya no lo quería cerca. No sé qué se le habrá pasado por la cabeza estos meses.
Lauren se queda mirándome, con las manos todavía apoyadas sobre la mesa y los ojos clavados en mí. El silencio entre las dos pesa tanto que me obliga a bajar la vista otra vez.
—¿No se lo contaste? —pregunta al final, casi sin voz.
—No. —Niego despacio con la cabeza—. Solo Ray lo sabe. Y ahora tú.
Lauren se pasa una mano por la frente, claramente frustrada, antes de golpear un par de veces la mesa con los nudillos.
—Debiste denunciarlo, Sheryl.
Me humedezco los labios antes de seguir.
—Lo sé. Pero en ese momento solo pude pensar que, si Jackson se enteraba, iría a por él.
Lo habría matado, en serio. Ray me contó que a las dos semanas tuvo un encuentro con Cody en Fort Worth.
Fue a verlo porque competía allí y tuvo unas palabras con él.
Dice que lo vio bastante acojonado, que cree que no volverá a hacerlo…
pero eso ya es agua pasada. Lo tengo olvidado y no quiero gastar ni un segundo más de mi vida en ese tío.
Levanto la vista hacia Lauren por primera vez desde que empecé a hablar.
—Lo que no sé es qué hacer ahora.
Lauren me sostiene la mirada unos segundos antes de soltar la pregunta.
—Bueno, por cómo hablas de él, está bastante claro que sigues colgada. ¿Le quieres?
—Joder, Lauren… “querer” es una palabra muy grande —respondo, notando el temblor en mis propias manos—. No sé si se puede querer a alguien al que conoces desde hace tan poco. Pero no consigo quitármelo de la cabeza.
Me quedo mirando el fondo de mi vaso, recordando las noches en la camioneta y sus historias bajo las estrellas.
—Quiero ver esos atardeceres en su rancho de los que hablaba con tanta pasión —continúo en voz baja—.
Quiero montar a caballo como él me enseñó, sin prisas, sintiendo que por fin sé lo que estoy haciendo.
Antes de conocerlo estaba muy perdida, Lauren.
No tenía ni idea de cuál era mi camino, y ahora tengo las cosas mucho más claras.
Él me ayudó a encontrar eso, aunque no se diera ni cuenta.
Lauren me mira con una mezcla de pena y orgullo. Me aprieta la mano una última vez antes de soltarla.
—Vas a tener que esperar a que llegue, Sheryl. No te queda otra. Pero esta vez debes ser sincera —sentencia con firmeza—. Contigo misma, sobre todo. Guardarte lo que sientes no te va a servir de nada; si Jackson ha hecho este viaje, es porque necesita saber si de verdad tiene un sitio en tu vida.
Yo solo puedo callarme mientras Lauren recoge sus cosas y guarda el móvil en el bolso.
Porque sé que tiene razón.
Mañana Jackson cruzará el límite de Texas City y, por primera vez desde que nos conocimos, no habrá rodeos, moteles ni kilómetros de carretera sirviendo de excusa.
Solo vamos a estar él y yo. Frente a todo lo que llevamos meses evitando.