Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 35
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JACKSON

Hace semanas que mis días giran alrededor de Trigger.

Ajusto el ramal y le obligo a caminar despacio sobre la arena del corral circular.

Son apenas diez minutos, un paseo medido al milímetro que se ha convertido en mi rutina diaria.

Mientras observo cómo apoya la pata derecha, las palabras de los veterinarios de Waco siguen resonándome en la cabeza. Reposo, paciencia… y tiempo.

Pero el tiempo es justo lo que siento que se me está escapando entre los dedos.

Sigo las instrucciones al pie de la letra y siempre les estaré agradecido por haber salvado a Trigger, por haber conseguido que todavía siga aquí conmigo.

Durante las dos primeras semanas, los viajes a Waco fueron constantes.

Conducía las dos horas que separan Stephenville de la clínica, incluso de madrugada si hacía falta, solo para comprobar cualquier pequeña mejora.

Fue allí donde descubrí que el tal Billy, el contacto de Sheryl, era mucho más que un compañero de circuito y un veterinario brillante.

Era su exnovio.

Y desde entonces no dejo de preguntarme qué coño puedo ofrecerle yo a una chica como ella, acostumbrada a un mundo tan distinto al mío.

Ray me lo dijo antes de marcharse: que no esperara a que las cosas sucedieran solas. Que, si deseaba algo, hiciera todo lo posible por conseguirlo porque ella merece la pena.

No sé en qué momento esos dos se hicieron amigos, pero Ray me confesó que han seguido en contacto desde Amarillo. Descubrir que han hablado mucho más entre ellos que conmigo me sentó como una patada en el estómago.

Nuestra relación, si es que puede llamarse así, se ha convertido en algo distante e insuficiente.

Tuvimos algunos momentos en Waco; besos robados en los pasillos de la clínica o despedidas rápidas dentro del coche cuando la acompañaba a coger el tren de vuelta a Texas City.

Yo regresaba a Crossed Arrows con la sensación de dejarme algo atrás cada vez que la veía alejarse por el andén.

Y luego estaba Billy.

Me repetí muchas veces que no tenía derecho a sentir celos, pero no conseguía quitármelo de la cabeza. Ella podía quedarse allí, cerca de él, mientras yo volvía solo al rancho después de pasarme horas conduciendo.

Ahora llevo más de dos meses sin tocarla y esa es mi verdadera condena.

Las llamadas telefónicas, los mensajes, cada vez parecen más fríos, y las siete horas que nos separan en coche cada vez se hacen más largas. Ray lleva solo dos días fuera, y sus palabras siguen resonando en mi cabeza.

«Si esa chica te importa, díselo. Si quieres intentarlo, hazlo de verdad.

No por llamadas, no mandando mensajes estúpidos, no callándote las cosas.

Yo renuncié a mi vida, a mi verdadero yo, durante años por un sueño en el que ni siquiera creía.

¿Vas a dejar que esa chica, la única por la que te he visto suspirar desde que te conozco, se convierta solo en un recuerdo? »

Y joder, tiene razón, porque ahora mismo solo me quedan dos opciones: o voy y lo arriesgo todo por ella, o la dejo marchar para siempre y cada uno sigue con su vida.

Sheryl ha pasado estos dos meses haciendo prácticas en el hospital veterinario de College Station.

Es el centro neurálgico de la medicina equina en Texas y apenas tiene un segundo de respiro entre turnos, guardias y urgencias.

Aunque sobre el mapa no estamos tan lejos de Stephenville, la carga de trabajo de ambos y la recuperación de Trigger han convertido esas horas de carretera en algo imposible de encajar.

Entre sus clases y las horas extra que he tenido que hacer para pagar la operación de Trigger, apenas hemos podido hablar. Mucho menos vernos. Y empiezo a notar cómo la distancia nos desgasta poco a poco, como si estuviéramos dejando que esto se enfríe sin atrevernos a decirlo en voz alta.

El rancho también se me antoja distinto. Los atardeceres siguen siendo igual de espectaculares, pero ya no consigo disfrutarlos igual porque ella no está aquí para verlos conmigo.

Y me asusta pensar que, a este paso, no lo estará nunca.

Manuel, nuestro capataz, se ha convertido en mi mano derecha.

Al final acepté la oferta de Ray y me he quedado con su ganado, así que ahora él se encarga de las reses de los dos ranchos mientras yo me dedico a lo que de verdad me gusta: entrenar campeones.

Un buen cuarto de milla bien trabajado puede valer más que toda una manada de reses, y ese es el futuro que quiero construir.

Pero, antes de nada, tengo algo pendiente. Necesito unos días libres y que Manuel se encargue de Trigger; en estos tres meses, será la primera vez que lo deje solo.

Voy hasta Stephenville, al centro comercial. Entro en una tienda y la dependienta me mira de arriba abajo. Sé perfectamente lo que está pensando: otro vaquero que viene a comprar ropa que probablemente no vuelva a ponerse en la vida.

—¿Puedo ayudarle? —me pregunta con una sonrisa algo rígida.

—Necesito ropa —digo, señalando las estanterías—. Pero nada de vaqueros, ni cuadros, ni camisas con corchetes.

La mujer arquea una ceja, claramente intrigada.

—¿Buscamos algo más… de ciudad?

—Sí. Algo que no haga que parezca un paleto de rancho en cuanto abra la boca.

Me saca unos pantalones oscuros y un par de camisas de lino. Cuando me los pruebo frente al espejo, me siento raro de cojones.

Para mí, el uniforme lo es todo: la camisa ajustada de competición, los jeans gastados, el cinturón con la hebilla que gané en mi primer rodeo, el sombrero…

todo eso forma parte de quién soy. Es la versión de mí mismo que conozco desde siempre, la que me hace sentir cómodo incluso cuando todo alrededor se está yendo a la mierda.

Sin el peso de la tela vaquera, del cuero y de las botas, me veo distinto. Más expuesto.

La ropa me queda bien. Demasiado bien, quizás.

Pero mientras me observo en el espejo, no puedo evitar sentir que me falta algo.

Pago, salgo de la tienda con las bolsas y me siento en una cafetería. Cojo el móvil y marco su número. Hace dos días que terminó sus prácticas en College Station y siento que ya no tengo más excusas para seguir posponiendo esto.

—Hola, Sheryl.

—Jackson… —Su voz suena sorprendida, con una ligera tensión que me hace apretar el teléfono contra la oreja—. No sueles llamar a estas horas. ¿Pasa algo? ¿Trigger está bien?

—Sí, sí. Está perfecto —respondo demasiado rápido, intentando que no se me noten los nervios—. Le he mandado un vídeo a los veterinarios de la clínica de Waco, la de tu amigo, y me han llamado hace un momento.

Hago una pausa, buscando cómo decirlo. Me paso la mano por la nuca y, por inercia, busco el ala del sombrero que hoy no llevo puesto. El gesto me hace sentir ridículo y fuera de sitio.

—Dicen que el tendón tiene muy buena pinta y que ya camina sin rastro de cojera —continúo, intentando sonar más tranquilo—. Si sigue así, en un par de semanas podrá empezar a trotar y a llevar peso otra vez. Por fin voy a poder volver a montarlo.

—Eso es genial, Jackson. No sabes cuánto me alegro.

—Sí… también es gracias a ti en parte. —Miro por la cristalera de la cafetería antes de volver a hablar—. ¿Qué tal las prácticas? Las terminaste ayer, ¿no?

—Sí… te has acordado.

Ahora echo de menos no haber hecho esto por videollamada. Me gusta verle los ojos cuando hablamos; ahí siempre sé qué está pensando. Así, solo con su voz al otro lado, todo me parece más difícil de interpretar.

—Por supuesto que me acuerdo —respondo, bajando la vista hacia las bolsas de ropa nueva apoyadas en la silla de al lado—. Y, bueno… ahora estarás libre, ¿no? Quiero decir, ¿vas a tener unos días para ti antes de empezar con lo siguiente?

—Bueno, pues sí. Estoy revisando opciones de trabajo. Tengo varias ofertas sobre la mesa y las estaba estudiando. No será mucho al principio, pero por algo hay que empezar.

—Eso es genial, de verdad. Me alegro mucho por ti.

Hago una pausa larga, escuchando el ruido de platos y conversaciones a mi alrededor mientras miro de reojo las bolsas de la tienda. Solo pensar en ponerme mañana esa ropa me hace sentir fuera de lugar.

Al otro lado de la línea se instala un silencio extraño.

Imagino que todavía intenta entender por qué la estoy llamando un martes a las once de la mañana, cuando a estas horas normalmente estoy en los cercados, cubierto de polvo y ocupado hasta arriba.

En estos meses nuestras llamadas se cuentan con los dedos de una mano y casi siempre han sido de noche.

Esto es distinto. Y creo que ella también lo nota.

—¿Y tú? ¿Qué tal estás? —pregunta al final.

Suena a una de esas preguntas que se hacen para llenar el silencio, pero yo no he llamado para hablar del tiempo.

—Sheryl, voy a ir a Texas City. Mañana mismo. Quiero hablar contigo.

En cuanto lo digo, me doy cuenta de que ha sonado demasiado brusco, casi como una decisión tomada por los dos y me tenso en la silla.

—Quiero decir… si te parece bien que nos veamos, claro. ¿Qué me dices? —rectifico, y esta vez sí noto cómo me falla un poco la voz.

—Sí, claro, pero… ¿Y el rancho? ¿Y Trigger? —pregunta ella, todavía desconcertada.

—Está todo controlado —respondo, intentando sonar más seguro de lo que estoy—. Voy a ir, Sheryl. Quiero verte y hablar contigo sin una pantalla de por medio. Quiero…

Me quedo callado unos segundos, jugando con el vaso de café entre las manos.

—Mañana estaré allí —suelto al fin.

El silencio que sigue se alarga varios segundos hasta que finalmente me responde.

—Vale, de acuerdo. Pues… Avísame cuando estés llegando.

La llamada termina ahí, pero yo sigo sentado frente al café, con el móvil todavía en la mano.

Mañana voy a recorrer siete horas de carretera para verla y no tengo ni idea de si voy a volver creyendo que todavía tenemos futuro… o con el corazón hecho pedazos.