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RAY LEE
Carl, el agente inmobiliario, se marcha del rancho levantando una nube de polvo con su flamante Tesla.
El coche desentona tanto en estos parajes como su traje de alpaca y esa corbata marrón.
Verlo alejarse es un alivio. La firma del contrato de venta es el último clavo que necesitaba poner para terminar de una vez con todo esto.
Han pasado tres meses desde la última vez que me subí a un toro. Tres meses desde que el rodeo dejó de ser un sueño para convertirse en el recordatorio de la vida de mentira que llevo demasiado tiempo arrastrando.
Me subo a la camioneta y enfilo el camino hacia Crossed Arrows, el rancho de Jackson.
Lo veo a lo lejos, reparando uno de los postes del cercado bajo un sol de octubre que ya no quema, pero que cae con una luz dorada y seca.
En cuanto reconoce mi motor, deja las herramientas y se limpia el sudor con el brazo. Me sonríe.
—¡Ray! Justo iba a entrar a por una cerveza. ¿Quieres una?
Asiento. Me miro el reloj como si la hora fuera un factor determinante, pero da igual; nunca rechazo una cerveza y mucho menos si es Jack quien me la ofrece.
Caminamos juntos hacia la casa y, justo cuando vamos a cruzar el umbral de la cocina, le pongo una mano en el hombro para detenerlo, pero antes de que yo diga nada, él me reprocha que haya estado desaparecido.
—Hacía días que no asomabas el pelo, joder. ¿Cómo va todo? —me pregunta por pura cortesía.
Es esa clase de pregunta que en realidad esconde un «capullo, no sé una mierda de tu vida desde hace días y me tienes preocupado».
—Jackson, tenemos que hablar —le digo. Mi voz suena más seria de lo que pretendía—. De algo importante.
Él se queda parado, midiéndome con la mirada, pero no dice nada. Entramos y saca dos botellas de la nevera. Nos sentamos frente a la barra de madera, con el cristal frío como único escudo entre los dos.
—¿Qué pasa, Ray?
Se lo huele. No somos la clase de tipos que usan un «tenemos que hablar» para intercambiar gilipolleces. Lo sabe y lo sé. Cuanto antes lo suelte, mejor, pero necesito un par de minutos. O quizás solo necesito que el alcohol me empuje las palabras fuera de la garganta.
—Antes, dime… ¿Qué tal Trigger?
Ha sido nuestro refugio durante estos meses. El tema seguro. Casi no hemos mencionado a Sheryl, ni lo que ha significado para mí que él decidiera bajarse de los toros para siempre.
—Está cada día mejor —dice, y su mirada se suaviza—. Ya lo trabajo diez minutos a la cuerda, al trote, y la pata apoya perfecta. La verdad es que estoy contento.
—Eso es genial, amigo. No sabes lo que me alegro.
—Ya… y yo.
Bebemos a la vez, casi en sincronía. Él espera a que yo suelte el hachazo y yo espero a que el líquido me dé la fuerza que me falta. En cuanto noto que la botella está vacía, la apoyo en la barra y lo digo al fin.
—He puesto el rancho en venta, Jack. El agente inmobiliario acaba de irse con el contrato firmado.
Jackson me clava la mirada. Sé que está analizando cada uno de mis gestos, mis palabras y, sobre todo, mis silencios.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué cojones, Ray? ¿Qué significa eso?
Me lanza un aluvión de preguntas y reproches, y yo intento soltar el discurso que llevo semanas ensayando en mi cabeza.
Le explico que no es solo porque él haya dejado los rodeos, aunque eso haya sido el detonante.
No sé muy bien qué voy a hacer, depende de lo que saque por las tierras y de cuánto tardemos en cerrar todo.
—Quiero que te quedes con mis animales, Jack —le digo, intentando sonar estable—. Venía a preguntarte si los quieres. Sé que es mucha pasta, pero no voy a malvenderlos a un extraño. Quiero que estén contigo.
Jackson empieza a pasear de un lado a otro de la cocina.
Coge otra cerveza, se apoya contra la encimera y le da un trago largo, de esos que sirven para ganar tiempo.
Luego me tiende otra a mí. Sé que está usando todo este ritual para pensar, que mis respuestas no le encajan.
No le estoy diciendo lo que de verdad necesita saber para comprender por qué estoy tirando mi vida por la borda.
—¿Y qué vas a hacer, Ray? —pregunta por fin—. Tú siempre has sido un tipo de rancho, de campo…
—No, Jack. Todo lo contrario. Esta vida no me ha gustado nunca. El rancho era el sueño de nuestros padres, es el tuyo, y ahora lo entiendo. Para mí solo era la excusa para tener un sitio al que volver entre rodeo y rodeo.
Me paso la mano por la nuca, sintiendo el peso de la confesión.
—Manuel y sus hombres lo han llevado genial en nuestra ausencia. Estarán encantados de seguir a tus órdenes si te quedas con el ganado, pero yo… yo no quiero esto, Jack. No quiero despertarme en Texas el resto de mi vida.
—¿Y qué es lo que quieres?
—No lo sé. Tengo que encontrar algo que de verdad me haga feliz. Tengo que encontrar mi propio sueño.
—Creía que el rodeo, que llegar a la final, era tu sueño —dice él, frunciendo el ceño.
—No, qué va. Eso solo era otra excusa.
—¿Excusa de qué?
Llega el momento. Es el instante para el que me he estado preparando estos tres meses. No hay vuelta atrás y estoy dispuesto a asumir lo que venga.
—¿Podemos sentarnos?
—¿Sentarnos para qué? ¿Qué coño está pasando aquí, Ray? Me estás mosqueando, joder. Suelta ya lo que tengas que decirme de una puta vez.
—De acuerdo —asiento, tomando aire para no asfixiarme—. Te quiero, Jack.
—Y yo a ti, joder. Pero me estás poniendo de los nervios con tanto misterio.
—No. No me has entendido —le sostengo la mirada, aunque por dentro me esté cayendo a pedazos—. Quiero decir que te quiero. No solo como a mi mejor amigo, ni como a un hermano, ni como al socio con el que he pisado mil arenas. Te quiero porque estoy enamorado de ti.
Lo suelto todo de golpe, de corrido, casi sin respirar. Y aunque por dentro me tiembla hasta el último hueso, por primera vez en años siento que el aire llega de verdad a mis pulmones.
Jack se queda inmóvil. Tiene la cerveza en una mano y la otra apoyada en la barra de su propia cocina. Está procesando la información en un silencio que duele. Yo me quedo sentado; ahora que me he quitado este lastre de encima, noto que mis hombros por fin descansan.
—¿Qué? —pregunta con la voz hueca—. Eso es imposible. Tú… tú no puedes estar hablando en serio.
Se lo ha tomado bastante mejor de lo que esperaba. No es que haya entrado en cólera ni se haya apartado como si yo fuera un apestado. El shock le dura apenas un suspiro y al segundo siguiente entra en la fase de negación.
—No puede ser —dice negando con la cabeza mientras suelta una risa forzada—. Estás bromeando, ¿verdad? Tu no… no puede ser.
Me callo dejando que la noticia se asiente. Que la asimile del todo.
Se levanta y empieza a dar vueltas por la cocina, entrando en la fase de la búsqueda de un sentido a lo que acaba de escuchar. Me lanza preguntas como si fueran dardos, intentando encontrar un fallo en mi historia, algo que le devuelva al Ray que él creía conocer.
—Entonces… ¿Eres gay? ¿Desde cuándo? Y … joder, ¿por qué coño no me habías dicho nada? Ray, yo…esto… no sé ni qué decir. Si eras tú el que siempre estaba rodeado de tías en cada bar de cada pueblo. Si te he visto… joder, que te he visto liarte con medio Texas.
Es el momento de rematar la confesión y tirar por tierra la mentira en la que he vivido. Me obligo a mirarlo a los ojos, sin apartarme, aunque me cueste.
—No es algo que haya descubierto hace dos días, Jackson. Es lo que soy desde siempre. Y… bueno, es evidente que el primero que me negaba a admitirlo, era yo y luego… tenía miedo a tu reacción, claro.
—Pero… —balbucea, quedándose sin palabras.
Está intentando recolocar las piezas de un puzle que ahora le encaja de otra manera. Y yo, le debo la verdad completa, por mucho que escueza.
—Llegar a la final de Las Vegas, lo del campeonato… —continúo con un nudo en la garganta—. Eran mi excusa. El rodeo era algo tuyo y mío, de nadie más. Todas esas carreteras y competiciones eran la forma perfecta de pasar tiempo contigo. Y el sexo…
Lo miro con vergüenza porque de todo lo que he ocultado, de todas las mentiras, esta es la que más me duele.
—Lo de esas chicas, lo que hacíamos juntos… —me detengo, tragando saliva—. Sabía de sobra que nunca podría estar contigo como quería. Estar con ellas de esa manera era mi manera torpe y estúpida de… bueno, ya sabes. De sentirte cerca sin que te dieras cuenta.
Miro al suelo, esperando el golpe o el desprecio. El silencio que sigue es más duro que cualquier puñetazo. Jackson se vuelve hacia la nevera y saca dos cervezas más. Las abre con un clic metálico que resuena en el silencio que se ha instalado en la cocina. Me tiende una.
—Entonces… ¿Qué tiene que ver eso con que vendas el rancho?
La pregunta me descoloca. Ha pasado de la negación a la logística y la aceptación en un segundo.
—Pues verás… ahora que he dejado de fingir. No puedo quedarme en Texas, Jack. No si quiero vivir de verdad.
—No lo entiendo, Ray… esta es tu casa, este es tu hogar. Nuestro hogar.
—No puedo ser yo mismo aquí, y lo sabes.
Jackson bebe con la mirada en un punto fijo, apurando casi media botella de un trago. Sabe que tengo razón. Por mucho que el mundo avance, el rodeo sigue siendo un nido de homofobia masticada durante siglos.
—¿Y qué pasa con nosotros? —pregunta, girándose hacia mí con duda.
—Espero que nada, sinceramente —le contesto—. Yo sigo siendo el mismo. Solo que ahora sabes mi secreto. No quiero que cambie nada y que…
—¿Quién habla de cambiar? —me corta, con un tono indignado que me pilla por sorpresa—. Me refiero a dónde vas a ir. Y a qué coño voy a hacer yo aquí sin ti, Ray. Me importa una mierda que seas gay. Te quiero igual, joder. Eres mi hermano.
No quiero llorar, pero noto cómo los ojos se me humedecen sin poder evitarlo.
Y entonces, sin esperarlo, Jackson me abraza.
Es un abrazo de los nuestros: brusco, fuerte, de esos que te sacan el aire y te recuerdan quién ha estado ahí cuando el toro te pasaba por encima.
Me aprieta tanto que puedo notar el latido de su corazón contra mi pecho.
—Ray, eres la persona más importante en mi vida y te quiero —me dice al oído, con una voz que no le había oído nunca—. Siempre serás mi hermano. Siempre.
Me quedo ahí, colgado de su hombro, con el sabor amargo de la cerveza y el peso de diez años de mentiras cayendo al suelo de la cocina. Sé que este abrazo es el principio de nuestra despedida pero, por primera vez en mi vida, no tengo miedo de lo que vendrá después.