33
SHERYL
El interior de la camioneta se vuelve asfixiante, aunque ocupe yo sola todo el asiento trasero.
Es algo que ya forma parte del ambiente desde que me uní a ellos.
El motor vibra bajo mis pies mientras seguimos las luces del transporte que lleva a Trigger hacia Waco.
Jackson conduce con la vista clavada en la carretera y los hombros tan tensos que parece incapaz de relajarlos ni un segundo.
A su lado, Ray mira por la ventanilla, perdido en la oscuridad de Texas, como si el paisaje le permitiera mantenerse al margen de todo esto.
El silencio dentro de la cabina pesa más que el cansancio.
Me duele el pecho cada vez que levanto la vista y me encuentro con los ojos de Jackson en el retrovisor.
Me sostiene la mirada apenas un instante antes de apartarla, pero es suficiente para entender lo que pasa por su cabeza.
Cree que mi silencio en el pasillo de la clínica era una manera de alejarme. Cree que estoy buscando una salida.
Ahora mismo debe de estar preguntándose si no tuvo razón desde el principio, aquella primera vez que me llamó groupie a la cara.
Y lo peor es que entiendo por qué puede pensarlo.
Después de cómo me aparté de él, parezco exactamente eso: la chica que solo quería una aventura con un vaquero que desaparece cuando las cosas empiezan a ponerse feas.
Sin querer, le estoy dando la razón a hombres como Cody.
No sabe que me aparté porque todavía sentía la boca de Cody en mi cuello y sus manos encima de mí, dejándome una sensación pegajosa que no consigo quitarme de la piel. Ahora mismo no quiero que nadie me toque. Ni siquiera Jackson.
Me obligo a tragar saliva, sintiendo el latido del labio hinchado.
Me gustaría decirle la verdad, pero las consecuencias serían mucho peores que verlo mirarme de este modo; si se lo hubiera contado, el mundo de Jackson se terminaría de hundir y lo último que necesita ahora es cargar con mi dolor además del suyo.
—¿Qué te ha pasado en la mano, Ray? —La voz de Jackson sale apagada, arrastrando las palabras.
Él no se mueve de inmediato. Baja la vista hacia sus nudillos en carne viva, donde la sangre ya se ha secado.
—Le di un puñetazo a la pared de la habitación —suelta sin apartar los ojos del asfalto—. Por la rabia de lo de Trigger. No podía quedarme quieto.
Jackson asiente despacio, aceptando la mentira sin cuestionarla.
Pero entonces, la mirada de Ray sube un centímetro y me busca en el espejo.
Es un segundo, un pacto de sangre y violencia que compartimos a espaldas de Jackson.
Me salvó de algo terrible y ahora los dos le mentimos al hombre que más queremos.
Y sé que acabo de pensarlo en plural: el hombre al que más queremos. Porque es evidente que Ray daría la vida por él. ¿Pero yo? No me había permitido pensar en eso hasta hace unos minutos.
Jackson me gusta, por supuesto. Y no es solo por esa aura de vaquero rudo que ha cumplido cada una de mis fantasías.
Eso se queda en el plano físico, en la piel.
Cuando empecé este viaje con Anne y Lauren, los límites estaban claros.
Íbamos a divertirnos, a asomarnos a este mundo de arena y espuelas para ver qué encontrábamos.
Anne buscaba su propia venganza contra Duke; Lauren… creo que ella está tan perdida como yo.
Las dos buscábamos un refugio, huyendo de algo a lo que tarde o temprano tendremos que mirar de frente: esa vida adulta, previsible y responsable que nos espera al volver.
Quizás éramos las que menos claro teníamos el objetivo, pero las que más necesitábamos el viaje.
La idea era simple: aprovechar el momento, acostarnos con un vaquero y volver a casa con una historia que contar.
Lauren me lo advirtió y cada una de sus palabras empieza a hacerse realidad.
Hasta ayer, antes de que el accidente lo borrara todo, solo éramos dos vaqueros y una chica persiguiendo la final en Las Vegas, alimentándonos del riesgo y de la velocidad.
La otra noche, Jackson me llevó a ver las luces de la ciudad desde el borde de Palo Duro Canyon.
No hubo restaurantes ni camareros; solo nosotros, el silencio del desierto y una manta extendida sobre el capó de la camioneta.
Había comprado unas cervezas frías y algo de cena en un puesto de carretera, pero lo que menos me importaba era la comida.
Me acuerdo de cómo me rodeaba con el brazo, pegándome a su costado para protegerme del viento racheado de Amarillo.
Recuerdo su olor a jabón de coco y a ese cuero desgastado que siempre lo acompaña.
Allí arriba, bajo un cielo tan negro que las estrellas parecían estar al alcance de la mano, Jackson dejó, una vez más, de ser el vaquero duro que se juega la vida sobre un toro.
Me habló de cómo los tonos rojizos del cañón le recordaban a los atardeceres en su rancho y de que ese era el único sitio donde sentía que el mundo por fin se quedaba callado.
Por un momento, me parecía que era la única mujer sobre la Tierra. Me besó despacio, sin prisas, recorriéndome la boca una y otra vez mientras el viento nos golpeaba la manta y yo terminaba medio sentada encima de él, riéndome cada vez que intentaba taparme las piernas.
Después, en la habitación del motel, todo rastro de calma desapareció.
Fue distinto a la urgencia de otras veces.
Con Jackson cada encuentro parece descubrir algo nuevo de mí.
Recuerdo cómo me empujó contra la puerta en cuanto entramos, con nuestras risas todavía mezcladas con el sabor del vino barato.
Sus manos me recorrían con esa seguridad brusca que consigue desarmarme sin hacerme daño, como si conociera exactamente hasta dónde empujarme.
Me plantó frente al espejo, de espaldas a él, obligándome a mirar. No hubo rodeos. Me subió el vestido hasta dejarlo arrugado en la cintura y me bajó las bragas de un tirón, sujetándome por las caderas mientras sus dedos se marcaban contra mi piel.
—Mírate —me soltó al oído, mientras bajaba la mano entre mis piernas—. Mira lo bien que te queda mi mano ahí.
Recuerdo perfectamente lo que sentí en ese momento.
Sus dedos moviéndose despacio entre mis piernas. El peso de su cuerpo detrás del mío. La manera en que me sujetaba mientras yo buscaba su mirada en el espejo, perdiendo el control poco a poco, empujándome contra él para pedirle más.
Me llevó a la cama y se quitó la ropa con una urgencia torpe, impaciente, incapaz de esperar demasiado.
Me sentó sobre él y sentí la dureza de su cuerpo bajo mis manos mientras intentaba mantener el equilibrio.
La forma en que me mira cuando follamos, tan directa, sin esconder nada, sigue siendo algo a lo que no termino de acostumbrarme.
Me agarró de los muslos con fuerza mientras movía la cadera hacia arriba, buscando exactamente el ritmo que me hacía jadear contra su boca, y después me besó rápido, húmedo, apenas unos segundos antes de volver a mirarme.
—Ahora me vas a montar, Sheryl —sentenció, con la voz grave por el deseo—. Como yo quiero y como tú necesitas.
Y lo hice. Lo monté hasta quedarme sin fuerzas, hasta que el cuarto entero se llenó del ruido del colchón moviéndose y de nuestras respiraciones chocando en mitad de la oscuridad.
Pero ahora todo eso parece lejano, casi borroso. Intento aferrarme a esos recuerdos, a su piel y a su voz, pero no puedo evitar que se mezclen con lo que viví hace unas horas en ese mismo motel, con un protagonista diferente.
Cierro los ojos y el rostro de Jackson desaparece; en su lugar, solo puedo ver la cara de Cody Miller.
El silencio en la camioneta no me ayuda, y las miradas de reojo de Ray por el espejo tampoco.
Siento que el secreto me está asfixiando, cavando una distancia entre Jackson y yo que no sé cómo voy a cruzar.
Me froto los brazos, pero no es por el frío.
Es esa sensación de suciedad que se me ha quedado pegada a la piel y que no sé si el jabón podrá quitar alguna vez.
El aire acondicionado me golpea con fuerza, dejándome helada, pero no me sale la voz para pedir que lo bajen.
El ambiente en la camioneta está tan cargado que siento que, si abro la boca para decir cualquier cosa, todo va a saltar por los aires.
Me quedo mirando la nuca de Jackson, su perfil recortado contra las luces de la carretera.
Está ahí mismo, a un palmo de mí, pero el silencio que nos separa cuenta más que los kilómetros que nos quedan hasta Waco.
Duele ver cómo evita mi reflejo en el espejo, convencido de que soy la chica superficial que él imaginó el primer día.
No sabe que, si no lo toco, si no me acerco, es porque me siento rota.
Hace apenas unas horas todavía era capaz de perderme entre sus manos sin pensar en nada más. Besarlo. Reírme con él. Dejar que me mirara de esa manera que siempre consigue hacerme olvidar todo lo demás. Y ahora soy incapaz incluso de soportar que me roce.
Todo se ha mezclado demasiado rápido.
El motel. Los gritos. El accidente de Trigger. Cody.
Ray me busca otra vez por el retrovisor.
Sus ojos me recuerdan que ahora compartimos un secreto violento y que Jackson es el único que sigue a oscuras.
Me siento atrapada entre los dos, escuchando el ruido constante de la carretera y el silencio cada vez más pesado que llena la camioneta.
Jackson aprieta el volante sin mirar atrás ni una sola vez, y esa distancia me duele mucho más de lo que esperaba.
Me abrazo a mí misma, encogida en el asiento, deseando que el viaje a Waco no termine nunca o que termine de una vez para siempre.