Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 32
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JACKSON

Tengo la vista fija en el suelo cuando escucho abrirse la puerta de la clínica.

Sheryl y Ray aparecen juntos, y algo en la imagen me hace incorporarme al instante. Ray lleva una mano apoyada en su espalda, un gesto que retira enseguida en cuanto se da cuenta de que los estoy mirando.

Entonces Sheryl se lleva los dedos a la boca y lo veo.

Tiene el labio inferior hinchado y una marca rojiza que no estaba ahí cuando salió.

El pulso se me dispara.

—¿Qué ha pasado? —me levanto de golpe y le sujeto la cara para verla mejor—. ¡Ray!

—No ha pasado nada —se adelanta Sheryl demasiado rápido—. Soy un desastre y me he chocado con el marco de la puerta. Las prisas.

—Vaya… lo siento —murmuro, aunque algo no termina de encajarme.

La tensión entre ellos es rara. Distinta.

Ray no dice absolutamente nada. Se queda mirándola un segundo antes de clavar la vista en mí, como si estuviera debatiéndose entre hablar o callarse. Al final deja la bolsa con la ropa limpia sobre el asiento y se marcha hacia la máquina expendedora del pasillo.

—¿Queréis algo? —pregunta de espaldas. Después gira apenas la cabeza hacia ella—. ¿Sheryl?

—No, nada. Gracias, Ray.

Estoy a punto de exigirles que me digan qué coño está pasando. Hace una hora Ray apenas soportaba mirarla y ahora se mueve a su alrededor como si fuera de cristal.

Pero antes de que pueda abrir la boca, el móvil de Sheryl vibra entre sus manos.

Ella mira la pantalla y luego levanta la vista hacia mí.

—Es Billy.

Se aleja y el silencio vuelve a quedarse flotando en el pasillo.

Lo que sigue es una avalancha de términos médicos, porcentajes y nombres de procedimientos que apenas entiendo.

Ray y yo nos quedamos quietos, escuchando a Sheryl hablar por teléfono mientras esperamos a que, en algún momento, deje de sonar como otro idioma y nos traduzca qué coño significa todo eso para Trigger.

Cuando por fin cuelga, tiene los ojos encendidos.

—Ya está —dice acercándose a nosotros con una energía distinta—. Billy ha hablado con sus jefes. Han visto las placas y creen que puede recuperarse. Quieren llevarlo a su clínica de Waco y operar allí. También se encargarían de toda la rehabilitación si decidís trasladarlo.

Nos mira a los dos, pendiente de nuestra reacción.

—Va a ser caro —añade—, pero son de los mejores que hay en Texas. Billy puede mover ahora mismo un transporte especializado. Si os parece bien, yo me encargo del papeleo aquí.

—Hazlo —respondo al instante.

A mi lado, Ray asiente sin dudar. El dinero ahora mismo es lo de menos.

—De acuerdo. El transporte tardará un poco en llegar —continúa Sheryl—. Voy a hablar con los veterinarios para dejar preparado todo el historial clínico.

Ray vuelve a asentir. Después se ajusta el ala del sombrero y fija la vista al fondo del pasillo, evitando mirarme directamente.

—Yo me voy al motel —dice al cabo de unos segundos—. Recogeré las cosas, prepararé la camioneta y pasaré a por Dixie. Estaré de vuelta antes de que llegue el transporte.

Me quedo observándolo mientras se aleja.

Me siento completamente inútil. Sucio. Bloqueado.

Ellos, en cambio, parecen tener claro qué hacer a cada segundo.

Durante un instante, la sensación de frustración por no poder hacer nada más que esperar me arrastran diez años atrás, a la noche en que el sheriff nos llevó al hospital después del accidente.

Recuerdo aquellos pasillos fríos, el tráfico constante de personas y sanitarios y la forma en que un médico terminó acercándose para decirnos que nuestros padres no habían sobrevivido.

Aquel día el shock me dejó fuera de mí durante horas.

Y ahora la sensación es exactamente la misma.

Sheryl me pone una mano en el brazo y el contacto me devuelve al presente.

—Ve a asearte, Jackson. Necesitas quitarte todo ese polvo de encima. Estaré aquí cuando salgas.

Asiento sin discutir. Cojo la bolsa con la ropa limpia y camino hacia los aseos mientras escucho de fondo la voz de Sheryl hablando otra vez con los veterinarios.

El espejo me devuelve una imagen que apenas reconozco. Tengo la cara manchada de barro, el pelo pegado a la frente y la camisa endurecida por el rastro de sangre seca que dejó el corte de la monta.

Me quito la ropa y la dejo caer al fondo de la papelera, como si deshacerme de ella pudiera aliviar aunque fuera una parte de este día.

Abro el grifo y me lavo con fuerza, frotándome la piel hasta hacerme daño, intentando arrancarme de encima el polvo, el olor de la arena y todo lo que ha pasado hoy.

Cuando salgo, Sheryl ya lo tiene todo preparado. Las placas de Trigger, las ecografías y los informes descansan ordenados sobre una carpeta azul que sostiene contra el pecho.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto. Mi voz suena demasiado frágil en medio de este pasillo vacío.

—Esperar —responde ella sin apartar la vista de los papeles—. Ray volverá enseguida y el transporte no debería tardar más de una hora.

Niego despacio con la cabeza.

—Me refiero a qué vamos a hacer ahora… nosotros, Sheryl.

El silencio que cae entre los dos pesa más que todo lo anterior.

No hemos hablado de esto. Hemos pasado nueve días encerrados en una especie de burbuja, saltando de ciudad en ciudad, viviendo entre arenas, moteles y carreteras interminables.

Hemos bailado en honky-tonks perdidos en mitad de Texas, paseado a los caballos bajo las estrellas y hemos hecho el amor cada noche como si el tiempo no existiera.

Porque sí, en mi corazón dejó de ser solo sexo.

Cada vez que me sonríe siento algo parecido a ver amanecer sobre las colinas de Erath County después de una noche de tormenta. Pero nunca hemos tenido la conversación que llevo días evitando.

Qué va a pasar cuando esto termine.

Cuando ella tenga que volver a Texas City y yo al rancho.

Los acontecimientos recientes lo han precipitado todo. Por eso necesito saberlo y por eso he lanzado la pregunta. Ahora ya no hay marcha atrás.

—¿A qué te refieres? —me pregunta.

Veo la duda en su cara, pero no termino de creérmela. Sabe exactamente de lo que hablo. Sabe que estoy preguntando qué va a pasar con nosotros.

—No estoy preparado para despedirme de ti —digo en voz baja, asegurándome de que me escuche—. Creía que teníamos tiempo, pero ahora… no sé.

—Lo primero es salvar a Trigger, ¿no? —Su voz suena extraña—. Lo otro puede esperar.

Por supuesto que lo primero es el caballo, pero su respuesta me deja mal cuerpo. Evita mirarme y, por primera vez desde que llegamos aquí, tengo la sensación de que ella ya ha empezado a asumir el final mientras yo sigo intentando agarrarme a esto con las dos manos.

—¿Lo otro? —insisto—. ¿Con lo otro te refieres a nosotros, Sheryl?

Ella empieza a caminar por la sala de espera, frotándose los brazos desnudos aunque dentro hace calor. La observo unos segundos antes de acercarme. El golpe empieza a notársele de verdad: el labio hinchado, la marca rojiza en el pómulo, el pelo revuelto cayéndole sobre la cara.

—Déjame ver ese labio —le digo. Le toco la barbilla con suavidad para que me mire—. Te has dado un buen golpe. ¿Te duele?

—Un poco —susurra—. Se me pasará.

Tengo ganas de besarla y eso solo consigue hacerme sentir peor. Trigger puede perder la pata, mi mundo entero es un caos y, a pesar de todo, no dejo de fijarme en su boca, en cómo intenta aparentar que está bien cuando tiene los ojos llenos de cansancio.

Al final me limito a abrazarla y entierro la cara en su cuello. Su pelo me roza la mejilla, suave, desordenado después de todo lo que ha pasado, y durante unos segundos consigo olvidarme de dónde estamos. Me quedo quieto, sujetándola contra mí, hasta que noto cómo se tensa.

Después se aparta.

No lo hace con brusquedad, pero tampoco duda.

—¿He hecho algo? —pregunto—. ¿Es por esto? ¿Porque he sacado el tema? Quieres acabar con lo nuestro.

—Jackson, no creo que sea el momento de hablarlo.

—¿Y cuándo quieres hacerlo? —Le clavo la mirada—. ¿Cuando vuelvas a Texas City y yo a mi rancho? ¿Cuando estemos a siete horas de distancia?

—Primero vamos a salir de aquí —dice ella—. Iremos a Waco y… ya tendremos tiempo.

No quiero presionarla. No quiero convertir esto en una discusión dentro de una clínica veterinaria, pero cuando intento besarla y vuelve a apartar la cara antes de que llegue a tocarla, noto cómo algo dentro de mí se hunde despacio.

Empiezo a sentirme ridículo por haber pensado que esto podía convertirse en algo real fuera del circuito. Que habría un después para nosotros cuando terminara el verano, cuando dejáramos atrás las gradas, la arena y los moteles al borde de la carretera.

Tal vez para ella solo he sido eso: una historia breve lejos de casa, un vaquero con el que acostarse antes de volver a su vida normal.

Y lo peor es que, después de todo, quizá no me equivoqué al juzgarla la primera vez.