31 #2
Me tapa la boca con la palma de la mano.
Me aplasta contra su pecho y me obliga a tragar su aliento a whisky .
La rabia me nubla la vista. Forcejeo, intento zafarme, pero es inútil; no es un tipo enorme, pero es puro músculo, acostumbrado a aguantar encima de animales de mil kilos.
Todos mis esfuerzos por soltarme de su agarre son inútiles y me tiene a su merced.
Siento el peso de su cuerpo anulando cada uno de mis movimientos.
—Ahora elige, y ni se te ocurra gritar o te parto la boca —amenaza. Me suelta el pelo, pero me hunde los pulgares en las clavículas, fijándome contra la pared—. ¿Me oyes?
Me mira con un odio que no entiendo. No hay deseo en sus ojos; es algo mucho más oscuro.
Es esa arrogancia de campeón que cree que puede cobrarse lo que quiera por el simple hecho de ser él.
Suelta una mano para desabrocharse el cinturón y los pantalones le caen a los tobillos.
Es su error. En ese segundo, mi cerebro registra la distancia: la puerta está ahí, a tres pasos.
Si consigo quitarme de encima su peso antes de que vuelva a sujetarme, puedo llegar. Solo necesito un hueco.
—Elige, puta —insiste—. ¿La uno o la dos?
Aprovecho que tiene los pantalones atrapándole las piernas y me lanzo contra él con toda la fuerza que encuentro.
Pero es como chocar contra una pared.
Ni siquiera retrocede.
Me agarra del pelo otra vez, esta vez con más violencia, y tira de mí hacia atrás con una rabia que me hace soltar un gemido de dolor. Intento gritar y entonces me golpea.
La bofetada me cruza la cara con tanta fuerza que la cabeza me estalla hacia un lado. Todo se desenfoca durante un instante. El zumbido me llena los oídos y noto el sabor inmediato de la sangre bajándome por la boca.
Caigo sobre el colchón con tanta fuerza que el aire se me escapa de los pulmones y quedo boca abajo, hundida en la colcha revuelta mientras intento recuperar el aliento. El mareo me emborrona la vista y apenas tengo tiempo de reaccionar antes de notar a Cody abalanzándose sobre mí otra vez.
Su peso me aplasta contra la cama, inmovilizándome mientras forcejea con el botón de mis vaqueros para arrancármelos. Intento revolverme, empujarlo o buscar apoyo con las piernas, pero cada movimiento suyo me hunde más contra el colchón.
—No sabes cómo me alegro de que hayas elegido esta opción —susurra contra mi cuello.
Noto el roce húmedo de su lengua recorriéndome la piel y el aliento cargado de whisky golpeándome la nuca. El asco me revuelve el estómago.
—Estoy deseando follarte así desde que te vi.
El sonido metálico de su cremallera bajando me atraviesa el cuerpo como una descarga de pánico, y justo después la puerta revienta contra la pared con un estruendo que hace temblar toda la habitación.
La presión desaparece de golpe.
Durante un segundo todo ocurre demasiado rápido para que mi cabeza consiga seguirlo. Escucho insultos, el choque brutal de dos cuerpos y después el sonido seco de los golpes reventando contra carne y hueso.
Consigo girar la cabeza lo suficiente para ver a Ray descargando toda su rabia sobre él.
Cody está en el suelo, completamente desbordado por la violencia con la que Ray se le ha echado encima.
La sangre empieza a brotarle enseguida de la nariz y de la boca mientras intenta cubrirse sin éxito.
Cada puñetazo le sacude el cuerpo contra el suelo y la pared, moviéndolo más por la fuerza de los impactos que por resistencia propia.
Ray no se detiene.
Parece fuera de sí.
—¡Hijo de puta! —escupe entre golpe y golpe—. ¡Eres un puto cerdo!
Los gritos llenan el cuarto mientras sigo paralizada sobre la cama, con el labio partido, la cabeza zumbándome y el cuerpo todavía atrapado en el miedo. Una parte de mí quiere que Ray continúe, que le destroce por haberme puesto las manos encima.
Pero entonces veo que Cody apenas se mueve ya.
Y entiendo que, si nadie lo frena, esto va a terminar mucho peor.
No sé de dónde saco fuerzas para incorporarme porque me tiemblan las piernas y apenas consigo mantener el equilibrio. Sin embargo, logro acercarme a ellos tambaleándome.
—Ray, ¡para! —le suplico con la voz rota—. Déjalo… deja que se vaya.
Consigo que se detenga. Cody queda en el suelo, encogido sobre sí mismo mientras balbucea entre arcadas y se cubre la cara con los antebrazos. Ray lo observa desde arriba con el pecho subiendo y bajando a golpes, todavía fuera de sí.
Le ordena que se largue y Cody consigue levantarse a duras penas.
Sale de la habitación doblado sobre sí mismo, arrastrando los pies por el pasillo. Ray no se mueve; se queda entre la puerta y yo, firme, por si Cody intenta volver. Solo cuando el sonido de sus pasos desaparece del todo, se gira hacia mí.
Tiene la cara desencajada y las manos le tiemblan.
—Dios, Sheryl… —Se acerca atropelladamente—. Vamos al hospital. Lo siento. ¿Estás…? ¿Él te ha…?
Se le rompe la frase en la garganta mientras me recorre con la mirada buscando marcas.
—No —consigo soltar entre sollozos—. Has… has llegado a tiempo.
—Ese hijo de puta… —Se pasa la mano por el pelo, desesperado—. Hay que denunciarlo. Ese cerdo no puede… Vamos al hospital, ahora mismo.
Pero yo no quiero hospitales. No quiero médicos ni policías haciéndome repetir esto una y otra vez.
Ahora mismo solo quiero que todo se detenga.
—Ray… gracias por volver.
Él se queda quieto. Niega con la cabeza y retrocede un paso, incapaz de sostenerme la mirada. Se pasa la mano por la nuca y entonces veo que tiene los nudillos abiertos y llenos de sangre.
—No me des las gracias —dice con la voz tomada—. No después de cómo me he comportado contigo ahí fuera. Si llego a tardar un poco más… He oído un grito cuando volvía para decirte que te dieras prisa, pero podría haberme quedado abajo. Podría no haber subido y entonces…
Se interrumpe. Se acerca otra vez y, con una mano que todavía le tiembla, me aparta el pelo de la cara para mirar el golpe.
Intento cerrarme la blusa y noto la manga desgarrada colgando del hombro.
—Estoy bien —miento, aunque la mandíbula me tiembla—. Es solo un golpe. Me sangra un poco el labio, nada más.
—Tenemos que ir a la policía —insiste él, clavando la vista en mi boca hinchada.
—¿A la policía? Ni lo pienses.
—¿Cómo que ni lo piense? Ha intentado violarte, Sheryl. Eso es una agresión. Ese hijo de puta…
—Escúchame. Cody es una institución en esta ciudad y va directo al título. ¿Y yo quién soy? Una turista que apareció aquí hace diez días. Me van a freír a preguntas y terminarán protegiéndolo a él.
—De eso nada —insiste—. Yo lo he visto todo. Mi palabra…
—Tu palabra no vale una mierda, Ray. Dirán que quieres quitarte de encima al favorito. Y de mí dirán que soy otra de esas tías que vienen a los rodeos buscando líos y que luego se arrepienten.
Ray intenta hablar, pero le corto el aire con la mirada.
—No me digas que no, porque tú mismo has pensado eso de cada mujer con la que te has acostado en estos años. Hasta Jackson y tú nos habéis visto siempre así: como un desahogo después de la competición. Sabes perfectamente cómo funciona este mundo.
Veo cómo se tensa, incómodo, porque sabe que estoy tocando donde duele.
—Si denunciamos, el sheriff dirá que fue un malentendido o una pelea entre borrachos —continúo—.
Y el resto pensará que solo quiero sacarle dinero al futuro campeón.
Para esta gente yo soy la turista problemática y Cody Miller el puto héroe local.
No hay más. Y luego está Jackson. ¿Qué crees que hará si se entera?
Ray se queda mudo. Su nombre se queda flotando entre nosotros.
—Irá a por él —sentencio—. Y tú y yo sabemos que no se va a quedar en un par de puñetazos. Lo va a matar y acabará en la cárcel. Lo sabes.