31
SHERYL
El trayecto hasta el motel transcurre envuelto en un silencio espeso que parece ocupar toda la cabina. Ray conduce con las manos tensas y los hombros erguidos, mientras mantiene la vista fija en la carretera, como si apartarla un segundo fuera a hacerlo perder el control.
No me mira ni una sola vez.
Aun así, la tensión dentro de la camioneta resulta casi insoportable. El polvo de Amarillo sigue pegado a nuestra ropa, mezclado con el cansancio, el miedo y algo mucho más incómodo que lleva demasiado rato creciendo entre nosotros.
Sé que tarde o temprano va a explotar.
Y, sinceramente, prefiero que lo haga ya.
—Ray, yo…
—Tú tienes la culpa.
La frase cae sin adornos, sin elevar siquiera la voz, y precisamente por eso me golpea más fuerte que un grito.
—¿La culpa de qué? —pregunto intentando mantener la calma mientras observo su perfil rígido bajo las luces de la carretera—. Lo de hoy ha sido un accidente. La pista estaba fatal y Jackson ya venía tocado desde la caída del toro…
—Cállate —me corta sin apartar los ojos del asfalto. Se le marca un músculo en la mandíbula mientras aprieta todavía más el volante—. Jackson y yo éramos el mejor equipo del estado. Todo funcionaba perfectamente antes de que aparecieras tú con tus ideas de ciudad y le llenaras la cabeza de mierda.
Noto cómo se me calienta la sangre al instante.
—Ahora quiere dejarlo todo —continúa—. Quiere abandonar el circuito, volver al rancho y tirar años de carrera a la basura como si nada. Y todo empezó cuando tú te subiste a la camioneta. Así que sí, es culpa tuya.
Respiro hondo y giro la cabeza hacia él, incapaz de seguir tragándome sus palabras en silencio.
Sabía que nunca le había gustado mi presencia. Lo he notado desde el primer día. Pero una cosa es soportar sus malas caras y otra muy distinta permitir que me convierta en la responsable de decisiones que Jackson llevaba tomando mucho antes de conocerme.
Ray sigue conduciendo como si estuviera hablando de algo que tiene clarísimo dentro de la cabeza y yo fuera una especie de intrusa que ha entrado en su vida para romper algo que llevaba años funcionando.
Y eso me enfurece todavía más.
—Deberías hablar con él antes de sacar conclusiones, Ray. Yo no he tenido nada que ver en esa decisión.
—Ya he hablado con él —responde, y esta vez sí gira la cabeza hacia mí.
La mirada que me dedica está cargada de un desprecio tan frío que consigue hacerme sentir fuera de lugar incluso dentro de la camioneta—.
Me ha dicho que este es nuestro último rodeo.
Que se acabó. Y sé perfectamente que esa idea no ha salido de su cabeza, sino de la tuya.
—Pues te equivocas —replico, aguantándole la mirada—. Jackson me dijo hace unos días que llevaba tiempo pensando en dejarlo. Mucho antes de conocerme. Siento que no hayáis hablado de esto antes, pero no puedes convertirme en la culpable de vuestros problemas.
Ray se ríe entre dientes, aunque sus ojos siguen completamente serios
—¿Y casualmente te lo contó a ti? No me lo creo. Antes de que aparecieras, todo funcionaba. Estábamos en la carretera la mayor parte del año y esta vida era suficiente para él. Era nuestro sueño.
—No, Ray —lo corto antes de que siga—. Era tu sueño. Jackson llevaba años siguiéndote por lealtad, porque siente que te debe algo después de todo lo que habéis pasado juntos. Pero eso no significa que quisiera seguir haciéndolo para siempre. Te lo habría dicho tarde o temprano, conmigo o sin mí.
Ray vuelve la vista hacia la carretera y la conversación muere ahí, aplastada por un silencio todavía más incómodo que el anterior.
—Lo que tú digas —masculla al final, levantando un muro de indiferencia que resulta mucho más hiriente que cualquier insulto.
Cuando llegamos al motel, apaga el motor y se queda unos segundos quieto, con las manos todavía apoyadas sobre el volante. No se gira hacia mí. Simplemente saca la tarjeta magnética de Jackson del bolsillo y me la tiende.
—En la maleta tiene un par de camisas limpias —dice con la vista fija al frente—. Estaré en el bar.
Se baja de la camioneta antes de que pueda responderle nada.
Lo observo alejarse bajo las luces del motel y confirmo algo que ya intuía desde hace días: Ray nunca me vio realmente como parte del equipo. Desde el primer momento fui una intrusa en un mundo que considera suyo.
Nada más entrar en la habitación, la diferencia entre ambos lados salta a la vista.
La cama de Ray está completamente revuelta, llena de ropa tirada y latas vacías. La de Jackson, en cambio, permanece intacta, con las sábanas estiradas de esa forma excesivamente ordenada que parece más propia de alguien que nunca termina de sentirse en casa en ninguna parte.
No la ha usado ni una sola noche desde que acepté acompañarlos.
Aunque mi habitación está apenas unas puertas más allá, Jackson terminaba apareciendo allí cada madrugada. Se metía en mi cama cuando el motel ya estaba en silencio y no se marchaba hasta que empezaba a amanecer sobre el aparcamiento.
Abro su maleta y me pongo a buscar ropa limpia entre las camisetas perfectamente dobladas y los vaqueros gastados que siempre usa para competir. Acabo de sacar un par de camisas cuando escucho unos pasos acercándose por el pasillo.
Un instante después, la puerta se abre.
Me giro pensando que Ray ha cambiado de idea y ha vuelto para seguir descargando su mierda sobre mí mientras recojo las cosas de Jackson, pero la figura que aparece al otro lado me deja helada.
Es Cody Miller.
Lleva el sombrero ladeado, los ojos vidriosos y esa sonrisa arrogante que ya he aprendido a odiar. Incluso desde la otra punta de la habitación me llega el olor a whisky barato mezclado con sudor y tabaco.
Cody empuja la puerta hasta cerrarla a su espalda, pero no avanza más. Se queda ocupando la entrada, apoyado contra el marco, observándome de arriba abajo con una calma que me pone la piel de gallina.
Hay algo en su forma de mirarme que hace que el instinto me grite que me aleje de él cuanto antes.
—Vaya sorpresa —dice al fin, arrastrando las palabras—. He visto la puerta entreabierta y venía a preguntarles a Evans y Powell por su caballito, y mira con lo que me encuentro; con la groupie más sexy de todo Texas.
—Jackson me ha mandado a por ropa. Quítate de la puerta, por favor.
—Uyyy —se burla mientras da un paso más en la habitación—. Además de follártelo, ¿también le haces los recados? Qué eficiente. Puta y chacha al mismo tiempo. Eres toda una joyita, ¿verdad?
La habitación se me hace pequeña de golpe.
Cody avanza sin prisas, recreándose en cada paso, disfrutando de cómo invade mi espacio. Cuando alarga la mano para cogerme un mechón de pelo, aparto la cabeza inmediatamente, sintiendo una punzada de asco.
—Cody, tengo cosas que hacer. Márchate.
—¿Marcharme? Ni hablar. Deberías empezar a mostrar un poco más de respeto al próximo campeón del rodeo —se ríe, acercándose todavía más—.
Además, se me acaba de ocurrir una cosa.
Ahora que tu amigo se ha quedado fuera de las finales…
¿por qué no te vienes conmigo a Las Vegas y pruebas a montar a un vaquero de verdad?
También podrías lavarme los calzoncillos y hacer el pack completo.
Así aprenderías lo que es estar con un hombre de verdad.
—Jackson es mucho más hombre que tú, sin tener que demostrarlo subiendo en un toro —le digo, conteniendo el temblor de rabia que me sube por el pecho—. Lárgate.
Le doy la espalda para cerrar la maleta y terminar de una vez con aquello, aunque una parte de mí ya teme que esto no vaya a acabar bien.
El olor a alcohol me golpea un segundo antes que sus manos.
Sus dedos se hunden en mis caderas y me obliga a echar el cuerpo hacia atrás. El terror me recorre la espalda de arriba abajo. Reacciono antes de pensar, girándome para apartarlo de un manotazo.
—¿Qué coño crees que haces? —le grito—. ¡No me toques!
La expresión de Cody cambia.
La sonrisa desaparece y deja paso a algo mucho más feo.
—¿Y tú quién te has creído que eres, puta? —escupe a centímetros de mi cara.
Se acerca más y me corta el paso antes de que pueda moverme hacia la puerta. Retrocedo por puro instinto hasta que mi espalda golpea la pared junto a la cómoda y la maleta abierta. Cody se planta delante de mí, ocupándolo todo: el aire, la salida, el espacio para respirar.
—Vete ahora mismo, te lo advierto —consigo decir intentando que no se note cómo me tiembla la voz.
Pero el miedo ya me está cerrando el pecho.
Y él lo sabe.
Cody no responde. Da un paso más, me aplasta contra la pared y, antes de que pueda reaccionar, me agarra del pelo.
Tira de mí hacia atrás con tanta fuerza que me obliga a clavar la vista en el techo.
Siento el tirón en el cuero cabelludo y el cuello en tensión, al límite, mientras me arquea la espalda por completo.
El movimiento es tan brusco que siento un latigazo de dolor que me anula y me deja claro que, ahora mismo, él es el único que decide hacia dónde me muevo.
—Mira, puta, te voy a dar dos opciones y tú eliges —me suelta con un desprecio absoluto, con la cara tan pegada a la mía que noto el calor de su aliento contra mi piel—. Una: te quitas la blusa, te arrodillas y me la chupas hasta que me corra en tu puta cara.
Aprieta el agarre y tira de mí hacia abajo hasta que mis rodillas golpean el suelo. Intento gritar, pero apenas abro la boca me cruza la cara de un manotazo.
El golpe me revienta el labio contra los dientes. La cabeza me zumba al instante y noto el sabor de la sangre llenándome la boca.
—Dos —continúa—: te arranco la ropa, te pongo a cuatro patas y te reviento ese culito de universitaria. Elige.