Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 30 #2
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—Claro que sí —me corta—. Nadie tiene tu mano para trabajar un animal como tú. Comprarás uno joven, lo prepararás desde cero y volveremos más fuertes. Y Trigger seguirá ahí. Nos dará potros igual de buenos y todo esto acabará siendo una historia de mierda más para contar dentro de unos años.

Intenta incluso reírse un poco, pero la carcajada le sale vacía, forzada, y se queda suspendida entre nosotros como algo roto.

Me mira esperando que le siga la corriente, como si esto fuera solo otro golpe del camino y no el final de algo mucho más grande.

Entonces respiro hondo y lo suelto.

—No, Ray. Este ha sido mi último rodeo.

La risa se le apaga poco a poco. Inclina la cabeza y me estudia la cara como si estuviera intentando encontrar el truco detrás de lo que acabo de decir.

—¿De qué estás hablando?

—Esta iba a ser mi última temporada —respondo al fin—. Pensaba decírtelo después de Las Vegas. Ganáramos o no, ahí terminaba todo para mí.

Ray se queda quieto unos segundos, procesándolo.

—¿Por qué? —pregunta, y la voz se le vuelve más baja, cargada de una tensión que se nota incluso en la forma en que se le tensa la cara—. ¿Qué coño estás diciendo, Jackson?

—Lo que has oído.

Las palabras salen sin fuerza, pero también sin vuelta atrás. Llevo meses tragándome esto y ahora que por fin lo estoy soltando noto el cansancio acumulado encima del cuerpo, como si todo este tiempo hubiera estado sosteniendo algo demasiado pesado para mí solo.

Ray da un paso hacia mí hasta que casi nos tocamos pecho con pecho.

—No puedes hablar en serio. ¿Es por ella? ¿Es por esa chica?

—No tiene nada que ver con Sheryl.

Y mientras lo digo, la culpa me muerde por dentro.

No por querer marcharme, sino por haber callado tanto tiempo mientras él seguía haciendo planes para futuras temporadas, hablando de finales y de kilómetros como si nada fuera a cambiar nunca.

Quizá tendría que haber hablado antes. Quizá, si no hubiera esperado hasta Amarillo para abrir la boca, Trigger no estaría ahora mismo detrás de ese cristal.

—Claro que es por ella —insiste Ray, cada vez más alterado—. Maldita sea, Jack, llevas tres días actuando como si…

—Llevo años queriendo dejarlo —lo corto antes de que siga—. Te seguí en este sueño hasta vaciarme por completo y ahora necesito pensar en el mío.

Ray ahora me mira con expresión de desconcierto.

—¿Y cuál es exactamente tu sueño? ¿Jugar a las casitas en un rancho?

—Ya sabes perfectamente lo que quiero —respondo, notando cómo la tensión me aprieta las costillas—.

Quiero volver al rancho, trabajar con caballos, dedicarme al reining y a la cría.

Quiero entrenar animales para otros, ponerlos a punto y levantar algo que sea mío de verdad.

Estoy cansado de cruzar medio país para dormir en moteles de mierda y seguir jugándome la vida cada vez que me subo a un toro.

Ray retrocede un paso despacio y me recorre de arriba abajo con la mirada. Ya no parece enfadado; parece completamente descolocado, como si acabara de darse cuenta de que lleva demasiado tiempo viajando al lado de alguien que ya no reconoce del todo.

Y eso me golpea más que cualquier caída.

En ese momento Sheryl reaparece al fondo del pasillo con el móvil todavía en la mano. Se detiene en cuanto percibe la tensión entre nosotros y alterna la mirada entre Ray y yo, intentando entender qué acaba de pasar mientras el silencio vuelve a instalarse alrededor.

—Ya está —dice recuperando el aliento—. Le he enviado todas las pruebas a Billy. Va a enseñárselas a los cirujanos en cuanto terminen con una urgencia.

Ray no responde. Ni siquiera gira la cabeza hacia ella. Sigue quieto en mitad del pasillo, con la mirada perdida en la pared, como si todavía estuviera intentando asumir que algo acaba de romperse entre nosotros para siempre.

—Gracias —le digo a Sheryl. Ahora mismo cualquier posibilidad, por pequeña que sea, me basta para agarrarme a ella.

Bajo la vista hacia mis manos. Todavía tengo tierra de la arena metida bajo las uñas y el sudor seco pegado a la piel después de horas respirando polvo y adrenalina. Me siento agotado, sucio y vacío.

—No quiero moverme de aquí por si los veterinarios salen con algo nuevo —digo mientras me paso la mano por la camisa sucia—. ¿Podéis traerme ropa limpia y la cartera del motel?

—Yo también tengo que recoger algunas cosas —interviene Sheryl mientras se acerca y me pone una mano sobre el hombro—. Iremos juntos. No tardaremos nada, Jackson.

Se inclina hacia mí y me deja un beso corto en los labios. Apenas dura un segundo, pero noto cómo algo dentro del pecho se afloja un poco al sentirla cerca.

Ray tarda un instante en reaccionar.

Se queda quieto, mirando hacia otro lado antes de darse media vuelta sin decir una palabra. Escucho el eco de las espuelas alejándose por el pasillo y después el sonido de las puertas automáticas abriéndose hacia el exterior.

Sheryl me sostiene la mirada un momento más, como queriendo asegurarse de que no voy a venirme abajo en cuanto me quede solo, y luego termina siguiendo a Ray fuera de la clínica.

Cuando desaparecen, vuelvo a dejarme caer en el asiento de plástico.

El pasillo recupera ese silencio incómodo lleno de fluorescentes zumbando, pitidos lejanos y olor a desinfectante. Me quedo mirando al frente, con la ropa todavía cubierta de polvo de Amarillo y la cabeza atrapada en la misma idea una y otra vez.

Solo espero que ese amigo de Sheryl nos dé algún motivo para no perder la esperanza con Trigger.