Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 30
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JACKSON

El silencio de la clínica me está machacando.

Hace menos de una hora estaba en mitad del ruido de la arena, con la megafonía rugiendo sobre nuestras cabezas y miles de personas gritando en las gradas del Amarillo National Center.

Pasar de eso a este pasillo lleno de luces blancas, fluorescentes zumbando y máquinas pitando de fondo me resulta insoportable.

Apesto a sudor, a tierra del Panhandle y a esa mezcla de sangre y polvo que se te queda pegada a la piel después de una mala caída.

Me apoyo contra la pared intentando ignorar cómo empiezan a despertarse los golpes bajo la ropa. Las costillas me laten, el hombro me arde y noto la cabeza espesa por el impacto contra la arena, pero el dolor físico ahora mismo me importa una mierda.

Solo miro hacia el box de urgencias.

Trigger está ahí dentro, bajo una luz blanca que le apaga por completo ese tono arena del pelaje que siempre parecía brillar bajo el sol. Verlo así me revuelve el estómago.

Siempre ha sido un animal nervioso, rápido, de los que clavan las patas y cambian de dirección antes siquiera de que tú termines de pensarlo.

Nunca regalaba nada. Tenías que ganarte cada maniobra con él, cada giro, cada arrancada.

Lo he visto responder en las finales más duras con una precisión que parecía imposible para un caballo de su tamaño.

Ahora apenas se mueve.

Tiene las orejas bajas, el cuerpo inmóvil y esa musculatura que siempre parecía cargada de electricidad convertida en un peso muerto sobre la camilla de soporte.

Y verlo así es como mirar una parte de mí hecha pedazos.

He pasado más tiempo con Trigger que con casi cualquier persona de mi vida.

Estuvo conmigo después del accidente, cuando todo se fue a la mierda y apenas podía mantenerme en pie.

Aparte de Ray, fue el único ser vivo que seguía ahí cada mañana, incluso en los días en los que yo no tenía fuerzas ni para hablar.

Por eso no puedo verlo como un simple caballo.

Y tampoco puedo quitarme de la cabeza la misma idea desde que salimos de la arena.

Si hubiera dejado esta vida hace meses, como llevaba tanto tiempo pensando, Trigger estaría ahora mismo pastando tranquilo en mi rancho.

En cambio, está dentro de ese box esperando a que alguien decida si todavía puede seguir viviendo o no.

Ray no deja de recorrer el pasillo de un lado a otro.

Las espuelas golpean el linóleo con un repiqueteo constante que termina metiéndoseme dentro de la cabeza.

No me mira, y casi se lo agradezco, porque sé perfectamente lo que voy a encontrar si cruzamos los ojos: el mismo miedo que yo llevo intentando esconder desde que salimos de la arena.

Él sabe lo que significa Trigger para mí.

Estuvo ahí después del accidente, cuando yo apenas era capaz de entender qué coño hacer con mi vida y Trigger era lo único que seguía manteniéndome en pie.

Para nosotros nunca fue solo un caballo de competición ni una forma de ganar dinero.

Es parte de todo lo que dejamos atrás hace diez años.

El último pedazo intacto de aquella vida.

Sheryl permanece unos metros más allá, junto al cristal de observación, con los brazos cruzados y esa tensión profesional que intenta mantenerla fría.

No se acerca demasiado. No intenta soltar frases vacías ni promesas absurdas y, aunque sé que lo hace para no darme falsas esperanzas, ahora mismo esa prudencia me está matando.

Cada vez que intento buscarle algo en la mirada, se aparta.

—Deja que trabajen —me ha repetido varias veces desde que llegamos—. Necesitan revisar bien las placas y valorar el alcance de la lesión. Hasta entonces no podemos hacer nada.

Pero la paciencia es exactamente lo único que ya no me queda.

No sé cuánto tiempo pasa. El reloj colgado al fondo del pasillo parece avanzar solo para joderme más la cabeza. Cuando por fin se abre la puerta del box, los tres reaccionamos al mismo tiempo.

Los dos veterinarios salen revisando unas placas y varios informes. Ray se queda quieto de golpe y Sheryl se adelanta apenas un paso, pendiente de cada gesto que hacen.

—Lo hemos revisado todo —dice el veterinario más mayor mientras se quita los guantes—. No hay fractura, pero el tendón está completamente destrozado. La lesión es grave y el tejido ha cedido casi por completo.

Siento un vacío seco en el estómago, aunque me obligo a mantenerme firme.

—¿Tiene solución? —pregunto sin apartar los ojos de él—. ¿Se puede operar?

El veterinario duda un segundo antes de responder.

—La cirugía existe, pero es compleja. El postoperatorio sería largo y muy duro para el animal. Hablamos de meses de inmovilización, rehabilitación constante y muchas probabilidades de recaída. Siendo sinceros, para un caballo de rodeo lo habitual en un caso así es no alargar el proceso.

La forma fría en que lo dice me enciende la sangre.

Para él, Trigger ya es un caballo roto. Una inversión que ha dejado de servir.

Antes de que pueda abrir la boca, Ray da un paso al frente.

—Le estamos preguntando si tiene operación, no qué le parece rentable —dice con una voz tan tensa que incluso Sheryl levanta la vista hacia él—. Nos importa una mierda si vuelve a competir. Queremos saber si puede seguir viviendo sin dolor. Eso es lo único que importa.

El veterinario suspira despacio, dándose cuenta de que ninguno de los dos va a aceptar la salida fácil.

—Teóricamente podría intentarse una reconstrucción —admite al fin—, pero aquí no tenemos medios para asumir un caso así.

Necesitaríais trasladarlo a una clínica especializada, probablemente a Dallas o incluso a Denver.

Aun así, no puedo prometeros nada. La recuperación sería muy agresiva y existe la posibilidad de que el caballo no soporte bien el proceso.

—¿Hablan de una tenoplastia con refuerzo sintético?

—La voz de Sheryl corta el silencio del pasillo mientras da un paso hacia los veterinarios, ignorando por completo el tono condescendiente con el que nos han hablado hasta ahora—.

Porque si el daño está localizado en el cuerpo del tendón y no en la inserción, el pronóstico cambia bastante.

El veterinario la mira con sorpresa, claramente desconcertado por la precisión de la pregunta.

—Es una posibilidad —admite al cabo de unos segundos—, pero el postoperatorio seguiría siendo muy duro para el animal.

Sheryl asiente despacio, manteniendo esa calma profesional que a mí ahora mismo me resulta imposible.

Les pide una copia de todas las pruebas y espera a que se alejen antes de hacernos una señal para apartarnos unos metros, hacia una esquina del pasillo donde el zumbido de los fluorescentes parece todavía más fuerte.

Mira las placas otra vez antes de hablar.

—Escuchadme bien. Estos tipos están valorando a Trigger únicamente como un caballo de competición y, siendo sinceros, probablemente tengan razón en una cosa: no creo que vuelva a competir nunca más.

Pero eso no significa necesariamente que haya que sacrificarlo.

Si existe una posibilidad real de que pueda recuperarse y vivir sin dolor, aquí no van a pelear por ella.

Ni siquiera entran a valorar esa opción.

No respondo.

Ray tampoco.

Se queda quieto, con la vista clavada en el suelo. Intenta mantener una expresión fría, pero se le nota afectado. Normalmente cuesta adivinar qué coño pasa por su cabeza, pero ahora mismo no hace falta conocerlo demasiado para entenderlo. Quiere a Trigger casi tanto como yo.

—Tengo un compañero de la facultad trabajando en un hospital equino de Waco —continúa Sheryl mientras desbloquea el móvil—.

Está haciendo la residencia allí y es muy bueno.

Puedo mandarle las placas, los informes y pedirle una segunda opinión.

Quizá conozca alguna clínica dispuesta a intentar la cirugía o algún especialista que quiera asumir el caso.

Ray levanta la cabeza por primera vez.

—Pregúntale —dice con una voz seca, cansada, que apenas parece suya—. Hazlo ya.

Yo solo asiento. No me salen las palabras.

Sheryl se aleja hacia el mostrador para enviar las pruebas y nos deja solos en el pasillo.

El silencio que queda detrás pesa como una losa.

Todo huele a desinfectante y a aire reciclado, y la noticia nos ha dejado ahí plantados, quietos, como si el suelo de esta clínica fuera lo único que todavía nos mantiene en pie.

Ray empieza a caminar de un lado a otro con las manos detrás de la nuca. Da vueltas cortas, tensas, incapaz de quedarse quieto más de dos segundos.

Me dejo caer en uno de los asientos de plástico de la sala de espera, pero el peso que tengo en el pecho no tarda en obligarme a incorporarme otra vez.

—Ray, para ya.

Él ni siquiera me mira. Sigue recorriendo el pasillo como un animal encerrado, ignorándome, como si caminar más rápido pudiera arreglar el tendón de Trigger.

Aprieto los dientes y me levanto. Cada golpe de la caída empieza a pasarme factura ahora que la adrenalina se está apagando. Me duele el costado, el hombro y hasta respirar empieza a resultar incómodo, pero aun así cruzo el pasillo y le pongo una mano en el pecho para frenarlo.

—Lo siento, tío. La he cagado.

Ray me aparta el brazo enseguida.

—¿Qué coño dices? Tú no has cagado nada.

—Sí que lo he hecho —insisto, sintiendo cómo las palabras empiezan a atascarse—. Estábamos a un paso de Las Vegas y ahora todo se ha ido a la mierda.

—Escúchame bien —dice plantándose delante de mí—. Las Vegas me importan una puta mierda ahora mismo.

Lo dice tan rápido que sé que no está pensando; solo está intentando mantenernos a flote.

—Usaremos el dinero de los premios para curar a Trigger. Se acabó. Lo sacaremos adelante y se hará viejo en el rancho contigo. Tendrá una vida de lujo y el año que viene volveremos a competir. Ya encontraremos otro caballo.

Niego despacio con la cabeza.

—No creo que…