Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 29
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SHERYL

El mundo se queda en silencio, como si alguien hubiera apagado de golpe todo el estadio.

Dejo de escuchar la megafonía, el rugido del público e incluso el viento seco del Panhandle golpeando las gradas.

Solo veo el polvo asentándose poco a poco sobre la arena y, en mitad de esa nube marrón, el cuerpo de Jackson tirado en el suelo, doblado sobre sí mismo y completamente indefenso frente a la brutalidad de lo que acaba de pasar.

Miro a Ray. Tiene la cara desencajada mientras observa cómo cuatro asistentes alzan a Jackson en volandas y los jinetes de apoyo arrinconan a Dreadfire junto a los corrales de salida.

—¡Ray! —le grito al verlo completamente bloqueado—. ¿Qué hacemos? ¿A dónde lo llevan?

Lo agarro del brazo y lo zarandeo hasta que parpadea varias veces, saliendo del trance.

—A la zona de triaje —consigue responder antes de echar a correr.

Salimos detrás del personal médico atravesando el recinto casi a empujones. Apenas logro seguirle el ritmo mientras esquivamos mozos de cuadra, fotógrafos y trabajadores que se apartan al vernos pasar. Tengo el corazón golpeándome tan fuerte en la garganta que me cuesta respirar.

Cuando llegamos a la zona de servicio, Jackson ya está tumbado sobre una camilla portátil bajo unos focos blancos que vuelven todavía más gris la mezcla de polvo, sudor y sangre que le cubre la piel.

—¡Jackson! —exclamo con un nudo en la garganta.

Me abro paso entre el personal médico que ya está sobre él, revisándole las pupilas con linternas y palpándole las costillas. Jackson intenta incorporarse mientras una doctora y una enfermera le limpian una brecha en la frente.

—En serio, no es nada. Es solo un puto corte —protesta, forcejeando con ellas.

—Quieto ahí, vaquero —le ordena la doctora, empujándolo contra la camilla—. Quédate quieto o te ato.

—Estoy bien —insiste él, recuperando esa máscara de tipo duro—. Quitadme las manos de encima.

Veo a Ray por el rabillo del ojo y, aunque intenta recomponerse, la calma que aparenta no engaña a nadie. Tiene la cara todavía descompuesta y la tensión grabada en el rostro de alguien que acaba de pasar un miedo de muerte.

—¿Te quieres callar y hacer caso a la doctora? —le espeta con brusquedad, incapaz de contenerse—. Deja que te miren ese puto corte, joder.

Jackson levanta la vista hacia mí y, contra toda lógica, sonríe.

Estira una mano hacia mi cara y me acaricia la mejilla con el pulgar, retirándome las lágrimas despacio. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que noto el roce cálido de sus dedos sobre la piel.

—Ey, tranquilos —dice con una calma irreal, como si no hubiera estado a centímetros de morir aplastado ahí fuera—. Vamos, Ray, dile a Sheryl que esto no ha sido nada. He tenido caídas peores.

—No seas capullo, Jack. Ese toro ha estado a nada de matarte. Te avisé de que…

Ray se corta de golpe.

La frase se le queda atravesada en la garganta y, antes de que pueda terminarla, se da media vuelta y sale de la enfermería de un portazo que hace vibrar las paredes metálicas del módulo.

La doctora aprovecha el silencio para terminar de limpiarle la herida. Le coloca un apósito sobre la brecha de la frente y después le palpa el cuello y las costillas con movimientos firmes antes de ayudarlo a incorporarse despacio en el borde de la camilla.

—No necesitas puntos, con esto bastará, pero el golpe ha sido muy seco. ¿Seguro que no te duele nada, vaquero? —insiste mientras le revisa otra vez el costado.

—No, doctora. Estoy como nuevo. Gracias.

Ella suspira, claramente poco convencida.

—Intenta no hacer demasiados esfuerzos, Jackson —le advierte mientras recoge el instrumental de la bandeja—. El impacto ha sido limpio, pero después de un golpe así el cerebro necesita reposo, aunque tú creas que estás bien.

Jackson se baja de la camilla demasiado rápido y, aunque intenta disimularlo ajustándose el cinturón, noto un pequeño temblor en sus piernas en cuanto apoya el peso sobre ellas.

—En menos de una hora tengo que salir al lazo —dice como si fuera la cosa más normal del mundo.

La doctora y la enfermera intercambian una mirada cargada de escepticismo, de esas de quien ya ha tratado con demasiados tipos como él. La enfermera suspira y niega con la cabeza mientras termina de anotar algo en su ficha.

—Escúchame bien —insiste la doctora, poniéndose frente a él—.

Si decides cometer la estupidez de volver a esa arena, hazlo, pero en cuanto termines quiero que te metas en la cama.

Si notas el más mínimo mareo, si ves borroso o si te entran ganas de vomitar, te vas directo a urgencias al hospital de Amarillo.

No pases por el motel, no esperes a mañana. ¿Está claro?

—Cristalino, doc. Gracias —responde Jackson con una sonrisa forzada, ya caminando hacia la salida sin esperar ni un segundo más.

En cuanto cruza la puerta, se encuentra de frente con Ray. Está apoyado contra la pared metálica, con los brazos cruzados y la mandíbula todavía apretada. El silencio de fuera, roto solo por el silbido del viento contra el hangar, hace que su voz suene más grave de lo normal.

—Si no estás seguro, dejamos el lazo, Jack —suelta Ray sin rodeos. No es una sugerencia; es una salida de emergencia que le está ofreciendo—. Podemos permitirnos perder los puntos de Amarillo. No merece la pena que te partas el cuello por una hebilla.

Jackson se detiene y lo mira fijamente. Se recoloca el sombrero, ocultando el apósito que le brilla en la frente, y endereza la espalda a pesar de que el gesto le arranca una mueca de dolor que intenta camuflar con un carraspeo.

—Estoy bien, Ray. Solo ha sido un revolcón —insiste con esa cabezonería que parece ser su único motor ahora mismo—. No hemos venido hasta aquí para retirarnos por un rasguño. En media hora nos llaman y voy a estar en ese cajón.

Ray me mira a mí. Busca en mis ojos una confirmación, una aliada para detener esta locura, pero al ver que yo también estoy paralizada por la determinación de Jackson, suelta un suspiro pesado y niega con la cabeza.

Sabe, igual que yo, que intentar frenarlo ahora es como intentar parar un tren descarrilado con las manos.

—Eres un maldito suicida —masculla Ray, dándose la vuelta para caminar hacia los establos—. Voy a preparar los arreos. Muévete, antes de que se te enfríe el cuerpo y no puedas ni subirte al estribo.

Llevamos a los caballos hacia la zona de espera mientras el viento de Amarillo sigue levantando polvo alrededor de las patas de Trigger y Dixie.

Los dos animales están inquietos, resoplando más de la cuenta y moviendo las orejas con una tensión que me pone la piel de gallina.

No sé si son capaces de percibir el miedo que hace apenas una hora casi nos paraliza a todos o si simplemente están reaccionando al estado de Jackson, porque él intenta aparentar normalidad, pero cada paso que da tiene una rigidez que duele solo con verla.

Entonces la megafonía estalla sobre el estadio y nos devuelve de golpe al espectáculo.

—¡Y ahora, recibamos con un rugido a los reyes del lazo! —brama el locutor desde los altavoces—. ¡Directos desde Stephenville, la pareja que no conoce el error! ¡Ray-Lee Powell y Jackson Evans!

La grada responde con un rugido ensordecedor que hace vibrar el suelo bajo las botas.

Observo a Jackson subir al estribo y veo perfectamente cómo aprieta los dientes mientras se acomoda sobre la silla con un esfuerzo que le roba el color de la cara.

Ray le lanza una mirada rápida, silenciosa, esa comprobación muda que solo existe entre dos personas que llevan media vida subiéndose juntas a una arena. Después, ambos entran en los cajones.

El silencio que cae justo antes de la salida resulta casi irreal.

La puerta se abre.

El novillo sale disparado y Ray arranca primero, limpio y preciso, moviendo la cuerda con la naturalidad automática de quien lo ha hecho infinidad de veces antes.

Apenas tarda un segundo en lanzar el lazo y enganchar los cuernos mientras Jackson entra detrás espoleando a Trigger para colocarse en posición y cerrar las patas traseras.

Es el momento clave.

El frenado en seco que decide toda la maniobra.

Y entonces el tiempo parece congelarse.

Jackson lanza el lazo, pero está tocado, lento, sin el equilibrio habitual.

El peso cae donde no debe y el tirón para asegurar las patas llega brusco, un instante tarde.

Trigger intenta corregir el fallo de su jinete y compensar la tensión brutal de la soga clavando las patas traseras en la arena traicionera de Amarillo para detenerse.

Y en mitad del estruendo, escucho algo que nadie más parece oír.

Un chasquido.

Seco.

Cruel.

El sonido exacto de algo rompiéndose para siempre.

Trigger lanza un relincho de dolor que me atraviesa el pecho y la pata trasera se le dobla por completo antes de que el caballo se desplome de lado sobre la arena.

Jackson sale despedido de la silla, pero ni siquiera parece notar el golpe.

Se levanta antes de que el polvo termine de asentarse y corre hacia él completamente fuera de sí.

—¡Trigger! ¡No, no, no!

El grito que le sale de la garganta no suena humano. Es un lamento roto que atraviesa el estadio entero y consigue apagar de golpe el ruido de miles de personas.

Salto la valla sin pensarlo.

Cuando llego hasta ellos, Jackson ya está de rodillas sobre la arena abrazando la cabeza de Trigger contra su pecho. El caballo intenta incorporarse desesperadamente y vuelve a caer entre sacudidas, con los ojos abiertos por el terror y el dolor.

—Tranquilo, chico… ya está… ya está… —solloza Jackson con la cara llena de tierra mientras le besa la frente una y otra vez.

Trigger termina apoyando el belfo tembloroso contra su hombro, agotado, rindiéndose al dolor.

Me dejo caer a su lado y pongo la mano sobre la pierna lesionada. En cuanto noto el tendón bajo la piel, se me hunde el estómago.

Está destrozado.

Jackson levanta la cabeza hacia mí buscando otra respuesta, cualquier cosa que no sea lo que ambos acabamos de entender. Tiene la cara cubierta de polvo, sangre seca y lágrimas mezcladas con sudor.

Pero no puedo mentirle.

Y él lo sabe en cuanto me mira.

En este mundo, una lesión así suele significar el final de todo.

El final de competir.

El final de correr.

A veces, algo mucho peor.

—¡Traed la pantalla! ¡Entrad ya!

La orden atraviesa la arena y el personal de pista aparece corriendo con las lonas negras para cubrir la escena mientras la ambulancia equina entra a toda velocidad levantando una nube de tierra detrás de las ruedas.

El estadio entero ha enmudecido de golpe.

No es solo el impacto de ver caer a un caballo en mitad de la competición.

Es algo mucho más profundo. En el mundo del rodeo, cualquiera que haya crecido cerca de una arena sabe perfectamente lo que puede significar una lesión así.

Lo sé yo como veterinaria, lo saben los jinetes y también toda esa gente sentada en las gradas que ahora observa en silencio, con el miedo clavado en la cara, porque una pata rota en un caballo rara vez termina bien.

Ya no se escucha el rugido del público ni la voz del locutor. Solo quedan el motor de la ambulancia, el sonido metálico del equipo médico y la respiración rota de Trigger mezclándose con el viento seco de Amarillo.

Jackson sigue abrazado al cuello del caballo, aferrado a él, como si soltarlo fuera a empeorar todavía más las cosas. No deja de hablarle al oído, susurrándole palabras atropelladas que apenas alcanzo a entender mientras el animal tiembla entero debajo de nosotros.

—Tranquilo, chico… estoy aquí… no te voy a dejar solo…

Trigger resopla con dificultad y vuelve a intentar incorporarse por puro instinto. La pierna lesionada no responde y el esfuerzo le arranca otro relincho ahogado que me revuelve el estómago.

—Jack… —consigo decir tragándome el nudo que tengo en la garganta—. Tienes que soltarlo. Tienen que subirlo ya.

Él niega despacio sin levantar la cabeza. Aprieta los dientes con tanta fuerza que parece que vaya a rompérselos mientras los operarios colocan el arnés y preparan el cabrestante para deslizar al caballo hacia la plataforma.

Y entonces llega la peor parte.

Ver cómo empiezan a moverlo.

Trigger intenta levantarse otra vez, desesperado, sin entender por qué su cuerpo ya no responde como debería. Las patas resbalan sobre la arena y vuelve a desplomarse mientras Jackson lo sujeta como puede para impedir que siga golpeándose contra el suelo.

Nunca había visto a Jackson así. Ni siquiera después de la caída con Dreadfire, cuando el toro estuvo a punto de arrollarlo delante de todo el estadio.

Ahora tiene la cara completamente rota mientras observa cómo inmovilizan a Trigger y terminan de sujetarlo a la plataforma. El caballo sigue respirando rápido, agotado y temblando todavía por el dolor.

Jackson solo se aparta cuando los operarios prácticamente lo obligan a hacerlo.

Se queda de pie en mitad de la arena, cubierto de polvo, sudor y sangre, mirando cómo cierran las puertas de la ambulancia equina sin apartar los ojos de Trigger. Ni mira a las gradas ni parece escuchar el murmullo que empieza a regresar poco a poco al estadio.

Simplemente se queda quieto mientras el vehículo se aleja bajo las luces de Amarillo y el viento sigue levantando tierra alrededor de sus botas.