28
RAY LEE
En cuanto la puerta del cajón se abre, el corazón me da un vuelco.
Todo empieza a salir mal desde el primer segundo.
Dreadfire explota hacia la arena con una violencia salvaje que hace temblar el metal bajo mis botas.
Jackson consigue aguantar el primer envite y trata de asentarse sobre el lomo del animal por puro orgullo, por esa maldita necesidad suya de demostrar algo que nunca ha necesitado demostrarme a mí.
Llevo años diciéndole que deje los toros para quienes sabemos manejarlos, que lo suyo es el lazo y que no tiene nada que demostrar en bull riding .
Pero sé perfectamente por qué sigue haciéndolo.
No es por el dinero, ni por Cody Miller.
Lo hace por ella.
Y eso me revienta todavía más.
Lo veo enseguida: tiene mal colocado el peso y el agarre es una mierda. Va rígido, tarde, con la cabeza en cualquier sitio menos encima del toro, y en este nivel medio segundo de duda es una sentencia de muerte.
Dreadfire gira sobre el hombro izquierdo exactamente igual que hizo conmigo en Houston y, al tercer salto, pasa lo que llevo días temiendo. Un latigazo brutal lo arranca del lomo y Jackson sale despedido por los aires como un muñeco de trapo.
—¡Mierda! ¡Jackson!
El grito me revienta el pecho al salir.
La megafonía del estadio empieza a escupir órdenes atropelladas mientras alguien pide asistencia médica y los jueces gritan números de puerta, pero no proceso absolutamente nada. Todo el ruido desaparece detrás del pánico en cuanto veo a Jackson golpearse contra la arena.
—¡Sacadlo de ahí! ¡Maldita sea, cruzadlo ya! —les grito a los payasos de pista mientras saltan hacia el toro.
Pero mi voz se pierde entre el rugido de la grada.
Jackson rueda desesperado, intentando alejarse, aturdido, tratando de encontrar aire y espacio para ponerse a salvo, pero Dreadfire se obsesiona con él en cuanto toca el suelo.
El animal lo persigue de inmediato y embiste una vez, y otra, y otra más, lanzándole la cabeza contra el cuerpo mientras los cuernos pasan tan cerca de su pecho que noto cómo se me vacían los pulmones.
A mi lado escucho a Sheryl llamándolo completamente rota.
—¡A las tablas! ¡Llevadlo a las tablas! —ruge uno de los jefes de pista mientras los jinetes de apoyo entran a caballo intentando distraer al animal.
Siento cada golpe en mis propios huesos.
El personal se juega la vida para apartar al toro, pero Jackson ya apenas puede defenderse. Se hace un ovillo sobre la arena intentando cubrirse la cabeza con los brazos mientras Dreadfire lo hace rodar de un lado a otro igual que si fuera un despojo.
Y entonces entiendo de verdad lo eternos que pueden llegar a ser unos segundos.
Porque no hay nada comparable a ver a la persona que más quieres ahí abajo, atrapada bajo setecientos kilos de músculo y furia, sin poder hacer absolutamente nada para sacarlo de allí.
Jackson deja de moverse.
Se queda inmóvil bajo la nube de polvo mientras el toro vuelve a por él, completamente obcecado en rematarlo de una vez.
Por un instante el estadio entero parece apagarse y el ruido desaparece.
Solo escucho el eco de las pezuñas golpeando la arena a centímetros de su cabeza.
Me aferro a la valla con tanta fuerza que pierdo la sensibilidad en los dedos. Por un puto segundo, tengo la certeza de que mi vida se acaba ahí mismo, enterrada en la arena de Amarillo con él.