27
JACKSON
Llevamos casi cuatro horas devorando asfalto.
Ray ha cubierto el primer tramo del viaje, pero después de parar en una gasolinera de mala muerte para que los caballos estiraran las patas y bebieran algo de agua, he tomado yo el relevo.
Ahora, con el rugido del motor de la camioneta como único compañero, enfilo las rectas interminables que suben hacia el norte.
Sheryl se ha quedado dormida en el asiento de atrás.
La miro por el retrovisor; tiene la cabeza apoyada contra la ventanilla y parece ajena al mundo.
En el asiento del copiloto, Ray también ha cerrado los ojos, pero su postura es rígida, casi defensiva.
Sé que no duerme. Lleva días con ese silencio de piedra, con una seriedad que se le ha quedado grabada en la cara desde que Sheryl nos acompaña.
Y me escuece la conciencia saber que esto se acaba.
Que Amarillo es la última parada antes de Las Vegas, y que pase lo que pase en la final, esta será mi última temporada.
Tengo que soltarle a Ray que no habrá más kilómetros juntos, que el equipo se disuelve aquí, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
La idea de dejarlo solo después de años tragando el mismo polvo me quema, pero cada vez que intento abrir la boca, la realidad me frena en seco.
Aparco el pensamiento en cuanto vuelvo a mirar por el espejo.
Verla ahí, tan cerca, hace que todo lo demás pierda peso.
En Abilene empecé a conocer a una Sheryl que no tiene nada que ver con la chica de ciudad que recogimos en Granbury.
Es lista, es dura y, contra todo pronóstico, sigue conectando con Trigger de una forma que me resulta impensable.
Mi caballo, que no deja que casi nadie se le acerque, excepto Ray y yo, baja la guardia con ella.
He visto cómo se comunica con él, cómo Trigger la busca con el belfo y cómo ella le susurra cosas que parecen calmar al animal más que cualquier medicina.
Es una estampa que no me quito de la cabeza.
Tenerla a ella cuidando de lo que más quiero me transmite una paz que me asusta.
Me hace sentir que, por una vez las piezas del puzle que llevo tanto tiempo intentando resolver, por fin encajan y han encontrado su sitio.
Y Ray… bueno, eso es un toro que tendré que montar más temprano que tarde.
Aclaro la vista y trato de centrarme en la línea blanca de la 287, pero es inútil. Mis pensamientos se escapan una y otra vez hacia atrás, directos a las dos noches que hemos compartido en Abilene.
Cuando le propuse acompañarnos en estos rodeos, le dejé claro que mi intención no era que me calentara la cama al terminar la competición. Se lo dije completamente en serio.
Me basta con cerrar los ojos un segundo para que el zumbido del asfalto desaparezca y me devuelva al silencio de la habitación, al tacto de su piel y a esa urgencia que nos consumía en cuanto se cerraba la puerta.
Recuerdo cada rincón de su cuerpo bajo la luz tenue del motel; cómo el mundo de fuera dejaba de existir en cuanto la tenía encima.
No me siento especialmente orgulloso, pero antes de ella nunca me preocupé por complacer a ninguna chica. Durante mucho tiempo las mujeres solo fueron una forma de vaciar la adrenalina tras una competición.
En cada temporada junto a Ray, hemos estado con decenas de tías.
Universitarias en viajes de estudios, amas de casa aburridas, casadas o solteras; de todas las edades y rincones.
Daba igual quiénes fueran, todas venían buscando lo mismo: cumplir la fantasía de acostarse con un vaquero o, la mayoría de las veces, con dos a la vez.
Eran noches de sexo grupal donde ellas se turnaban para chupárnosla a los dos mientras nosotros simplemente nos dejábamos hacer, apalancados en cualquier cama de motel o en el asiento de atrás de la camioneta.
Si querían sexo duro, se lo dábamos; si buscaban la fantasía de tener a dos vaqueros a la vez, cumplíamos el trámite y a otra cosa.
Todavía me viene a la cabeza una noche con un grupo de cinco tías en una despedida de soltera.
Fue una locura de horas en una habitación que terminó apestando a tequila, sexo y sudor.
Ray y yo nos turnábamos con la novia mientras las amigas nos rodeaban como si estuviéramos en una exhibición, animándonos entre vítores y risas descontroladas.
Nos plantaban sombreros absurdos de despedida, nos hacían girar los lazos por encima de sus cabezas y nos jaleaban mientras se turnaban para hacernos una mamada entre ronda y ronda, asegurándose de que ni Ray ni yo bajáramos el ritmo ni un segundo.
La novia gritaba que estaba viviendo la mejor noche de su vida, que éramos su jodida fantasía tejana hecha realidad, y nosotros alimentábamos el espectáculo porque, en aquel momento, el alcohol y la adrenalina hacían que todo pareciera divertido.
Pero la realidad era bastante más miserable de lo que aparentaba.
Ellas nos utilizaban igual que quien paga por una experiencia salvaje antes de volver a su rutina, y nosotros las utilizábamos a ellas para vaciarnos por dentro sin pensar demasiado.
Todo era rápido, físico y completamente desechable.
Cuerpos mezclándose bajo la luz barata de un motel mientras el aire terminaba cargado de tequila, sudor, gemidos y ese olor a sexo que se queda pegado a las paredes hasta el día siguiente.
Y, aun así, nunca había nada real ahí dentro.
No recordaba nombres. A veces ni siquiera caras. Solo la sensación de haber sido parte de una fantasía prefabricada donde Ray y yo éramos los vaqueros de postal que ellas querían probar antes de volver a casa y contar la historia entre risas.
Al amanecer, todo desaparecía.
Cada una seguía su camino y nosotros hacíamos exactamente lo mismo, como si lo ocurrido unas horas antes no hubiera significado absolutamente nada.
Y lo peor es que durante mucho tiempo pensé que aquello era suficiente.
Que el sexo no tenía por qué ser otra cosa más que un desahogo rápido después de jugarte el cuello en la arena.
Pero entonces apareció Sheryl y todo lo que creía entender sobre mí mismo empezó a venirse abajo.
He descubierto que la excitación cambia por completo cuando el sexo deja de ser solo un cuerpo bonito moviéndose debajo de ti.
Con Sheryl todo funciona de otra manera.
Ahora me consume una urgencia mucho más profunda, casi enfermiza.
Me he vuelto adicto a abrirle las piernas y hundir las rodillas en el colchón únicamente para perderme entre ellas, para buscar su sabor hasta que noto cómo el cuerpo entero se le tensa contra mi boca.
Ya me da igual que se me cargue la mandíbula o acabar con el cuello destrozado.
Lo único que quiero es escuchar ese gemido suyo cuando encuentro el punto exacto que la vuelve loca y sentir cómo me agarra del pelo para pegarme más a ella, desesperada, temblando y pidiéndome más sin necesidad de decir una sola palabra.
He pasado de buscar mi propio desahogo a obsesionarme con provocarle cada orgasmo.
Me quedo ahí abajo hasta que se corre contra mi boca y me deja empapado de ella.
Es una victoria que me sabe mejor que cualquier trofeo.
Y lo más increíble es que ella ni se imagina que es la primera vez que me importa mucho más su placer que el mío propio.
Me da igual si tengo un hematoma del tamaño de Texas en las costillas o si la mano del lazo me duele tanto que apenas puedo cerrarla. Mi único objetivo es que no se arrepienta ni un segundo de haberse subido a mi camioneta, y creo que lo estoy consiguiendo.
El cartel de «Welcome to Amarillo» aparece entre una cortina de polvo marrón justo cuando el viento del Panhandle empieza a golpear el lateral de la camioneta con rachas violentas que me obligan a corregir la dirección constantemente.
Llevo casi dos horas encerrado en mi cabeza, perdido entre recuerdos y pensamientos que no me dejan descansar, pero la ciudad termina devolviéndome de golpe a la realidad.
A mi lado, Ray se despereza lentamente, levanta la cabeza del asiento y se ajusta el cuello con gesto cansado.
—Perdona, tío, me he quedado dormido —se disculpa Ray mientras echa una mirada hacia atrás, comprobando que Sheryl sigue apoyada contra la ventanilla—. Ella también está frita. Tendrías que haberme despertado.
—Qué va, no tiene importancia. Iba despejado.
Al escucharnos, Sheryl también empieza a moverse en el asiento trasero.
Se incorpora despacio, todavía medio dormida, y cuando levanto la vista hacia el retrovisor y nuestras miradas se cruzan, me dedica una sonrisa tan tranquila que, durante un segundo, consigue borrar el polvo, el calor y toda la mierda que llevo acumulada en la cabeza desde Abilene.
—¿Ya hemos llegado? —pregunta con la voz todavía tomada por el sueño—. ¿He dormido todo el viaje?
—Sí —respondo devolviéndole la sonrisa mientras reduzco velocidad—. Bienvenida al infierno.
Aparcamos en el recinto del Will Rogers Range Riders en mitad de un remolino de arena que hace crujir la carrocería de la camioneta.
El polvo de Amarillo es distinto al de cualquier otra plaza; se te mete en los ojos, en la garganta y en los pulmones como si la ciudad quisiera recordarte desde el primer minuto que aquí nada va a ser fácil.
En cuanto bajamos de la cabina, el viento nos golpea la cara con una violencia seca que no refresca absolutamente nada.
Es como abrir la puerta de un horno gigantesco y encontrarte una nube de tierra lanzándote arena a los ojos.
En julio, el Panhandle parece diseñado para castigar a cualquiera que tenga la mala idea de quedarse quieto demasiado tiempo bajo el sol.
Sheryl se cubre la vista con la mano mientras observa ese horizonte inmenso y plano que parece no terminar nunca.
—Aquí el aire no tiene nada que ver con el de la costa —comenta Ray mientras descarga su bolsa del asiento—. Acostúmbrate a masticar tierra, porque no va a dejar de soplar en todo el día.
—Tápate la boca con el pañuelo —le digo acercándome para ayudarla a colocárselo mejor alrededor del cuello y la nariz—. A ver si tenemos suerte y el viento afloja un poco esta tarde.
Nuestras manos se rozan mientras termino de ajustarle la tela y su sonrisa vuelve a iluminarme algo por dentro en mitad de este paisaje hostil. Me quedo observándola, demasiado pendiente de ella y demasiado poco del resto del mundo, hasta que el humor se me tuerce de golpe.
Por el rabillo del ojo localizo a Cody Miller a unos metros de distancia.
No nos quita la vista de encima.
Está apoyado contra su remolque, observándonos con esa sonrisa de basura que siempre lleva encima y, cuando se asegura de que lo estoy mirando, se lleva las manos a la entrepierna y hace un gesto obsceno con la boca.
Sé perfectamente lo que busca.
Quiere provocarme.
Quiere que pierda el control antes siquiera de entrar en la arena para que la organización nos descalifique o para sacarme de la cabeza la competición.
Porque Cody sabe exactamente igual que yo que somos los únicos capaces de quitarle los puntos necesarios para asegurarse el pase directo a la final de Las Vegas.
Y también sabe que, si consigue hacerme explotar, ya habrá ganado media batalla antes de empezar.
El desembarco en Amarillo se nos pasa entre el calor insoportable y el polvo que parece pegarse a cada centímetro de piel y ropa.
La rutina de siempre se pone en marcha casi por inercia.
Lo hacemos casi sin hablar, con esa tensión silenciosa que se instala cuando sabes que la plaza a la que acabas de llegar puede decidir toda una temporada.
Unas horas después, estoy encajado sobre el lomo de setecientos kilos de músculo y mala leche.
Dreadfire bufa debajo de mí con un sonido grave y violento que se me mete por las botas y me recorre las piernas como un aviso.
El animal quiere destrozarme incluso antes de que la puerta del cajón se abra, y puedo sentir esa agresividad vibrando bajo mis muslos, acumulando fuerza para el momento exacto en que deje de haber metal entre nosotros.
—Escúchame bien, Jack —suelta Ray mientras se inclina sobre el cajón para ayudarme a tensar la cuerda.
Su voz es seca, firme, completamente centrada—.
Este bicho es un hijo de puta traicionero.
Acuérdate de Houston el año pasado; me partió tres costillas y me dejó fuera un mes.
En cuanto note que te has asentado encima, va a girar sobre el hombro izquierdo para lanzarte directo contra las tablas. Es rápido y no perdona.
Aprieto la mandíbula al recordar perfectamente aquella monta en Houston, el instante exacto en que Ray acabó escupiendo sangre sobre la arena después de que este mismo toro lo mandara volando.
Noto la tensión animal de Dreadfire creciendo bajo mi cuerpo, lista para explotar en cuanto el pestillo se abra, y aunque sé que Ray tiene razón, lucho por apartar cualquier pensamiento que no sea aguantar los putos ocho segundos y salir entero de aquí.
Entonces busco a Sheryl entre el movimiento que rodea la pista.
Está a pocos metros, con el pañuelo cubriéndole media cara para protegerse del polvo y la acreditación colgada al cuello. Se mueve entre los mozos de cuadra con una naturalidad que hace difícil creer que hace apenas unos días este mundo le era completamente ajeno.
Y verla ahí lo cambia todo.
De pronto, siento un miedo distinto al habitual.
No es el miedo a romperme un hueso o a acabar estampado contra la barrera. Es algo mucho peor. Es el terror de que un mal golpe me arrebate justo aquello que acabo de encontrar con ella antes siquiera de entender qué coño significa realmente.
—¿Estás listo? —me grita el juez de puerta desde el lateral del cajón.
Levanto la vista hacia Sheryl una última vez y nuestras miradas se encuentran entre el polvo y el ruido del recinto.
Ella me observa con una seriedad tranquila que consigue centrarme más que cualquier discurso de Ray, y durante un segundo siento esa mezcla absurda de fuerza y vulnerabilidad que solo aparece cuando alguien empieza a importarte de verdad.
Me ajusto el sombrero, hundo la mano en la cuerda y busco el anclaje perfecto mientras noto los tendones ardiéndome por la tensión.
Se acabó el tiempo de pensar.
Las costillas rotas de Ray, Cody Miller, el miedo y todo lo demás desaparecen de golpe hasta que solo quedamos el toro y yo encerrados en este hueco de metal.
Fijo la vista al frente, tenso cada músculo del cuerpo y hago un gesto seco con la cabeza hacia el juez.
—¡Ya!
La puerta del cajón estalla y el mundo desaparece bajo un torbellino de violencia, polvo y fuerza bruta.