Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 26
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RAY LEE

Nos esperan más de dos horas de carretera y el ambiente dentro de la cabina empieza a estar demasiado cargado. Dos hombres y una mujer encerrados en unos pocos metros cuadrados de metal; la fórmula perfecta para que alguien termine perdiendo el juicio antes de llegar al destino.

Ayer salimos del Parker County Arena con la cartera llena y el ánimo torcido.

Nos llevamos el primer premio en el lazo por parejas.

Yo estuve impecable clavando la cuerda en las astas y girando al novillo con la precisión justa para que Jackson entrara a rematar las patas traseras en el segundo exacto.

Sincronía pura, de esa que solo consigues después de años tragando el mismo polvo y respirando la misma arena.

Donde la cosa se torció fue en los toros.

A Jackson la monta nunca se le ha dado especialmente bien; aguanta por puro orgullo, pero le falta ese instinto animal que hace falta para leer el peso del toro antes incluso de que salga del cajón.

Mordió el polvo a los cinco segundos, mientras que yo conseguí un segundo puesto peleando contra un bicho que parecía un terremoto con cuernos.

El imbécil de Cody Miller se llevó el primer premio en bull riding .

Le tocó Little Rock, un ejemplar que salta con una nobleza que da hasta rabia verla. El muy engreído lo bordó, eso hay que reconocerlo, y luego se pasó media noche pavoneándose por la arena como si hubiera conquistado Texas él solo.

Pero el verdadero cambio no está en los puntos ni en las hebillas.

Está en los detalles.

Ahora, la última mirada de Jackson antes de que se abra la puerta del cajón ya no es para mí.

La busca a ella.

Comprueba sus ojos como si Sheryl fuera la que mide la tensión de la cuerda o revisa el ajuste del pretal antes de una monta.

Hasta hace poco era yo quien le daba la palmada en el hombro, el que le gritaba que mantuviera la cabeza fría.

Ahora me limito a sujetar la puerta mientras él busca en otra parte una tranquilidad que no le sirve de nada ahí dentro.

Me repito que es su vida y que no debería importarme tanto, pero me quema igualmente.

Esta chica se ha metido en una dinámica que llevaba años funcionando como un reloj y, desde que apareció, todo gira alrededor de Sheryl.

Lo peor es que ni siquiera puedo odiarla.

Tenerla ocupándose de Trigger y Dixie nos ha quitado un peso enorme de encima, y verla trabajar con los caballos deja bastante claro que sabe exactamente lo que hace.

Después de la competición, Jackson insistió en que cenáramos los tres juntos.

Y allí estaba yo, haciendo de sujetavelas mientras veía cómo mi socio prácticamente se olvidaba de comer solo por escuchar hablar a esa chica. Incluso me pidió que no fuera duro con ella, que intentara ver lo que él ve. Me juró que era diferente.

Y maldita sea… lo es.

Es lista y, aunque a veces parece demasiado delicada para este mundo, tiene una columna de acero. Pero precisamente eso es lo que más me preocupa. Nunca había visto a Jackson tan enganchado a nadie y sé perfectamente cómo terminan estas historias.

Ella acabará cansándose del polvo, de las carreteras y de dormir en moteles de mierda. Volverá a su ciudad, a sus clínicas limpias y a curar perros falderos con aire acondicionado.

Y cuando eso pase, seré yo quien tenga que recoger los pedazos de Jackson mientras intenta fingir que todo sigue igual.

Llegamos a Abilene después de más de dos horas atrapado entre miradas y conversaciones privadas que me han dejado completamente fuera de juego. Aparco en el Taylor County Expo Center con el sol pegándome de frente y los nervios rebotando dentro de la cabina.

Este sitio no es el patio de recreo de Weatherford.

Aquí lo que nos jugamos pesa de verdad.

Es una plaza grande, de las que huelen a dinero y a desesperación. Un sitio lleno de tipos que necesitan el pase a Las Vegas para no volver a casa con las manos vacías. Aquí, un error te borra del mapa.

Bajo de la camioneta esperando el ritual de siempre.

Yo saco los papeles y reviso el móvil mientras Jackson baja la rampa del remolque para que entre los dos pongamos orden en diez minutos. Es nuestra mecánica. Una rutina afinada después de años de carretera, polvo y madrugones.

Pero hoy Jackson decide mandarlo todo a la mierda.

—Ray, adelántate tú a las oficinas —me suelta mientras rodea el remolque—. Coge las acreditaciones y arregla lo del motel. Me quedo con Sheryl para ayudarla con los caballos.

Me quedo quieto junto a la puerta, procesando el descarte.

Se supone que esta chica había venido precisamente para ocuparse de los animales. Así me vendió Jackson todo este asunto, pero ahora mismo acaba de dejar claro que aquello solo era una excusa barata.

Sheryl ya está abajo, ajustándose el sombrero y comprobando los cierres de los boxes. Les pasa la mano a los caballos con esa calma suya que tiene a Jackson completamente hipnotizado y, acto seguido, él ya le está quitando la mochila para que no cargue ni un gramo de peso.

—Claro, Jackson. No vaya a ser que se rompa —mascullo entre dientes, aunque ni siquiera sé si llega a oírme.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia el edificio de administración completamente solo. El eco de mis botas contra el asfalto es lo único que me acompaña mientras intento asumir que esta es nuestra nueva realidad.

En apenas un día, la estructura que nos mantenía funcionando como un reloj se ha ido a la mierda.

Ahora soy el recadero mientras mi socio juega a los veterinarios con la chica nueva.

Y lo peor no es hacer el papeleo.

Lo que realmente me quema es verlo romper nuestra dinámica por ella, mandándome solo a resolver todo esto únicamente para poder rascar diez minutos más a su lado.

Entro en la oficina y el contraste con el exterior me golpea de inmediato.

El aire acondicionado está tan fuerte que parece atravesar la ropa, pero ni así consigue rebajar la tensión que flota en el ambiente.

El lugar está abarrotado de jinetes, organizadores y tipos con sombrero discutiendo horarios, números y clasificaciones mientras el ruido de las conversaciones se mezcla con el zumbido constante de los ventiladores del techo.

Me coloco en la fila sintiendo la mandíbula cada vez más tensa, hasta el punto de que me duelen los oídos de apretar los dientes mientras intento quitarme de la cabeza la imagen de Jackson quedándose atrás con Sheryl.

—Vaya, Ray-Lee Powell —una voz cargada de veneno me saca de mis pensamientos—. ¿Dónde te has dejado a tu sombra? Parece que Evans ha cambiado de dueño y ahora prefiere olerle el rastro a la groupie que seguirte a ti.

Cody Miller me mira desde la barra, apoyado con esa chulería que estoy deseando arrancarle de la cara en cuanto pisemos la arena.

Lleva la hebilla de Weatherford reluciendo en el cinturón, recordándome que él se llevó el oro mientras yo me conformaba con la plata por un maldito segundo de diferencia.

—Miller —le corto, sin ganas de juegos—. Disfruta de esa hebilla mientras te dure. En Abilene la arena es más dura y tú tienes la boca demasiado grande. Y por lo que veo, esta vez la suerte no te ha acompañado en el sorteo.

Hago un gesto con la cabeza hacia el panel de anuncios. A Cody le ha tocado un toro manso que apenas tiene empuje, mientras que a mí me espera Vortex, un animal con mala leche que te asegura una puntuación alta si eres capaz de quedarte arriba.

—Ahorra las amenazas, Ray. En Weatherford demostré quién es el auténtico campeón —se ríe, dándose un toque en el sombrero—. Y a un campeón le da igual el animal que le toque. El jinete es el que hace brillar al toro, no al revés.

Un par de vaqueros nos observan desde el otro lado de la oficina y niegan con la cabeza, claramente cansados de las bravuconadas de Cody.

Pero él no piensa parar. Quiere picarme.

Quiere devolvérsela a Jackson después de la humillación del parking , cuando casi le arranca la cabeza por hablar de Sheryl.

—Entonces… —insiste al ver que no entro en su juego—.

¿Cómo se siente ser el que recoge las sobras de Evans?

¿O todavía te deja participar? Porque esa chica…

joder, esa chica es puro fuego. Se le nota en la mirada.

Debe de ser una salvaje en la cama; todas las de ciudad lo son.

Dile de mi parte que, si necesita ayuda para montarla, yo tengo mucho más aguante que él.

Noto cómo la sangre empieza a hervirme, pero no es solo por ella.

Es por Jackson.

Por nuestro equipo.

Por la forma en que este imbécil escupe cada palabra intentando mancillar todo lo que toca.

Aprieto las acreditaciones dentro del puño hasta que el papel cruje entre mis dedos.

—Dime una cosa, Ray… ¿Evans sigue rezando antes de subir al cajón?

Porque en Weatherford el toro lo escupió como si fuera basura.

Da pena verlo intentando aguantar los ocho segundos.

Si sigue así, uno de estos días el animal no va a dejar que vuelva a levantarse.

Yo que tú empezaría a buscarte un socio mejor antes de que ese saco de huesos termine arrastrándote con él al fondo. Es un inútil.

No le dejo terminar.

Doy un paso al frente y le invado el espacio hasta que nuestras caras quedan a centímetros. Cody intenta mantener esa sonrisa burlona, pero la mandíbula se le tensa en cuanto entiende que he dejado de jugar.

—Vuelve a decir que Jackson es un inútil y te juro que hoy el que no se va a levantar eres tú —le siseo tan bajo que solo él puede oírme—.

Si quieres medirte con alguien, hazlo conmigo en la arena.

Pero, si vuelves a mencionar su nombre para soltar esa mierda, te romperé la cara aquí mismo.

Me importan una puta mierda las acreditaciones.

Cody abre la boca, dispuesto a responder, pero la mirada que le devuelvo lo frena antes siquiera de intentarlo. Sabe perfectamente que yo no juego igual que Jackson. Yo no espero a que el otro esté preparado para golpear.

Le arranco los sobres de las manos al tipo de la organización y salgo de la oficina antes de que la situación termine explotando de verdad.

El calor de Abilene me golpea de lleno en cuanto cruzo la puerta, pero ni siquiera eso consigue rebajar el incendio que llevo dentro. Porque lo que realmente me está quemando no es Cody Miller.

Es la sensación de que este viaje entero está empezando a irse a la mierda y de que soy el único que parece darse cuenta.

Abilene es una plaza importante, de las que te acercan a Las Vegas o te mandan de vuelta a casa sin gloria ni dinero. Pero, durante estos tres días, lo único que no ha dejado de crecer ha sido el silencio entre Jackson y yo.

La competición, en cambio, ha sido otro cantar.

En el lazo por parejas hemos arrasado desde el primer momento.

Tanto en las rondas clasificatorias como en la final, Trigger y Dixie respondieron como máquinas perfectamente calibradas y nosotros nos movimos por pura memoria muscular, por el peso de los años trabajando juntos.

No hacía falta hablar; bastaba una mirada o un gesto mínimo para saber exactamente qué iba a hacer el otro.

Pero todo eso desaparecía en cuanto bajábamos de la arena.

Porque, apenas se soltaba la cuerda y regresábamos a los establos, la conexión entre nosotros se cortaba en seco.

Jackson y Sheryl parecen haberse mimetizado de una forma que empieza a resultarme difícil de soportar.

Se mueven dentro de una especie de burbuja hecha de confidencias, sonrisas y pequeños gestos que me dejan completamente fuera del cuadro.

Y yo apenas he cruzado con él las palabras estrictamente necesarias para no fallar durante la competición.

E l bull riding , en cambio, ha sido otra historia, una bastante más fea.

Jackson ha besado el polvo esta temporada más veces de las que recuerdo.

Lo he visto salir despedido por los aires y estrellarse contra la arena mientras la rabia me hervía por dentro, porque cada golpe parecía darle un poco más de razón al imbécil de Cody Miller: como siga así, uno de estos días un toro no va a dejar que vuelva a levantarse por su propio pie.

Pero a él parece darle exactamente igual fracasar.

Sheryl se encarga de revisarle cada golpe con esa concentración profesional que poco a poco termina convirtiéndose en algo mucho más personal.

Jackson se deja cuidar encantado, como si disfrutara de ese papel de tipo herido al que alguien espera cuando baja de la arena.

Mientras tanto, yo me ocupo de limpiar los arreos, controlar horarios y asegurarme de que toda la logística siga funcionando mientras él se olvida de la mitad de las cosas que antes llevaba grabadas en la cabeza.

Y, cuando terminamos la jornada, ellos se marchan juntos a pasear a los caballos bajo el sol del atardecer como si esto fuera una escapada romántica y no un negocio donde la gente se rompe huesos para poder seguir adelante una semana más.

Han intentado incluirme en las cenas después de la competición, pero ya ni siquiera fingimos que funciona.

En cuanto nos sentamos a la mesa, empiezan a hablar en una especie de código hecho de miradas, bromas privadas y silencios cómodos que me dejan completamente fuera de lugar.

Las conversaciones sobre Amarillo, sobre la estrategia o sobre nuestras opciones reales de clasificarnos para Las Vegas han perdido la chispa de siempre.

Ya no existe esa sensación de que los dos vamos juntos contra el mundo, porque ahora todo parece girar alrededor de ellos.

Y yo empiezo a tener claro que, por primera vez en muchos años, Jackson me está dejando atrás.

Mañana salimos hacia Amarillo, la última parada importante antes de la final. Cuando me uno a ellos y lo observo reírse de algo que Sheryl acaba de decir mientras guardan el equipo entre los dos, noto cómo un nudo incómodo empieza a cerrárseme en el estómago.

Porque, por mucho que intente ignorarlo, tengo la sensación de que el golpe más duro de esta temporada no va a venir de un toro.

Va a llegar en Amarillo.