Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 25
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SHERYL

Me alejo del camión tirando de las riendas de Trigger y Dixie mientras intento aparentar una seguridad que ahora mismo está bastante lejos de cómo me siento realmente.

El peso de los animales se percibe distinto aquí, en mitad del caos del Parker County Arena, donde todo parece moverse demasiado rápido y hacer demasiado ruido al mismo tiempo.

Esto no tiene nada que ver con la facultad.

El suelo es irregular, el aire está cargado de estiércol caliente, polvo y alfalfa seca, y el zumbido constante de los generadores pone a Dixie bastante más nerviosa de lo que esperaba.

Intento mantener el paso firme y recordar todas las indicaciones que Ray me soltó durante el trayecto, pero este lugar es un auténtico laberinto de remolques, corrales y boxes idénticos donde resulta facilísimo desorientarse.

Y, además, una cosa es manejar a los caballos con Jackson al lado y otra muy distinta verme aquí sola con ellos, rodeada de gente que lleva toda la vida haciendo esto.

Mientras busco el box correcto, los recuerdos del día anterior consiguen arrancarme una sonrisa pese a la tensión que llevo instalada en el cuerpo desde que bajé de la camioneta.

Cuando le dije que sí a Jackson y acepté acompañarlos, algo cambió en su expresión.

Lo vi claramente. Debajo del ala de ese sombrero que parece llevar pegado a la cabeza apareció un brillo distinto en sus ojos, uno que me dejó con la sensación absurda de haber tomado la decisión correcta incluso antes de subirme al remolque esta mañana.

O quizás simplemente quiero creerlo.

Después pasamos prácticamente toda la tarde juntos.

Jackson me llevó a los establos de Granbury para enseñarme cómo funcionaban Trigger y Dixie antes de lanzarme a esto sin preparación.

Me explicó cómo le gusta a Trigger que le ajusten la cabezada, el sitio exacto donde Dixie empieza a relajarse cuando la cepillan y las pequeñas manías que tienen los dos al entrar en el box después de una competición.

Fue una clase intensiva de psicología equina impartida por un vaquero tremendamente atractivo al que apenas puedo mirar sin distraerme.

Y, sinceramente, ahora mismo agradezco cada minuto de aquella tarde porque estoy intentando aplicar todo lo que me enseñó para no parecer una completa inútil delante del resto del circuito.

Aunque también fue una tarde peligrosamente bonita.

Nos besamos casi en cada rincón de aquellos establos y pasé varias horas luchando contra la imagen recurrente de terminar con Jackson follándome sobre la paja mientras alguien acababa echándonos de allí a gritos.

Pero eso ahora mismo no ayuda demasiado.

Tengo trabajo que hacer.

Sigo avanzando entre el polvo y el barullo mientras noto varias miradas clavándose en mí al pasar.

Sé perfectamente lo que ven: una chica de ciudad con las botas todavía demasiado limpias intentando controlar a dos caballos que probablemente valen más dinero del que ella ha tenido nunca en la cuenta bancaria.

—¿Perdida, señorita? —dice una voz a mi derecha.

Me detengo en seco y sujeto mejor las riendas antes de que Trigger decida que este caos es la excusa perfecta para ponerse nervioso.

A unos metros hay un chico joven apoyado contra una valla, con una gorra desgastada, botas llenas de polvo y una sonrisa relajada que parece incompatible con el estrés constante que se respira en este sitio.

—Busco los establos de la zona norte —respondo, intentando sonar más segura de lo que me siento mientras noto el sudor resbalándome por la nuca—. El box de Evans y Powell.

—Entonces estás bastante lejos. Este es el sector sur, donde meten a los toros —explica apartándose de la valla y acercándose despacio—.

Soy Mike. ¿Quieres que te eche una mano con ese caballo?

Tiene pinta de estar a dos segundos de decidir por su cuenta a dónde quiere ir, y este camino está lleno de baches.

No hay arrogancia en su tono ni esa forma de mirarme que ya he empezado a detectar en algunos tipos del recinto. Solo parece amable. Y, sinceramente, eso me relaja bastante más de lo que esperaba.

—Hola —respondo soltando un suspiro de alivio que no consigo disimular del todo.

Me fastidia reconocer tan pronto que necesito ayuda, pero prefiero aceptar la de este desconocido antes que darle a Ray otra razón para pensar que sobro aquí.

—¿Te importa si te acompaño? —pregunta mientras se acerca despacio a Dixie.

Asiento y me presento rápidamente antes de echar a andar junto a él. Mike me guía a través del laberinto de remolques y corrales hasta llegar por fin a la zona norte. Durante el trayecto me ayuda con los caballos con una soltura que da bastante envidia.

Asegura los pestillos de los boxes enseñándome cómo evitar que las vibraciones del recinto los aflojen y me explica que el agua de Weatherford tiene un sabor ferroso que a veces provoca que los caballos de fuera beban menos de lo normal.

También me ayuda a llenar los cubos mientras me señala pequeños detalles prácticos que nadie se molestó en explicarme durante la carrera.

Gracias a él, media hora después Trigger y Dixie ya están tranquilos, comiendo alfalfa y descansando como si llevaran aquí toda la vida.

Cuando termino de revisarles los tendones y comprobar la temperatura, saco el móvil sin tener demasiado claro qué se supone que debo hacer ahora. No sé si escribirle a Jackson o esperar a que aparezca cuando termine con las acreditaciones y las habitaciones.

Antes de decidirme, veo varios mensajes acumulados de Anne y Lauren en la pantalla. Me exigen una prueba de vida mientras llenan el chat de fotos de su viaje de vuelta a Texas City. Se las ve felices, limpias y completamente libres de polvo, estiércol y complicaciones emocionales.

Los mensajes de mi madre, en cambio, consiguen tensarme el estómago otra vez.

Después de la conversación de ayer entiendo perfectamente que esté enfadada. Y, aunque me cueste reconocerlo, eso me pesa. Respondo rápido a mis amigas y después me obligo a grabarle un audio antes de arrepentirme.

—Mamá, sé que ahora mismo no lo entiendes, pero necesito hacer esto.

Necesito encontrar mi camino. Lydia se marchó a Nueva York nada más acabar enfermería para aprender en uno de los barrios más duros del país y tú también tuviste miedo entonces.

Yo ya no soy una niña. Por favor, déjame volar sola. Os quiero. Hablamos.

Lo envío y, casi inmediatamente después, marco el número de Jackson.

A pesar de que me aseguró que no vivía pendiente del teléfono, responde al segundo tono, demasiado rápido para alguien que supuestamente iba a estar ocupado.

Como si hubiera estado esperando mi llamada.

—Ya he terminado —le digo intentando que el cansancio no se note demasiado en la voz—. Trigger y Dixie están descansando. Les he limpiado los cascos, comprobado la temperatura y ya tienen el forraje preparado. ¿Dónde estás?

—Mejor dime dónde estás tú y voy a buscarte.

Lo dice con esa seguridad tan suya que consigue que todo parezca más sencillo de lo que realmente es.

Mientras espero, Mike sigue conmigo apoyado contra la valla. Me hace preguntas normales, curiosas, sin dobles intenciones evidentes, y durante unos minutos consigo relajarme bastante más de lo que esperaba en un sitio como este.

Pero algo cambia de golpe a mitad de la conversación.

La expresión se le endurece ligeramente mientras mira por encima de mi hombro y, casi al instante, se aparta de la valla con una rapidez sospechosa.

—Bueno… creo que ya te has ubicado —murmura con una sonrisa rápida antes de desaparecer entre los corrales sin darme tiempo a responder.

Y entonces entiendo perfectamente por qué se ha ido tan deprisa.

Jackson ya está detrás de mí y su presencia llena el pasillo estrecho de los establos incluso antes de que diga una sola palabra.

—¿Haciendo amigos? —pregunta con un tono aparentemente tranquilo que, por algún motivo, consigue ponerme inmediatamente en alerta.

Por un instante, las advertencias de Lauren vuelven a abrirse paso en mi cabeza.

Apenas conozco a este hombre. Quizá me he precipitado pensando que era distinto y todo esto no sea más que otra versión disfrazada de lo mismo; otro tipo posesivo marcando territorio antes siquiera de tener derecho a hacerlo.

La idea me incomoda más de lo que esperaba.

Porque, si Jackson pretende controlar cada conversación o cada persona que se me acerque durante este viaje, entonces ha escogido a la mujer equivocada para subirla a su camioneta.

—Hola a ti también —respondo intentando mantener la voz firme—. Mike me ha ayudado a encontrar el box. Esto es bastante más laberíntico de lo que parecía.

—Le cogerás el aire enseguida. No tiene misterio —suelta él, cortante.

—Vale… ¿y ahora qué? —pregunto mientras echo a andar a su lado, tratando de rebajar una tensión que empieza a hacerse demasiado evidente.

Salimos juntos de la zona de establos y avanzamos por el recinto bajo un calor sofocante que parece pegarse a la piel.

Supongo que vamos hacia el motel, aunque Jackson no lo aclara.

Me pregunta por los caballos y por cómo ha ido todo con Trigger y Dixie, pero noto enseguida que tiene la cabeza en otra parte.

Escucha mis respuestas técnicas casi por inercia y apenas reacciona cuando le hablo de los tendones o de la hidratación.

Y el silencio entre los dos empieza a hacerse incómodo.

Demasiado incómodo.

Me pone nerviosa no saber qué está pensando exactamente, y esa sensación de perder el control de la situación hace que automáticamente me ponga a la defensiva.

—Jackson, ¿pasa algo? Te noto muy serio —termino preguntando al fin, porque prefiero enfrentarme ya al problema antes que seguir soportando este ambiente raro durante todo el camino.

Él se detiene de golpe, se gira hacia mí y yo me preparo inmediatamente para lo peor.

Ya estoy construyendo en mi cabeza el discurso sobre que no soy propiedad de nadie y que puedo hablar con quien me dé la gana sin pedir permiso, pero entonces Jackson me desmonta por completo el guion.

—En realidad, sí pasa algo —contesta—. Sheryl, creo que te debo una disculpa. Una de verdad, mucho mejor que la que intenté darte en su día.

Me quedo descolocada. El guion que tenía en la cabeza se va al traste.

—¿Una disculpa? ¿Por qué?

—Por llamarte groupie la primera vez. Por tratarte con ese desprecio —dice, y su seriedad no tiene nada que ver con Mike, sino con algo más profundo que parece quemarle por dentro—.

No era consciente de lo mal que quedó aquello hasta hoy.

Me arrepiento de haberte colgado esa etiqueta. Tú no eres eso.

Me quedo en silencio, procesando el cambio de tercio. Joder… esto no me lo esperaba. No está celoso de un chico en un establo, sino arrepentido por algo que soltó la primera vez que nos vimos.

—Bueno, Jackson, los prejuicios funcionan así. Es la definición exacta de la palabra: valorar a alguien de forma negativa antes de conocerla. No solo lo hiciste conmigo; nos metiste a todas en el mismo saco.

—Lo sé —admite bajando ligeramente la vista antes de volver a mirarme—. Y lo siento. Estuvo mal y no me siento orgulloso de cómo te hablé aquel día.

—Es agua pasada —le quito importancia con un gesto—. Tú me llamaste groupie y yo te llamé paleto ignorante. Estamos en paz.

Jackson me mira y la rigidez de su cara desaparece por completo. La sonrisa que hace que sus ojos brillen de ese modo tan suyo vuelve con más fuerza de la que le he visto nunca.

—¿Paleto ignorante? —repite, arrugando la nariz—. No recuerdo haberte oído decir eso.

—Bueno, no lo dije en voz alta pero, créeme, así es como te bauticé en mi cabeza.

—¿Ah, sí? ¿Y me nombrabas mucho? —pregunta, acortando la distancia más de lo que recomendaría la prudencia en un lugar público.

—Era eso o llamarte «el idiota del sombrero de ala ancha». Tú eliges.

—Lo entiendo. Y, cambiando de tema… Ese chico, ¿Mike? —dice, levantando una ceja—. ¿Tengo que sentirme amenazado porque decidas cambiar mi sombrero por una gorra?

Ahí está. El puntito de celos justo. Es el tono exacto que me gusta: que no suene posesivo ni troglodita, pero que le pique un poco haberme visto hablando con otro.

—Nah, no me van las gorras. Prefiero los sombreros de vaquero, aunque el tuyo sea demasiado aparatoso.

Seguimos caminando hacia el motel, pero ahora el aire se siente mucho más ligero.

Ya no voy a la defensiva y él parece haber dejado atrás lo que sea que le estuviera quemando por dentro.

Cuando llegamos al aparcamiento del edificio, saca un juego de llaves del bolsillo y me hace un gesto para que lo siga por la pasarela de madera.

—Ven —me dice, señalando una de las puertas del primer piso—. Voy a enseñarte tu habitación.

Es una individual, con una sola cama. Sencilla y a unas tres puertas de la doble que ocuparán ellos. Entro y dejo la mochila sobre el suelo, consciente de que el espacio se ha vuelto minúsculo en cuanto él ha cruzado el umbral.

—¿Aquí voy a dormir yo? —pregunto, intentando que la voz no me traicione.

Jackson se quita el sombrero y lo apoya sobre la cómoda. Tiene el pelo algo revuelto por el sudor y una mirada que no sé si es cansancio o algo más peligroso.

—Es solo una noche. Mañana partimos temprano a Abilene. Allí tenemos dos días de clasificación y necesito que todos descansemos bien para llegar enteros a Amarillo. Es la plaza más complicada; es la que nos da el pase directo a la final en Las Vegas o el pasaporte para volver a casa.

Volver a casa. Esa expresión se queda flotando entre los dos. Ahora mismo, no siento ninguna necesidad de volver, porque tenerlo así de cerca, sintiendo el calor de su cuerpo casi rozando el mío, me desconecta de todo lo que hay fuera de estas cuatro paredes.

—Yo me refería a si… iba a dormir aquí… sola.

Jackson acorta la distancia que queda entre nosotros. Me pone una mano en la cintura, sin apretar, pero dejando claro que ya no hay nada profesional en este momento.

—Digamos que esta habitación es tu refugio —dice con esa voz baja tan suya que siempre parece vibrarme directamente debajo de la piel—. Pero si la noche después del rodeo sale tan bien como espero… tengo serias dudas de que llegues a usar esa cama tú sola.