24 #2
Ray se queda quieto, calibrando el peso de lo que acabo de decirle.
Me conoce demasiado bien como para tomárselo a la ligera.
Sabe que no soy un hombre que vaya pidiendo favores ni suavizando las cosas por nadie, y mucho menos por una mujer a la que acabamos de subir a la camioneta hace apenas unas horas.
Que le esté diciendo esto deja bastante claro que algo ha cambiado entre nosotros desde que empezó este viaje.
—Hazlo por mí —añado, y me cuesta más de lo que esperaba mantener la voz firme—. Por favor. No la machaques más de la cuenta.
Ray permanece callado unos segundos.
Ese «por favor» le golpea más que cualquier otra cosa que pudiera haberle dicho. Se le nota en la cara. Me estudia como si estuviera intentando encontrar el rastro de una broma o una exageración, pero no encuentra nada.
Porque no lo hay.
Termina apartando la vista hacia los corrales, donde todavía puede distinguirse la silueta de Sheryl moviéndose entre el polvo y los remolques. Parece necesitar unos segundos para aceptar que las reglas entre nosotros ya no son exactamente las mismas.
—Lo intentaré, Jack —dice al final con un gesto seco—. Pero no me pidas que le mienta si no sirve para esto.
Y, sinceramente, con Ray eso ya cuenta prácticamente como una promesa.
—Evans, Powell… ¿Qué pasa? ¿Tenéis yegua nueva?
La voz de Cody Miller llega cargada de esa arrogancia desagradable que consigue revolverme el estómago antes incluso de girarme hacia él.
Acaba de aparcar cerca de nosotros y nos observa apoyado en su camioneta con esa sonrisa de imbécil que parece llevar pegada a la cara las veinticuatro horas del día.
—¿No era esa la groupie de Stephenville? ¿Dónde se ha dejado a las otras dos?
—Buenos días, Miller —responde Ray automáticamente.
Su tono es plano, casi educado, pero noto cómo se le endurecen los hombros a mi lado.
Yo intento ignorarlo y seguir andando porque no tengo ganas de perder el tiempo con un tipo como él. El problema es que Cody jamás ha sabido cuándo cerrar la boca.
—¡Evans! Esa mujer es demasiado animal para ti —insiste mientras baja de la camioneta de un salto y se acerca unos pasos—. Decidme una cosa, chicos, ¿cómo la chupan las de ciudad? Porque esa tiene unas tetas que se ven desde la otra punta del recinto.
La sangre me sube a la cabeza tan rápido que apenas noto el momento en que me doy la vuelta. En dos zancadas ya estoy encima de él.
Ray alcanza a ponerme una mano en el pecho intentando frenarme, porque me conoce demasiado bien y sabe exactamente lo que pasa cuando pierdo la paciencia, pero esta vez no llego a detenerme.
—Cody, ¿por qué no te largas de una vez? No seas bocazas —dice Ray todavía intentando rebajar la tensión.
—¿Qué pasa ahora? ¿Os la habéis quedado en exclusiva? —Miller se ríe y el sonido me revienta por dentro—. Cuando os canséis de jugar a los veterinarios con ella, me la mandáis un rato. Igual así aprende lo que es una buena polla tejana antes de volver a su oficina.
No dejo que termine.
Me libro del brazo de Ray de un tirón y me lanzo contra Cody con toda la rabia acumulada desde Stephenville. Lo estrello contra el lateral de su camioneta con un golpe seco que hace retumbar el metal y le borra la sonrisa de la cara al instante.
Le agarro la camisa a la altura del cuello y lo empotro contra la chapa mientras aprieto el puño bajo su garganta con fuerza suficiente para dejarle claro que no estoy jugando.
—Vuelve a abrir esa puta boca para hablar de ella y te juro que no vas a necesitar un toro para que te recojan los dientes del suelo —le suelto a centímetros de la cara, notando cómo intenta recuperar el aire.
Cody abre los ojos de par en par y la chulería se le evapora de golpe al darse cuenta de que no estoy bromeando.
Tengo el puño derecho preparado, listo para destrozarle la mandíbula allí mismo delante de todo el recinto, pero Ray me agarra del brazo con fuerza antes de que llegue a hacerlo y consigue arrancarme de encima de él.
—Para, Jackson. Nos jugamos las acreditaciones y no vale la pena por este —dice con esa calma tensa que solo le sale cuando está intentando impedir que alguien termine sangrando.
Me obliga a retroceder un paso más y se coloca entre los dos antes de que vuelva a lanzarme sobre Miller.
—Lo que quieras ganar, Cody, vas a tener que hacerlo en la arena. Estas mierdas no te van a servir de nada esta noche.
Cody aprovecha la distancia para recolocarse la camisa y recuperar algo de compostura, aunque el susto sigue completamente visible en su cara.
Ya no sonríe ni mantiene esa actitud fanfarrona de hace unos segundos.
Incluso evita mirarme directamente durante demasiado tiempo porque sabe perfectamente que ha estado a un paso de acabar estampado contra el suelo delante de todo el mundo.
—Vámonos —dice Ray mientras me empuja suavemente hacia las oficinas.
Echo a andar todavía con el pulso golpeándome en las sienes y la mandíbula tan tensa que me duele. Sé que a veces reacciono demasiado rápido cuando me cabreo, y también sé que, siendo sinceros, Miller no ha hecho nada que no hayamos escuchado mil veces dentro de este circuito.
Comentarios así forman parte del ambiente desde siempre. Y eso es precisamente lo que más asco me da de todo esto.
Porque, aunque me joda reconocerlo, sé perfectamente que lo que Cody ha soltado por la boca probablemente lo piensan muchos de los hombres que hay aquí. El rodeo está lleno de tipos incapaces de ver a una mujer como algo más que un cuerpo bonito alrededor de las gradas.
Pero esta vez no era «una mujer». Era Sheryl.
Y escuchar a ese imbécil hablar de ella de esa manera me ha afectado muchísimo más de lo que soy capaz de entender ahora mismo.