Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 24
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JACKSON

Ray-Lee conduce con una mano apoyada sobre el volante y la otra descansando en el borde de la ventanilla. El paisaje seco desfila al otro lado de la carretera mientras el ambiente dentro de la cabina sigue tan cargado como desde que salimos esta mañana.

Ray apenas ha abierto la boca en todo el trayecto.

Mantiene la vista fija en la carretera y yo llevo horas midiendo cada pensamiento antes de decirlo en voz alta.

Sheryl va sentada atrás, callada, casi intentando pasar desapercibida.

Sin embargo, termino mirándola de vez en cuando por puro instinto.

Necesito comprobar que sigue ahí, que está cómoda y que todavía no se arrepiente de haberse subido a esta camioneta.

Ella me devuelve la mirada cada vez que me giro.

Y eso me calma más de lo que debería.

—Sheryl, cuando lleguemos a Weatherford, ¿te importaría echarle un ojo a los tendones de Trigger?

Me gustaría que confirmaras que tanto él como Dixie no han acusado demasiado el viaje.

Con este bochorno, cualquier inflamación puede complicarse rápido —le digo mientras busco sus ojos a través del espejo retrovisor—.

Ray y yo tendremos que bajar a por las acreditaciones para esta noche.

—De acuerdo —responde enseguida.

Ray continúa en silencio, con el mismo gesto hermético que lleva arrastrando desde anoche, cuando le comuniqué que Sheryl había aceptado venir con nosotros.

Después de aquello, el resto de la conversación se limitó a preguntas sobre logística, habitaciones, horarios y detalles prácticos del viaje que sinceramente no tenía ganas de discutir.

Porque mientras él hablaba de organización y gastos, yo solo podía pensar en el hecho de que voy a pasar los próximos diez días con ella.

—Tendrás que limpiar cascos, controlar la hidratación para evitar un susto con los cólicos y vigilar la temperatura cada dos horas —dice Ray de pronto sin apartar la vista de la carretera—.

También tendrás que asegurarte de que el forraje esté limpio y de que las cuadras tengan el drenaje que exigimos.

Aquí un caballo enfermo te deja fuera del circuito más rápido que una mala monta.

Miro por el retrovisor y compruebo que Sheryl no ha soltado el móvil en todo el trayecto.

Lleva casi una hora tecleando sin parar, leyendo artículos, guardando notas y repasando información con una concentración que hasta me enternece un poco.

Se nota a kilómetros que está nerviosa. Ha pasado la noche entera empapándose de medicina deportiva equina y ahora mismo tiene auténtico pánico a meter la pata en su primer día con nosotros.

Y, sinceramente, eso me gusta.

Porque demuestra que quiere aprender, que quiere ser útil y que se está tomando esto en serio de verdad.

Por eso no deja de lanzarnos preguntas, intentando adelantarse a cualquier situación antes de que ocurra.

—He estado leyendo sobre el firme de la arena en Parker County —dice de pronto, rompiendo el ruido constante del motor—.

Si el suelo es demasiado profundo, ¿cómo gestionáis normalmente el ácido láctico después de las tandas de lazo?

¿Preferís usar vendajes de descarga o centraros más en hidratación y control del estrés por el ruido?

Ray responde sin apartar la vista de la carretera, con ese tono seco y profesional que utiliza cuando habla de trabajo. No intenta ser desagradable, pero tampoco suaviza nada; le explica el oficio tal y como es, sin adornos ni paciencia extra.

Yo, mientras tanto, intento compensar un poco el ambiente.

Cada vez que ella levanta la vista hacia el espejo, le dedico una sonrisa rápida o algún gesto tranquilo para que entienda que no esperamos perfección desde el primer día.

Esto no es una clínica elegante ni una facultad universitaria.

Aquí todo funciona deprisa, con calor, polvo y animales que pesan media tonelada.

Pero, pese a todo, quiero que sienta que está con nosotros y no sola intentando demostrar algo constantemente.

Las últimas millas hasta Weatherford transcurren entre el zumbido de los neumáticos y esa tensión silenciosa que nos acompaña desde que salimos esta mañana; una mezcla incómoda entre las dudas de Ray y el empeño casi obsesivo de Sheryl por encajar en este mundo cuanto antes.

A medida que nos acercamos a Parker County, el paisaje empieza a cambiar.

Los ranchos se multiplican a ambos lados de la carretera, las vallas aparecen perfectamente alineadas y los remolques de caballos van y vienen constantemente, dejando claro que aquí el rodeo no es un espectáculo ocasional sino una forma de vida.

Cuando aparcamos cerca del Parker County Arena, vuelvo a mirar hacia atrás por el retrovisor.

Sheryl está prácticamente pegada a la ventanilla.

Pero ya no tiene la expresión de turista fascinada que llevaba en Stephenville cuando todo esto todavía parecía una fantasía de verano.

Ahora observa los animales que bajan de otros remolques, los mozos corriendo de un lado a otro y a los jinetes atravesando el recinto con esa prisa nerviosa que aparece antes de cada competición.

Y la forma en que mira todo eso es distinta.

Tiene la expresión de alguien que sabe que dentro de unos minutos le tocará mancharse las manos de verdad.

Se muerde el labio mientras procesa el caos del recinto, el olor a estiércol caliente, el polvo suspendido en el aire y el ruido constante de los generadores funcionando alrededor de las cuadras.

Y, por primera vez desde que se subió a esta camioneta, tengo la sensación de que quizá ya no parece una extraña dentro de ella.

Ahora es parte del equipo, y el peso de esa responsabilidad se le nota en la forma en que mantiene los hombros tensos y en la atención casi obsesiva con la que observa todo lo que ocurre alrededor.

En cuanto bajamos de la camioneta, el engranaje se pone en marcha sin necesidad de que nadie dé instrucciones.

Es como si el trayecto hubiera servido para establecer una especie de acuerdo silencioso entre los tres.

Sheryl salta al asfalto, se ajusta la mochila y se dirige hacia la parte trasera del remolque con una seguridad tan natural que cuesta creer que nunca haya trabajado en un circuito como este.

Ray permanece a unos metros, revisando algo en el móvil mientras busca la ubicación exacta de las oficinas del recinto, pero incluso distraído transmite esa sensación constante de vigilancia que lleva encima desde que ella apareció en nuestras vidas.

Aprovecho el instante en que aparta la vista y me acerco a Sheryl.

Me quedo lo bastante cerca como para notar el rastro de su perfume mezclándose con el olor a tierra caliente, cuero y diésel. Aquí, en medio de todo este ambiente, esa cercanía casi parece algo demasiado íntimo.

—Lo estás haciendo muy bien —le susurro cerca de la nuca, dejando que durante un segundo mi voz sea solo para ella.

Después vuelvo a separarme un poco y recupero el tono profesional antes de que alguien pueda notar demasiado.

—Lleva los caballos a los establos de la zona norte. El número del box está marcado en el lateral del remolque. No tiene pérdida.

—De acuerdo. ¿Dónde nos vemos luego? —pregunta girándose hacia mí.

—Ray y yo iremos a recoger los pases y a cerrar lo de las habitaciones. Luego, seguramente estaremos por el recinto, pero llámame antes para asegurarte.

Ella se queda quieta bajo el sol abrasador de Weatherford y entonces arquea ligeramente una ceja mientras aparece esa media sonrisa irónica que cada vez me gusta más.

—No nos hemos dado los números, Jackson —dice con un tono que consigue que me acerque otro paso sin pensarlo demasiado, ignorando por completo que Ray sigue relativamente cerca—. Si me pierdo por aquí, ¿a quién le pido ayuda?

—Es verdad. Apunta el mío.

Le dicto el número mientras ella escribe deprisa sobre la pantalla del móvil. Y, aunque es una tontería absoluta, me descubro mirando sus dedos moverse como si necesitara quedarme ahí unos segundos más.

—Y apunta también el de Ray, por si acaso. Yo normalmente no vivo pegado al teléfono.

Intercambiamos los contactos rápidamente, rodeados por el ruido constante de los motores, el sonido metálico de los remolques y el olor espeso de las cuadras bajo el calor texano.

—A Ray no le gusto nada —dice entonces bajando un poco la voz—. Se nota que cree que sobro aquí y que solo voy a terminar estorbándoos.

El comentario me provoca un impulso inmediato de acercarme todavía más, de dejarle claro ahí mismo que lo que piense Ray ahora mismo me importa bastante menos que el hecho de tenerla conmigo los próximos diez días.

Pero me obligo a mantenerme quieto.

—No le hagas demasiado caso —respondo, endureciendo un poco el tono para esconder todo lo demás—. Dale tiempo. Ray es complicado con la gente nueva, pero yo soy quien ha decidido que vengas. Y eso debería bastarte.

Ella asiente despacio, guarda el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y se gira para coger las riendas de Trigger y Dixie sin añadir nada más.

Me quedo observándola mientras se aleja entre el movimiento constante de camiones y caballos, guiando a los animales con una naturalidad que encaja demasiado bien en este sitio para alguien que llegó aquí hace apenas unos días.

Y tengo que obligarme a apartar la vista antes de que Ray note que me he quedado completamente distraído mirándola caminar.

Percibo su presencia a mi lado antes incluso de escucharlo acercarse. Ray siempre ha tenido esa forma silenciosa de aparecer que hace que parezca más grande de lo que ya es.

—Ray —lo detengo antes de que siga avanzando hacia las oficinas.

Me ajusto el ala del sombrero para cubrirme un poco los ojos y entonces lo miro de frente con toda la seriedad de la que soy capaz.

—Esta chica me importa, ¿vale?