23
SHERYL
Cierro los ojos en cuanto sus labios vuelven a rozar los míos.
Jackson me está besando con una delicadeza a la que no termino de acostumbrarme, una que no encaja en absoluto con esa imagen de vaquero duro y hermético que suele llevar puesta delante del resto del mundo.
El beso es lento, húmedo y tan absurdamente perfecto que noto cómo todos mis planes empiezan a tambalearse dentro de mi cabeza.
Porque él ya me lo ha pedido claramente. Quiere que me quede.
Y lo peor es que mi cuerpo parece haber tomado la decisión antes que yo.
Me hundo contra él mientras el sabor de su boca y el calor de sus manos en mi cintura empiezan a borrar cualquier pensamiento mínimamente racional.
La propuesta ya no suena tan descabellada como hace unos minutos.
De hecho, si intento analizarla con frialdad, tiene sentido.
Sería una oportunidad real para conocer este mundo desde dentro, para descubrir si de verdad quiero dedicarme a algo relacionado con esto o si, por el contrario, termino odiándolo después de diez días en carretera.
Debería estar pensando en los pros y los contras.
Debería estar haciendo cualquier cosa menos perderme otra vez en su boca.
Pero cada vez que Jackson me besa, cualquier intento de lógica se me derrite entre las manos y el tiempo deja de importar. Ya no quiero tomar decisiones ni enfrentarme a nada; lo único que quiero es seguir pegada a él un poco más.
—Vaya, vaya… —escuchamos de pronto detrás de nosotros.
Jackson se aparta de mí al instante.
La puerta acaba de abrirse de golpe y Anne y Lauren se quedan plantadas en medio de la habitación, observándonos con unas caras que dejan claro que vienen bastante más felices que sobrias.
Si estuvieran serenas, probablemente habrían dado media vuelta en cuanto nos hubieran visto así, pero ahora mismo las dos parecen disfrutar demasiado del espectáculo como para retirarse con dignidad.
Anne se lleva una mano al pecho con dramatismo, como si acabara de presenciar el final de una película romántica, mientras Lauren directamente rebusca dentro del bolso y saca una tira de condones y me guiña un ojo mientras la agita en el aire en plan trofeo de guerra.
Siento que la cara me arde de vergüenza.
Miro de reojo a Jackson, esperando encontrarlo incómodo, pero él, incomprensiblemente, parece mucho más tranquilo que yo. Incluso sonríe antes de inclinarse y dejarme un beso corto en los labios, un roce suave que consigue ponerme todavía más nerviosa delante de ellas.
—Piénsalo esta noche. Mañana me dices algo.
Después saluda a mis amigas tocándose el ala del sombrero y se marcha por el pasillo sin mirar atrás.
El interrogatorio empieza incluso antes de que desaparezca por completo de nuestra vista. Anne y Lauren se abalanzan sobre mí lanzando preguntas una detrás de otra; algunas son sorprendentemente tiernas, casi emocionadas, pero otras van directas al desastre.
Anne se obsesiona enseguida con preguntarme por el tamaño de su «lazo» y Lauren, completamente fiel a sí misma, intenta llevar la cuenta exacta de cuántos orgasmos he tenido esta noche.
Necesito a mis amigas, claro que sí, pero las necesito sobrias.
Mañana tengo que tomar una decisión que puede cambiar muchas cosas y el escándalo que arman no me ayuda precisamente a pensar con claridad.
Puede que el camino que llevo meses buscando no tenga nada que ver con lo que imaginé cuando planeamos este viaje.
Vine aquí buscando diversión, una última aventura antes de enfrentarme a la vida real, y ahora me encuentro valorando si este mundo podría convertirse en una posibilidad seria para mí.
No el espectáculo del rodeo ni las hebillas gigantes ni los vaqueros encima de un toro, sino todo lo que ocurre alrededor de los caballos y el ganado.
Mientras ayudo a Anne y Lauren a quitarse las botas y esquivo las preguntas que les salen sin ningún tipo de filtro, no dejo de pensar en mis antiguos compañeros de promoción y en lo seguros que parecían por tener todos sus planes claros desde el principio.
No me veo como Agatha, trabajando en un zoológico o en una reserva natural, pasando media vida cubierta de barro mientras intento salvar especies en peligro.
Tampoco termino de imaginarme siguiendo el camino de Mary Jo y abriendo una tienda de mascotas en Texas City, aunque durante años pensé que probablemente acabaría haciendo algo parecido porque era la opción cómoda y segura.
Lo que jamás se me habría ocurrido plantearme es terminar como Alfred, perdido en un rancho enorme y dedicando los días enteros a animales de este nivel.
Hasta ahora.
Cuando amanece, la claridad me atraviesa los párpados como una agresión. Alguien ha descorrido las cortinas y el sol me da de lleno en la cara, obligándome a esconderme bajo la sábana unos segundos mientras intento recordar en qué momento conseguí dormirme.
No tengo ni idea de qué hora es, pero me irrita profundamente comprobar que Anne y Lauren, que anoche llegaron prácticamente arrastrándose por el pasillo, parecen recién salidas de un anuncio de champú mientras yo me siento como si me hubiera atropellado la camioneta de Jackson varias veces seguidas.
He pasado buena parte de la noche despierta, escuchando sus respiraciones profundas mientras daba vueltas a la propuesta una y otra vez.
El sueño me terminó venciendo cuando mi cabeza ya no podía más, pero incluso así no he descansado de verdad; me he despertado a ratos, siempre con el corazón acelerado y la sensación de que estoy a punto de tomar una decisión capaz de cambiarme la vida por completo.
—Vamos, bella durmiente. Empieza a hablar. —Lauren ya está duchada, vestida y con el maquillaje impecable, lo que me parece ofensivo teniendo en cuenta el estado en el que llegaron anoche.
—¿Hablar de qué?
—Anoche oímos a Jackson. Dijo que te lo pensaras y que hoy le dieras una respuesta. ¿Qué tienes que pensar exactamente?
Me quedo mirándolas unos segundos, todavía medio dormida y bastante impresionada de que recuerden algo con tanta precisión.
—¿Cómo es posible? Si estabais… borrachas.
—No tanto como crees. Dinos, Sheryl. —Lauren pone esa expresión de seriedad responsable que le queda completamente ridícula—. ¿Qué tienes que pensarte?
Me levanto sin responderles y las dejo hablando solas mientras camino hacia el baño.
Sé perfectamente lo que creen que pasó anoche y no tiene absolutamente nada que ver con la realidad.
El problema es que ni siquiera yo sé todavía cómo explicarles lo que Jackson me propuso cuando sigo sin decidir qué demonios quiero hacer.
Ni una noche entera dándole vueltas ha servido para aclararme la cabeza.
Más tarde, bajamos a la cafetería del motel y terminamos sentadas frente a unos cafés horribles y unos huevos con bacon demasiado grasientos para esta hora de la mañana.
Aprovecho ese momento para contarles por fin la propuesta de Jackson, intentando explicarla de la manera más objetiva posible y sin adornarla más de la cuenta.
—¿Quiere que te vayas con ellos? ¿Con los dos?
—No es lo que creéis. Jackson no es Ray-Lee.
—Todos son Ray-Lee en algún momento. —Lauren hace una pausa solemne que intenta sonar madura y protectora, aunque en ella resulta casi cómica—. No los conoces de nada, Sheryl.
—Una cosa es una noche con un vaquero. Sexo, sin compromisos ni dramas —interviene Anne mientras remueve el café—. Otra muy distinta es largarte diez días con ellos de rodeo en rodeo.
—Lo sé, chicas, pero… creo que Jackson es diferente y nosotros…
—No te atrevas a decir que «conectasteis» —me corta Lauren inmediatamente—. Es una locura. Y lo sabes.
Lo peor es que una parte de mí sabe que tienen razón.
O, al menos, entiende por qué están reaccionando así.
Me molesta sentirme acorralada por ellas, sobre todo porque parece que se hayan puesto de acuerdo durante la noche para desmontar cualquier argumento del que pudiera valerme.
No sé si es culpa del tiempo que llevan juntas o si soy yo la que está intentando justificar algo imposible, pero cuanto más hablan, más difícil me resulta ignorar que sus dudas tienen bastante sentido.
No quiero seguir estirando el tema, así que intento desviar la conversación hacia cualquier otra cosa. Sin embargo, en cuanto veo a Anne levantarse de la mesa con la excusa sospechosamente conveniente de que tiene que comprarle un regalo a Duke, sé perfectamente lo que viene ahora.
Es un movimiento que llevamos ensayando desde la universidad.
Cuando una de nosotras está metida en un lío emocional importante, la «intervención» nunca la hacemos las dos a la vez. Siempre se queda solo una. Y, esta vez, por desgracia para mí, le ha tocado a Lauren.
—De acuerdo, vamos a dar un paseo —dice mientras se pone las gafas de sol, sin dejar espacio para negociar.
Y la verdad es que tampoco me resisto demasiado.
Tengo que tomar una decisión importante y sé que Lauren, para bien o para mal, es incapaz de dejarme escapar hasta que saque todo lo que llevo horas intentando ordenar sola.
Caminamos un par de calles prácticamente en silencio hasta terminar sentadas en un banco de madera astillada frente a Lambert Court, una pequeña zona con árboles cerca del motel donde apenas llega el ruido de la feria.
Aquí todo parece mucho más tranquilo; solo se escucha el tráfico lejano y algún motor perdido avanzando por la carretera principal.
Lauren cruza las piernas y se gira hacia mí con esa expresión seria que adopta cuando decide ponerse en «modo adulta funcional».
—Venga, Sheryl. Vamos a analizar los pros y los contras.
Saca el móvil y abre una aplicación llamada Pros-cons Decide.
—¿Tienes una aplicación para eso? —pregunto mirándola con incredulidad.
—Tengo una aplicación para casi todo, cariño. Ya sabes que, cuando tomo decisiones improvisando, normalmente termino haciendo estupideces.
—Eso no es cierto —protesto automáticamente.
—Créeme —me corta lanzándome una mirada seca por encima de las gafas—. Lo es. Por eso uso esto. Vamos a ver qué dice sobre tu caso.
—No voy a dejar que una puta IA decida qué debo hacer con mi vida…
—¿Puedes callarte? La aplicación no decide por ti. Solo ordena el caos que tienes ahí dentro. Tú le das la información, ella te hace las preguntas y la que decide, al final, eres tú.
Lauren apoya el móvil sobre la rodilla y empieza a teclear con la velocidad de alguien que prácticamente vive pegada a una pantalla.
—Nombre del proyecto: «Clases de Monta» —murmura mientras pulsa aceptar.
—Lauren, no empieces…
—Calla. Primera pregunta —me interrumpe sin levantar la vista del móvil—. Factor de Riesgo Profesional: ¿esta oferta mejora tu currículum o es simplemente una excusa para no enfrentarte todavía al mercado laboral?
Me muerdo el interior de la mejilla porque, joder, la pregunta va directa al problema real.
—Ahora mismo mi currículum vale bastante poco. Solo soy una recién graduada sin experiencia real —respondo intentando sonar objetiva—. Trabajar con caballos de competición como Trigger sí sería medicina deportiva de alto nivel. No es esconderme; sería experiencia clínica de verdad.
Lauren asiente despacio y marca algo en la pantalla.
—Vale, te compro esa respuesta. Segunda pregunta: Seguridad Personal. En una escala del uno al diez, ¿cuánto confías en el sujeto fuera de un contexto de alcohol, hormonas y rodeo?
Aparto la vista hacia la carretera, viendo un camión levantar polvo a lo lejos mientras pienso en Jackson.
Me centro en la manera en que se adelanta constantemente a lo que necesito, en cómo se aseguró de que estuviera cómoda incluso dentro de aquella camioneta imposible y en cómo toda esa rudeza que enseña delante del resto desaparece en cuanto cree que puede hacerme daño.
No es un hombre que abandone a alguien tirado.
—Un ocho —respondo al final.
Lauren levanta ligeramente las cejas.
—Un ocho es bastante alto, pero tú sabrás —dice mientras pasa a la siguiente pregunta—. Tercera: Coste de Oportunidad. ¿Qué pierdes realmente si desapareces diez días más?
Pienso la respuesta apenas unos segundos.
—No demasiado. Diez días de mi vida y un sermón eterno de mis padres diciéndome que soy una irresponsable cuando vuelva a casa. Básicamente lo mismo que llevo escuchando desde hace años.
Lauren hace una pequeña mueca al escucharme.
Conoce demasiado bien mi situación en casa como para fingir que volver a Texas City representa algún tipo de estabilidad maravillosa para mí.
Sus dedos siguen moviéndose rápidos sobre la pantalla del móvil mientras el ventilador oxidado de un local cercano remueve el aire caliente de Lambert Court.
—Aquí viene la buena. Motivación Real. Pregunta crítica: ¿vas por los caballos o por el jinete?
El silencio que queda después de la pregunta se vuelve incómodo enseguida. Noto el calor del mediodía pegándoseme a la nuca mientras intento construir una respuesta mínimamente convincente.
—Voy por el trabajo —miento, y hasta yo noto lo forzada que suena mi voz—. Son dos animales que necesitan supervisión constante si van a competir en Amarillo y Abilene. Él es solo el cliente.
Lauren ni siquiera intenta disimular la cara de «no te cree nadie».
—Claro. Y yo soy monja.
Suspira con dramatismo antes de volver a deslizar el dedo por la pantalla.
—Última pregunta. Plan de Salida: en caso de que algo salga mal o descubras a mitad de ruta que esto no es lo que esperabas, ¿tienes recursos para volver por tu cuenta?
—Tengo ahorros y tarjeta —respondo enseguida, quizás demasiado rápido—. No soy una cría. Si veo que la situación se vuelve rara o que esto no funciona, me bajo en la siguiente ciudad y cojo un autobús.
Lauren asiente despacio y termina de introducir los datos. La aplicación tarda apenas unos segundos en procesar toda la información, pero el silencio que cae entre las dos parece muchísimo más largo.
Finalmente suspira, me mira con una mezcla extraña de resignación y diversión, y gira el móvil hacia mí.
Clavo la vista en la pantalla.
Me quedo leyendo el resultado en silencio, repasando cada frase despacio mientras el calor sigue cayendo sobre Lambert Court y el ruido lejano de la carretera parece desaparecer por completo durante unos segundos.
No es exactamente el resultado que esperaba, pero tampoco puedo fingir que no tiene sentido.
—Bueno —dice Lauren mientras bloquea el teléfono y se lo guarda en el bolsillo trasero del vaquero—. Ahí lo tienes. La decisión sigue siendo tuya.
Después se levanta del banco y empieza a caminar de regreso hacia el motel sin esperar a que responda.
Yo me quedo sentada sola bajo la sombra, con el mensaje todavía grabado en la cabeza y la sensación cada vez más clara de que ya no existe un punto intermedio.
O subo a esa camioneta… o vuelvo a Texas City.