22 #2
—Podrías ayudarnos con los caballos. Trigger te acepta, y te aseguro que ese animal no deja que se le acerque casi nadie que no sea yo.
Podrías encargarte de los vendajes, revisarles las patas después de las montas, ayudar con la alimentación y con todo lo que nosotros muchas veces hacemos deprisa porque vivimos saltando de un rodeo a otro.
Así no sentirías que te estamos regalando nada. Estarías trabajando con nosotros.
Sheryl baja la mirada hacia el suelo y permanece callada unos segundos. Está claro que, en estos momentos, pasan muchas cosas por su cabeza y necesita gestionarlas.
—Pero… ¿Tu amigo de verdad está de acuerdo con esto?
La pregunta me aprieta un poco el pecho, pero mantengo la calma.
—Ray aceptará lo que yo decida. Además, sabe perfectamente que casi siempre me toca a mí cargar con todo el trabajo de los caballos y que alguien con conocimientos de veterinaria nos vendría de puta madre.
—Pero yo no soy experta en caballos de rodeo, Jackson. No creo que sea justo que me paguéis por algo en lo que no tengo experiencia.
—¿No podrías hacerlo? Has estudiado veterinaria, ¿no? —la interrumpo antes de que vuelva a esconderse detrás de otra excusa.
Ella suspira y termina apartándose el pelo detrás de la oreja.
—Bueno… sí. Claro que podría hacerlo.
—Pues entonces ya está. La decisión es tuya, Sheryl. La oferta está encima de la mesa y Ray no es un problema. Y…
—¿Cuánto tiempo sería? —me corta.
Y ahí lo noto. En la forma en que hace la pregunta. En cómo deja de sonar escandalizada y empieza a sonar preocupantemente interesada.
Quiere aceptar.
Todavía no se ha permitido reconocerlo en voz alta, pero lo veo perfectamente. Y yo me estoy muriendo de ganas de que diga que sí .
— Sería un sprint final de diez días —le explico, intentando mantener un tono práctico, aunque por dentro note el pulso completamente disparado—.
Empezamos en Weatherford pasado mañana, bajamos después a Abilene y terminamos en el rodeo de Amarillo.
Son tres plazas enormes, de las que deciden si llegas o no a Las Vegas.
Si conseguimos los puntos suficientes para clasificarnos para la final de diciembre, te vendrías con nosotros como parte del equipo.
Podría acreditarte como asistente veterinaria para el cuidado de nuestros caballos, tendrías acceso a las cuadras oficiales y trabajarías con algunos de los mejores profesionales del circuito.
Serían, probablemente, las mejores prácticas que podrías tener ahora mismo.
Sheryl permanece callada mientras intenta asimilar todo lo que implica mi propuesta.
Y sé perfectamente lo que está pensando, porque ya no se trata únicamente de subirse a una camioneta y recorrer Texas unos días más; le estoy ofreciendo una entrada directa a un mundo al que muy poca gente consigue acercarse desde dentro.
—Diez días —repite en voz baja, casi como si necesitara escuchar la cifra varias veces para convencerse de que esto está pasando de verdad.
—Diez días —confirmo mientras doy un paso más hacia ella—. No vuelvas todavía a Texas City, vaquera. Quédate y descubre cómo es realmente esta vida cuando dejas de verla desde las gradas.
Pero, a pesar de todo lo que le estoy ofreciendo, sigo viendo la duda instalada en su cara.
Sheryl empieza a moverse por la habitación incapaz de quedarse quieta. Coge un libro de la mesita y lo deja en otro sitio sin motivo, se aparta el pelo de la cara una y otra vez y termina caminando de un lado a otro como si estuviera buscando una salida a todo esto antes de tomar una decisión.
Yo la observo en silencio, notando cómo el tiempo empieza a escapárseme entre las manos.
Entonces entiendo que ya no me queda ninguna carta sensata por jugar.
La intercepto a mitad de camino y le rodeo la cintura con las manos para detenerla. La acerco suavemente contra la pared y me quedo delante de ella, estrechándola entre mis brazos mientras intento que deje de huir aunque sea durante unos segundos.
—No sé tú, Sheryl —susurro muy cerca de su boca, notando cómo la respiración se le vuelve irregular—, pero yo no estoy preparado para dejar de verte. Y si ahora mismo te estás preguntando si hay alguna razón más aparte de los caballos para que quiera que vengas con nosotros… la respuesta es sí.
Dejo que el silencio se quede suspendido entre los dos un instante más antes de terminar de decir lo que llevo intentando evitar desde que empezó esta noche.
—Ambos sabemos que lo que ha pasado entre nosotros es mejor que cualquier cosa que te esté esperando ahora mismo en Texas City —le digo sin apartarme de ella, notando cómo la tensión le atraviesa el cuerpo entero—.
Puedes volver a casa, seguir haciendo lo que se espera de ti y continuar igual de perdida que antes de empezar este viaje…
O puedes arriesgarte por una vez en tu vida.
Hago una pequeña pausa, buscando que de verdad escuche cada palabra y no solo la locura de la propuesta.
—No vas a encontrar tu camino quedándote siempre en los sitios donde te sientes segura, Sheryl.
Puede que esto sea una locura, no te digo que no, pero si no la cometes nunca vas a descubrir qué es lo que realmente quieres.
Y yo… —Trago saliva un segundo antes de continuar— yo no estoy ni remotamente preparado para dejarte ir todavía.
No espero a que responda ni a que encuentre una excusa para protegerse otra vez detrás de la lógica.
La beso.
Y esta vez no hay calma ni paciencia ni intención de contener nada.
La beso con toda la urgencia que llevo acumulando desde que la dejé delante del motel, intentando que entienda de una vez, sin discursos ni rodeos, que la necesito en esa camioneta muchísimo más de lo que estoy dispuesto a reconocer en voz alta.