Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 22
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JACKSON

Me detengo frente a la puerta de nuestra habitación y apoyo la oreja un instante antes de entrar, tanteando el ambiente.

No tengo el cuerpo para encontrarme a Ray montando uno de sus espectáculos habituales, con música alta, cerveza barata y un par de chicas riéndose sobre la cama mientras él intenta convencerlas de que es el próximo campeón nacional.

Pero al otro lado solo hay silencio.

Desde el pasillo llega el eco lejano de la feria, mezclándose con el cansancio extraño que todavía arrastro desde que dejé a Sheryl en el motel.

Cuando abro la puerta, me quedo quieto un momento en el umbral.

Ray está tumbado sobre la colcha, en calzoncillos y con las manos detrás de la cabeza, mirando una vieja película en blanco y negro que parpadea en la televisión. No hay alcohol desperdigado por la habitación, ni rastro de mujeres, ni siquiera parece haberse movido demasiado desde que salí.

—Ey, Ray. ¿Ya te has retirado?

—Sí —responde sin apartar la vista de la pantalla—. ¿Qué tal la cita?

—Bien. Sin más.

Dejo las llaves sobre el mueble y empiezo a moverme por la habitación intentando parecer más tranquilo de lo que realmente estoy, aunque algo en toda esta situación me mantiene alerta desde que he cruzado la puerta.

Porque esto no se parece a él.

En todos los años que llevamos compartiendo moteles, carreteras y rodeos, Ray nunca se ha quedado encerrado en una habitación porque sí.

Ni siquiera después de una mala monta o de acabar estampado contra la arena.

Él necesita distracción, gente, alcohol y mujeres igual que necesita subirse a un toro cada fin de semana.

Es la forma que tiene de vaciarse la cabeza después de cada competición.

—¿No has salido? —pregunto mientras me quito las botas, intentando sonar casual—. Pensaba que ya habrías cazado algo y estarías con un par de chicas.

—No. Me he quedado aquí, descansando.

El tono con el que lo dice hace que levante la vista hacia él enseguida.

Está demasiado serio. Demasiado despejado.

—¿Descansando? —bromeo mientras dejo escapar una risa corta—. ¿Te encuentras mal o qué? ¿Tienes fiebre?

Ray no me sigue la broma. Se incorpora despacio sobre la cama y entonces me mira de una forma que no termino de reconocerle. No parece enfadado exactamente, pero sí demasiado pendiente de mí, como si llevara horas esperando a que regresara.

—¿Qué tal con esa chica? ¿Sheryl? —pregunta pronunciando su nombre despacio.

Y eso sí consigue ponerme incómodo de verdad, porque Ray jamás recuerda el nombre de ninguna chica.

Me quedo quieto, con la camisa a medio abrir. Podría responder cualquier cosa vaga, meterme en la ducha y dejar esta conversación para otro momento, pero la idea que me lleva martilleando la cabeza desde que salimos del lago ya no me deja seguir esquivándolo.

Y sé que el tiempo juega en mi contra.

—Ray —digo mientras me doy la vuelta hacia él.

Nuestros ojos se cruzan en ese silencio raro que llevamos compartiendo desde adolescentes, ese en el que muchas veces no hace falta terminar las frases porque el otro ya sabe por dónde van los tiros.

A veces esa conexión me tranquiliza; otras, como ahora, me hace sentir completamente atrapado, porque soy consciente que a él no puedo ocultarle nada demasiado tiempo.

—Sé que solo nos quedan Weatherford, Abilene y Amarillo antes de la final de Las Vegas —continúo, escogiendo las palabras con cuidado—. Son los últimos cartuchos y no quiero hacer ninguna estupidez. Por eso prefiero hablarlo contigo antes de mover ficha.

—Le estás poniendo demasiada intriga al asunto, Jackson. ¿Qué pasa?

Ray se incorpora sobre la cama y deja los pies en el suelo. El somier chirría suavemente en mitad del silencio de la habitación y noto cómo la presión me aprieta un poco más el pecho ahora que ya no puedo echarme atrás.

Me observa fijamente, intentando leerme igual que lleva haciendo media vida, y sé perfectamente que se ha dado cuenta de que esto no va de una mala monta ni de dinero.

Cuando me pongo serio de esta forma, normalmente significa que algo importante está a punto de cambiar entre los dos.

Me humedezco los labios y tomo aire despacio, sintiendo encima el peso de su mirada y de todo lo que llevo semanas pensando sin atreverme a decir en voz alta.

Sé que Ray no se ha tomado bien la noticia, pero después de todos estos años recorriendo el estado para ayudarle a perseguir su sueño, creo que me he ganado el derecho a tomar una decisión por mi cuenta.

Lo dejo a solas porque lo conozco desde que éramos unos críos y sé perfectamente cómo funciona.

Necesita tiempo para digerir lo que acabo de decirle y ordenar las ideas antes de reaccionar de verdad.

Quedarme ahí delante ahora mismo solo serviría para que alguno de los dos terminara diciendo algo de lo que luego se arrepentiría.

Salgo al pasillo y cruzo directamente hasta la puerta de Sheryl con la cabeza todavía hecha un desastre.

La verdad es que no tengo nada preparado ni ningún discurso brillante esperándome al otro lado; solo esta sensación instalada en el pecho desde que la dejé hace menos de una hora y la inaplazable necesidad de verla otra vez.

Llamo.

Y ella abre casi al instante.

Tiene los ojos todavía húmedos y la expresión completamente descolocada, como si llevara un rato peleándose consigo misma desde que la dejé en el parking .

—¿Estás sola? —pregunto mientras echo un vistazo rápido al interior de la habitación—. Necesito hablar contigo.

Sheryl se aparta enseguida para dejarme pasar, todavía demasiado sorprendida como para reaccionar de otra manera.

En cuanto cierro la puerta detrás de mí, vuelvo a acercarme a ella casi por instinto. Apoyo una mano junto a su cabeza y la empujo suavemente contra la pared mientras intento recordar qué demonios había venido a decirle.

Pero el problema es que tenerla otra vez delante me destroza cualquier intención racional en menos de dos segundos.

Hace apenas una hora estaba desnuda encima de mí bajo las estrellas y, a pesar de todo, siento que llevo demasiado tiempo sin tocarla.

La beso.

Lo hago sin pensarlo demasiado, dejándome llevar por la necesidad inmediata de volver a sentir su boca, y precisamente por eso me obligo a detenerme antes de perder el hilo de todo lo demás.

—Perdona —murmuro todavía rozándole los labios—. No te he preguntado si podía hacerlo.

Ella sonríe con mi boca cerca de la suya. No hace falta verla bien para notarlo; lo escucho en la forma en que se le escapa el aire al respirar.

—Ya me he dado cuenta.

—Entonces… ¿puedo? —pregunto otra vez, queriendo dejar claro que esta vez sí necesito saberlo.

—Ya lo estabas haciendo. No sé por qué has parado.

Y vuelvo a besarla.

Más despacio esta vez, sin la urgencia salvaje de la camioneta, aunque siga sintiendo el cuerpo entero reaccionando en cuanto la tengo pegada al mío.

Son besos lentos, largos, de esos en los que no intentas llegar rápido a ninguna parte porque lo único que quieres es quedarte ahí un poco más, respirando el mismo aire.

Pero no he venido solo para esto.

Aunque me cueste separarme, termino haciéndolo despacio y le retiro un mechón de pelo de la cara, dejándolo enredado entre mis dedos mientras intento ordenar las palabras antes de soltarlas.

—No soy mucho de discursos, pero quiero proponerte algo.

—Tú dirás.

—Me has dicho en el lago que todavía no tienes claro tu camino, que no has encontrado lo que buscabas en este viaje.

—Sí, no me lo recuerdes —dice desviando la mirada hacia un lado.

—Te lo recuerdo porque tengo una propuesta. Y antes de que digas que no, quiero que lo veas como una oportunidad profesional y no como otra cosa. Nos quedan tres rodeos antes de la final de Las Vegas: Weatherford, Abilene y Amarillo. Quiero que nos acompañes.

Ella parpadea varias veces, completamente desconcertada por lo que acaba de escuchar.

—¿Qué? Jackson… Mis amigas y yo nos vamos pasado mañana.

—Lo sé. Por eso quiero que lo pienses con calma. Y también quiero que tengas clara una cosa desde el principio: no te estoy pidiendo esto para que me calientes la cama cuando vuelva de la arena. No van por ahí los tiros.

Sheryl me mira como si todavía estuviera intentando decidir si hablo completamente en serio o si todo esto es una locura impulsiva de la que voy a arrepentirme mañana por la mañana.

Y la verdad es que probablemente sean ambas cosas, pero desde aquella noche en Glen Rose no he conseguido quitármela de la cabeza ni un solo día.

La idea de que dentro de menos de cuarenta y ocho horas desaparezca de aquí y vuelva a Texas City me resulta directamente insoportable.

—Pero… ¿Viajando con vosotros? ¿Los tres? —pregunta mientras intenta procesar todo lo que acabo de proponerle.

—He hablado con Ray. Normalmente compartimos habitación, pero a partir de ahora cogeríamos dos.

Una sería para ti sola. Podrías venir con nosotros, ver de verdad cómo funciona este mundo desde dentro y descubrir si todo esto te interesa tanto como crees o si lo odias después de una semana en carretera.

Verías cómo preparamos a los caballos, cómo se recuperan después de cada monta y todo lo que implica mantener a un animal de élite listo para competir.

Sheryl niega despacio con la cabeza, claramente abrumada por la propuesta.

—Jackson, yo… no tengo dinero. No puedo alargar más las vacaciones. Mis ahorros no dan para algo así.

—El dinero no sería un problema. Ya lo he hablado con Ray y nos haríamos cargo de tu habitación, de la comida y de lo que hiciera falta.

—No puedo aceptar algo así —me corta enseguida, reaccionando exactamente como esperaba.

Y, joder, incluso eso me gusta de ella.