Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 21
48%

21

SHERYL

Tengo su sombrero encajado en la cabeza y el sabor de su lengua todavía en la boca, mezclado con el vino y el aire húmedo del lago.

Durante años imaginé escenas como esta. Sexo rápido, salvaje, con un vaquero al que no tendría que volver a ver después de una noche perdida en cualquier rincón de Texas.

Pero esto ya no se parece en nada a esa fantasía.

Todo cambió en algún punto del camino. Quizá cuando me sacó a bailar en aquel dance hall de Glen Rose.

Quizá cuando me folló contra la pared del motel después de la ducha.

O quizá cuando decidió traerme aquí, a este parque perdido junto al lago, y convirtió una cita improvisada en algo que voy a recordar durante el resto de mi vida.

La fantasía original era mucho más simple. Un tipo enorme, duro, con más fuerza que cerebro, sujetándome con un lazo y follándome hasta dejarme sin nombre ni pensamientos.

Pero Jackson ha conseguido algo mucho peor.

Ha hecho que me importe.

Y eso lo vuelve todo muchísimo más intenso.

Porque ahora no es solo el sexo. No es únicamente la forma en que me llena, cómo me agarra o cómo pierde el control cada vez que me muevo sobre él.

Es la manera en que me mira cuando cree que no me doy cuenta, el cuidado extraño que aparece entre toda esa brusquedad y esa sensación absurda de que, dentro de esta camioneta, solo existimos nosotros dos.

Joder.

Esto está siendo demasiado bueno.

La manera en que me acaricia mientras me muevo sobre él, cómo maneja mi cuerpo sin necesidad de imponerse y cómo parece encontrar exactamente los puntos que me hacen perder la cabeza sin que yo tenga que decir una sola palabra…

Debe ser algún tipo de don. Porque apenas es la segunda vez que estamos juntos y, sin embargo, sabe perfectamente dónde tocar, cuánto apretar y cuándo hacerlo.

Es desesperante.

El polvo de Glen Rose se queda ridículamente pequeño comparado con esto. Y estamos dentro de una maldita camioneta.

No tiene sentido.

¿Cómo puede un hombre, al que apenas conozco, convertir algo que llevaba años idealizando en una experiencia tan brutalmente real?

Jackson me agarra los muslos y guía mis movimientos sobre él mientras noto cada embestida subiéndome por el cuerpo. Cuando baja la boca hacia mis pechos y rodea uno de mis pezones con la lengua, dejo de necesitar el cielo de fuera para ver estrellas. Las tengo explotándome detrás de los párpados.

Entonces levanta la pelvis y me penetra con una sacudida mucho más profunda, obligándome a recibirlo entero de golpe.

Y ahí se acaba el juego.

Porque alcanza ese punto exacto dentro de mí que me arranca el gemido más sucio de toda la noche y me deja completamente vendida encima de él.

A partir de ese momento ya no soy yo quien marca el ritmo.

Mi cuerpo empieza a moverse solo, guiado por el placer y por la forma en que él controla cada embestida, cada pausa y cada cambio de presión con una precisión que asusta.

Jackson sabe exactamente lo que me está haciendo.

Y lo peor es que disfruta viéndome perder el control.

Intento aguantar, de verdad que lo intento, pero el placer empieza a acumularse demasiado rápido y demasiado fuerte.

El reto de los ocho segundos ya no significa una mierda.

Mi espalda termina arqueándose mientras busco aire y noto cómo el orgasmo empieza a subir por mi cuerpo sin que pueda frenarlo.

Y él sigue mirándome de esa manera tranquila, concentrada, como si ya supiera exactamente cómo va a terminar esto.

Se inclina hacia mi oreja y noto su respiración rozándome la piel.

—¿Ya está, vaquera? —susurra—. ¿Esto es todo lo que tienes?

Apoyo la frente contra su hombro, jadeando, completamente deshecha encima de él y demasiado cerca de perder el control del todo.

—Cállate y termina —consigo decir mientras le clavo las uñas en la espalda—. Ni se te ocurra dejarme así.

Y, por suerte para mí, no lo hace.

Me agarra con más fuerza y empieza a moverse con una urgencia que me deja sin aire.

Todo se vuelve demasiado intenso, demasiado rápido, y termino rompiéndome por completo sobre él mientras noto cómo su cuerpo también llega al límite conmigo.

Se tensa debajo de mí, rígido, aguantando la respiración, mientras el orgasmo nos atraviesa a los dos al mismo tiempo.

Después nos quedamos quietos unos segundos.

Yo sigo apoyada sobre su pecho, intentando recuperarme mientras noto cómo me acaricia la espalda despacio, con una calma que me deja completamente indefensa después de la brutalidad de hace apenas un momento.

Poco a poco nuestras respiraciones vuelven a acompasarse y el calor cargado de la cabina empieza a bajar.

Entonces llega el «después».

Esta vez no hay interrupciones, ni ruido, ni ninguna excusa que rompa el momento antes de que pueda volverse peligroso de verdad.

Me separo un poco para mirarlo y Jackson me devuelve una expresión seria, difícil de descifrar. No tengo ni idea de qué pasa ahora mismo por su cabeza, pero sí sé perfectamente qué está pasando por la mía.

Las palabras de Lauren vuelven de golpe.

“Tía, no me digas que te has colgado de él”.

Y lo peor es que Jackson no hace absolutamente nada para quitarme esa idea de encima.

Lo lógico sería que se apartara, se subiera los pantalones y soltase alguna frase arrogante de vaquero satisfecho consigo mismo. Eso encajaría mucho mejor con el hombre que creía conocer hace unos días.

Pero no.

Jackson me mantiene encima de él, me aparta el pelo de la cara y me besa despacio, de una manera tan suave que casi me desarma más que todo lo que acabamos de hacer.

Después baja hacia mi cuello y sigue besándome allí, bajo la mandíbula, detrás de la oreja, con una ternura que jamás habría esperado encontrar en alguien como él.

—Jackson… si sigues así… —empiezo a decir.

No me deja terminar.

Me besa de nuevo pero esta vez el beso cambia enseguida. Pierde toda la suavidad y vuelve a llenarse de hambre mientras reclina el asiento hasta atrás y yo acabo tumbada sobre él en medio de una maniobra torpe y apresurada.

Jackson se incorpora apenas un momento y la visión de sus abdominales tan cerca hace que el pulso se me vuelva a disparar. Después me gira entre sus manos y me sujeta las muñecas contra el respaldo.

—Ahora —susurra detrás de mí—. Sujétate fuerte, vaquera.

No me queda otra.

Empieza a follarme así, sin darme apenas tiempo para recuperarme del todo, y el cuerpo vuelve a reaccionar al instante, aunque hace apenas unos minutos estuviera convencida de que no podría soportar un orgasmo más.

Jackson sigue sin decir nada; toda su atención está puesta en el contacto, en la fuerza con la que me agarra y en el ritmo firme de sus embestidas.

Y, sinceramente, agradezco ese silencio.

Al parecer, no es un hombre que necesite llenar el aire de palabras.

Prefiere que sea su cuerpo quien hable por él.

Y vaya si lo hace.

La fantasía absurda del vaquero y el sexo duro se queda corta comparada con esto. No hacen falta cuerdas ni juegos para entender que Jackson sabe exactamente cómo hacerme perder la cabeza. Después de los dos mejores orgasmos de mi vida, las explicaciones sobran.

Cuando termina, me quedo unos segundos tumbada sobre el asiento, con el vestido arrugado en la cintura, las bragas destrozadas y el corazón todavía completamente fuera de control.

Detrás de mí lo escucho respirar con dificultad, recuperándose igual que yo del esfuerzo y del calor insoportable que hemos dejado atrapado dentro de la camioneta.

El coche entero huele a sexo.

Cuando Jackson abre la puerta y entra un poco de aire fresco desde el lago, lo recibo como si acabara de salir de un incendio.

Él baja primero y yo aprovecho para incorporarme como puedo, intentando poner algo de orden en mi pelo mientras recupero la respiración. A través del parabrisas lo veo caminar hacia la orilla del lago y agacharse para echarse agua en la cara y sobre el torso.

Las estrellas se reflejan sobre el agua oscura y también sobre su espalda húmeda, marcándole los músculos cada vez que se mueve.

Y, joder…

Sigue siendo un espectáculo incluso después de todo lo que acabamos de hacer.

Me quedo observándolo unos segundos más, viendo cómo el agua resbala por su piel hasta perderse bajo la cinturilla de los vaqueros.

Hay algo en su manera de moverse, en esa calma segura con la que se toma su tiempo para refrescarse y quitarse el sudor del cuerpo, que consigue ponerme otra vez tensa aunque debería estar agotada.

Cuando veo que regresa mientras se abrocha la camisa, me paso rápidamente al asiento del copiloto e intento recomponerme antes de que abra la puerta.

—¿Estás bien? —me pregunta al entrar, buscando mi reacción antes que cualquier otra cosa. Me deja claro que eso es lo único que le preocupa ahora mismo.

—Sí. Perfectamente —respondo.

Podría haber dicho «de puta madre», pero me contengo mientras bajo el espejo del parasol para intentar arreglar el desastre que llevo encima. No tardo ni dos segundos en encontrar el problema: tengo el cuello lleno de marcas rojizas.

Jackson sigue mi mirada y se pasa una mano por la nuca.

—Lo siento por eso —dice señalándome la garganta—. Creo que me he dejado llevar demasiado.

—No importa, tranquilo. —Abro el bolso, saco un pañuelo y me lo anudo alrededor del cuello antes de mirarme otra vez en el espejo—. Arreglado, ¿ves?

Él me regala una pequeña sonrisa, pero hay algo raro en su expresión. No parece satisfecho ni relajado después de lo que acabamos de hacer. Más bien parece metido demasiado dentro de su propia cabeza.

Y eso me desconcierta.

—Deberíamos volver —dice mientras arranca la camioneta.

El trayecto de regreso transcurre casi sin palabras. Ya no es el silencio cómodo del lago ni el de antes de besarnos; este es distinto. Más torpe. Más lleno de pensamientos que ninguno de los dos parece dispuesto a decir en voz alta.

Cuando llegamos al parking del motel, Jackson apaga el motor, gira apenas la cabeza hacia mí y suelta un simple:

—Buenas noches.

Y ya está.

No sé exactamente qué esperaba después de todo lo que ha pasado entre nosotros, pero desde luego esto no.

Dentro de dos días voy a desaparecer de su vida y él de la mía. Lo sé. Se supone que esto siempre tuvo fecha de caducidad. Pero, aun así, esa despedida me resulta demasiado fría después de lo que acabamos de compartir en el lago.

Demasiado distante.

Y, por primera vez desde que lo conocí, vuelve a atravesarme aquella sensación horrible de Stephenville. La de ser solo otra groupie más.

Como si el sexo hubiera sido el precio de entrada y ese «buenas noches» fuera simplemente la forma elegante de dar el asunto por terminado.

Cierro la puerta de la habitación del motel y me apoyo contra la madera, quedándome inmóvil mientras espero escuchar algo al otro lado. Un paso. Un golpe en la puerta. Lo que sea.

Pero no llega nada.

La habitación queda sumida en una quietud incómoda que me obliga a enfrentarme a todos los pensamientos que llevaba horas intentando apartar.

Entonces, sin previo aviso, se me escapa el primer sollozo.

—Joder… joder, joder…

Me limpio las lágrimas con rabia, frustrada conmigo misma, porque esto no tiene ningún sentido. No debería dolerme algo que ni siquiera existe.

La habitación es un desastre y no hay ni rastro de Anne ni de Lauren. Miro sus camas vacías y me siento ridícula, sola y con el cuello lleno de marcas que parecen el mapa de todas las malas decisiones que he tomado desde que llegué a Texas.

Debería haberme quedado con ellas y con el manso de Ray aquella primera noche en Stephenville. Así todo se habría reducido a una fantasía absurda con un vaquero atractivo y ahora podría volver a casa con la cabeza mucho más clara. Al menos en lo que respecta a mi vida personal.

Porque lo profesional, que se suponía que era el motivo principal de este viaje desde el principio, sigue siendo una completa incógnita.

Saco el móvil del bolso y abro nuestro grupo de WhatsApp.

Necesito ruido. Música. Algo que me saque de la habitación antes de que empiece a ahogarme aquí dentro.

Empiezo a escribir para preguntarles dónde están, convencida de que lo mejor sería ir a la feria, emborracharme con ellas y fingir durante unas horas que sigo siendo la misma chica que salió de Texas City semanas atrás.

Pero me detengo antes de enviar el mensaje.

El pulgar me tiembla sobre la pantalla.

No puedo ir.

No puedo aparecer allí con esta cara de haber perdido una guerra y fingir que me importa el rodeo, la música o cualquier estupidez que esté pasando en la feria. Y ni siquiera es por lo que puedan decirme. Sé perfectamente cómo reaccionarían.

Lauren soltaría el primer «te lo advertimos» antes de terminar la cerveza y Anne me miraría con esa mezcla de pena y paciencia que pone cuando cree que alguien está a punto de hacerse daño.

El problema real es otro.

Ahora mismo no soportaría el ruido. Ni las risas. Ni a la gente empeñada en divertirse mientras yo siento que me han pasado por encima.

¿Por qué, de todos los vaqueros del circuito, he tenido que engancharme precisamente de este?

No podía ser uno simple. Uno bruto. Uno de esos tipos llenos de testosterona y poco más, de los que te follan, se largan y facilitan muchísimo odiarlos después.

No.

Yo tenía que acabar con el único que, además de estar jodidamente bueno, resulta ser atento, educado y capaz de hacerme sentir como si fuera la única mujer del planeta durante horas… para luego dejarme delante del motel con un «buenas noches»  frío y completamente impersonal.

Bloqueo el teléfono y lo dejo caer sobre la colcha antes de sentarme en el borde de la cama.

La habitación vuelve a quedarse en silencio y noto ese peso raro instalándose otra vez en el pecho. Y lo peor de todo es que Anne y Lauren tenían razón.

Me he colgado de Jackson Evans hasta el fondo y no tengo ni puta idea de cómo salir de esto yo sola.