20
JACKSON
Estoy a punto de arrancar cuando Sheryl me detiene al apoyar la mano sobre la mía.
—¿Podemos quedarnos un poco más? —pregunta con timidez—. Hace una noche increíble y el cielo está… Bueno, está precioso.
Baja la vista un momento antes de volverla hacia el parabrisas. Afuera, el parque permanece completamente a oscuras y el lago refleja las estrellas hasta el punto de que cuesta distinguir dónde termina el agua y dónde empieza el cielo.
Y tiene razón.
La noche es una locura.
En momentos así me fastidia no saber hablar mejor.
No tener facilidad para decir las cosas bonitas que seguramente cualquier tipo elegante de ciudad soltaría sin esfuerzo.
Gente como la que ella debe de conocer. Tipos cultos, seguros de sí mismos, no un vaquero que se pasa media vida encima de toros y la otra media cubierto de polvo.
Pero, aun así, termino hablando.
—La luz se refleja en el agua —murmuro, sin saber muy bien de dónde sale el resto de la frase—, pero va directa a tus ojos. Creo que es lo más bonito que he visto en mi vida.
Sheryl gira despacio la cabeza hacia mí.
Durante un segundo no sé qué significa la expresión que aparece en su cara. Parece sorprendida. Quizá un poco desarmada también.
Y, sobre todo, me tranquiliza comprobar que no se está riendo de mí, porque justo después de decir esa frase he empezado a sentirme como el mayor idiota del estado de Texas.
Se acerca a mí sin decir nada. Y no hace falta. Lo que le he dicho no era un halago vacío; era lo que jodidamente he sentido al ver ese reflejo en sus ojos. Sheryl me ha parecido increíble desde que la conocí, pero esta noche hay algo distinto en ella.
Toda ella es pura magia, y casi puedo notar cómo me elevo a esas estrellas en cuanto empieza a besarme.
Y sé que es magia porque estos besos no son el camino para conseguir un fin, ni un simple peaje que pagar para llegar a ninguna parte. Sus labios son el destino y su cuerpo no es ningún trámite.
En algún momento acaba acomodándose entre mis piernas y ya no sé exactamente quién se ha movido primero. Solo sé que mi mano termina apoyada en su cintura y que la noto respirar más rápido contra mí mientras seguimos besándonos dentro de la oscuridad tranquila de la camioneta.
La noche alrededor parece haberse detenido.
Ni siquiera se oyen ya los grillos.
Subo despacio las manos por sus muslos hasta recoger un poco la tela del vestido sobre su cintura, y el simple contacto de su piel caliente bajo mis dedos hace que tenga que cerrar los ojos un segundo.
Sheryl no tiene nada que ver con nadie con quien lo haya hecho antes.
No es que me sienta orgulloso, pero esta camioneta ha visto pasar a demasiadas chicas.
En cualquier otro momento, en una realidad que ahora me parece ajena, me habría limitado a dejar que alguna de ellas me la chupara mientras disfrutaba de la visión de un cuerpo bonito o saboreaba una cerveza.
No sería la primera vez. En esos encuentros ni siquiera me molestaba en mirarlas a los ojos; era algo vacío, puro trámite para conseguir un placer que ellas me ofrecían y que yo aceptaba sin más pretensiones.
Ahora lo único que me importa es alargar este momento todo lo posible.
Sentir cómo su cuerpo se mueve contra el mío, cómo su respiración pierde el ritmo cada vez que vuelvo a besarla y cómo mi cabeza deja de funcionar con normalidad cada vez que sus dedos se pierden entre mi pelo o bajan por mi cuello.
Y eso es lo que más me desarma de todo.
Que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ninguna prisa por llegar al final.
De pronto se separa.
La ausencia de su boca me deja desorientado al instante, y durante un segundo noto el aire frío colándose entre nosotros mientras sigue sujetándome la cara con las dos manos.
—Jackson —susurra.
—Dime —respondo casi sin pensar.
Ahora mismo no quiero hablar.
Llevamos dos horas haciéndolo. Hablando de sus dudas, de mis planes, de todas esas cosas que parecían importantes hace apenas un rato y que ahora mismo se me antojan lejanas, pequeñas, enterradas bajo la necesidad absurda que tengo de volver a besarla.
Y entonces lo entiendo.
Mi única preocupación real en este momento es que deje de hacerlo.
El silencio se queda suspendido dentro mientras el lago y las estrellas continúan ahí fuera, tranquilos, como si el mundo siguiera girando con normalidad. Pero entre nosotros el aire se ha vuelto demasiado espeso para soportarlo mucho más tiempo sin tocarla otra vez.
Así que rompo la distancia y vuelvo a buscar su boca.
Y ahí es donde todo termina de descontrolarse.
El beso cambia por completo. Se vuelve más profundo, más desesperado, lleno de manos recorriéndose sin paciencia y respiraciones desordenadas que apenas nos dejan espacio para pensar.
Ella se mueve sobre mí y yo noto cómo el cuerpo entero se me pone en tensión cuando le deslizo los tirantes del vestido por los hombros.
Y, joder…
La tela cae lo suficiente para dejar sus pechos frente a mí y me quedo paralizado un instante, observando cómo se le acelera la respiración bajo mis manos.
La forma de su cuerpo, la piel erizada, sus pezones endurecidos justo delante de mi boca…
Todo en ella parece hecho para volverme completamente imbécil.
Las estrellas reflejadas sobre el lago dejan de importar. Ahora mismo no existe nada fuera de esta camioneta.
Sheryl echa el cuello hacia atrás y arquea la espalda, dándome vía libre para chupar, lamer y perderme en sus tetas.
Se restriega contra mi erección mientras me desabrocha el pantalón con una urgencia que me nubla el juicio.
Está desesperada, ansiosa, casi tanto como yo.
Y digo casi porque dudo que exista alguien en este maldito mundo tan jodidamente cachondo como lo estoy yo ahora mismo.
La cabina de la camioneta es pequeña; no tiene nada que ver con el espacio que tuvimos en la ducha o en la cama del motel.
Pero precisamente esa falta de sitio, de no poder quitarnos las manos de encima ni querer esperar ni un segundo más, vuelve todo mucho más salvaje.
Tenerla encima de mí, moviéndose sobre mi polla como una auténtica vaquera, me está destrozando la cabeza por completo.
—Para, Sheryl —le ordeno, aunque cada parte de mi cuerpo me esté pidiendo justo lo contrario.
Ella se detiene, pero más por desconcierto que porque quiera hacerlo de verdad.
—¿Qué pasa? —pregunta con la respiración acelerada y el deseo todavía marcado en la voz.
—No vayas tan deprisa —le susurro contra el cuello mientras le llevo las manos hacia la espalda para inmovilizarla.
Se muerde el labio inferior sin dejar de restregarse contra mí.
Noto perfectamente su humedad a través de la tela de las bragas y mis bóxer, que todavía son lo único que queda entre nosotros.
La sujeto con más fuerza, obligándola a quedarse quieta contra mi pecho aunque el cuerpo entero me tiemble de ganas de dejarla seguir.
—¿Estás de coña, verdad? —protesta ella, soltando un gemido cargado de frustración.
—Hablo muy en serio, vaquera. Quiero ver cuánto aguantas ahí arriba.
El vestido está recogido en su cintura y el pelo le cae hacia delante, ocultándole los pechos.
Le sujeto las muñecas a la espalda con una sola mano mientras con la otra empiezo a recorrerla despacio, rozándole la piel apenas con las yemas de los dedos.
La tiene demasiado suave; tanto que hasta me da miedo marcarla con estas manos acostumbradas al lazo, la cuerda y la arena.
Ella se estremece y se remueve sobre mí, atrapada entre mis piernas, y yo disfruto cada segundo de esa tortura lenta. Verla así, perdiendo la paciencia y desesperada porque la toque de verdad, es probablemente la imagen más excitante que he tenido delante en mi vida.
—Jackson, por favor… —suplica.
—Paciencia. Te juro que va a valer la pena. Ahora… —Le indico un punto del respaldo con la cabeza—. Apoya una mano ahí y no toques nada con la otra.
Quiero que se quede quieta. Que note cómo toda esa tensión sigue acumulándose entre los dos sin darle salida todavía, igual que el cuerpo de un toro encerrado en el cajón justo antes de abrir la puerta.
—Esto es como un rodeo, Sheryl —le susurro junto al oído mientras noto cómo le tiemblan los muslos—. Solo que aquí los ocho segundos van a durar toda la puta noche. Y tú no te vas a bajar hasta que yo te lo diga.
Ella sonríe y niega un poco con la cabeza, pero acaba obedeciendo igual.
—No hagas nada hasta que yo te lo diga —repito, marcándole el ritmo de la misma forma que mido los tiempos antes de que se abra el cajón en la arena.
Sheryl obedece, aunque sé perfectamente lo mucho que le está costando quedarse quieta.
Paso la mano entre sus piernas y, en un movimiento rápido, rasgo la seda húmeda de sus bragas.
No hay espacio para más espera. Entro en ella despacio, sintiendo cómo su cuerpo me recibe con una presión que me deja la cabeza completamente en blanco.
Ella se acomoda sobre mí poco a poco. La observo cerrar los ojos mientras toma aire y deja caer el peso de su cuerpo, aceptando cada centímetro hasta abrirse por completo para mí. Y justo entonces me inclino hacia delante, buscando que vuelva a centrarse en mí.
—Ahora, Sheryl —susurro cerca de su boca—. ¿Vas a aguantar más de ocho segundos ahí arriba?
Ella sonríe otra vez.
Y en ese instante toda la seguridad que llevaba fingiendo desde que empezó la noche se desmorona de golpe.
Porque ya no se trata solo de tener a una mujer increíble encima de mí, medio desnuda y volviéndome loco dentro de esta camioneta perdida junto al lago.
Lo que realmente me asusta es darme cuenta de que esa sonrisa suya acaba de convertirse en algo que no voy a poder quitarme de la cabeza después de esta noche.
—¿Estás seguro de que no serás tú quien muerda el polvo demasiado pronto? —responde, y el brillo desafiante que le aparece en los ojos consigue tensarme todavía más.
Tiene los labios rojos e hinchados de tanto besarme, la respiración acelerada y el pelo completamente revuelto sobre los hombros. Entonces mueve las caderas despacio, apenas una vez, pero es suficiente para arrancarme un gemido grave que me sale desde el pecho sin poder contenerlo.
Ella lo escucha.
Y vuelve a sonreír de esa manera que deja clarísimo que sabe el efecto que tiene sobre mí. Sabe perfectamente que me ha ganado la partida.
Ya no queda ni rastro de la paciencia que intentaba imponer hace apenas un minuto.
El espacio dentro de la camioneta parece haberse encogido todavía más y hasta respirar cuesta cuando Sheryl empieza a moverse sobre mí con ese ritmo lento y profundo que me obliga a hundir los dedos en sus caderas para no perder completamente el control.
Los ocho segundos encima de un toro son una puta broma comparados con esto.
Porque aquí no hay campana que me salve.
Se mueve otra vez, clavándose sobre mí hasta hacerme cerrar los ojos un instante, y noto cómo el cuerpo entero se me tensa mientras ella empieza a perder también el poco control que le quedaba.
Entonces me quita el sombrero de un tirón y se lo coloca en la cabeza con una sonrisa que me deja completamente vendido.
Joder.
Verla así, desnuda encima de mí, llevando mi sombrero y mirándome como si supiera exactamente lo cerca que estoy del límite, debería ser ilegal.
—Dios, Sheryl… —consigo decir con la respiración a tope mientras ella sigue moviéndose sin darme un segundo para recuperarme—. No pares.
Ella me calla con un beso mucho más brusco, húmedo y desesperado que los anteriores, y yo solo puedo agarrarme a sus caderas mientras intento sobrevivir a la locura en la que se ha convertido esta noche.