19
SHERYL
El asfalto desaparece bajo las ruedas y la camioneta empieza a avanzar por un camino de tierra rodeado de árboles bajos. Poco a poco, las luces de Granbury van quedando atrás hasta convertirse en un resplandor lejano perdido entre la oscuridad.
Cuando Jackson apaga el motor, el silencio nos envuelve y, durante unos segundos, solo se oye el tic-tac suave de la camioneta apagándose y el sonido constante de los grillos extendiéndose alrededor del lago.
Bajamos del vehículo y me quedo quieta un momento, dejando que mis ojos se acostumbren a la penumbra.
Frente a nosotros, el Lago Granbury se extiende oscuro y tranquilo bajo la luz de la luna, que esta noche parece más grande y más clara de lo normal.
El reflejo plateado sobre el agua apenas se mueve.
—¿Qué sitio es este? —pregunto en voz baja, casi sin querer romper la calma que hay alrededor.
—Thorp Spring Park —responde él.
Jackson rodea la camioneta y saca un par de bolsas de papel que huelen increíblemente bien, además de una manta de lana doblada que se pone bajo el brazo.
Lo sigo hacia la orilla mientras el suelo cruje bajo nuestras botas hasta llegar a una mesa de picnic apartada bajo las ramas enormes de un viejo roble.
Es el rincón más privado que he visto en mucho tiempo.
Durante el día, imagino que las familias pelearán por este sitio, pero ahora, con todo el pueblo concentrado en la feria del rodeo, el silencio es absoluto.
Jackson extiende la manta sobre el banco de madera de la mesa para que no me ensucie el vestido y deja la cena encima.
—Vaya —digo, sentándome y disfrutando de la vista del agua a pocos metros—. Lo conoces bien. ¿Sueles traer a muchas chicas a este rincón secreto para impresionarlas, vaquero?
Él se apoya contra el borde de la mesa, justo delante de mí.
La luz de la luna le marca el perfil y la camisa remangada le deja los antebrazos al descubierto.
Mientras, abre una de las bolsas de comida como si toda esta situación no tuviera nada de raro para él.
Yo, en cambio, sigo demasiado consciente de lo cerca que está.
—Si te soy sincero, la única chica que ha venido aquí conmigo es Dixie —dice, completamente serio—.
Suelo traerla a ella y a Trigger cuando termina el rodeo.
Agradecen el silencio y la calma de este lugar; se lo tienen más que merecido después del estrés de la competición y el estruendo de los motores.
El viaje en el remolque los agota, y aquí pueden ser simplemente caballos otra vez.
Me quedo mirándolo en silencio, intentando encajar sus palabras dentro de la imagen que me había hecho de él.
—Eso… eso es muy bonito, Jackson —digo al cabo de unos segundos—. Yo nunca pensé que…
La frase se me queda colgando cuando levanto la vista y veo la expresión con la que me observa desde el otro lado de la mesa. No parece molesto. Ni siquiera ofendido. Pero los dos sabemos perfectamente lo que acabo de hacer otra vez.
Juzgarlo antes de conocerlo de verdad.
—Termina. ¿Qué pensaste? —me insiste.
Suelto una pequeña risa incómoda y bajo la mirada hacia mis manos antes de responder.
—Pues, si te soy sincera, ahora mismo no sé ni qué pensar, Jackson Evans. Me descolocas bastante.
Y «bastante» ni siquiera se acerca a describirlo.
Desde fuera, todo en su mundo parece duro, ruidoso y lleno de hombres empeñados en demostrar quién aguanta más dolor encima de un toro. Eso fue lo primero que vi cuando llegamos al rodeo. Pero luego lo escucho hablar de sus caballos y algo no cuadra con la idea que tenía de él.
La forma en que menciona a Dixie y a Trigger no suena a alguien hablando de animales de trabajo. Hay cuidado ahí. Cariño. Un respeto tranquilo que no esperaba encontrar en un tipo como Jackson Evans.
Él deja las bolsas sobre la mesa y se acerca a la parte trasera de la camioneta para sacar una pequeña nevera.
—¿Te gusta el vino? —pregunta mientras abre la tapa y saca una botella junto a un par de copas—. He pensado que, después de tanta cerveza, quizás te apetecería algo distinto. Es un sauvignon blanc de Napa.
No puedo evitar sonreír.
—Vaya… ¿también eres un experto en vinos?
Jackson mantiene esa expresión seria durante unos segundos, pero al final termina soltando una sonrisa que le cambia la cara por completo.
—En realidad, no tengo ni la más remota idea. Pero fui a la tienda y le pedí al encargado lo más sofisticado que tuviera. Me juró que, si quería impresionar a una chica, tenía que llevarme esta botella.
No puedo evitar reírme.
—¿Andas buscando eso? ¿Impresionarme?
—¿Está funcionando? —pregunta con esa tranquilidad segura que hace que cualquier frase suya parezca más íntima de lo que probablemente pretende.
—Diría que bastante.
—¿Solo bastante, eh? —Su sonrisa se ensancha un poco más—. Entonces tendré que esforzarme un poco más.
Y lo hace.
Aunque la verdad es que ni siquiera parece que esté intentándolo. La conversación empieza a fluir sola entre el vino, los sándwiches y el sonido del lago a pocos metros, hasta el punto de que dejo de pensar en lo extraña que es toda esta situación y simplemente me dejo llevar.
Nunca habría imaginado que una cena improvisada en una mesa de picnic perdida junto al agua terminaría convirtiéndose en la mejor cita de mi vida.
No hablamos de nada demasiado profundo, quizá porque parte de eso ya ocurrió durante el paseo a caballo y ninguno de los dos quiere convertir esta noche en una sesión de confesiones incómodas.
En lugar de eso, hablamos de música, de animales y de historias absurdas del rodeo mientras yo le cuento algunas cosas de la universidad y de las prácticas veterinarias.
El tiempo empieza a deshacerse de forma rara. No sé si ha pasado una hora o más, pero cuando levanto la vista, la luna ya domina el cielo sobre el lago y los grillos siguen llenando la oscuridad con ese sonido constante que hace que todo parezca más aislado del resto del mundo.
—Entonces, dime, Sheryl. ¿Tienes a alguien esperándote en Texas City?
La pregunta suena casual, pero hay demasiada intención debajo de esas palabras como para no notarlo. Su voz también ha cambiado un poco; más baja, más tranquila.
—¿Además de mis padres y mi perro Max? —pregunto, dejándole claro con una pequeña sonrisa que entiendo perfectamente lo que quiere averiguar—. No. Nadie.
—Bien —dice él mientras gira despacio la copa entre los dedos—. Me alegra mucho oír eso.
El silencio del lago vuelve a colarse entre nosotros. El agua moviéndose a lo lejos y la oscuridad alrededor hacen que todo parezca más apartado del mundo de lo que ya estaba.
—¿Ah, sí? —pregunto, apoyándome un poco más sobre la mesa—. ¿Y se puede saber por qué te alegras tanto, Jackson?
—Bueno, en primer lugar —responde, encogiéndose de hombros levemente—, no me gusta tener una cita con una chica que podría tener a alguien esperándola.
La respuesta me desarma más de lo que esperaba, y sé que él lo nota enseguida porque mi cara nunca sabe disimular nada.
—No voy a volver a juzgarte —le digo mientras juego con la copa entre las manos—, pero dudo mucho que le preguntes a cada chica que aparece por el rodeo si tiene novio o pareja en casa.
Jackson bebe un sorbo de vino antes de responder. Siempre parece tomarse unos segundos para ordenar las palabras, como si estuviera acostumbrado a pensar más de lo que habla.
—Verás, Sheryl, yo no engaño a nadie —dice al final—. Si una chica quiere pasar un buen rato conmigo, no hago preguntas. Si tiene un novio en la ciudad, es ella quien le miente, no yo.
—Lo engaña contigo —replico.
—Sí, pero ese es su problema, no el mío. No soy su juez, Sheryl. No me importa lo suficiente como para serlo.
La sinceridad de la frase me incomoda porque no suena orgulloso ni arrogante. Solo cansado.
—Sin embargo, conmigo no fuiste tan tolerante —le recuerdo, y esta vez el reproche sí se me cuela en la voz—. A mí me pusiste una etiqueta en cuanto me viste salir de aquella habitación del motel en Stephenville. Me llamaste groupie sin ni siquiera saber mi nombre.
Jackson deja la copa sobre la mesa y apoya los antebrazos en la madera, acercándose apenas unos centímetros.
—He visto desfilar a demasiadas chicas por nuestra habitación, Sheryl —dice después de unos segundos—.
He estado en mil situaciones como la de aquella noche, con Ray y conmigo en medio de un lío de sábanas y nombres que no recordábamos al amanecer.
Nunca las he juzgado, pero tampoco esperaba nada de ellas.
Hace una pequeña pausa antes de continuar.
—Es más… creo que yo las he respetado siempre mucho más de lo que se respetaban ellas mismas.
Se queda callado unos segundos, dejando que sus palabras se asienten entre nosotros antes de volver a hablar.
—¿Entonces? —insisto, intentando mover la conversación hacia otro sitio antes de quedarme demasiado atrapada dentro de todo lo que acaba de decir.
—¿Entonces qué?
—¿Por qué te alegras tanto de saber que no tengo a nadie en Texas City?
Jackson se toma otra vez su tiempo. Lo veo coger aire despacio, antes de soltarlo en voz alta lo que tiene en mente, y eso me pone más nerviosa de lo que debería.
—Porque me gusta saber que no hay nadie más —dice al final, con una sinceridad tan directa que noto el pecho encogerse un poco—. Y, para serte sincero, me alegro de que no tengas a nadie porque me gustas demasiado, Sheryl.
Después de decirlo, él mismo se queda en silencio un instante, como si acabara de escuchar sus propias palabras al mismo tiempo que yo.
—No suelo preguntar esto porque a ninguna de esas chicas le he pedido una cita jamás —continúa—. No me importaba lo que dejaran atrás porque yo no pensaba quedarme.
—Entiendo —respondo casi en voz baja.
El aire alrededor del lago parece haberse quedado quieto.
—¿Entiendes de verdad? —pregunta, y la forma en que lo dice hace que me cueste apartar la vista de él.
—Creo que sí.
—Dime qué es lo que piensas, Sheryl —me insiste.
Pero no quiero facilitarle la salida.
—No creo que me corresponda a mí verbalizar lo que supongo que quieres hacerme entender —le digo, devolviéndole la pelota con una pequeña sonrisa—. Si tienes algo que decirme… hazlo, vaquero.
Jackson deja escapar una risa breve, más nerviosa de lo que seguramente le gustaría admitir, y se termina de un trago el vino que le queda. La brisa sigue moviéndose despacio entre los árboles mientras él deja la copa sobre la mesa y se acerca un poco más en el banco.
Lo suficiente para que nuestras rodillas se toquen.
Y ese roce pequeño, apenas un contacto accidental entre los dos, consigue que todo mi cuerpo se tense al instante.
—Pues verás —dice, y noto cómo la voz se le vuelve más grave—. Nunca me ha importado si una de esas chicas tenía novio porque no he repetido con ninguna. A ninguna le he pedido una cita y por ninguna me muero de ganas de besarla como me pasa contigo ahora mismo.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
No me muevo. Ni siquiera creo estar respirando mientras espero que termine de acercarse de una vez.
Todo en mi cuerpo parece preparado para eso: la tensión en el estómago, la forma en que mis piernas siguen pegadas a las suyas, el calor raro que noto bajo la piel cada vez que baja la voz de esa manera.
A ver, no es que yo sea la mayor autoridad en tensión sexual, pero este es claramente el preludio perfecto para un beso tierno y húmedo bajo la luz de la luna. De esos que salen en las películas.
Pero no; por lo visto, Jackson Evans hoy tiene más ganas de hablar que otra cosa.
—Así que, dime, Sheryl… ¿Qué planes tienes ahora?
Odio esa pregunta.
La odio porque llevo meses escuchándola en boca de todo el mundo. Mis padres. Lauren. Anne. Profesores de la facultad que parecen convencidos de que a los veinticuatro años ya deberíamos tener la vida perfectamente organizada.
Y porque la respuesta sigue siendo la misma.
No tengo ni idea.
Ya se lo confesé durante nuestro paseo a caballo.
Mientras mis compañeros de facultad parecían tener grabada a fuego su vocación, yo seguía dando bandazos.
Mientras mis compañeros hablaban de clínicas, especialidades y futuros brillantes con una seguridad insultante, yo seguía sintiendo que avanzaba a ciegas.
Tener que enfrentarme otra vez a esa conversación ahora, con Jackson sentado tan cerca de mí, hace que algo dentro de mi cuerpo se cierre un poco.
Me apoyo contra el respaldo del banco y doy otro sorbo al vino, usando esos segundos para ordenar una respuesta que no suene tan triste como se siente en mi cabeza.
—No tengo ni idea —admito al final, encogiéndome de hombros—. Ya te dije que para eso era este viaje. Para buscar mi camino. Pero me quedan solo dos días para volver.
Le echo una mirada rápida y noto enseguida que mi respuesta no le ha gustado.
No dice nada, pero algo cambia en su expresión. La mandíbula se le marca un poco más y aparta la vista hacia el lago durante un instante.
—¿Cuándo te vas?
—Nos queda mañana. Al día siguiente regresamos a Texas City. A mis amigas se les acaban las vacaciones y yo… bueno, tengo que volver, claro.
El silencio dura apenas unos segundos, pero lo siento más pesado que antes.
—¿Entonces… no has encontrado ese camino que buscabas? —insiste él.
Es una pregunta lógica. Probablemente la única que importa de verdad. Y, aun así, me fastidia no tener una respuesta mejor.
Me quedo mirando el reflejo de las estrellas sobre el agua oscura del lago, dándome cuenta de que mi tiempo entre polvo y rodeos está a punto de terminar y sigo exactamente igual de perdida que cuando empezó el viaje.
—Pues la verdad es que… no —admito en voz baja—. No he encontrado nada de nada.
El silencio que cae después ya no se parece al de hace unos minutos.
Antes había algo suspendido entre nosotros. Expectación. Esa sensación nerviosa de que el beso estaba a punto de llegar en cualquier momento.
Ahora no.
Jackson deja la copa sobre la mesa y se queda mirando hacia el lago unos segundos. La luz de la luna le marca el perfil, pero no consigo adivinar qué está pensando. Parece haberse encerrado otra vez dentro de sí mismo.
Después se pone en pie y me tiende la mano para ayudarme a levantarme.
—Se está haciendo tarde —dice, y su voz vuelve a sonar controlada, mucho más cerrada que antes—. Deberíamos regresar.
Asiento sin decir nada.
No entiendo qué acaba de cambiar entre nosotros, pero puedo sentirlo igualmente.
Recojo mis cosas y lo sigo hacia la camioneta mientras los grillos vuelven a llenar el silencio que se ha instalado entre los dos.