18 #2
Me quedo quieto un momento, todavía con la toalla colgada al hombro, sintiéndome raro dentro de nuestra propia habitación.
Sé que le fastidia que rompa la rutina, porque llevamos años moviéndonos igual de un rodeo a otro, compartiendo moteles, cerveza y fines de semana calcados.
Pero lo que de verdad me aprieta el pecho es pensar en el secreto que sigo escondiéndole.
Cada vez que me mira así, mi decisión de dejar el circuito al final de la temporada pesa un poco más.
Termino de prepararme sin volver a sacar el tema y salgo de la habitación dejando atrás la televisión encendida, el olor húmedo de la ducha y ese silencio cargado que Ray utiliza cuando no quiere discutir, pero tampoco perdonar.
Mientras camino hacia el parking intento quitarme de encima la sensación de estar rompiendo algo entre nosotros, aunque en cuanto el aire fresco de la noche me golpea la cara, mi cabeza empieza a irse hacia otro sitio.
Hacia Sheryl. Son las ocho menos cinco. Siempre llego antes de tiempo a todas partes, aunque después me pase los minutos mirando el reloj como un idiota.
Me apoyo contra el lateral de la camioneta y vuelvo a ajustarme el sombrero mientras observo la entrada del aparcamiento por tercera vez en menos de un minuto.
La espera empieza a ponerme nervioso.
No porque piense que Sheryl vaya a dejarme tirado, sino porque llevo toda la tarde pensando en este momento y ahora mismo siento el cuerpo demasiado despierto para quedarme quieto.
Cuando apenas han pasado un par de minutos de las ocho, la veo aparecer al otro lado.
Camina hacia mí bajo las luces amarillas del motel y el vestido que lleva hace que se me vacíen los pulmones por un instante.
No es exagerado ni especialmente llamativo, pero se le ajusta al cuerpo de una forma que consigue que montar a Roughneck hace una hora parezca mucho menos peligroso que esto.
Me incorporo casi de golpe.
—Bonito vestido —digo antes de poder pensarlo demasiado.
Ella sonríe y baja la vista un segundo hacia la tela, acomodándose el pelo detrás de la oreja. No sé si se ha puesto roja o si son las luces del cartel reflejándose sobre su cara, pero tampoco me importa demasiado averiguarlo. Está preciosa.
Y verla así me devuelve de golpe al baile en Glen Rose, a la música sonando baja mientras la tenía entre los brazos y todo parecía más sencillo durante unos minutos.
—¿Te gusta? —pregunta con una sonrisa tímida mientras se mira a sí misma—. La verdad es que no traigo mucho equipaje decente en la maleta.
—Me gusta mucho —respondo, quedándome bastante corto—. ¿Tienes hambre?
Necesito concentrarme en algo que no sean sus piernas.
—No demasiada, todavía es pronto. Pero tú seguro que sí —dice, y noto cómo empieza a acelerar un poco las palabras por los nervios—.
La adrenalina te quita el apetito al principio, pero en cuanto baja, el metabolismo intenta recuperar todo lo que ha quemado.
Y bueno, el rodeo… —Hace un gesto hacia el estadio iluminado a lo lejos— supongo que debe de contar como un cardio intenso, aunque técnicamente solo hayan sido ocho segundos.
Entonces se calla de repente.
La veo darse cuenta de lo que acaba de hacer y el color le sube todavía más a las mejillas mientras baja la mirada con una sonrisa avergonzada.
—Perdona. No suelo ponerme a explicar el metabolismo en una primera cita.
Le abro la puerta de la camioneta y le ofrezco la mano para ayudarla a subir.
Sheryl me mira con sorpresa, pero parece agradecer el gesto.
En cuanto pasa junto a mí para acomodarse en el asiento del copiloto, su perfume llena el espacio reducido de la cabina.
Es suave, limpio, con algo dulce que no termino de identificar y que me vuelve demasiado consciente de la poca distancia que hay ahora entre nosotros.
Muy poca. Demasiado.
El vestido sube apenas unos centímetros sobre sus piernas cuando se acomoda en el asiento, y tengo que obligarme a apartar la vista antes de quedarme mirándola como un adolescente salido.
—¿A dónde vamos? —pregunta, cortándome el pensamiento justo a tiempo.
Mierda.
Seguro que se ha dado cuenta de mi mirada.
—A un lugar donde estemos solos —respondo mientras cierro la puerta y rodeo la camioneta para subir al asiento del conductor—. Donde nadie nos moleste. Donde podamos hablar sin que nada ni nadie nos interrumpa.
Sheryl se muerde el labio y deja escapar una pequeña risa nerviosa antes de mirar hacia la oscuridad del parking a través de la ventanilla.
—Vaya… tal como lo dices, parece un lugar del que no voy a poder escapar .
—No voy a esposarte, así que tranquila —contesto y consigo arrancarle una sonrisa.
—¿Ah, no? —susurra ella, inclinando la cabeza mientras me sostiene la mirada—. Qué pena.
El comentario me deja todavía más tenso de lo que ya estaba.
Hace apenas un minuto intentaba convencerme de que podía manejar esta situación con normalidad, pero ahora noto el cuello caliente y el pulso acelerándose otra vez. Así que meto la llave en el contacto e intento concentrarme en algo tan básico como conducir sin hacer el ridículo.
¿Qué coño me pasa con ella?
No recuerdo la última vez que una chica consiguió ponerme así solo hablando.
Trago saliva, arranco el motor y saco la camioneta del aparcamiento antes de quedarme demasiado atrapado dentro de mi propia cabeza.
—Bueno, Sheryl… el sitio al que te llevo es especial —digo mientras dejamos atrás las luces del motel—, así que realmente espero que no quieras escapar de mí. Porque yo no tengo ninguna intención de dejarte ir.
La carretera se abre frente a nosotros envuelta en oscuridad y silencio, y por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de que esta noche puede mover algo dentro de mí que llevaba demasiado tiempo quieto.