Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 18
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JACKSON

El estruendo de la megafonía rebota contra las paredes metálicas de los cajones, pero para mí no es más que ruido perdido entre el polvo y el calor de la arena.

Lo único que escucho de verdad es el resoplido pesado de Roughneck bajo mis botas y el crujido violento de la madera cada vez que el animal golpea el lateral, nervioso, loco por destrozar al próximo imbécil que intente subirse encima.

—…descalificado por tocar al toro con la mano libre. Cody Miller se queda fuera de los puntos en esta ronda —anuncia el locutor mientras una parte de la grada estalla en abucheos.

Ni me molesto en mirar hacia la pista. Me importa una mierda lo que le pase a Cody. Que se joda.

Ahora mismo mi mundo se reduce al espacio estrecho de este cajón, al olor espeso de tierra removida y sudor animal, y a la fuerza salvaje que se mueve bajo mis pies con ganas de arrancarme la cabeza.

Siento entonces la mano de Ray-Lee apoyarse en mi hombro.

Aprieta con firmeza, sin decir nada, igual que ha hecho cientos de veces antes de una monta complicada o de cualquier situación capaz de mandarnos derechos al hospital.

Es un gesto simple, casi automático entre nosotros pero, aun así consigue mantenerme centrado.

El ruido de fuera pierde fuerza poco a poco mientras vuelvo a concentrarme en la cuerda entre mis dedos, en la respiración que intento controlar y en Roughneck golpeando la madera bajo mis botas, impaciente por salir ahí fuera.

—Ya lo has oído —me grita Ray al lado de la oreja, forzando la voz para imponerse al rugido constante del público—. Cody está fuera y nosotros ya hemos cumplido con la cuota hoy. El cheque del lazo ha sido bueno y mi monta me ha puesto en el primer puesto. No tienes presión, Jackson.

Me apoyo en los raíles para terminar de acomodarme sobre el lomo del toro. Roughneck se mueve bajo mis vaqueros con una fuerza brutal, pura masa y mala hostia contenida dentro de un cajón demasiado pequeño.

Ray se inclina sobre la compuerta y vuelve a revisar el nudo de la cuerda.

Tira con fuerza varias veces, concentrado hasta el extremo, asegurándose de que nada falle cuando abran la puerta y todo empiece a sacudirse ahí fuera.

Siempre hace eso antes de una monta complicada.

Revisarlo todo como si pudiera mantener el control unos segundos más.

Después levanta la vista hacia mí y comprueba mi agarre una última vez.

—Escúchame bien —insiste, agarrándome del chaleco para evitar que el ruido de las gradas me saque de foco—.

No te hagas el valiente. Si ves que Roughneck se gira demasiado rápido o que te saca de la vertical, suelta y salta.

No quiero tener que recogerte de la arena porque has intentado ganar una hebilla que no necesitamos.

Ya tenemos el dinero y los puntos. Solo mantén el tipo y sal de ahí entero.

Asiento en silencio mientras termino de ajustarme el guante de cuero. Ray tiene razón. No necesitamos este premio.

Aun así, mientras intento encontrar el equilibrio sobre Roughneck, mis ojos se desvían solos hacia las gradas.

Allí está ella.

Sheryl sigue agarrada a la valla metálica, quieta entre todo el ruido y el movimiento de la grada. Incluso desde mi posición sé que no me quita los ojos de encima. Está esperando esta monta igual que yo, contando los segundos, pendiente de cada movimiento dentro del cajón.

Y, de repente, todo cambia.

Los puntos dejan de importar. El dinero deja de importar. Incluso la clasificación se vuelve secundaria frente a una idea mucho más simple y mucho más peligrosa: salir de aquí de una pieza para llegar a ese parking antes de las ocho.

—¿Listo? —me grita Ray, levantando ya la mano para dar la señal.

No le respondo con palabras. Roughneck se tensa bajo mis piernas y noto cómo desplaza el peso hacia atrás justo antes de arrancar, cargando cada músculo con esa violencia contenida que siempre precede al caos.

Intento acompasarme a él, encontrar el equilibrio exacto sobre su lomo mientras ajusto el cuerpo a sus movimientos y aprieto la cuerda con fuerza.

Cuando siento ese instante engañoso de calma antes de que todo explote, asiento una sola vez con la cabeza.

—¡Puerta! —brama Ray a mi espalda.

La compuerta se abre y el primer salto me sacude entero, tan brutal que noto los dientes chocar dentro de mi boca.

Roughneck sale disparado y empieza a girar casi al momento, intentando arrancarme de encima antes siquiera de que consiga estabilizarme sobre él.

Las luces, la arena y el ruido del estadio se convierten en una masa confusa a mi alrededor mientras trato de mantener el eje del cuerpo sobre casi novecientos kilos de músculo furioso.

No pienso en nada más. Todo mi mundo se reduce a seguir el siguiente movimiento del toro, a absorber cada sacudida sin perder el ritmo, a mantener la mano libre en alto mientras el hombro amenaza con partirse cada vez que Roughneck cambia de dirección.

El impacto de cada caída me sube por la espalda y me sacude las costillas, pero sigo aguantando, respirando a tirones y aferrado a la cuerda con toda la fuerza que me queda. No voy a salir despedido delante de Sheryl. No hoy.

Cuando por fin suena la bocina, el alivio me atraviesa casi con más fuerza que la propia monta.

Me suelto en el momento justo y ruedo por la arena mientras los payasos de rodeo atraen a Roughneck hacia el otro extremo. La tierra se me mete dentro de la camisa y noto el sabor seco del polvo en la boca cuando consigo incorporarme otra vez.

Me quedo quieto unos segundos, intentando recuperar el aliento mientras el polvo empieza a bajar otra vez sobre la arena y los payasos del rodeo terminan de empujar a Roughneck hacia los corrales.

Tengo el pecho ardiendo por el esfuerzo y los músculos todavía tensos por la descarga de adrenalina cuando levanto la vista hacia el marcador gigante.

84 puntos.

Un tercer puesto.

Y, después de la monta que acaba de regalarme ese hijo de puta, sabe bastante mejor de lo que esperaba.

A mi alrededor, el recinto de Granbury parece venirse abajo entre aplausos, silbidos y música country atronando por los altavoces.

La gente levanta vasos de cerveza, algunos golpean las vallas y varios chavales se encaraman sobre los asientos para seguir mirando la arena.

Incluso alcanzo a distinguir a las amigas de Sheryl celebrándolo como si acabáramos de ganar las finales nacionales.

Pero Sheryl no se mueve.

Sigue agarrada a la valla metálica, completamente quieta entre todo el caos, y aun desde esta distancia noto algo distinto en su expresión. No parece estar pensando en la puntuación ni en el espectáculo. Me mira como si todavía necesitara comprobar que sigo entero después de esos ocho segundos.

Y esa mirada me golpea más que la propia monta.

Porque le importa. Siento que de verdad le importa.

Me llevo una mano al ala del sombrero y le dedico una inclinación lenta de cabeza, un gesto mínimo que solo va dirigido a ella.

Entonces veo cómo la tensión desaparece poco a poco de sus hombros.

Se aparta las manos del pecho, deja escapar el aire y termina sonriendo por algo que una de sus amigas le grita mientras la sacude del brazo.

Y ahí es cuando lo sé.

Mientras el sudor me baja por la nuca y todavía noto las piernas temblando por el esfuerzo, tengo la seguridad absoluta de que no voy a esperar solo a las ocho.

Ella va a aparecer en ese parking.

Cuando entramos en la habitación del motel, el cansancio empieza a caerme encima de golpe. Todo el cuerpo me pide tumbarme cinco minutos y dejar de moverme, pero la adrenalina sigue corriéndome por dentro lo suficiente para mantenerme despierto.

Me quito el sombrero y lo dejo caer sobre la cama mientras Ray sale del baño ya duchado, secándose el pelo con una toalla.

—Buen trabajo ahí fuera, hermano —me dice, soltándome un golpe en el brazo que me recuerda al instante cada una de las sacudidas sobre Roughneck—. Un tercer puesto con ese animal es para celebrarlo.

Se acerca a la nevera pequeña y saca un par de cervezas. Me lanza una que atrapo casi por reflejo.

—Dúchate rápido. He visto un sitio de barbacoas cerca que tiene buena pinta y dicen que la música empieza a las nueve. Podemos tomarnos unas cervezas, unas costillas a la brasa y, si todavía te quedan fuerzas, hasta un bourbon .

Abro la botella, pero no llego a beber. Me quedo mirando la cerveza unos segundos, reuniendo valor antes de decirlo.

—Mejor otro día, Ray. Hoy… he quedado para cenar.

Él se queda quieto en mitad del gesto, con la botella detenida a pocos centímetros de la boca. Levanta la vista hacia mí despacio, frunciendo el ceño de esa forma suya que siempre aparece cuando algo no le gusta.

—¿Cenar? —repite, y la emoción de hace un minuto desaparece de su cara—. ¿Con quién?

—Con la chica de antes… con Sheryl.

Durante un instante parece incluso confundido, como si necesitara ordenar el nombre dentro de su cabeza antes de reaccionar.

—¿La chica de Stephenville? —pregunta al final, y aunque intenta sonar indiferente, hay algo áspero escondido debajo de las palabras.

—Sí, tío. Ya sabes, cuando estaba hablando con ella antes… la estaba invitando a cenar.

—De acuerdo —dice Ray.

Nada más.

Se deja caer sobre la cama sin quitarse siquiera las botas y coge el mando de la tele. Empieza a cambiar de canal de forma automática, sin prestar atención real a lo que aparece en pantalla, y el ambiente de la habitación cambia por completo en cuestión de segundos.

La culpa empieza a instalarse dentro de mí poco a poco.

—¿Qué vas a hacer tú? —pregunto, intentando romper ese silencio incómodo antes de que se haga todavía más grande—. ¿Vas a ir a la feria?

—Puede. No lo he decidido todavía —responde sin apartar la vista de la televisión.

—Venga, Ray. Seguro que encuentras a un par de chicas que… bueno, ya sabes. Que te alegran la noche.

—Sí. Seguro.

La forma en que lo dice levanta un muro entre los dos.