17
SHERYL
Voy a matar a Lauren.
Es un hecho. A Anne puede que le perdone la vida, pero Lauren no va a sobrevivir a mi furia en cuanto ponga un pie en el motel.
Noto el calor subiéndome por el cuello y no necesito un espejo para saber que debo de estar roja hasta las orejas. Lo peor es que él se da cuenta. Claro que se da cuenta. Sigue mirándome con esa calma desesperante mientras yo hago un esfuerzo ridículo por no apartar la vista primero.
Y, sinceramente, debería ser ilegal que a alguien le siente tan bien una camisa de sarga.
La tela azul le marca los hombros y los brazos de una forma que roza la falta de respeto, y sus ojos resaltan todavía más bajo el ala del sombrero.
Todo en él resulta exageradamente masculino.
Demasiado seguro. Demasiado atractivo para alguien que parece completamente inconsciente del efecto que provoca.
El aire empieza a sentirse raro entre nosotros. Más pesado. Y entonces caigo en la cuenta de que llevo varios segundos respirando a medias mientras él sigue ahí plantado, mirándome como si no hubiera nadie más en todo el recinto.
Y todavía no ha dicho una sola palabra.
—Tus amigas son muy… —Hace una pausa, buscando el calificativo mientras parece estudiarme con una calma—… entusiastas.
—¿En serio? —respondo, intentando que mi voz suene lo más segura posible—. Porque yo iba a decir que son unas traidoras con un máster en dejarme en evidencia y ponerme en ridículo.
Jackson da un paso hacia mí. Solo uno, pero es suficiente para que su sombra me envuelva y el olor a cuero y al de su propia piel me nuble el juicio.
—No han dicho nada que no sea verdad. —Sonríe. Su voz ha bajado un tono y se inclina lo justo para que sus palabras me rocen el oído—. Dejamos aquel baño hecho un desastre, Sheryl.
Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el viento de Texas. Si esto me lo soltara cualquiera de los niñatos con los que compartí años de facultad, sonaría a pura chulería, a esa forma barata y grosera que tienen algunos de marcar territorio después de una noche juntos.
Pero Jackson está en otra liga.
No hay ni rastro de esa arrogancia infantil; lo que hay es una madurez que me golpea de frente.
Me lo dice con una naturalidad que asusta, porque lo recuerda con la misma intensidad que yo y porque no necesita pavonearse para ser un hombre de verdad.
Al lado de Jackson, los tíos de mi pasado parecen críos jugando a ser adultos.
Miro de un lado a otro, sintiéndome fuera de lugar, mientras él se mantiene como el tipo más tranquilo de todo Texas. Esa calma suya me pone todavía más nerviosa. Justo cuando abro la boca para soltar alguna tontería de la que seguramente me arrepentiría, él se adelanta.
—¿Quieres cenar conmigo después del rodeo? —me suelta, y algo en su expresión cambia. Menos broma. Más intención.
—¿Cenar? —repito como una idiota—. ¿Como en… una cita?
—Exacto. Una cita.
—Pues… bueno, no sé —titubeo, aunque por dentro ya estoy diciendo que sí desde hace rato.
—Si no quieres, no pasa nada. Pero me gustaría invitarte y conocerte mejor, Sheryl.
Y entonces mi cerebro decide traicionarme otra vez. La ducha del motel aparece de inmediato: sus manos recorriéndome la piel bajo el agua, su boca en mi cuello, la forma en que me miraba mientras yo perdía completamente el sentido común entre sus brazos.
Debo de quedarme demasiado tiempo callada, porque él termina devolviéndome a la realidad antes de que siga haciendo el ridículo.
—¿Y bien? ¿Cenarás con este vaquero si consigo bajarme entero del lomo de Roughneck?
—¿De quién? —pregunto, regresando al parking de golpe.
—Es el toro que me ha tocado esta tarde. Con un poco de suerte conservaré todos los dientes para poder cenar contigo si…
—¿Por qué dices eso? No tiene ninguna gracia —lo interrumpo antes de pensar siquiera en el tono que estoy usando.
El simple hecho de imaginarlo saliendo mal me revuelve el estómago de una manera completamente irracional.
La sonrisa desaparece de la cara de Jackson casi al instante. Guarda silencio un segundo antes de asentir levemente.
—Tienes razón, ha sido un comentario de mierda. —Sus ojos vuelven a fijarse en los míos—. Te recogeré a las ocho.
Se da media vuelta y empieza a alejarse con esa forma tranquila de caminar que tiene, como si no acabara de dejarme el cerebro completamente inutilizado.
—¡Eh, espera! —Lo alcanzo antes de pensarlo demasiado y lo agarro del brazo para obligarlo a girarse hacia mí—. Que yo sepa, todavía no he dicho que sí.
—Lo sé, pero tardas una eternidad en decidirte y Ray me está esperando —dice echando un vistazo al reloj—.
Salimos a la arena en menos de dos horas, pero ¿sabes una cosa?
Nada va a impedirme estar aquí a las ocho y, además, voy a intentar traer una victoria bajo el brazo. Si vienes, lo celebramos. Y si no…
La frase queda suspendida entre los dos.
Antes de que pueda responder, su mano aparece en mi cintura y me atrae contra él.
El beso llega rápido, directo, pillándome completamente desprevenida en mitad del aparcamiento.
Apenas dura unos segundos, pero es suficiente para dejarme el pulso desordenado y unas ganas absurdas de volver a agarrarlo de la camisa.
Cuando se aparta, sigue tan cerca que todavía noto el calor de su cuerpo pegado al mío.
—Vendrás, ¿verdad?
Solo consigo asentir como una idiota, demasiado ocupada intentando recuperar algo de dignidad mental mientras una parte de mí empieza a preocuparse de verdad por ese toro.
Estamos tan centrados el uno en el otro que no somos conscientes de los pasos en la grava acercándose hasta que los tenemos encima.
—Jackson, muévete. No tenemos toda la tarde.
La voz de Ray-Lee rompe el momento al instante.
Nos separamos. Ray está a unos metros, con los pulgares enganchados en el cinturón y toda la atención puesta en Jackson. No parece enfadado. Pero sí tiene esa expresión impaciente de quien lleva demasiado rato esperando a que los demás dejen de perder el tiempo.
—Ray… espera un momento. Quiero presentarte a… —dice dudando y creo que un poco nervioso—. Ella es Sheryl.
Ray me mira de arriba a abajo y asiente tocándose el ala de su sombrero a modo de saludo.
—Sí, te recuerdo de Stephenville —dice sin más—. Encantado de verte de nuevo, Sheryl, pero ahora tendrás que disculparnos. Tenemos cosas que hacer.
Yo vuelvo a asentir en silencio, porque parece que he perdido la capacidad de hablar.
La situación me resulta rara. Abrumadora, incluso.
Jackson acaba de invitarme a cenar como si esto fuera una cita de verdad y, al mismo tiempo, Ray-Lee sigue ahí pegado a él, observándolo todo con esa energía de socio, hermano mayor y perro guardián mezclados en una sola persona.
Jackson me aprieta la mano para devolverme la atención.
—Te espero a las ocho.
Después me dedica una última mirada antes de girarse y seguir a Ray hacia los establos. Me quedo quieta, observando cómo se alejan entre el polvo y el ruido del recinto, y entonces entiendo algo: en el mundo de Jackson, el ritmo lo marca Ray-Lee. Siempre.
Cuando regreso al motel, mis amigas ya han convertido la habitación en un desastre. Las maletas están abiertas sobre las camas, la ropa aparece repartida por todas partes y alguien ha dejado unos vaqueros colgando de la lámpara sin ningún tipo de explicación lógica.
—Última parada, chicas —anuncia Anne, colgando un vestido con un suspiro, a medio camino entre el agotamiento y la emoción—. Tres días en Granbury. Rodeo, feria y toda la cerveza que quepa en este pueblo. Pienso darlo todo antes de volver a casa.
—Querrás decir antes de volver con Duke, ¿no? —suelta Lauren con esa facilidad suya para meter el dedo justo donde toca.
—¿Te ha llamado? —pregunto, encantada de poder concentrarme en cualquier tema que no incluya a Jackson Evans.
—Le ha dejado varios mensajes de audio bastante «creativos» —responde Lauren, dándole un codazo a Anne—. El muy idiota por fin está probando su propia medicina.
—Eso está bien, Anne —digo mientras me dejo caer sobre una de las camas—. Tienes que marcar tus límites. Si no aprende a respetarte ahora, no lo hará nunca.
Lauren se queda mirándome unos segundos de más y, por la cara que pone, sé perfectamente que acaba de detectar algo raro.
—¿Y tú? ¿Qué tal con tu vaquero, Sheryl? —suelta de pronto.
—Me ha… invitado a cenar después del rodeo.
—Espera —Anne suelta la percha y se gira de golpe—. ¿Cenar? ¿En plan cita?
—No lo sé. Bueno, sí… supongo.
Mis amigas intercambian una de esas miradas en las que se dicen de todo sin abrir la boca. Es Lauren la que acaba tomando aire para soltarme el sermón que ya veo venir.
—Cariño —empieza con ese tono protector que me pone de los nervios—. Nos vamos pasado mañana. Es nuestro último rodeo. ¿De verdad te vas a meter en una «cita» con ese chico?
Marca las comillas con los dedos y noto cómo me sube la presión.
Una cosa es un revolcón salvaje con un tipo que quita el sentido; sexo sin compromiso y con protección.
Pero otra muy distinta es sentarte a cenar con alguien que se juega el cuello tres veces por semana y vive subido a un camión cruzando estados.
—Solo es una cena, Lauren. No es que… ya sabes. No es que signifique nada.
Pero ni yo misma me creo la mentira. Estar cerca de Jackson me revuelve el estómago igual que cuando tenía quince años y mi primer amor me invitó al baile. Es una sensación de vértigo que me desconcierta y que no pienso admitir delante de ellas.
—¿No es qué? —insiste Lauren—. Tía, no me digas que te has colgado de él.
—Que no me he colgado de nadie —suelto, molesta. Agarro mi sombrero y me encamino a la puerta—. Me voy a dar una vuelta. Necesito aire.
Salgo de la habitación a toda prisa, huyendo de sus miradas analíticas. Estoy enfadada, pero no sé con quién. Tengo muy claro que mis amigas solo tratan de protegerme. Entonces, ¿por qué siento que están contra mí?
Camino hacia el recinto del rodeo, donde el ambiente ya está efervescente.
El aire huele a palomitas dulces, estiércol y gasoil.
Hay puestos de botas de piel de serpiente, filas de sombreros Stetson y hebillas del tamaño de un plato que brillan bajo el sol.
Me detengo frente a un puesto de arreos de cuero, pasando los dedos por unas riendas trenzadas para intentar calmar el pulso, cuando esa voz pastosa y cargada de una chulería que reconozco al instante me golpea la espalda.
—Vaya, vaya. ¿Acaso me estás siguiendo, preciosa?
Me tenso antes de girarme.
Es Cody Miller.
Lo que menos me apetece en este mundo es aguantar sus fanfarronadas de nuevo. Da un paso hacia delante, acortando la distancia hasta que puedo oler el tabaco y el sudor rancio de su camisa.
—Esta tarde vas a saber lo que es un vaquero de verdad —suelta con una sonrisa arrogante que me revuelve el estómago—.
Jackson Evans es un aficionado a mi lado.
Has probado a Ray-Lee y has probado a Jackson, pero hasta que no pruebes a Cody Miller, no vas a saber lo que es que te monte un vaquero de verdad.
Justo cuando termina la frase, se pasa la lengua por los labios de una forma obscena y levanta una mano.
Con un atrevimiento que me hiela la sangre, engancha un dedo en el ala de mi sombrero y me lo baja hasta que casi me tapa los ojos.
Noto el tirón en la cabeza y, antes de que retire la mano, le aparto el brazo de un golpe rápido en la muñeca que resuena en mitad del pasillo.
—Ni se te ocurra volver a tocarme.
Y, sinceramente, me sorprende lo firme que suena mi voz.
Cody baja la vista hacia su muñeca, desconcertado durante apenas un segundo. Después recupera su actitud de siempre y retrocede soltando una carcajada demasiado sonora antes de desaparecer entre la gente del recinto.
Me recoloco el sombrero mientras intento que no se note cómo me tiemblan las manos. Tengo el pulso disparado en las sienes. Durante un segundo deseo medir uno ochenta, tener cincuenta kilos más encima y la fuerza suficiente para romperle la cara a Cody allí mismo, sobre el polvo de Granbury.
Pero lo que de verdad me está removiendo por dentro no es la boca sucia de Cody, sino la duda que me ha dejado.
La sensación incómoda de que quizás, para tipos como ellos, no somos mucho más que otra parada del circuito.
Una chica distinta en cada ciudad. Un cuerpo caliente al que volver por la noche antes de largarse otra vez al amanecer.
¿Es Jackson igual que él y yo solo me estoy engañando?
Me duele recordar que así es como me calificó él mismo nada más conocerme.
Aprieto los puños, intentando aferrarme al recuerdo de nuestro paseo y a la confesión sobre su pasado.
Jackson tiene que ser diferente. No puede ser otro tipo más que se cree un dios por aguantar ocho putos segundos sobre un animal salvaje.